Versículo destacado
Hebreos 9:23 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por lo tanto, era necesario que las representaciones de las cosas que están en los cielos fueran purificadas con estas cosas, pero las cosas celestiales mismas, con sacrificios mejores que estos. "
Hebreos 9:23
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
21 Además, roció con sangre tanto el tabernáculo como todos los utensilios del ministerio.
22 Y casi todas las cosas son purificadas con sangre según la ley, y sin derramamiento de sangre no hay perdón.
23 Por lo tanto, era necesario que las representaciones de las cosas que están en los cielos fueran purificadas con estas cosas, pero las cosas celestiales mismas, con sacrificios mejores que estos.
24 Porque Cristo no entró en los lugares santos hechos por manos, que son representaciones de los verdaderos, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios por nosotros.
25 Ni tampoco para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como el sumo sacerdote entra cada año en el santuario con sangre ajena.
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En la última parte de este capítulo, el apóstol muestra lo que el Espíritu Santo quiso enseñar mediante las antiguas purificaciones de las representaciones de las cosas celestiales. A partir de esto, concluye que era necesario que las cosas celestiales mismas fueran consagradas mediante sacrificios mejores.
La necesidad de purificar las representaciones terrenales surgió del mandato de Dios, que siempre debe obedecerse. También surgió del propósito de ese mandato: mantener una semejanza clara entre las cosas que anunciaban lo futuro y aquello a lo que apuntaban. Aquí debemos notar que el santuario terrenal de Dios es una representación del cielo, y que la comunión con Dios allí es, para su pueblo, una especie de cielo en la tierra.
Las cosas celestiales mismas también tenían que ser purificadas con sacrificios mejores que los de toros y machos cabríos. La realidad es superior a la representación, así que debía ser consagrada mediante un sacrificio mayor. Estas cosas celestiales son las bendiciones de la realidad del evangelio, que comienza con la gracia y llega a su plenitud en la gloria. Debían ser confirmadas mediante una señal de consagración apropiada, y esa señal fue la sangre de Cristo.
La superioridad del sacrificio de Cristo sobre los sacrificios de la ley es muy clara. Una razón es el lugar donde se ofrecieron esos sacrificios. Los sacrificios de la ley se ofrecían en lugares santos hechos por seres humanos, que solo eran representaciones del verdadero santuario (Hebreos 9:24). El sacrificio de Cristo se ofreció en la tierra, pero él mismo llevó su mérito al cielo, donde ahora lo presenta mediante su obra continua de oración e intercesión por nosotros. Está en la presencia de Dios a favor nuestro: presenta nuestras personas y nuestras obras, responde a nuestro acusador y lo deja sin argumentos, asegura nuestro bien, lleva a término todos nuestros asuntos y prepara un lugar para nosotros.
Otra razón es el sacrificio mismo (Hebreos 9:26). Los sacrificios de la ley implicaban la vida y la sangre de otras criaturas, diferentes de quienes adoraban. Eran sangre de animales, de poco valor, que no habría significado nada en este asunto si no hubiera apuntado de antemano a la sangre de Cristo. Pero Cristo se ofreció a sí mismo. Dio su propia sangre, que correctamente puede llamarse la sangre de Dios debido a la unión de sus naturalezas divina y humana; por eso tiene un valor infinito.
Una tercera razón es la frecuencia con que debían repetirse los sacrificios de la ley. Su repetición demostraba la debilidad de ese sistema. En cambio, el honor y la perfección del sacrificio de Cristo se ven en que fue ofrecido una sola vez y fue suficiente para todo propósito. Cualquier otra cosa sería irrazonable, pues entonces él tendría que seguir muriendo, resucitando, ascendiendo, descendiendo y muriendo otra vez. La gran obra estaría siempre en proceso, siempre pendiente, pero nunca terminada. Eso iría en contra de la razón y de las Escrituras, y tampoco correspondería a la dignidad de su persona. Pero ahora, una sola vez y al final de los tiempos, se manifestó para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. El evangelio es la manera definitiva en que Dios concede su gracia a las personas.
Una cuarta razón es la debilidad de los sacrificios de la ley y el poder del sacrificio de Cristo. Los sacrificios antiguos, por sí mismos, no podían quitar el pecado, obtener perdón por él ni dar poder para vencerlo. El pecado habría permanecido sobre nosotros y nos habría seguido dominando. Pero Jesucristo, mediante un solo sacrificio, puso fin a la acusación del pecado y destruyó las obras del diablo.
Luego el apóstol apoya su argumento al considerar lo que Dios ha establecido para los seres humanos (Hebreos 9:27-28), y observa algo semejante en lo que Dios ha establecido para Cristo.
Lo que Dios ha establecido para las personas incluye dos cosas. Primero, deben morir una sola vez, o al menos pasar por una transformación semejante a la muerte. Morir es algo serio. Significa que se corta el vínculo de la vida, que todas las relaciones terrenales terminan de repente, que nuestro tiempo de prueba y preparación llega a su fin y que entramos en otro mundo. Es una gran tarea, y solo puede realizarse una vez; por eso debe hacerse bien. Esto consuela a las personas piadosas, porque morirán bien y solo una vez. Pero también advierte a los malvados que mueren en sus pecados, porque no pueden regresar para realizar mejor esa gran tarea.
Segundo, está establecido que las personas enfrenten el juicio después de la muerte: primero, un juicio personal inmediatamente después de morir, cuando el alma vuelve a Dios como su Juez y queda establecida en su estado eterno; y después, el juicio final al terminar el mundo. Este es el decreto inmutable de Dios para las personas: deben morir y deben ser juzgadas. Dios lo ha establecido así, y ellas deben creerlo y reflexionar seriamente en ello.
Lo que Dios ha establecido respecto a Cristo es semejante en algunos aspectos. Primero, él debía ser ofrecido una sola vez para cargar con los pecados de muchos; es decir, de todos los que el Padre le dio, de todos los que creerían en su nombre. No fue ofrecido por ningún pecado suyo. Fue herido por nuestros pecados. Dios puso sobre él la culpa de todo su pueblo. Ellos son muchos, aunque no tantos como el resto de la humanidad. Sin embargo, cuando todos estén reunidos en él, será el primogénito entre muchos hermanos.
Segundo, está establecido que Cristo aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a quienes lo esperan. Aparecerá sin pecado. En su primera venida, aunque no tenía pecado propio, cargó con los pecados de muchos. Era el Cordero de Dios que llevaba los pecados del mundo, y apareció en semejanza de carne pecaminosa. Pero su segunda venida no traerá ninguna acusación semejante, porque ya se ocupó de ella por completo. Entonces su rostro ya no estará desfigurado, sino que resplandecerá con una gloria extraordinaria.
Esta segunda venida será para la salvación de todos los que esperan a Cristo. Entonces completará su santidad y su felicidad. Se reunirá el número total de su pueblo y su salvación llegará a su plenitud. Debemos notar que la señal de los verdaderos creyentes es que esperan a Cristo. Lo miran por la fe y esperan su venida con esperanza y anhelo santo. Lo buscan ahora en cada deber, en cada acto de adoración y en cada circunstancia de la providencia. Esperan su segunda venida y se preparan para ella. Para el resto del mundo, que se burla de esa promesa, significará destrucción repentina. Pero para quienes lo esperan, significará salvación eterna.
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De este capítulo
Hebreos 9:1
"Entonces, ciertamente, el primer pacto también tenía ordenanzas para el servicio divino y un santuario terrenal."
Hebreos 9:2
"Porque se preparó un tabernáculo: el primero, donde estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición; este es llamado el santuario."
Hebreos 9:3
"Y detrás del segundo velo estaba el tabernáculo llamado el Lugar Santísimo,"
Hebreos 9:4
"que tenía el incensario de oro y el arca del pacto, recubierta de oro por todas partes, dentro de la cual estaban la vasija de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que había brotado y las tablas del pacto."
Hebreos 9:5
"Y sobre ella estaban los querubines de gloria, que cubrían con su sombra el propiciatorio; de estas cosas no podemos hablar ahora en detalle."
Hebreos 9:6
"Dispuestas así estas cosas, los sacerdotes entraban siempre en el primer tabernáculo para cumplir el servicio de Dios."
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