Versículo destacado

Hebreos 9:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Entonces, ciertamente, el primer pacto también tenía ordenanzas para el servicio divino y un santuario terrenal. "

Hebreos 9:1

menu_book El versículo en contexto

1 Entonces, ciertamente, el primer pacto también tenía ordenanzas para el servicio divino y un santuario terrenal.

2 Porque se preparó un tabernáculo: el primero, donde estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición; este es llamado el santuario.

3 Y detrás del segundo velo estaba el tabernáculo llamado el Lugar Santísimo,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol explica el tabernáculo, el lugar de adoración que Dios ordenó establecer en la tierra. Se le llama santuario terrenal porque pertenecía a este mundo presente, tanto por los materiales con que fue construido como por el hecho de que tendría que ser desmontado. También era la corte y el palacio del Rey de Israel, pues Dios era su Rey y tenía allí una morada, servidores, muebles y provisiones apropiados para ese papel.

Este tabernáculo, cuyo modelo se describe en Éxodo 25–27, era un templo portátil. Representaba la vida inestable de la iglesia en la tierra y también la naturaleza humana del Señor Jesucristo, en quien habitó corporalmente toda la plenitud de Dios. Tenía dos partes, una exterior y otra interior, como un primer y un segundo tabernáculo. Estas partes también señalaban los dos estados de la iglesia, aquí y en la gloria, y las dos naturalezas de Cristo, humana y divina.

En la parte exterior había varios objetos que se mencionan aquí. Primero estaba el candelabro, seguramente con lámparas que permanecían siempre encendidas. Era necesario porque el santuario no tenía ventanas, y mostraba a los judíos la oscuridad y el misterio de aquel sistema. Su luz era apenas como la de una lámpara en comparación con la luz plena que Cristo, el Sol de justicia, traería y compartiría con su pueblo. Toda nuestra luz proviene de él, la fuente de la luz.

También estaba la mesa y, sobre ella, el pan de la Presencia. La mesa estaba directamente frente al candelabro, mostrando que, por medio de la luz de Cristo, debemos tener comunión con él y unos con otros. No debemos acercarnos a su mesa en oscuridad, sino comprender el cuerpo del Señor por medio de la luz de Cristo. Sobre aquella mesa había doce panes, uno por cada una de las doce tribus de Israel; permanecían allí desde un sábado hasta el siguiente, cuando eran reemplazados.

Este pan puede entenderse de dos maneras. Era como la provisión que se guardaba en el palacio de un rey, aunque el Rey de Israel no la necesitaba para sí mismo. O señalaba la provisión que Cristo ha preparado para el alma de su pueblo, adecuada para sus necesidades y su refrigerio. Él es el pan de vida. En la casa de nuestro Padre hay pan en abundancia, y podemos recibir de Cristo provisiones nuevas, especialmente en el día del Señor. Esta parte exterior se llama el Lugar Santo porque estaba apartada para la adoración de un Dios santo, representaba a un Jesús santo y servía a un pueblo santo mientras crecía en santidad.

La parte interior, más allá del segundo velo, se llama el Lugar Santísimo. Ese segundo velo separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo y señalaba el cuerpo de Cristo. Cuando su cuerpo fue desgarrado, no solo se abrió una vista, sino también un camino para que entráramos al Lugar Santísimo, que representa el cielo mismo. En esta parte interior estaban el incensario de oro, o el altar de oro para quemar incienso, y el arca del pacto recubierta de oro puro (Hebreos 9:4).

El incensario de oro, o altar del incienso, señalaba a Cristo y a su intercesión agradable y poderosa en el cielo, basada en el mérito y la satisfacción de su sacrificio. Debemos confiar en esa intercesión para ser aceptados por Dios y recibir sus bendiciones. El arca también señalaba a Cristo, especialmente su obediencia perfecta a la ley y el cumplimiento de toda justicia en nuestro favor.

Dentro del arca había tres cosas. Primero, estaba la urna de oro que contenía el maná. Cuando los israelitas guardaban maná en sus casas contra el mandato de Dios, pronto se echaba a perder. Pero cuando Dios ordenó que se colocara allí, permaneció puro y dulce. Esto nos enseña que solo en Cristo nuestra persona, nuestras virtudes espirituales y nuestras obras se conservan puras. También señalaba el pan de vida que tenemos en Cristo, el alimento verdadero que da vida eterna. Además, recordaba cómo Dios alimentó a su pueblo en el desierto, para que nunca olvidaran su gran bondad ni dudaran de él después.

Segundo, estaba la vara de Aarón que había reverdecido. Esto mostró que Dios había escogido a Aarón, de la tribu de Leví, para servir delante de él, y puso fin a las quejas del pueblo y a su intento de apropiarse del oficio sacerdotal (Números 17:1-13). También era una figura de Cristo, llamado el hombre, el Renuevo (Zacarías 6:12), por medio de quien Dios ha obrado maravillas para rescatar, proteger y sustentar espiritualmente a su pueblo, y para derrotar a sus enemigos. También representaba la justicia divina, por la cual Cristo, la Roca, fue golpeado, y de él fluyen a nuestra alma las aguas frescas y vivificantes de la vida.

Tercero, estaban las tablas del pacto, en las que estaba escrita la ley moral. Esto muestra cuánto le importa a Dios que se guarde su santa ley y cuán cuidadosos debemos ser todos para obedecerla. Sin embargo, solo podemos hacerlo en Cristo y por medio de él, con la fuerza que proviene de él, y nuestra obediencia solo es aceptada por medio de él.

Sobre el arca estaban los querubines de gloria, que cubrían el propiciatorio (Hebreos 9:5). El propiciatorio era la cubierta del arca. Se le llamaba así porque era el lugar donde se hacía expiación, y estaba hecho de oro puro, con la misma longitud y anchura que el arca debajo de él. Era una representación clara de Cristo y de su justicia perfecta, que corresponde plenamente a las exigencias de la ley de Dios y cubre todos nuestros pecados. Se encuentra entre la presencia de Dios, representada por la gloria divina, y nuestras transgresiones pecaminosas, ocultándolas.

Los querubines de gloria que daban sombra al propiciatorio representaban a los santos ángeles de Dios. Ellos se deleitan en contemplar la gran obra de nuestra redención por medio de Cristo y están dispuestos, bajo la autoridad del Redentor, a prestar todo buen servicio a quienes heredarán la salvación. Los ángeles estuvieron presentes con Cristo en su nacimiento, en su tentación, en sus sufrimientos, en su resurrección y en su ascensión, y estarán presentes en su segunda venida. Dios manifestado en la carne fue visto, observado y visitado por los ángeles.

Después de esta descripción de la adoración del Antiguo Testamento, el apóstol pasa a las funciones que se realizaban allí (Hebreos 9:6). Una vez organizadas las partes y colocados los objetos del tabernáculo, ¿qué se hacía allí? Los sacerdotes ordinarios entraban continuamente en el primer tabernáculo para llevar a cabo el servicio de Dios. Solo a los sacerdotes se les permitía entrar en la primera parte del tabernáculo, y esto enseña que nadie que no haya sido capacitado y llamado por Dios debe imponerse en el oficio y la obra del ministerio.

A los sacerdotes ordinarios solo se les permitía entrar en la primera parte del tabernáculo. Habría sido una presunción mortal que entraran en el Lugar Santísimo. Esto enseña que aun los ministros deben conocer su lugar y mantenerse dentro de sus límites. No deben atribuirse la autoridad de Cristo, añadir sus propias ideas a sus ordenanzas ni actuar como si gobernaran la conciencia de las personas.

Estos sacerdotes debían entrar regularmente en la primera habitación del tabernáculo. En otras palabras, debían dedicarse a sí mismos y dedicar todo su tiempo al trabajo de su oficio, sin apartarse de él en ningún momento. Debían mantenerse siempre listos para cumplir con su deber y, en los momentos señalados, realizar su servicio. Tenían que entrar en aquel primer santuario para completar allí el servicio de Dios. No debían hacer la obra de Dios a medias, sino llevarla plenamente a cabo, cumpliendo toda su voluntad y propósito. Debían comenzar bien, continuar bien y perseverar hasta el final, terminando el ministerio que habían recibido.

A la segunda parte, la habitación interior, entraba únicamente el sumo sacerdote (Hebreos 9:7). Esta parte representaba el cielo y la ascensión de Cristo allí. Nadie excepto el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo; del mismo modo, solo Cristo podía entrar al cielo en su propio nombre, por su propio derecho y por su propio mérito. Cuando el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, primero tenía que pasar por la habitación exterior y por el velo. Esto señalaba que Cristo entró al cielo mediante una vida santa y una muerte violenta, con el velo de su carne desgarrado.

El sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo solo una vez al año, y en este aspecto la realidad superior es mejor que la sombra, como sucede en todo lo demás. Cristo entró una vez para siempre, durante toda la era del evangelio. El sumo sacerdote tampoco podía entrar sin sangre. Esto significaba que Cristo, al asumir por nosotros el oficio de sumo sacerdote, no podía haber sido recibido en el cielo sin derramar su sangre por nosotros. También significa que ninguno de nosotros puede entrar ahora en la presencia bondadosa de Dios, ni después en su presencia gloriosa, sino por medio de la sangre de Jesús.

Bajo la ley, el sumo sacerdote entraba y ofrecía sangre primero por sí mismo y por sus propios errores, y después por los errores del pueblo (Hebreos 9:7). Esto muestra que Cristo es una persona y un sumo sacerdote mucho más excelente que cualquiera bajo la ley, porque él no tiene pecados propios que tratar. También enseña a los ministros que, cuando interceden por otros en el nombre de Cristo, primero deben aplicar a sí mismos la sangre de Cristo para recibir perdón.

Después de que el sumo sacerdote establecido por la ley ofrecía sacrificio por sí mismo, no debía detenerse allí. También tenía que ofrecer por los pecados del pueblo. Nuestro sumo sacerdote no necesita ofrecer sacrificio por sí mismo, pero nunca deja de interceder por su pueblo. Él presenta ante Dios el valor de su sufrimiento para el bien de su pueblo en la tierra.

El pecado es un error grave, tanto en lo que creemos como en lo que hacemos. Cuando pecamos contra Dios, cometemos una gran falta, y nadie puede comprender por completo todos sus propios pecados. Esos pecados dejan culpa en la conciencia, y nada puede quitarla excepto la sangre de Cristo. Los pecados de los sacerdotes y del pueblo deben ser quitados de la misma manera: aplicando la sangre de Cristo. Debemos apelar a esa sangre en la tierra, mientras él intercede por nosotros en el cielo.

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