Versículo destacado
Hebreos 7:11 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico (pues bajo este el pueblo recibió la ley), ¿qué necesidad habría aún de que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec y no fuera llamado según el orden de Aarón? "
Hebreos 7:11
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
9 Y, por decirlo así, también Leví, quien recibe los diezmos, pagó los diezmos en Abraham.
10 Porque aún estaba en los lomos de su padre cuando Melquisedec salió a su encuentro.
11 Por tanto, si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico (pues bajo este el pueblo recibió la ley), ¿qué necesidad habría aún de que surgiera otro sacerdote según el orden de Melquisedec y no fuera llamado según el orden de Aarón?
12 Porque, al cambiarse el sacerdocio, necesariamente también se produce un cambio de la ley.
13 Porque aquel de quien se dicen estas cosas pertenece a otra tribu, de la cual nadie sirvió ante el altar.
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Esto muestra cuán necesario era que Dios levantara a otro sacerdote, uno según el orden de Melquisedec y no según el de Aarón, por medio de quien finalmente llegaría la perfección que el sistema antiguo nunca pudo proporcionar (Hebreos 7:11-12). El sacerdocio levítico tenía que cambiar y, con él, todo el sistema de adoración y de la ley.
Primero, la perfección no podía venir por medio del sacerdocio levítico ni de la ley. Estos no podían llevar a las personas que acudían a ellos a disfrutar plenamente de las cosas buenas que prometían. Solo podían señalar el camino hacia ellas. Por eso era necesario que surgiera otro sacerdote, según el orden de Melquisedec, por medio de quien la perfección pudiera llegar a todos los que le obedecen. Gracias a Dios, en Cristo podemos tener santidad completa y felicidad plena bajo el pacto de la gracia, porque en él estamos completos.
Segundo, si cambia el sacerdocio, también tiene que cambiar la ley. El sacerdocio y la ley estaban estrechamente unidos, de modo que el mismo sistema religioso no podía continuar bajo un sacerdocio diferente. Un sacerdocio nuevo requería un orden nuevo, guiado por normas apropiadas a su propia naturaleza y orden.
Tercero, el cambio no solo se declara, sino que también se demuestra (Hebreos 7:13-14). El sacerdocio y la ley que no podían llevar a la perfección han sido puestos a un lado, y ha surgido un sacerdote con un nuevo orden, es decir, una nueva manera establecida de relacionarse con Dios, por medio de la cual los verdaderos creyentes pueden ser perfeccionados. Este cambio es evidente de varias maneras.
Un cambio se encuentra en la tribu de la que procedía el sacerdote. Antes, el sacerdocio provenía de Leví. Pero nuestro gran sumo sacerdote vino de Judá, y Moisés no dijo nada acerca de que los sacerdotes provinieran de esa tribu (Hebreos 7:14). Eso por sí solo demuestra que hubo un cambio real en la ley del sacerdocio.
Otro cambio se encuentra en la manera en que se nombraba a los sacerdotes. Bajo el sacerdocio levítico, eran establecidos por una ley basada en un mandato externo, una ley vinculada al linaje natural. Cuando moría un padre, su cargo pasaba a su hijo mayor. Ninguno de aquellos sumos sacerdotes tenía en sí mismo vida e inmortalidad. Todos tuvieron un principio y un final. Su sucesión seguía el orden común del nacimiento y la herencia humana. Pero Cristo fue establecido como sacerdote por el poder de una vida indestructible. La vida y la inmortalidad que hay en él eran su derecho al sacerdocio, no su linaje familiar proveniente de sacerdotes anteriores.
Esto produce una gran diferencia en el sacerdocio y en todo el sistema, y deja clara la superioridad de Cristo y del evangelio. La misma ley que estableció a los sacerdotes levíticos mostraba que eran débiles y mortales, incapaces de conservar su propia vida para siempre. Solo podían seguir viviendo por medio de sus hijos. Mucho menos podían dar vida espiritual y bendición a quienes acudían a ellos. Pero el sumo sacerdote que confesamos ocupa su cargo por el poder de una vida que nunca termina. Él no solo vive para siempre, sino que también da vida espiritual y eterna a todos los que dependen de su sacrificio y de su intercesión.
Algunos entienden que la ley basada en un mandato externo se refiere a los ritos visibles mediante los cuales se apartaba a los sacerdotes para su servicio y a los sacrificios de animales ofrecidos bajo el antiguo pacto. Pero el poder de una vida indestructible apunta a la adoración espiritual y a los sacrificios vivos que pertenecen al evangelio, así como a las bendiciones espirituales y eternas adquiridas por Cristo, quien fue apartado por el Espíritu eterno.
Tercero, hay un cambio en el poder y la eficacia del sacerdocio. El sacerdocio anterior era débil e inútil en el sentido de que no podía perfeccionar nada, pero el sacerdocio posterior introdujo una esperanza mejor, por medio de la cual nos acercamos a Dios (Hebreos 7:18-19). El sacerdocio levítico no podía completar nada. No podía justificar a las personas, es decir, declararlas libres de culpa y justas delante de Dios. No podía santificarlas, es decir, hacerlas santas interiormente. No podía limpiar la conciencia de los adoradores de obras muertas. Solo podía conducirlos a Cristo, quien es el verdadero cumplimiento de todo.
El sacerdocio de Cristo trae una esperanza mejor. Nos muestra la base verdadera de la esperanza que tenemos en Dios para recibir perdón y salvación. Nos revela con mayor claridad las grandes cosas que esperamos y, por eso, despierta una esperanza más fuerte y viva de ser aceptados por Dios. Por medio de esta esperanza somos animados a acercarnos a Dios, a entrar en una unión de pacto con él y a vivir en comunión con él. Ahora podemos acercarnos con un corazón sincero y con plena seguridad de fe, con el corazón purificado de una conciencia mala. El sacerdocio anterior mantenía a las personas a distancia y las dejaba bajo un espíritu de esclavitud.
Cuarto, Dios actuó de una manera diferente en este sacerdocio. Él hizo un juramento a Cristo, algo que nunca hizo con ninguno de los descendientes de Aarón. Nunca les dio esa misma seguridad de que su sacerdocio permanecería para siempre. Nunca se comprometió mediante un juramento a conservarlo eternamente, así que ellos no tenían razón para esperar que nunca terminara. Siempre tuvo más bien el carácter de una ley temporal. Pero Cristo fue hecho sacerdote mediante el juramento de Dios: «El Señor ha jurado y no cambiará de parecer: “Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec”» (Hebreos 7:21). Con este juramento, Dios declaró la naturaleza inmutable, superior, eficaz y eterna del sacerdocio de Cristo.
Quinto, hay un cambio en el pacto que el sacerdocio aseguraba y en favor del cual el sacerdote servía como garante, es decir, como quien garantiza el acuerdo. Esto significa que cambió la manera en que se administra ese pacto. La administración del evangelio es más plena, más libre, más clara, más espiritual y más poderosa que la de la ley. En este pacto del evangelio, Cristo es nuestro garante tanto delante de Dios en favor de nosotros como delante de nosotros en nombre de Dios. Él se asegura de que los términos se cumplan por ambas partes. Como garante, unió la naturaleza divina y la humana en su propia persona, dando seguridad de reconciliación. También unió a Dios y a la humanidad en el vínculo del pacto eterno. Llama a las personas a cumplir su pacto con Dios y ruega a Dios que cumpla sus promesas a las personas, algo que Dios siempre está dispuesto a hacer de una manera apropiada a su majestad y gloria, por medio de un Mediador, es decir, alguien que une a dos partes.
Sexto, hay un cambio notable en el número de sacerdotes de los dos órdenes. Bajo Aarón había muchos sacerdotes y muchos sumos sacerdotes, no al mismo tiempo, sino uno tras otro. Bajo Cristo hay solo uno, el mismo sacerdote para siempre. La razón es clara. Los sacerdotes levíticos eran muchos porque la muerte les impedía continuar en su cargo. Su posición, aunque elevada y honorable, no podía librarlos de morir. Por eso, cuando uno moría, otro tenía que ocupar su lugar, y después otro, hasta que su número llegó a ser muy grande.
Pero nuestro sumo sacerdote permanece para siempre, y su sacerdocio no cambia. No pasa de una persona a otra, como ocurría con el sacerdocio anterior. Siempre está en las mismas manos. No puede haber ninguna interrupción en este sacerdocio; no hay una hora ni un momento en que el pueblo de Dios quede sin un sacerdote que presente sus necesidades espirituales delante de Dios en el cielo.
Una interrupción así sería muy peligrosa y perjudicial para ellos. Pero aquí se encuentran su seguridad y su alegría: este sumo sacerdote que vive para siempre puede salvar por completo, en todo momento y en cualquier situación, a todos los que se acercan a Dios por medio de él (Hebreos 7:25). Así vemos un cambio claro, y es un cambio para bien.
También hay una diferencia notable en el carácter moral de los sacerdotes. Los sacerdotes descendientes de Aarón no solo eran hombres mortales, sino también pecadores. Tenían debilidades morales además de sus debilidades naturales, y tenían que ofrecer sacrificios primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo. Pero nuestro sumo sacerdote, quien fue establecido mediante el juramento de Dios, solo necesitó ofrecer un sacrificio por el pueblo, nunca por sí mismo. No solo tiene un nombramiento permanente para su cargo, sino también una santidad perfecta en su propia persona. Él es el tipo de sumo sacerdote que necesitábamos: santo, sin culpa, puro y mucho más, como dice Hebreos 7:26-28.
Aquí debemos observar tres cosas. Primero, como pecadores, necesitábamos un sumo sacerdote que hiciera expiación por nosotros y hablara por nosotros delante de Dios. Segundo, ningún sacerdote podía satisfacer esa necesidad a menos que fuera perfectamente justo en sí mismo. Tenía que ser justo personalmente; de lo contrario, no podía ser una propiciación, es decir, aquel que aparta la ira de Dios, ni nuestro abogado ante el Padre. Tercero, el Señor Jesús era exactamente el sumo sacerdote que necesitábamos, porque su santidad personal es completamente perfecta.
El texto describe la santidad de Cristo de varias maneras, y cada palabra resalta su pureza. Él es santo, completamente libre de cualquier principio interior de pecado. No existe en su naturaleza la más mínima inclinación pecaminosa. No habita en él ningún pecado, aunque el pecado sí habita en los mejores cristianos; ni siquiera existe en él el deseo pecaminoso más pequeño. Él es inocente, completamente libre de toda maldad cometida. No hizo violencia, ni se encontró engaño en su boca. Nunca hizo el menor mal contra Dios ni contra las personas.
Él es sin mancha. Nunca tuvo participación en los pecados de otras personas. Para nosotros es difícil mantenernos puros y evitar compartir la culpa de los pecados ajenos, ya sea ayudando a cometerlos o dejando de impedirlos cuando deberíamos hacerlo. Cristo fue sin mancha. Aunque tomó nuestros pecados sobre sí como nuestro sustituto, nunca compartió su culpa por alguna falta propia.
Él está apartado de los pecadores, no solo en su estado presente, pues entró como nuestro sumo sacerdote en el lugar santo, donde nada impuro puede entrar, sino también en su pureza personal. No tiene ningún vínculo natural ni establecido por el pacto con los pecadores que pudiera transmitirle el pecado original. Heredamos el pecado original por nuestra relación con Adán, el primer hombre, mediante el nacimiento natural. Pero Cristo quedó separado de los pecadores por su concepción milagrosa en la virgen María. Asumió una verdadera naturaleza humana, pero la manera en que fue concebido lo colocó en una condición distinta de la de todos los demás seres humanos.
Él fue hecho superior a los cielos. La mayoría de los intérpretes entiende que esto señala su estado exaltado en el cielo, sentado a la derecha de Dios y llevando a cabo el propósito de su sacerdocio. Sin embargo, el Dr. Goodwin pensaba que también podía referirse a la santidad personal de Cristo, que es mayor que la de las huestes celestiales, es decir, los mismos ángeles santos. Ellos están libres de pecado, pero en sí mismos no están más allá de la posibilidad de pecar. Por eso la Escritura dice que Dios no deposita plena confianza en sus santos y que acusa de necedad a sus ángeles, refiriéndose a su debilidad y a la posibilidad de caer (Job 4:18).
Esta interpretación puede parecer demasiado forzada, y la frase podría referirse de manera más natural al lugar exaltado de Cristo que a la santidad de su persona, especialmente porque el texto dice que fue hecho superior. Aun así, las otras descripciones claramente se refieren a su perfección personal en santidad, en contraste con la debilidad pecaminosa de los sacerdotes levíticos, y parece apropiado entender esta frase de la misma manera, si el sentido lo permite. Esto resulta aún más probable porque Hebreos 7:27 muestra el poder y la eficacia del sacerdocio de Cristo en su completa entrega de sí mismo. Él no tenía que ofrecer un sacrificio por sí mismo. Su mediación era completamente desinteresada. Intercedía por otros y pedía misericordia para ellos, aunque él mismo no necesitaba esa misericordia.
Si él la hubiera necesitado, habría sido parte del caso y no podría haber servido como mediador. Habría sido culpable y no habría podido actuar como abogado de los pecadores. Para que su mediación fuera totalmente imparcial y desinteresada, parece necesario no solo que en ese momento no necesitara el favor que pedía para otros, sino también que nunca pudiera llegar a necesitarlo. Si no lo necesitaba hoy, pero pudiera necesitarlo mañana o más adelante, todavía podría pensarse que tenía algún interés en su propio beneficio.
Eso debilitaría el celo puro que mostró por el honor de Dios y la tierna compasión que mostró por los pecadores perdidos. No pretendo aquí seguir cada nota del excelente autor cuya obra estamos utilizando, pero me he tomado la libertad de defender esta interpretación del Dr. Goodwin frente a las objeciones que se han presentado contra ella. Lo he hecho especialmente porque, si esta interpretación es correcta, nos ofrece una prueba más de que el Mediador tenía que ser Dios. Ninguna criatura posee por naturaleza esa incapacidad moral para pecar que la colocaría más allá de toda posible necesidad de misericordia o favor para sí misma.
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De este capítulo
Hebreos 7:1
"Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, salió al encuentro de Abraham cuando este regresaba de la matanza de los reyes, y lo bendijo;"
Hebreos 7:2
"a él también le dio Abraham la décima parte de todo; primeramente, su nombre se interpreta como Rey de justicia, y después también como Rey de Salem, es decir, Rey de paz;"
Hebreos 7:3
"sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de días ni fin de vida, sino hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote continuamente."
Hebreos 7:4
"Consideren ahora cuán grande era este hombre, a quien aun el patriarca Abraham dio la décima parte del botín."
Hebreos 7:5
"Ciertamente, los que son de los hijos de Leví y reciben el oficio sacerdotal tienen el mandamiento de cobrar los diezmos del pueblo según la ley, es decir, de sus hermanos, aunque estos también proceden de los lomos de Abraham;"
Hebreos 7:6
"pero aquel cuya genealogía no procede de ellos recibió los diezmos de Abraham y bendijo al que tenía las promesas."
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