Versículo destacado

Oseas 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces el SEÑOR me dijo: Ve otra vez y ama a una mujer amada por su amigo, pero adúltera, conforme al amor del SEÑOR por los hijos de Israel, quienes se vuelven a otros dioses y aman las jarras de vino. "

Oseas 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces el SEÑOR me dijo: Ve otra vez y ama a una mujer amada por su amigo, pero adúltera, conforme al amor del SEÑOR por los hijos de Israel, quienes se vuelven a otros dioses y aman las jarras de vino.

2 Así que la compré para mí por quince piezas de plata, un homer de cebada y medio homer de cebada.

3 Y le dije: Permanecerás para mí muchos días; no te prostituirás ni serás de otro hombre; así también yo seré para ti.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Algunos piensan que este capítulo habla de Judá, las dos tribus, y que la adúltera con la que se casó el profeta (Oseas 1:3) los representa a ellos. Como Judá no fue rechazado de inmediato, como sí lo fueron las diez tribus, sino que quedó desolado por mucho tiempo y después fue restaurado, esa interpretación parece posible. Sin embargo, aquí se les llama los hijos de Israel, una expresión que por lo general se refiere a las diez tribus. Por eso, es más probable que esta parábola, al igual que la anterior, hable de ellos.

Dios le dice al profeta: «Ve y hazlo otra vez». Ve una vez más. Para que los pecadores sean llevados al convencimiento y al arrepentimiento, la instrucción debe repetirse una y otra vez, línea por línea. Si una señal no los convence, hay que intentar con otra, como en Éxodo 4:8-9.

En esta parábola vemos, de una manera impactante, la bondad de Dios frente al pecado de Israel (Oseas 3:1). Israel es como una mujer amada por su esposo, o por el hombre que la pretende, y aun así es adúltera. Eso es lo que había llegado a ser la relación entre Dios e Israel. A veces decimos que entre dos personas que se aman no hay amor perdido; pero aquí gran parte del amor de Dios se desperdicia en un pueblo ingrato.

El Dios de Israel todavía ama profundamente a los hijos de Israel, aunque ellos son una generación malvada y adúltera. Es algo tan sorprendente que el cielo y la tierra deberían maravillarse. En primer lugar, la bondad de Dios no ha puesto fin a su maldad. El Señor los ama, sigue mostrándoles bondad, y ellos lo saben. Tienen que admitir que él ha sido para ellos como un amigo y un padre, y aun así se vuelven a otros dioses.

Esos dioses son visibles, y atraen a las personas porque los ojos pueden verlos. Israel los busca con adoración, les rinde servicio y confía en ellos, esperando recibir consuelo de su parte. Aunque se abstuvieran de inclinarse por completo ante los ídolos, seguían dirigiéndoles miradas llenas de deseo, mostrando así que su corazón cometía adulterio espiritual. También amaban las jarras de vino. Se unían a los idólatras porque esas personas vivían en alegría y bebían mucho. Les atraían otros dioses porque estaban relacionados con la abundancia de vino en los templos.

La idolatría y el placer sensual suelen ir de la mano. Quienes convierten la comida y la bebida en un ídolo, como lo hacen los borrachos, fácilmente llegan a adorar cualquier otra cosa. A los sacerdotes de Dios no se les permitía beber vino cuando entraban a ministrar, y los nazareos no debían beberlo en absoluto. Pero los adoradores de dioses falsos bebían vino en grandes copas, y solo las jarras grandes podían satisfacerlos.

En segundo lugar, la maldad de Israel no impidió que la bondad de Dios los alcanzara. Es un verdadero milagro de misericordia que ella todavía sea amada por su amigo, aunque sea adúltera. Así es como el Señor ama a los hijos de Israel. En efecto, Dios le dice al profeta: «Ve y ama a una mujer así, y mira si puedes decidirte a hacerlo». Ningún corazón humano aceptaría naturalmente un amor semejante. Sin embargo, así es como Dios ama a los hijos de Israel: con amor hacia quienes no son amables ni dignos de amor, hacia quienes han roto su fidelidad mil veces.

En la bondad de Dios hacia los pobres pecadores, sus pensamientos y sus caminos están muy por encima de los nuestros. Su amor es más humilde y más tierno de lo que jamás podría ser el nuestro. En esto, más que en muchas otras cosas, demuestra que él es Dios y no un ser humano (Oseas 11:9).

También vemos cómo Dios reúne a un Dios tan bueno con un pueblo tan malo. Ese es el gran propósito de este pasaje, y lo que Dios se propone, lo cumplirá. Para nuestra sorpresa, una brecha tan ancha como el mar es sanada. Mientras continúe la misericordia divina, los milagros no se detendrán.

En Oseas 3:2 vemos cómo Dios los humilla y los lleva a reconocer quiénes son. Él dice: «La compré para mí por quince piezas de plata, un homer y medio de cebada». Es decir, la recuperó apelando a ella con bondad y llamándola a reconciliarse, a abandonar sus caminos pecaminosos y a volver con su primer esposo, como en Oseas 2:14. La atrajo y le habló con ternura, de manera parecida a lo que hizo el levita cuando fue a buscar a su concubina, que lo había dejado y se había ido con otro hombre, y le habló amablemente (Jueces 19:3).

Aquí se describe el regalo que llevó el profeta como algo muy pequeño. Estaba destinado a sostenerla, pero también la ponía bajo una ración limitada y la llevaba a vivir con escasez, como castigo por su orgullo. Cuando Sansón fue a reconciliarse con su esposa, que lo había ofendido, llevó un cabrito, un regalo apropiado (Jueces 15:1). En cambio, aquí el profeta llevó quince piezas de plata, una suma pequeña, aunque ella tendría que vivir con eso durante mucho tiempo, hasta que su esposo estuviera dispuesto a restaurarla por completo.

También recibió un homer y medio de cebada para hacer pan. Eso era todo lo que podía esperar hasta ser debidamente humillada y hasta que hubiera pasado suficiente tiempo para demostrar que realmente había cambiado. Debía entender que su esposo no la estaba honrando porque lo mereciera. Él le asignaba un valor muy bajo. El precio de un esclavo era de treinta siclos (Éxodo 21:32), y esta cantidad era solamente la mitad. Aun así, mostraba que ella no valía más que eso. En otro tiempo, Dios entregó a Egipto como rescate por Israel, porque Israel era tan precioso y honorable a sus ojos (Isaías 43:3-4). Pero ahora, como Israel se había ido tras dioses falsos, solo daba quince piezas de plata por ellos. Su pecado había rebajado enormemente su valor.

A quienes Dios piensa honrar y consolar, primero los lleva a reconocer su propia indignidad. Hace que digan, como el hijo pródigo: «Ya no soy digno de que me llames tu hijo». Hubo un tiempo en que Israel se alimentaba con el mejor trigo, pero se volvió orgulloso y amó las jarras de vino. Por eso, para humillarlo y restaurarlo, tendría que comer pan de cebada en la tierra de su cautiverio y agradecer que siquiera pudiera conseguirlo. También tendría que comerlo pesado y medido, cuando antes no había tenido ninguna limitación semejante. A veces la pobreza y la deshonra se convierten en los medios por los que los grandes pecadores llegan al arrepentimiento verdadero.

Por último, en Oseas 3:3 vemos las nuevas condiciones bajo las cuales Dios está dispuesto a tratar con ellos: «Permanecerás conmigo muchos días, no pertenecerás a otro, y yo también seré tuyo». Él podría haberles dado justamente un certificado de divorcio y haber terminado toda relación con ellos. En cambio, está dispuesto a mostrarles bondad y a resolver el asunto. No los trata conforme a la justicia estricta ni a la severidad de la ley, sino conforme a la grandeza de su misericordia.

Esto también señala la manera llena de gracia en que Dios trata con la humanidad caída, que se había ido tras otros dioses. En efecto, la compró a un precio incalculable, no para honrarla a ella, sino para honrar su propia justicia. Ahora les hace esta oferta: el pacto de gracia, un pacto de favor salvador que está dispuesto a establecer con ellos. Ellos deben ser su pueblo, y él será su Dios; esa es la misma promesa que aquí se hace a Israel.

También deben sentir la vergüenza de haberse apartado de Dios y aceptar el castigo por su pecado. Oseas dice que permanecerán muchos días en soledad y silencio, como una viuda abandonada y afligida. Deben dejar a un lado su orgullo y esperar pacientemente para ver qué hará Dios con ellos, tal como Israel lo hizo en el Sinaí cuando se humilló y esperó el favor de Dios (Éxodo 33:4-5).

Su Padre y Esposo, Dios, les ha mostrado su desagrado, como lo hizo con Miriam, la hermana de Moisés. Por eso deben avergonzarse y permanecer apartados hasta que sus corazones obstinados sean humillados (Números 12:14; Levítico 26:41). Deben sentarse solos y guardar silencio, esperando que el Señor los salve, y mientras tanto llevar su carga (Lamentaciones 3:26-28). No deben esperar que Dios vuelva rápidamente a mostrarles misericordia. Tendrán que esperar muchos días, durante todos los días de su cautiverio, y considerar una gran misericordia que al final él los restaure. A quienes Dios se propone mostrar misericordia, primero los humilla, para que valoren su bondad.

Tampoco deben volver jamás a su antiguo pecado. Esa es la condición bajo la cual Dios hablará de paz a su pueblo y a sus santos, y no existe otra (Salmo 85:8). «No te prostituirás», es decir, no adorarás ídolos en la tierra de tu cautiverio. No basta con avergonzarse del pecado pasado y reconocer que Dios tuvo razón al castigarlo. También debemos resolver, por la gracia de Dios, no volver a ofenderlo ni apartarnos de él para seguir al mundo y a la carne.

Demos gracias a Dios porque el pacto no significa que nunca volveremos a hacer nada malo. Sí significa que no debemos regresar a nuestro antiguo camino de pecado. «No te prostituirás; no pertenecerás a otro hombre». En el cautiverio serían tentados a adorar a los dioses de la tierra, y eso sería una prueba prolongada. Pero si permanecían firmes y fieles, estarían preparados para que la bondad de Dios regresara. Es una señal segura de que la aflicción nos está haciendo bien cuando Dios nos guarda de ceder ante la tentación.

En estos términos, su Creador volverá a ser su Esposo: «Así también seré yo para ustedes». Este es el pacto entre Dios y los pecadores que regresan a él. Si ellos le sirven, él será su salvación. Si renuncian a todo rival del gobierno de Dios en su corazón y le pertenecen solamente a él, Dios será plenamente suficiente para ellos. Si permanecemos fieles a Dios en nuestro deber y nunca lo abandonamos, él permanecerá fiel con nosotros en misericordia y nunca nos dejará.

En los dos últimos versículos se explica y se aplica la imagen a Israel. Tendrían que permanecer mucho tiempo como una viuda, despojada de alegría y honor (Lamentaciones 4:1-2). Vivirían muchos días sin rey ni príncipe, y una nación en ese estado bien podría ser llamada viuda. Perderían la bendición del gobierno civil, pues no tendrían su propio rey ni príncipe. Antes habían tenido gobernantes, pero ellos los oprimían en vez de protegerlos. Ahora no tendrían a nadie que los defendiera, los guiara en la batalla, juzgara sus casos o protegiera el bien común. Los magistrados son una gran bendición, y estar sin ellos es un juicio severo.

También perderían la bendición de la adoración pública. Estarían sin sacrificio, sin ídolo, sin efod y sin terafines. El efod era parte de la vestimenta sagrada del sumo sacerdote, y los terafines eran dioses familiares o, según algunos entienden en este pasaje, algo relacionado con los medios sacerdotales para buscar la dirección de Dios. El punto es que, durante el cautiverio, no tendrían ni las señales externas de una nación ni las señales externas de una iglesia. No tendrían libertad para practicar públicamente su religión, verdadera o falsa, como quisieran. No tendrían sacrificio ni altar y, por lo tanto, ningún sacrificio. No tendrían ministerio sacerdotal, una manera clara de conocer la voluntad de Dios ni un oráculo al cual consultar en los asuntos difíciles. Es una condición triste cuando las personas quedan apartadas de la adoración pública de Dios.

Esa fue la condición de los judíos durante el cautiverio y, en cierto sentido, todavía lo es para los judíos dispersos de hoy, pues tienen sinagogas, pero no el servicio del templo. Su situación es verdaderamente desoladora cuando están excluidos de la comunión con Dios y no tienen manera de presentar sus oraciones ante él mediante sacrificios y un altar, ni de recibir instrucción de él por medio del efod y los terafines.

Finalmente, volverán a ser recibidos como una esposa (Oseas 3:5). Después de algún tiempo, cuando esta disciplina haya cumplido su propósito, regresarán. Es decir, se arrepentirán de sus ídolos, los abandonarán, volverán a Dios, se aferrarán a él y serán aceptados por él. Dos cosas marcarán este regreso y mostrarán el camino de vuelta a su favor.

Primero, buscarán a Dios: «Buscarán al SEÑOR su Dios y a David su rey». Quienes desean encontrar a Dios y su favor deben buscarlo, preguntando por él y deseando conocerlo y reconciliarse con él. Buscarlo significa reconocer que lo han perdido y lamentarlo.

Lo buscarán como su Dios, porque un pueblo ciertamente debe buscar a su propio Dios. También buscarán a David su rey, que no puede ser otro que el Mesías, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo y descendiente de David, a quien David mismo llamó Señor (Salmo 110:1) y a quien Dios le dio el trono de David (Lucas 1:32). La versión caldea entiende esto como buscar el servicio del SEÑOR su Dios y obedecer al Mesías, el Hijo de David, su rey. Compárese con Jeremías 30:9, Ezequiel 34:23 y Ezequiel 37:25. Quienes verdaderamente desean buscar al Señor deben acudir a Jesucristo, recibirlo como su Rey y convertirse en súbditos dispuestos y leales a él.

Segundo, mostrarán reverencia a Dios: «Temerán al SEÑOR y su bondad».

Algunos entienden que «su bondad» se refiere al templo, el lugar donde volverían para adorar a Dios. Los escritores judíos dicen que, en los días de Roboam, Israel rechazó tres cosas: el reino de los cielos, la casa de David y la casa del santuario. Afirman que las cosas nunca estarán bien para ellos hasta que regresen y busquen las tres, y que esta promesa señala hacia esa esperanza. Según esta interpretación, buscan el reino de Dios en el SEÑOR su Dios, la línea real en David su Rey y el templo en la bondad del SEÑOR.

Otros entienden que «su bondad» significa Cristo, quien es el mismo que David su Rey. Sin embargo, probablemente sea mejor entenderlo como una de las cualidades de Dios: la bondad mediante la cual mostró su gloria y dio a conocer su nombre. No debemos temer solamente la grandeza del SEÑOR, sino también su bondad. Debemos honrar tanto su majestad como su misericordia.

Algunos entienden estas palabras en el sentido de que huirán al SEÑOR y a su bondad para encontrar seguridad, como una persona que huye a una ciudad de refugio. Debemos temer la bondad de Dios en el sentido de dejarnos mover por ella, asombrarnos ante ella y adorarlo por causa de ella, tal como Moisés lo hizo cuando Dios proclamó su nombre (Éxodo 34:6). También debemos cuidarnos de no ofender una bondad tan grande al responderle con ingratitud y perder así sus beneficios. «Pero en ti hay perdón, para que seas temido» (Salmo 130:4). Debemos alegrarnos en la bondad de Dios con reverencia, no volvernos orgullosos.

Esta promesa se cumplió en parte cuando el evangelio de Cristo hizo que muchos judíos y gentiles regresaran a Dios y se unieran a la iglesia del Nuevo Testamento. Sirvieron a Dios en Cristo con un temor infantil ante la gracia divina, y Dios los aceptó como su Israel. Algunos piensan que se cumplirá aún más cuando los judíos que todavía no creen se conviertan a la fe en Cristo. Entonces buscarán a su Mesías como David su Rey, y por medio de él todo Israel será salvo cuando haya entrado la totalidad de los gentiles.

Hubo un tiempo en que lo buscaron para darle muerte y dijeron: «No tenemos más rey que César». Pero llegará el día en que lo buscarán para hacerlo su cabeza y someterse a su gobierno. Aquel que prometió que esto sucederá también les dará la fuerza para hacerlo y lo llevará a cabo a su manera y en su tiempo, en los últimos días, en el tiempo del Mesías. Sin embargo, ¿quién puede decir quién vivirá para ver a Dios hacer esto? No sé hasta qué punto debemos esperar la conversión completa de esa nación, pero estoy seguro de que debemos orar para que los judíos se conviertan.

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