Versículo destacado

Hebreos 9:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Con esto el Espíritu Santo daba a entender que el camino al Lugar Santísimo aún no había sido manifestado mientras el primer tabernáculo todavía permaneciera en pie. "

Hebreos 9:8

menu_book El versículo en contexto

6 Dispuestas así estas cosas, los sacerdotes entraban siempre en el primer tabernáculo para cumplir el servicio de Dios.

7 Pero en el segundo entraba solamente el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrecía por sí mismo y por los errores del pueblo.

8 Con esto el Espíritu Santo daba a entender que el camino al Lugar Santísimo aún no había sido manifestado mientras el primer tabernáculo todavía permaneciera en pie.

9 Este era una figura para el tiempo entonces presente, en el cual se ofrecían tanto ofrendas como sacrificios que, en cuanto a la conciencia, no podían hacer perfecto al que realizaba el servicio.

10 Estos consistían solamente en comidas, bebidas, diversos lavamientos y ordenanzas carnales, impuestas sobre ellos hasta el tiempo de la reforma.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos, el apóstol explica el pensamiento y el propósito del Espíritu Santo en todas las normas del tabernáculo y en la adoración del antiguo pacto, incluyendo tanto el lugar mismo como los sacrificios. Las Escrituras del Antiguo Testamento fueron dadas por inspiración de Dios, y los hombres santos de la antigüedad hablaron y escribieron guiados por el Espíritu Santo. Esos escritos siguen siendo muy útiles y están llenos de significado, no solo para quienes los recibieron originalmente, sino también para los cristianos de hoy.

No debemos limitarnos a leer las leyes relacionadas con los levitas, la tribu apartada para el servicio sacerdotal. Debemos considerar lo que el Espíritu Santo enseña por medio de ellas. A través de esas normas, muestra varias verdades. Una de ellas es que el camino al Lugar Santísimo todavía no estaba abierto mientras el primer tabernáculo permaneciera en pie (Hebreos 9:8). Esta era una de las lecciones que Dios quiso enseñar por medio de esos símbolos. Bajo el antiguo pacto, el camino al cielo no era tan claro ni estaba tan abierto como lo está ahora bajo el Nuevo Testamento.

Esta es una parte del honor de Cristo y del evangelio, y de la bendición de quienes viven bajo ellos: ahora la vida y la inmortalidad han sido manifestadas con claridad. En aquel tiempo, las personas no tenían el mismo acceso libre a Dios que tienen ahora los creyentes. Dios ha abierto una puerta más amplia, y hay lugar para todos los que verdaderamente desean volver a él por medio de Cristo.

El Espíritu Santo también muestra que el primer tabernáculo era solo una figura para aquel tiempo presente (Hebreos 9:9). Era una forma de adoración oscura y provisional, que duraría solo por un tiempo. Su propósito era señalar de antemano las grandes realidades de Cristo y del evangelio, que después serían reveladas con todo su esplendor. Cuando sale el sol, las estrellas se desvanecen; de la misma manera, las sombras del antiguo pacto dieron paso al evangelio.

Otra lección es que ninguno de los regalos y sacrificios ofrecidos allí podía perfeccionar la conciencia del adorador (Hebreos 9:9). Es decir, no podían quitar la culpa, la mancha ni el poder del pecado. No podían librar a una persona del temor de la ira de Dios ni resolver las preguntas y cargas de su corazón. Alguien podía cumplir todos esos ritos durante toda su vida y, aun así, no tener una conciencia limpia ni en paz.

Esos sacrificios podían protegerlo de los juicios físicos y temporales anunciados contra quienes quebrantaban el pacto, pero no podían salvarlo del pecado ni del infierno. Solo quienes creen en Cristo son librados de esas cosas. El Espíritu Santo también deja claro que las normas del antiguo pacto eran únicamente reglas externas y ordenanzas relacionadas con lo físico, es decir, ceremonias corporales, impuestas hasta que llegara el tiempo de la reforma (Hebreos 9:10).

Su debilidad se manifiesta de tres maneras. Primero, por su naturaleza, eran asuntos externos como la comida, la bebida y diversos lavamientos. Eran ejercicios corporales y servían de muy poco; en el mejor de los casos, podían limpiar el cuerpo externamente. Segundo, estos mandamientos no se dejaban a elección: se imponían al pueblo con sanciones estrictas, con el propósito de dirigirlo más hacia el Salvador prometido y despertar en él el anhelo por su venida. Tercero, nunca tuvieron la intención de durar para siempre, sino solo hasta el tiempo de la reforma, cuando llegarían realmente las cosas mejores que habían sido prometidas.

Los tiempos del evangelio son tiempos de reforma, y deben producir un conocimiento más claro de todo lo que necesitamos saber. También deben producir un amor mayor, de modo que no guardemos mala voluntad contra nadie, sino que deseemos el bien de todos y nos deleitemos en lo que refleja el carácter de Dios. Deben traer una mayor libertad de espíritu y de palabra, y una vida más santa, formada por las normas del evangelio. Tenemos ventajas mucho mayores bajo el evangelio que las que ellos tuvieron bajo la ley; por eso, debemos vivir mejor, o terminaremos viviendo peor. Una vida coherente con el evangelio es una manera noble de vivir, y nada bajo, insensato, vacío o servil corresponde a ella.

El Espíritu Santo también enseña que usamos correctamente las figuras solo cuando las relacionamos con aquello que señalan, es decir, con la realidad superior que representan. Esa realidad debe estar muy por encima de la sombra, y este es el propósito principal de toda esta enseñanza. Puesto que el apóstol escribe a personas que creen que Cristo ya vino y que Jesús es el Cristo, concluye correctamente que Cristo está muy por encima de todos los sumos sacerdotes establecidos por la ley (Hebreos 9:11-12).

Cristo es sumo sacerdote de los bienes venideros, una expresión que puede abarcar varias cosas. Incluye todos los bienes que estaban por venir durante el tiempo del Antiguo Testamento y que ahora han llegado en el Nuevo Testamento. Todas las bendiciones espirituales y eternas que los creyentes del Antiguo Testamento disfrutaron en su tiempo llegaron por medio del Mesías que todavía había de venir, aquel en quien confiaban. El Antiguo Testamento mostraba estas cosas mediante sombras, y el Nuevo Testamento es su cumplimiento.

También incluye todos los bienes que todavía han de venir durante la era del evangelio, cuando se cumplan las promesas y profecías hechas a la iglesia acerca de los tiempos posteriores. Todo esto depende de Cristo y de su sacerdocio. Además, incluye todos los bienes que vendrán en el cielo, los cuales llevarán a su cumplimiento final tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. La gloria llevará la gracia a su plena consumación y, en ese sentido superior, el cielo es la culminación del Nuevo Testamento incluso más de lo que el Nuevo Testamento fue la culminación del Antiguo. Todas las cosas, pasadas, presentes y futuras, están fundadas en el oficio sacerdotal de Cristo y fluyen de él.

Cristo también es sumo sacerdote por medio de un tabernáculo más grande y perfecto (Hebreos 9:11), un tabernáculo no hecho por manos humanas, que no forma parte de este orden creado. Esto se refiere a su propio cuerpo, o más precisamente, a su naturaleza humana, concebida por el Espíritu Santo cuando cubrió con su poder a la bendita virgen María. Era una estructura nueva, muy superior a cualquier construcción terrenal, incluso al tabernáculo del templo.

Cristo, nuestro sumo sacerdote, entró al cielo, no como entraba el antiguo sumo sacerdote al Lugar Santísimo con sangre de toros y cabras, sino con su propia sangre, que aquellos sacrificios solo representaban y que es mucho más preciosa. Él no entró solamente por un año, lo cual demostraba la debilidad de aquel sacerdocio, pues solo obtenía un perdón anual y simbólico. Nuestro sumo sacerdote entró una sola vez y obtuvo no una pausa anual, sino la redención eterna; por eso no necesita entrar de nuevo cada año.

En cada figura había algo que la hacía semejante a Cristo y algo que demostraba que solo era una figura y que se quedaba corta frente a él. Por eso, nunca debemos poner la figura al lado de Cristo como si fueran iguales. El Espíritu Santo también muestra el poder de la sangre de los sacrificios del antiguo pacto, y de ello podemos deducir el poder mucho mayor de la sangre de Cristo.

La sangre de los sacrificios establecidos por la ley tenía un valor real, pero su alcance era limitado. Purificaba externamente a la persona, como dice Hebreos 9:13. Esto significaba que quitaba la impureza ceremonial y apartaba el castigo temporal. También permitía que una persona tuviera acceso a ciertos privilegios externos.

A partir de esto, el escritor presenta una conclusión mucho más contundente acerca de la sangre de Cristo en Hebreos 9:14: ¡cuánto más obrará la sangre de Cristo! El poder de la sangre de Cristo proviene de que él se ofreció a Dios. En esta ofrenda, su naturaleza humana fue puesta sobre el altar de su naturaleza divina. Él fue al mismo tiempo sacerdote, altar y sacrificio. Por eso, su ofrenda podía realizar verdaderamente la expiación, es decir, hacer la paz entre Dios y los pecadores.

Cristo también se ofreció por medio del Espíritu eterno, no solo con el respaldo divino, sino con la ayuda del Espíritu Santo para obedecer perfectamente. Se entregó voluntariamente en ese gran acto de obediencia. Y se ofreció sin mancha, sin ninguna marca de pecado en su naturaleza ni en su vida. Esto correspondía a la ley de los sacrificios, que exigía animales sin defecto.

El efecto de la sangre de Cristo es mucho mayor que el de los antiguos sacrificios. Puede limpiar la conciencia de obras muertas, es decir, de pecados que proceden de la muerte espiritual y conducen a la muerte eterna. El pecado contamina el alma, así como tocar un cadáver producía impureza ceremonial. Pero la sangre de Cristo puede lavar esa mancha interior.

También nos capacita para servir al Dios vivo. La sangre de Cristo hace más que quitar la culpa que se interpone entre Dios y los pecadores. También santifica y renueva el alma mediante la obra misericordiosa del Espíritu Santo. Cristo obtuvo esa ayuda precisamente con este propósito: que pudiéramos servir a Dios de una manera viva y activa.

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