Versículo destacado

Oseas 12:7 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Es un comerciante; en su mano están las balanzas engañosas. Le encanta oprimir. "

Oseas 12:7

menu_book El versículo en contexto

5 El Señor, Dios de los ejércitos; el Señor es su memorial.

6 Por tanto, vuélvete a tu Dios; guarda la misericordia y el juicio, y espera continuamente en tu Dios.

7 Es un comerciante; en su mano están las balanzas engañosas. Le encanta oprimir.

8 Y Efraín dijo: «Sin embargo, me he enriquecido; he conseguido riquezas para mí. En todos mis trabajos no hallarán en mí ninguna iniquidad que sea pecado».

9 Y yo, que soy el Señor tu Dios desde la tierra de Egipto, todavía haré que habites en tiendas, como en los días de la fiesta solemne.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos reprensiones por el pecado entrelazadas a lo largo de estos versículos. Cuando Dios se presenta para confrontar a un pueblo y manifestar su propia justicia, también deja al descubierto la injusticia de ese pueblo. A Efraín se le había llamado a volver a su Dios y a practicar la justicia (Oseas 12:6); ahora, para mostrar por qué era necesario ese llamado, se le acusa de apartarse de Dios por medio de la idolatría y de quebrantar las leyes de la justicia.

En Oseas 12:7-8 se le acusa de cometer injusticia contra los deberes de la segunda tabla de la ley, es decir, los mandamientos que regulan nuestras responsabilidades hacia otras personas. Observemos de qué pecado se le acusa: es un comerciante. La nota al margen entiende esto como un nombre propio y lo llama Canaán, o cananeo, indigno de ser mencionado junto con Jacob e Israel y merecedor de ser expulsado bajo maldición de esta buena tierra, tal como fueron expulsados los cananeos (Amós 9:7). Sin embargo, Canaán también puede significar comerciante, y ese parece ser el sentido aquí, pues Efraín es acusado de fraude en sus negocios.

Dios les había dado a su pueblo una tierra que manaba leche y miel, pero no les prohibió enriquecerse por medio del comercio. Ellos adoptaron el trabajo comercial de los cananeos, además de sus labores agrícolas. Sacaban riquezas del mar y de los tesoros escondidos en la arena (Deuteronomio 33:19). Si hubieran sido comerciantes honestos, eso no habría sido motivo de vergüenza. Al contrario, habría sido un honor y una bendición. Pero Efraín es un comerciante al estilo cananeo: honesto solo cuando le conviene y dispuesto a engañar a cualquiera que pueda.

Efraín actúa con engaño y por eso oprime a los demás. Existe opresión por medio del fraude, así como por medio de la fuerza. No son únicamente los gobernantes, los terratenientes y los amos quienes pueden oprimir a sus súbditos, inquilinos y siervos. Los comerciantes y negociantes también suelen hacerlo cuando se aprovechan de la ignorancia de las personas o de su necesidad para imponerles tratos abusivos, o cuando son duros e inflexibles al cobrar deudas.

Efraín engañaba de dos maneras. Primero, usaba gran habilidad y astucia: «En su mano están las balanzas engañosas». Usaba balanzas y entregaba las mercancías según su peso y medida, como si fuera cuidadoso y justo. Pero eran balanzas engañosas, con pesas y medidas falsas. Bajo la apariencia de hacer lo correcto, cometía la mayor injusticia. Dios observa a los comerciantes y negociantes cuando pesan mercancías y cuentan dinero, y ve si son honestos o deshonestos. Él ve qué balanzas tienen en sus manos y cómo las usan. Las transacciones realizadas con habilidad humana pueden llegar a ser complejas, pero es triste cuando el pecado humano las convierte en instrumentos de maldad.

Segundo, lo hacía con gusto y orgullo: «Le encanta oprimir». Oprimir a los demás ya es suficientemente malo, pero que a alguien le guste hacerlo es mucho peor. Su conciencia no lo detenía ni lo reprendía, como debía hacerlo. Si lo hubiera hecho, aunque todavía pecara, no habría podido deleitarse en el pecado. Pero sus deseos pecaminosos eran tan fuertes y tenían tanto control sobre él que no solo amaba la ganancia obtenida mediante la opresión; amaba la opresión misma. Pecaba por el simple placer de pecar y disfrutaba de superar con astucia a las personas que no sospechaban de él.

Luego intenta justificar este pecado, en Oseas 12:8. Las personas malvadas suelen tener algo que decir en su propia defensa cuando se señalan sus faltas: alguna débil excusa para esquivar la fuerza de la palabra de Dios. A Efraín se le acusa de ser un simple estafador. Ahora veamos qué responde. No niega la acusación. No dice que es inocente. Tampoco la confiesa con arrepentimiento ni pide perdón. En cambio, intenta defenderse.

Aunque fuera cierto que usaba balanzas engañosas, argumenta que se había enriquecido. No importa lo que el profeta diga acerca de su fraude, de su pecado y de la maldición que lo acompaña; Efraín no puede ver el daño ni el peligro porque piensa que ha tenido éxito. «Sin embargo, me he enriquecido; he conseguido riquezas». En otras palabras: «Llámalo como quieras, pero he obtenido buenas ganancias». Los corazones dominados por deseos egoístas suelen afianzarse en sus malos caminos debido al éxito mundano.

Pero ese es un grave error. Cada parte de la respuesta de Efraín muestra su insensatez. Primero, es necio llamar «sustancia» a las riquezas de este mundo, como si fueran sólidas y duraderas, cuando en realidad son cosas que no permanecen (Proverbios 23:5). Segundo, es necio pensar que las produjimos nosotros mismos, como si nuestra propia habilidad y esfuerzo fueran la causa completa de ellas. Tercero, es necio actuar como si lo que tenemos nos perteneciera exclusivamente, cuando en realidad solo somos administradores, personas a quienes se les ha confiado algo que pertenece a otro. Cuarto, es necio jactarse de enriquecerse, como si las riquezas fueran una señal de verdadero honor o de un favor especial de parte de Dios. No debemos gloriarnos en las riquezas (Santiago 1:9-10).

Quinto, es necio pensar que enriquecerse por medio del pecado nos hace inocentes, seguros o incluso tranquilos en ese pecado. El éxito de los necios los engaña y los destruye (Isaías 47:10; Proverbios 1:32). Efraín también argumenta que conservaba una buena reputación. Esto es común entre quienes pecan. Cuando los ministros los reprenden con razón, apelan a sus vecinos. Si los demás no conocen ningún mal de ellos, o no están dispuestos a decirlo, se vuelven contra quienes los reprenden.

«En todos mis trabajos», dice Efraín, «no encontrarán en mí ninguna iniquidad que sea pecado». Los corazones dominados por deseos egoístas se apresuran a formar una buena opinión de sí mismos basándose en la reputación que tienen entre sus vecinos. Efraín se sentía seguro, primero, porque sus vecinos sabían que era diligente en sus negocios y observaban todo lo que hacía, y lo elogiaban por ello. La gente te elogiará cuando te vaya bien. Segundo, ninguno de ellos sabía que era deshonesto en sus negocios. Era tan cuidadoso y astuto que nadie podía afirmar claramente que estuviera actuando de manera injusta.

O escondía el fraude tan bien que nadie lo descubría, o lo justificaba tan bien que nadie lo condenaba. Parecía pensar que, si las personas no descubrían el mal, entonces no era realmente malo delante de Dios. O que, si la gente lo consideraba poco grave, debía ser una falta pequeña, que no merecía mucha atención. Pero eso no lo hace correcto. ¿De qué nos servirá que las personas no encuentren ninguna falta en nosotros, mientras Dios ve mucho y llevará a juicio toda obra secreta, incluso los fraudes ocultos?

Era un pecado aceptado por la sociedad. Parecía que todos lo hacían; parecía inofensivo e incluso útil o rentable. Por eso lo trataban como si no fuera pecado y suponían que nadie pensaría menos de ellos por hacerlo. Pero Dios no ve como ven las personas ni juzga como juzgan ellas.

Luego el profeta los acusa de idolatría, quebrantando la primera tabla de la ley, la parte que trata de los deberes hacia Dios. La idolatría, que consiste en fabricar y adorar imágenes, es especialmente vacía e inútil. El profeta dice que son vanidad, porque no ayudan, sino que engañan (Oseas 12:11). Señala dos lugares conocidos por este pecado: Galaad y Gilgal.

Galaad, al este del Jordán, ya había sido señalada por esto (Oseas 6:8). Era una región fértil y agradable, casi famosa por serlo (Jeremías 22:6). También era una zona fronteriza, expuesta a los ataques enemigos, por lo que necesitaba de manera especial la protección de Dios. ¡Qué triste, entonces, que respondiera al Señor con idolatría y se apartara de esa protección! ¿Hay iniquidad en Galaad? Sí, la había.

Gilgal también estaba corrompida. Allí ofrecían sacrificios de toros (Oseas 9:15), y los altares que habían levantado, ya fuera para dioses extranjeros o en lugar del altar establecido por Dios, eran tan numerosos como montones de estiércol en los surcos de un campo arado y listo para recibir la semilla (Oseas 8:11). Algunos entienden estas palabras como si el profeta preguntara: «¿Hay pecado solamente en Galaad?». La respuesta es no. Toda la nación estaba infectada, e incluso en los lugares que en otro tiempo habían experimentado el cuidado de Dios estaban cometiendo este pecado.

En Galaad, Dios había protegido a Jacob, su antepasado, de la ira de Labán. Sin embargo, ellos escogieron precisamente ese lugar para hacer el mal. Esto hacía aún más grave su culpa. La bondad pasada de Dios debió haberlos detenido, pero aun así pecaron allí.

Luego el profeta pasa a las amenazas de juicio por causa de su pecado. Algunos entienden Oseas 12:9 como una advertencia de que Dios haría que volvieran a vivir en tiendas, como en los días establecidos en el desierto. Eso significaría devolverlos a una condición pobre, inestable y desolada, semejante a la que Israel vivió durante los cuarenta años posteriores a su salida de Egipto. Efraín olvidó que Dios lo había sacado de Egipto y lo había levantado. En vez de estar agradecido, se llenó de orgullo por sus riquezas y usó caminos pecaminosos para aumentarlas. Por eso Dios amenaza con hacer que vuelva a habitar en tiendas.

Es justo que Dios, cuando las personas convierten sus tiendas en casas por sus pecados, pueda convertir sus casas nuevamente en tiendas mediante sus juicios. En cualquier caso, la advertencia es segura: Efraín lo provocó a una ira muy amarga (Oseas 12:14). Las personas suelen engañarse acerca de su propia condición, pero no permanecerán engañadas para siempre. Efraín pensaba que no había en él ningún pecado que mereciera llamarse pecado (Oseas 12:8). Dios dice lo contrario. Lo que había hecho era profundamente ofensivo para Dios, y al final también se volvería amargo para él.

Había pecado con gran obstinación, a pesar del conocimiento y de las advertencias. Cualquiera podía ver que pretendía provocar a Dios hasta el extremo. Ese pecado también lo destruiría. Nada puede terminar bien cuando despierta la ira de Dios contra una persona. Dios le quitaría la vida que había perdido por su culpa. No lo consideraría inocente, sino que haría caer sobre él la muerte que el pecado merece. Su sangre recaería sobre su propia cabeza (2 Samuel 1:16), porque su propio pecado había testificado contra él, y solo él tendría que cargar con sus consecuencias.

Dios también le quitaría el honor que había perdido. Su Señor haría recaer sobre él la deshonra que había causado. Efraín había deshonrado a Dios por medio de la idolatría y otros pecados, y había dado a los demás motivos para hablar en su contra. Ahora Dios haría que esa vergüenza volviera sobre él, tal como había dicho: quienes lo desprecian serán tenidos en poco. Los pecados vergonzosos tendrán castigos vergonzosos. Si Efraín despreciaba a su Dios, sería humillado hasta el punto de que sus vecinos lo mirarían con desprecio.

El profeta también les recuerda las misericordias recibidas en el pasado, para poner en evidencia su ingratitud al apartarse de Dios. Debían recordar que Dios los había levantado de una condición humilde. Cuando Efraín se hizo rico, olvidó lo que Dios les pedía confesar cada año: «Un arameo a punto de perecer fue mi padre» (Deuteronomio 26:5). Aquí Dios les hace recordar aquello.

Debían recordar los honores de Jacob: fue un príncipe poderoso delante de Dios (Oseas 12:3). Pero también debían recordar su condición humilde cuando huyó a Siria por causa de un hermano hostil y trabajó para su codicioso tío a cambio de una esposa. Cuidaba ovejas porque no tenía bienes con los cuales conseguir una esposa por sí mismo. Jacob era pobre, débil y fugitivo, así que sus descendientes no tenían razón para enorgullecerse. Era un hombre sencillo, que vivía en tiendas y cuidaba ovejas; por eso, las balanzas engañosas no les correspondían. Trabajó para obtener una esposa que no fuera cananea, a diferencia de las esposas de Esaú. Por eso, era una vergüenza que ellos se volvieran como los cananeos y se mezclaran con las naciones.

Dios preservó maravillosamente a Jacob durante su huida y a lo largo de sus años de servicio. De aquella raíz en tierra seca, Dios levantó una gran nación que llevaría su nombre. Esto mostró la bondad de Dios hacia Jacob y hacia ellos, y dejó al descubierto su profunda ingratitud hacia el Dios que los había fundado y bendecido.

También debían recordar que Dios los rescató de la miseria y la esclavitud, no solamente de la pobreza (Oseas 12:13). Esto hacía aún más fuerte su deber de servirle y hacía mayor su culpa cuando servían a otros dioses. Dios sacó a Israel de Egipto para que le sirviera, y al redimirlo de la esclavitud reclamó un derecho especial sobre su servicio. También lo mantuvo a salvo, como ovejas bajo el cuidado de un pastor. Lo protegió de la ira del faraón en el mar Rojo, lo guardó de todos los peligros del desierto y allí proveyó para sus necesidades.

Dios hizo esto por medio de un profeta: Moisés. A Moisés incluso se le llama rey en Jesurún (Deuteronomio 33:5), pero lo que hizo por Israel lo realizó como profeta, bajo la dirección de Dios y mediante el poder de su palabra. No llevaba un cetro real, sino la vara de Dios; con ella hizo caer las plagas sobre Egipto y trajo bendiciones a Israel. Moisés, como profeta, señalaba hacia Cristo (Hechos 3:22), y por medio de Cristo, el gran Profeta, somos sacados del Egipto del pecado y de Satanás por el poder de su verdad.

Todo esto muestra cuán indigno e ingrato era este pueblo.

En primer lugar, rechazaron a su Dios, quien los había sacado de Egipto. Este hecho aparece en el preámbulo de los Diez Mandamientos como una razón especial por la que no debían tener otros dioses delante de él. En segundo lugar, despreciaron y persiguieron a sus profetas. Debían haberlos amado y valorado, y debían haber procurado responder al propósito de Dios al enviarlos, teniendo en cuenta al profeta por medio de quien Dios los había sacado de Egipto y protegido en el desierto.

Las bendiciones que recibimos por medio de la palabra de Dios hacen que nuestro pecado y nuestra necedad sean mucho peores si tratamos esa palabra con ligereza.

Dios también se había encargado de instruirlos mientras crecían, como vemos en Oseas 12:10. Así como los liberó por medio de un profeta, también continuó hablándoles por medio de los profetas. Así como las personas se alimentan de la tierra porque fueron formadas de la tierra, aquella nación, formada por medio de la profecía, era alimentada y enseñada por medio de la profecía. Desde Moisés en adelante, a través de todos los profetas y durante toda la historia de esa comunidad de fe, la revelación divina fue su instrucción constante.

Dios levantó profetas entre ellos (Amós 2:11). Hubo una larga sucesión de profetas, y casi nunca estuvieron sin alguna manifestación del Espíritu de profecía, desde Moisés hasta Malaquías. Estos profetas eran videntes: personas que recibían visiones y sueños mediante los cuales Dios les mostraba directamente su voluntad, con plena certeza de que realmente era su voluntad (Números 12:6). Dios multiplicó esas visiones y esos mensajes. No les habló una sola vez, sino muchas. Si ignoraban una visión, les enviaba otra.

Dios les habló por medio de los profetas, y los profetas comunicaron con claridad y fidelidad lo que habían recibido del Señor. El pueblo en el monte Sinaí había pedido que Dios les hablara por medio de hombres semejantes a ellos, y Dios lo hizo. Al hablar por medio de los profetas, también usó comparaciones e imágenes para hacer sus mensajes más claros, conmovedores y fáciles de recordar. Las visiones que recibían solían tener ese carácter, y sus enseñanzas estaban llenas de comparaciones apropiadas. De la misma manera, Dios habló por medio de su Hijo usando parábolas.

Dios lleva cuenta, lo hagamos nosotros o no, de los sermones que escuchamos. Quienes han disfrutado durante mucho tiempo de los medios de gracia en pureza, abundancia y poder, y han escuchado con frecuencia, fidelidad y atención la voluntad de Dios, tendrán mucho de qué responder si continúan viviendo en pecado.

Aquí también hay indicios de una misericordia futura, y esto se recuerda incluso en medio del pecado y del juicio, como algunos entienden Oseas 12:9. Dios dice: «Yo soy el Señor su Dios desde la tierra de Egipto. Allí los tomé como mi pueblo, y desde entonces les he mostrado que soy su Dios mediante un cuidado constante y misericordioso. Todavía tengo bondad para ustedes, aunque son tan malos. Haré que habiten en tiendas, no como lo hicieron en el desierto, sino como en los días de la fiesta solemne».

Esto apunta a la fiesta de los tabernáculos, celebrada con gran alegría (Levítico 23:40). Por la gracia de Dios, llegarían a comprender que, aunque fueran ricos y hubieran acumulado muchas riquezas, todavía vivían en una condición semejante a la de una tienda y no poseían una ciudad permanente en sus bienes terrenales. También seguirían teniendo razones para alegrarse en Dios y oportunidades para hacerlo en el culto público. La fiesta de los tabernáculos fue la primera fiesta solemne que los judíos celebraron después de regresar de Babilonia (Esdras 3:4).

Como ocurre con otras promesas, esta encontraría su significado pleno en la gracia del evangelio. El evangelio les proporciona a los creyentes tiendas mientras avanzan hacia el cielo, y les da la razón para tener un gozo santo en Dios que la fiesta de los tabernáculos representaba (Zacarías 14:18-19).

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