Versículo destacado

Isaías 45:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Así dice el SEÑOR, el Santo de Israel y su Hacedor: Pregúntenme acerca de las cosas venideras respecto a mis hijos, y respecto a la obra de mis manos, ordénenme. "

Isaías 45:11

menu_book El versículo en contexto

9 ¡Ay del que contiende con su Hacedor! ¡Que contienda el tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo moldea: «¿Qué haces?»; o tu obra: «Él no tiene manos»?

10 ¡Ay del que dice a su padre: «¿Qué engendras?»; o a la mujer: «¿Qué has dado a luz?»!

11 Así dice el SEÑOR, el Santo de Israel y su Hacedor: Pregúntenme acerca de las cosas venideras respecto a mis hijos, y respecto a la obra de mis manos, ordénenme.

12 Yo hice la tierra y creé al hombre sobre ella. Yo, mis propias manos, extendí los cielos, y di órdenes a todo su ejército.

13 Yo lo he levantado en justicia y enderezaré todos sus caminos. Él edificará mi ciudad y dejará libres a mis cautivos, sin precio ni recompensa, dice el SEÑOR de los ejércitos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El pueblo de Dios estaba ahora en cautiverio. Había aceptado su voluntad en medio del sufrimiento y esperaba el momento en que él los rescataría. Aquí se les dice que no esperarían en vano.

Se les invita a preguntar cuál sería el resultado de su aflicción (Isaías 45:11). El Santo de Israel, su Creador, no les permite discutir con él; sin embargo, todavía los invita a buscar su palabra. Deben preguntar qué sucederá, acudir a los profetas y escuchar lo que Dios ha dicho por medio de ellos. Deben preguntar a los centinelas: «¿Qué hora es en la noche? ¿Cuánto falta?». Lo que Dios ha revelado acerca del futuro nos pertenece a nosotros y a nuestros hijos, por lo que no debemos ignorarlo.

También se les invita a buscar a Dios en oración. En esencia, Dios dice: «En cuanto a mis hijos y a la obra de mis manos, tráiganmelos y déjenlos en mis manos». Deben someterse como hijos ante su Padre y como el barro ante el alfarero. No pueden darle órdenes a Dios, pero sí pueden presentarle peticiones sinceras, con la confianza que se basa en su promesa. No debemos pelear con nuestro Hacedor mediante quejas llenas de enojo, pero sí podemos luchar con él en una oración fiel y ferviente.

Algunos entienden estas palabras como un reproche: «¿Me preguntan acerca de lo que está por venir? ¿Creen que debo rendirles cuentas? ¿Me van a dar órdenes acerca de mis hijos y de la obra de mis manos?». Nadie puede enseñarle sabiduría a Dios ni establecerle reglas. Quienes se quejan contra Dios, en realidad, están reclamando autoridad sobre él.

También se les anima a confiar en el poder de Dios cuando han sido llevados a una situación extrema y no pueden ayudarse a sí mismos (Isaías 45:12). Su ayuda está en el nombre del SEÑOR, quien hizo los cielos y la tierra. Esto se afirma para la gloria de Dios, pero también para su consuelo. El que hizo los cielos y la tierra puede usar ambos para rescatar a su iglesia, si así lo decide, porque él los creó y los gobierna.

Él hizo la tierra y creó a la humanidad sobre ella, pues la tierra fue destinada a ser el hogar de las personas (Salmo 115:16). Por eso tiene tanto el derecho como la sabiduría y el poder para gobernar la vida humana aquí. Sus manos también extendieron los cielos y, desde el principio, dieron órdenes para que existieran sus ejércitos. Él todavía dirige sus movimientos y ejerce influencia sobre ellos. Es una buena noticia para el pueblo de Dios saber que su Dios es el Creador y gobernante del mundo.

Luego se les dice con más claridad lo que Dios hará por ellos, para que sepan qué esperar. Esto también apunta más allá de Ciro, el gobernante persa, hacia un Redentor mayor y un rescate más grande. Ciro y la liberación que vendría por medio de él eran figuras de Cristo y de la salvación que él traería.

Se les anunciará la libertad (Isaías 45:13). Ciro será el hombre que la proclamará, y Dios le dará poder para hacerlo. «Lo levanté en justicia» significa que Dios lo levantó de acuerdo con su promesa y para defender la causa justa de su pueblo. Dios guiará todos sus caminos y le dará éxito, especialmente en la conquista de Babilonia. Aquellos a quienes Dios guía prosperarán en la obra que él les encomienda.

Ciro debe hacer dos cosas para Dios. Jerusalén es la ciudad de Dios, pero está en ruinas; por eso Ciro debe ordenar que sea reconstruida y proporcionar lo necesario. Israel es el pueblo de Dios, pero está cautivo; por eso Ciro debe dejarlo salir libremente, sin exigir pago ni rescate. Cristo ha sido designado para hacer por las almas pobres y cautivas lo que Ciro haría por los judíos cautivos: proclamar libertad a los prisioneros atados a una esclavitud peor que la de Babilonia (Isaías 61:1).

También se proveerá para ellos (Isaías 45:14). Saldrán en pobreza, sin poder pagar el costo del viaje ni de su restablecimiento. Por eso Dios promete que las riquezas de Egipto y de otras naciones llegarán a ellos. Después de conquistar esas tierras, Ciro usó sus riquezas para abastecer a los judíos que regresaban y ordenó a sus súbditos que les dieran lo que necesitaran (Esdras 1:4). Así, no salieron de Babilonia con las manos vacías, tal como Israel tampoco había salido de Egipto con las manos vacías.

Los redimidos por Cristo también recibirán provisión y, más aún, serán enriquecidos. Quienes tengan el corazón movido por Dios para ir a la Sion celestial pueden confiar en que él suplirá sus necesidades. El mundo les pertenece en la medida en que sea para su bien.

Personas de otras naciones vendrán a ellos. Hombres importantes vendrán detrás de ellos encadenados. Se inclinarán y dirán: «Ciertamente Dios está entre ustedes». Esto se cumplió en parte cuando muchas personas de aquella tierra se hicieron judías (Ester 8:17), y cuando otros dijeron: «Iremos con ustedes», porque habían oído que Dios estaba con ellos (Zacarías 8:23). La restauración llevaría a muchos a ver la verdad, y a algunos a volverse a Dios.

Quizá muchos caldeos, después de ser conquistados por Ciro, vieron a los judíos regresar triunfantes y acudieron a pedir perdón por la manera en que los habían tratado. Reconocerían que Dios estaba entre los judíos y que solo él es Dios, y entonces querrían unirse a ellos. Pero la promesa alcanza su significado pleno en la iglesia del evangelio, cuando los gentiles llegan a obedecer la fe en Cristo, tanto de palabra como de hecho (Romanos 15:18), como cautivos voluntarios que se alegran de pertenecer a la iglesia (Salmo 110:3). También se cumple cuando los incrédulos, al ver el culto cristiano, quedan convencidos de que Dios verdaderamente está entre los creyentes (1 Corintios 14:24-25), y cuando quienes antes se oponían a la iglesia vienen y se postran ante ella, reconociendo que Dios la ha amado (Apocalipsis 3:9). Los reyes de la tierra y las naciones traerán su gloria a la Jerusalén del evangelio (Apocalipsis 21:24).

Es mejor estar con aquellos que tienen a Dios con ellos, aun si eso significa estar encadenados.

Finalmente, se les enseña a confiar en Dios más allá de lo que pueden ver. El profeta pone estas palabras en su boca y las pronuncia delante de ellos: «Verdaderamente, tú eres un Dios que se oculta» (Isaías 45:15). Dios se ocultó cuando los llevó a la aflicción y cuando estaba enojado (Isaías 57:17). Cuando su pueblo lo provoca, puede retirar su favor y permitir que sientan su desagrado. Aun así, deben esperar en el SEÑOR, que oculta su rostro (Isaías 8:17). También se ocultó mientras los sacaba de su aflicción.

Cuando Dios actúa como el Dios y Salvador de Israel, su manera de obrar a menudo está oculta, como su camino a través del mar (Salmo 77:19). La salvación de la iglesia suele avanzar de manera misteriosa: por medio del Espíritu del SEÑOR de los ejércitos, que obra en el corazón humano (Zacarías 4:6); mediante medios débiles e inesperados; a través de acontecimientos pequeños e incluso accidentales; y muchas veces solo cuando la situación ha llegado al último momento posible. Sin embargo, esto es nuestro consuelo aun cuando Dios parezca oculto: podemos estar seguros de que sigue siendo el Dios de Israel, el Salvador. Véase Job 35:14.

También se les enseña a triunfar sobre los idólatras y sobre todos los que adoran a otros dioses (Isaías 45:16). Quienes fabrican ídolos —no solo al darles forma con sus manos, sino también al tratarlos como dioses y orarles— quedarán avergonzados y serán puestos en vergüenza. Verán su error, se verán obligados a reconocer que el Dios de Israel es el único Dios verdadero y quedarán decepcionados por la ayuda que esperaban de sus ídolos, esos falsos protectores en los que confiaban. Serán llevados a la ruina cuando descubran que no pueden excusar su pecado ni escapar de su castigo (Salmo 97:7). No serán solamente unos cuantos de los más tímidos quienes cedan y abandonen la causa falsa. Todos fracasarán, aunque permanezcan unidos y se apoyen unos a otros. Todos caerán juntos. Serán atados en manojos para ser quemados.

También se les asegura que quienes confían en Dios nunca quedarán avergonzados por haber puesto su confianza en él (Isaías 45:17). Ahora que Dios estaba a punto de liberarlos de Babilonia, les dijo por medio de su profeta que lo miraran a él como la fuente de su salvación. Israel será salvado por el SEÑOR. Su rescate no solo se realizaría mediante el poder de Dios; también estaría asegurado por su gracia y su promesa. Así estarían seguros en él. Su nombre sería para ellos una torre fuerte, un lugar al que podrían correr para encontrar protección.

También debían mirar más allá de este rescate temporal hacia una salvación espiritual que se extiende hasta el mundo venidero. Debían pensar en la salvación por medio del Mesías: el rescate eterno del alma de la miseria interminable y el regalo de una bendición sin fin. Debían procurar hacer firme esa salvación, porque puede hacerse firme; tan firme, que nunca serían avergonzados ni quedarían en vergüenza por toda la eternidad. No solo serían rescatados de la vergüenza y el desprecio eternos que les corresponderán a los idólatras (Daniel 12:2), sino que recibirían honor y gloria eternos. Existe un mundo sin fin, y nuestra condición allí determinará si todo estará bien o mal con nosotros. Quienes sean salvos con esta salvación eterna nunca lamentarán lo que hicieron ni lo que sufrieron mientras esperaban recibirla, porque la recompensa superará por mucho sus expectativas.

Los cautivos que regresaban reconocieron correctamente que la vergüenza les correspondía por causa de su pecado (Daniel 9:7, Daniel 9:8). Sin embargo, Dios les dice que no serán avergonzados, sino que tendrán una seguridad duradera. Quienes se avergüenzan de su propio pecado como pecadores arrepentidos no serán avergonzados por confiar en la promesa y el poder de Dios.

También están comprometidos para siempre a aferrarse a Dios, a no apartarse de él ni desconfiar de él. Aquí se repite lo que se les había enseñado una y otra vez, para animar al pueblo de Dios a permanecer fiel a él y a seguir esperando que él también sería fiel: «Yo soy el SEÑOR, y no hay otro». Que el SEÑOR a quien servimos y en quien confiamos es el único Dios se demuestra mediante dos grandes testimonios: la naturaleza y la revelación.

En primer lugar, la naturaleza lo demuestra, porque él hizo el mundo y tiene el derecho de exigir que se le honre (Isaías 45:18). «Así dice el SEÑOR, el que creó los cielos y formó la tierra: Yo soy el SEÑOR, el Dios soberano de todo, y no hay otro». Los dioses de las naciones no hicieron esto; ni siquiera afirmaron haberlo hecho. El texto menciona los cielos, pero habla más ampliamente de la tierra, porque es la parte de la creación que podemos observar más de cerca y conocer mejor.

Dios la formó; por eso no es una masa áspera y sin forma, sino una obra moldeada por una sabiduría infinita. La estableció, porque después de crearla la afirmó y la fundó sobre los mares (Salmo 24:2); la suspendió sobre la nada (Job 26:7), tal como primero la hizo de la nada, y aun así la hizo firme y estable. También la preparó para ser útil y para el servicio de los seres humanos, para quienes la destinó. No la creó en vano, solo para demostrar su poder, sino que la formó para que fuera habitada por los hijos de los hombres.

Con ese propósito retiró de ella las aguas, pues al principio estaba cubierta por ellas, e hizo aparecer la tierra seca (Salmo 104:6, Salmo 104:7). Esto honra la sabiduría de Dios, porque no hizo nada inútil, sino que planeó cada cosa con un propósito y la preparó para cumplirlo. Si alguna persona ha sido creada en vano, la culpa es suya. También honra la bondad de Dios hacia la humanidad, porque él consideró que todo lo que sirve para nuestro beneficio y bienestar no fue creado en vano, y nos dio un lugar donde vivir y lo necesario para vivir.

En segundo lugar, la revelación lo demuestra. Así como las obras de Dios prueban que solo él es Dios, también lo hacen su palabra y la manera en que por medio de ella se ha dado a conocer, junto con su voluntad. Sus mensajes son muy superiores a los de los dioses paganos, de la misma manera que sus obras son superiores (Isaías 45:19). Esto se observa de tres maneras: todo lo que Dios ha dicho es claro, satisfactorio y recto.

En la manera en que fue dada, su palabra es clara y abierta: «No he hablado en secreto, en un lugar oscuro de la tierra». Los dioses paganos daban sus oráculos desde cuevas y agujeros, con voces bajas y huecas, y mediante dichos confusos. Quienes afirmaban tener espíritus familiares susurraban y murmuraban (Isaías 8:19). Pero Dios dio su ley desde el monte Sinaí delante de los miles de israelitas, con palabras claras, audibles y comprensibles. La sabiduría clama en los lugares más concurridos (Proverbios 1:20, Proverbios 1:21; Proverbios 8:1-3). La visión está escrita con claridad, para que quien corra pueda leerla. Si a alguien le parece poco clara, debe culparse a sí mismo. Cristo usó este mismo argumento al defenderse: «Nunca he hablado en secreto» (Juan 18:20).

En su utilidad y beneficio, la palabra de Dios satisface plenamente: «No le dije a la descendencia de Jacob: “Búsquenme en vano”». Eso era lo que hacían los dioses falsos con sus adoradores, quienes buscaban a los vivos entre los muertos (Isaías 8:19). Esto incluye cada respuesta llena de gracia que Dios dio a quienes acudieron a él, porque su palabra es una guía fiel para ellos y para quienes le oraron. La descendencia de Jacob es un pueblo que ora, la generación que busca a Dios (Salmo 24:6). Y así como en su palabra los invitó a buscarlo, nunca rechazó sus oraciones hechas con fe ni decepcionó sus esperanzas confiadas en él.

Nunca le dijo a ninguno de ellos: «Búscame en vano». Si no consideró conveniente darles exactamente lo que pidieron, aun así les dio suficiente gracia, consuelo y paz en el alma para compensarlo.

Así como solemos decir que la lluvia de invierno nunca cae en vano, lo mismo puede decirse de la oración. Dios no solo da una respuesta bondadosa a quienes lo buscan con sinceridad, sino que también los recompensa generosamente. En este asunto, su manera de actuar es completamente justa y no hay ninguna injusticia en ella. «Yo, el SEÑOR, hablo lo que es correcto; doy a conocer lo que es verdadero y bueno», palabras que concuerdan con los principios y razones eternos que sustentan lo bueno y lo malo.

Los dioses falsos de las naciones les decían a sus adoradores que hicieran cosas que avergonzaban la naturaleza humana y destruían la virtud. Pero Dios habla con justicia. Da mandamientos que son correctos en sí mismos y que llevan a las personas a vivir rectamente. Por eso él es Dios, y no hay otro.

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