Versículo destacado

Oseas 7:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Efraín se ha mezclado entre los pueblos; Efraín es una torta a la que no se le ha dado vuelta. "

Oseas 7:8

menu_book El versículo en contexto

6 Porque han preparado su corazón como un horno mientras acechan. Su panadero duerme toda la noche; por la mañana, el horno arde como fuego llameante.

7 Todos están calientes como un horno y han devorado a sus jueces. Todos sus reyes han caído; no hay entre ellos quien clame a mí.

8 Efraín se ha mezclado entre los pueblos; Efraín es una torta a la que no se le ha dado vuelta.

9 Los extranjeros han devorado su fuerza, y él no lo sabe; incluso las canas se han esparcido aquí y allá sobre él, pero él no lo sabe.

10 El orgullo de Israel da testimonio contra él en su propia cara; pero ellos no regresan al SEÑOR su Dios ni lo buscan, a pesar de todo esto.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de ver cuán corrompida estaba la corte, ahora preguntamos cómo estaban las cosas en el campo. Descubrimos que no estaban mejor. No es de extrañarse, porque la enfermedad que se había apoderado de la cabeza se extendió por todo el cuerpo, de modo que no había salud en él. Quedaron expuestas la culpa de Efraín y el pecado de Samaria, la culpa del pueblo y también la de sus gobernantes; este versículo presenta varios ejemplos.

En primer lugar, no estaban apartados para Dios, como debían estarlo. Efraín se había mezclado entre los pueblos. Se unió a ellos, imitó sus costumbres y, en cierto sentido, perdió su propia identidad entre ellos. Dios había dicho que su pueblo debía vivir apartado, pero ellos se mezclaron con las naciones y aprendieron sus caminos (Salmo 106:35). Incluso acudían a unas naciones para pedirles ayuda contra otras, como algunos entienden este pasaje. Si se hubieran mantenido cerca de Dios, no habrían necesitado la ayuda de ninguna de ellas.

En segundo lugar, no estaban completamente entregados a Dios. Efraín era como una torta a la que no se le había dado vuelta. Un lado está quemado, el otro está crudo, y por ambos lados resulta inútil. En los días de Acab, y otra vez ahora, vacilaban entre Dios y Baal. A veces parecían tener mucho entusiasmo por Dios, pero en otras ocasiones mostraban el mismo entusiasmo por Baal. Es triste ver cuántas personas que profesan tener fe están llenas de contradicciones. Son como una torta a la que no se le ha dado vuelta: siempre van de un extremo a otro y nunca permanecen firmes.

También estaban extrañamente inconscientes de los juicios de Dios, aunque esos juicios ya estaban actuando y amenazaban con llevarlos a la ruina. Esta era su condición: Dios estaba tratando con ellos como la polilla y como la podredumbre, desgastándolos en silencio y poco a poco. Las naciones extranjeras estaban consumiendo sus fuerzas. Los extraños habían devorado su vigor y consumido sus riquezas, habían reducido su población y se habían llevado el fruto de la tierra. Algunos lo hicieron mediante guerras abiertas, como ocurrió en (2 Reyes 13:7), cuando el rey de Siria los derrotó por completo. Otros lo hicieron mediante tratados engañosos y promesas amistosas, de los que obtenían grandes riquezas, obligando a Israel a pagar un alto precio por algo que no le producía ningún beneficio verdadero, como en (2 Reyes 16:9).

Esto era consecuencia de que Efraín se había mezclado con las naciones. Habían permitido que las naciones se mezclaran con ellos, y esas mismas naciones devoraron aquello en lo que se apoyaban y confiaban. Quienes no hacen de Dios su fuerza (Salmo 52:7) terminan confiando en cosas que pronto les serán quitadas por extraños. Sus propios fracasos también los llevaron a la ruina. Había canas esparcidas aquí y allá sobre él, señal de una condición que envejecía, se debilitaba y estaba cerca de desaparecer. La angustia y la preocupación también estaban actuando. La preocupación encanece el cabello. El almendro todavía no había florecido por completo, pero ya estaba cambiando de color, como advertencia de que se acercaban los días malos, los días en que una persona dice: «No encuentro placer en ellos» (Eclesiastés 12:1, 5).

Sin embargo, él no lo sabía. No se daba cuenta de que la mano de Dios estaba contra él. La advertencia estaba levantada, pero no quiso verla (Isaías 26:11). No sabía cuán cerca estaba la ruina y no hizo nada para detenerla. La insensibilidad espiritual durante juicios relativamente leves suele ser una señal de que vienen otros peores.

En tercer lugar, continuaban obstinadamente en su pecado y no cambiaban a pesar de las reprensiones que recibían. La soberbia de Israel todavía daba testimonio contra ellos, como antes (Oseas 5:5). A pesar de la manera humillante en que Dios estaba tratando con ellos, sus corazones seguían llenos de orgullo y sus deseos seguían vivos. La arrogancia de su corazón les impedía buscar al Señor (Salmo 10:4). No regresaron al Señor su Dios mediante el arrepentimiento y una vida transformada, ni lo buscaron por medio de la fe y la oración, aun después de todo lo sucedido. Estaban sufriendo por haberse alejado de él. Nunca les iría bien mientras no regresaran a él. Ya habían buscado ayuda en otros y habían descubierto que allí no había nada, pero aun así no pensaron en volver a Dios.

En cuarto lugar, fueron insensatos en sus planes y escogieron el camino equivocado cuando estaban en dificultades. Efraín era como una paloma ingenua, sin entendimiento. Es bueno ser inofensivo como una paloma, sin malicia y sin hacer daño a los demás. Pero es vergonzoso ser ingenuo como una paloma, sin entender cómo protegerse y vivir a salvo. Esta paloma no se aflige cuando le quitan sus crías, sino que regresa a construir de nuevo en el mismo lugar. De la misma manera, los israelitas veían que los enemigos se llevaban a su gente y no lo tomaban en serio; aun así, seguían tratando con quienes los habían maltratado cruelmente.

La paloma ingenua también cae fácilmente en la trampa del cebo y no ve el peligro, aunque muchas veces otras aves sí lo perciben (Proverbios 1:17). Se precipita hacia la trampa y no se da cuenta de que está poniendo en juego su vida (Proverbios 7:23). Así, Israel fue atraído a alianzas con las naciones vecinas que terminaron llevándolo a la ruina. Además, cuando una paloma se asusta, no se queda en el palomar, donde está segura bajo el cuidado de su dueño. Vuela de un lugar a otro y se expone todavía más. Del mismo modo, cuando Israel estaba en dificultades, no acudió a Dios. No voló como una paloma hacia sus ventanas, donde habría encontrado seguridad. En vez de eso, abandonó la protección de Dios y pidió ayuda a Egipto. Se apresuró a acudir a Asiria en busca de alivio, aunque habría podido encontrar lo que necesitaba mucho más cerca, mediante el arrepentimiento y la oración a su Dios.

Es insensato y absurdo que quienes tienen un Dios en el cielo confíen en criaturas para recibir el refugio y la ayuda que solo él puede dar. Tales personas no tienen entendimiento ni corazón. ¿Y qué le sucede a esta paloma insensata? Cuando acuden a Egipto y a Asiria, Dios dice: «Extenderé sobre ellos mi red». Quienes no quieren permanecer bajo la misericordia de Dios deben esperar que la justicia divina los persiga.

Quedarán atrapados. Dios extenderá sobre ellos su red y los llevará a la aflicción, para que vean su insensatez y piensen en regresar. Es común que quienes abandonan a Dios encuentren trampas donde esperaban hallar refugio. También serán humillados. Tal vez se eleven, orgullosos de sus alianzas extranjeras y confiando en ellas, pero Dios los derribará, por alto que vuelen, como se derriba a un ave en pleno vuelo. Dios puede y quiere derribar a quienes se levantan como el águila (Abdías 1:3, 4). Y sufrirán por su insensatez.

Las decepciones que encontramos en las cosas creadas cuando confiamos en ellas son una corrección necesaria. Dios las usa para enseñarnos a actuar con más sabiduría la próxima vez. También en esto se cumple la Escritura. Lo que la asamblea había escuchado se estaba haciendo realidad: muchas veces se les había dicho, mediante la lectura, la predicación y el canto de la Palabra de Dios, que la ayuda humana no sirve de nada y que no hay auxilio verdadero en simples seres humanos. Habían escuchado en la ley y en los profetas qué juicios traería Dios sobre ellos por su pecado, y ahora, así como habían oído, también verían y experimentarían esas palabras.

Debemos prestar mucha atención a la Palabra de Dios que escuchamos en la congregación. Pronto seremos juzgados por ella. También servirá para demostrar la justicia de Dios cuando condene a los pecadores y hará más grande su culpa, porque habían recibido una advertencia pública y clara. Su congregación había escuchado muchas veces esas advertencias, pero no quiso obedecer. «Hijo mío, recuerda que se te había dicho lo que sucedería, y ahora ves que aquellas palabras no eran vanas». Véase (Zacarías 1:6).

Se apartaron de Dios y se rebelaron contra él, aunque él había usado muchos medios para mantenerlos fieles, como se muestra en (Oseas 7:13-15). En primer lugar, observemos con cuánta bondad y paciencia había tratado Dios con ellos, como un gobernante misericordioso que trata con un pueblo querido y valioso para su propio bien. Él los había redimido: primero los sacó de Egipto y después los libró de muchas dificultades. También había fortalecido sus brazos, en (Oseas 7:15). Cuando sus fuerzas se debilitaron, como un brazo roto o una articulación dislocada, Dios los restauró, como un cirujano que venda un hueso fracturado para que pueda sanar.

Dios les había dado victorias sobre los sirios (2 Reyes 13:16, 17), había restaurado sus fronteras (2 Reyes 14:25, 26) y los había fortalecido para la batalla. «Aunque los discipliné», dice una nota marginal, ya fuera corrigiéndolos por sus faltas y enseñándoles, o fortaleciéndolos y ayudándolos, todo fue inútil. No cedían ni ante la misericordia ni ante el juicio.

En segundo lugar, su conducta hacia Dios era vergonzosa. Esto se describe para poner en evidencia y humillar a todos los que continúan viviendo en pecado, a fin de que vean cuán pecaminosa es su conducta y cómo la considera Dios mismo. Él los había invitado a acercarse y los había tomado en un pacto, un acuerdo vinculante, consigo mismo. Sin embargo, huyeron de él como si fuera un enemigo peligroso, en lugar de su amigo fiel. Se alejaron de él como una paloma insensata que abandona su nido. Quienes abandonan a Dios no encuentran descanso ni un lugar estable en las cosas creadas; siguen vagando. Huyeron de Dios cuando dejaron de adorarlo, rechazaron servirle y se apartaron de sus responsabilidades hacia él.

Dios les había dado sus leyes, santas, justas y buenas, destinadas a mantenerlos en el camino correcto. Pero ellos quebrantaron su ley. Pecaron con descaro y obstinación, deliberadamente y sin vergüenza. Rompieron la cerca de la ley de Dios y se opusieron al propósito amoroso que había detrás de ella. Dios les había dado a conocer su verdad y les había mostrado de todas las maneras posibles que buscaba su bien. Sin embargo, ellos dijeron mentiras contra él. Levantaron falsos dioses en su contra, negaron su providencia y su poder, y de ese modo mintieron acerca del Señor (Jeremías 5:12). Rechazaron los mensajes que él les enviaba por medio de sus profetas y dijeron que tendrían paz mientras continuaban pecando, contradiciendo directamente lo que Dios había dicho. Con sus afirmaciones religiosas falsas, su devoción externa y sus promesas de cambiar, le mintieron al Señor; y Dios consideró que eso era mentir contra él.

Él era su legítimo Señor y Rey, y siempre había gobernado a Jacob con justicia y para su bien. Sin embargo, ellos se rebelaron contra él (Oseas 7:14). No se limitaron a apartarse de Dios; se levantaron contra él, como si pudieran destronarlo y establecer a otro gobernante. Dios quería hacerles bien, pero ellos planearon hacerle daño (Oseas 7:15). El pecado es algo destructivo. Es un daño contra Dios porque es una traición contra su corona y su honor. Por supuesto, los pecadores no pueden perjudicar realmente a su Creador, como señala un antiguo escritor al comentar estas palabras, pero hacen todo lo que está a su alcance. Y es aún peor cuando no lo hacen por accidente, sino con intención y planificación.

Los judíos tenían un dicho, citado aquí por el doctor Pocock, según el cual los pensamientos pecaminosos son peores que el pecado mismo. A los ojos de Dios, planear el mal equivale a hacerlo. Según nuestra ley, planear la muerte del rey es traición. Por eso, quienes planean hacer el mal, aunque su plan termine siendo inútil, como en (Salmo 2:1), aun así tendrán que responder por él.

En tercer lugar, serían castigados por esto. Dios dice: «¡Ay de ellos!, porque se apartaron de mí». Quienes huyen de Dios tienen problemas que los persiguen y se encuentran, sin duda, en una situación miserable. La ira de Dios se revela desde el cielo contra ellos, y su Palabra declara: «¡Ay de ellos!». Lo que sigue inmediatamente —«¡Destrucción para ellos!»— demuestra que las amenazas de Dios son reales. Los juicios de su mano confirmarán los juicios pronunciados por su boca. Aquellos a quienes él maldice y llama miserables realmente están bajo maldición y en una condición miserable.

Su devoción externa y sus intentos de reformarse no eran más que una apariencia. Con ellos se estaban burlando de Dios. Fingían estar dedicados a él, pero su devoción no era verdadera (Oseas 7:14). Cuando la mano de Dios se levantaba contra ellos, hacían algún tipo de súplica. Cuando él los hería de muerte, entonces lo buscaban. En medio de la angustia acudían a él. Pero todo era hipocresía.

Cuando enfrentaban problemas personales y clamaban a Dios en secreto, no eran sinceros: «No claman a mí de corazón cuando aúllan sobre sus camas». Cuando eran disciplinados con dolor en el lecho y sus huesos sufrían un dolor intenso, quizá por las heridas de la guerra, lloraban, gemían y se quejaban usando palabras que sonaban religiosas. Incluso podían emplear muchas expresiones apropiadas para su situación. Decían: «Dios, ayúdanos» y «Señor, míranos». Pero no clamaban de corazón, y por eso Dios no consideraba que realmente estuvieran clamando a él.

Se dice que Moisés clamó a Dios aunque no pronunció palabras, porque su corazón oraba con fe y fervor (Éxodo 14:15). Estas personas hacían mucho ruido y decían muchas cosas, pero no clamaban a Dios, porque su corazón no estaba bien con él: no se habían rendido a su voluntad, no estaban dedicados a honrarlo ni comprometidos con su servicio. Orar es elevar el alma a Dios. Ese es el centro de la oración. Si eso falta, las palabras, aunque estén muy bien escogidas, no son más que sonidos vacíos. Pero si el corazón verdaderamente se eleva a Dios, la oración es aceptable, aunque lo único que pueda oírse sean gemidos.

Quienes no oran en el Espíritu, en ningún sentido verdadero están orando a Dios. Dios está tan lejos de aprobar o aceptar una oración así que la llama «aullido». Algunos piensan que esto significa que sus oraciones eran fuertes y ruidosas, como los gritos que dirigían a Baal cuando creían que tenían que despertarlo. Otros creen que se refiere a los sentimientos salvajes y brutales que derramaban en la oración. Gruñían ante los problemas y aullaban bajo la disciplina, pero no reconocían la mano de Dios.

Sus oraciones hipócritas eran tan ofensivas para Dios que él se enojó contra ellos. Los cantos del templo se convertirían en aullidos (Amós 8:3). Dios estaría tan lejos de compadecerse de ellos que justamente se reiría de su desgracia, porque ellos se habían burlado repetidamente de su autoridad.

Cuando enfrentaban problemas públicos y se reunían para pedir la ayuda de Dios, seguían actuando con motivos falsos. Se congregaban porque esa era la costumbre en tiempos de duelo nacional (Sofonías 2:1). Pero solo acudían para pedir grano y vino, las cosas que les faltaban y temían perder a causa de la sequía, que era el juicio que entonces pesaba sobre ellos. No pedían el favor ni la gracia de Dios, ni arrepentimiento, perdón o que apartara su ira. Solo querían que no les quitara el grano y el vino.

Los corazones dominados por los deseos mundanos normalmente le piden a Dios únicamente comodidades temporales. Solo temen problemas temporales, porque no perciben nada más elevado.

También fingían reformarse, pero su cambio no era sincero (Oseas 7:16). Israel «regresa», es decir, actúa como si estuviera volviendo a Dios. Hace parecer que se arrepentirá y cambiará su manera de vivir, pero no persevera. En realidad, no vuelve a casa, a Dios, ni regresa a su gobierno. Dios dice: «Si vuelves, Israel, vuelve a mí» (Jeremías 4:1). En otras palabras, no basta con volverse en dirección a Dios; es necesario regresar completamente a él.

Esta falsa apariencia de arrepentimiento los hace semejantes a un arco engañoso. Un arco así parece apto para usarse y se ve listo cuando se dobla y se tensa, pero cuando se ejerce presión sobre él, se rompe el arco o la cuerda. Entonces la flecha no llega al blanco y cae a los pies del arquero. Así eran sus intentos de arrepentirse y reformarse.

Los príncipes de Israel también eran culpables de la furia de sus palabras. Discutían con Dios, con su providencia y con todos los que los rodeaban cada vez que algo no salía como querían. Los príncipes pueden pensar que tienen derecho a decir lo que quieran, como si les correspondiera enfurecerse, insultar, maldecir y maltratar a los demás. Pero deben saber que hay un Dios por encima de ellos, quien les pedirá cuentas por sus palabras y hará que sus propias lenguas se vuelvan contra ellos.

Por causa de su pecado, tanto el pueblo como sus príncipes serían castigados. Los príncipes caerían a espada: algunos a manos de sus enemigos y otros a manos de su propio pueblo. Esto también se convertiría en su vergüenza, y serían objeto de burlas en la tierra de Egipto cuando huyeran allí en busca de ayuda (Oseas 7:11). Su pecado y su castigo harían que fueran motivo de risa en todas partes. Quienes traicionan a Dios y actúan con furia desenfrenada contra los demás merecen ser tratados como una burla por sus vecinos, porque ellos mismos se han vuelto ridículos.

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