Versículo destacado
Habacuc 3:16 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando oí, tembló mi vientre; mis labios se estremecieron ante la voz. La podredumbre entró en mis huesos, y temblé dentro de mí, para que descansara en el día de la angustia, cuando él suba al pueblo; lo invadirá con sus tropas. "
Habacuc 3:16
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
14 Atravesaste con sus varas la cabeza de sus aldeas. Salieron como un torbellino para dispersarme; su alegría era como la de devorar al pobre en secreto.
15 Anduviste por el mar con tus caballos, por el montón de grandes aguas.
16 Cuando oí, tembló mi vientre; mis labios se estremecieron ante la voz. La podredumbre entró en mis huesos, y temblé dentro de mí, para que descansara en el día de la angustia, cuando él suba al pueblo; lo invadirá con sus tropas.
17 Aunque la higuera no florezca ni haya fruto en las vides; aunque falle el producto del olivo y los campos no produzcan alimento; aunque el rebaño sea cortado del redil y no haya ganado en los establos,
18 con todo, me alegraré en el SEÑOR; me gozaré en el Dios de mi salvación.
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En estas pocas líneas, el profeta tiembla y triunfa al mismo tiempo. Esto muestra la condición cambiante del pueblo de Dios en este mundo y los sentimientos cambiantes de su corazón. En el cielo ya no habrá temblor, sino un triunfo permanente.
El profeta ya había visto cómo los enemigos de la iglesia se fortalecían, y sabía que las aflicciones de la iglesia durarían mucho tiempo. Esa visión lo hizo temblar de miedo (Habacuc 3:16). Así continúa lo que había dicho antes: «Oí tu mensaje y tuve miedo» (Habacuc 3:2). Al enterarse de los tiempos difíciles que vendrían sobre el pueblo de Dios, todo su cuerpo reaccionó: le tembló el vientre y le estremecieron los labios. Era como si la noticia le hubiera provocado una fiebre intensa.
Estaba tan abrumado que parecía como si sus huesos se estuvieran pudriendo y toda su fuerza lo hubiera abandonado. Apenas podía mantenerse de pie o moverse. Temblaba por dentro y por fuera, y cedió abiertamente ante ese temor. Como el salmista, se conmovió ante los juicios de Dios, y su cuerpo tembló por temor a él (Salmo 119:120). Sentía un profundo dolor por el sufrimiento de la iglesia y temía que Israel terminara en ruina. No consideraba vergonzoso admitir que era alguien que temblaba ante la palabra de Dios, porque Dios mira con agrado a quienes tienen esa actitud.
«Tiemblo por dentro para poder descansar en el día de la angustia». La enseñanza es clara: cuando vemos que se acerca la dificultad, debemos prepararnos para ella. Debemos guardar aquello que nos ayudará a descansar en ese día. La mejor manera de hallar descanso en medio de la aflicción es temblar interiormente ante la palabra de Dios y sus advertencias. Dios tiene alegría reservada para quienes siembran con lágrimas, y tiene descanso reservado para quienes tiemblan delante de él. El temor santo es el fundamento de una buena esperanza basada en la gracia. Noé, que tuvo temor ante la advertencia de Dios sobre el diluvio que se acercaba, encontró un lugar de descanso en el arca durante aquel tiempo de angustia.
Luego el profeta explica qué era lo que temía. Cuando los caldeos, es decir, los babilonios, atacaran al pueblo de Israel, temía que invadieran, rodearan y penetraran en la tierra. Otra interpretación posible es que despedazarían al pueblo con sus tropas. En su angustia, clamó como si toda la nación estuviera perdida. Cuando las cosas se ven mal, a menudo sentimos la tentación de hacer que parezcan todavía peores de lo que son.
Pero entonces recordó lo que Dios había hecho por su pueblo en tiempos anteriores. Al recordar las obras pasadas de Dios, se recuperó de su temor. No solo recobró la calma, sino que también comenzó a expresar un gozo santo, aun cuando la aflicción que se acercaba seguía delante de él. No habló únicamente por sí mismo, sino por cada israelita fiel.
Primero imagina la pérdida de todas las comodidades terrenales, incluso de lo necesario para la vida diaria (Habacuc 3:17). La guerra suele traer hambre, y quienes permanecen en el lugar generalmente son los primeros y los más afectados. Por eso, cuando llegara el ejército caldeo, el profeta y sus amigos piadosos serían despojados de todo lo que tenían. Tal vez también pensaba en un desastre causado por el mal tiempo o por una intervención inmediata de Dios. O quizá se refería a la condición de los cautivos en Babilonia, que ya no disfrutarían de la abundancia que habían tenido en su propia tierra.
Se imagina que los árboles frutales dejarían de producir. La higuera, que proporcionaba mucho alimento, no florecería, y no habría fruto en las vides, que les daban bebida y alegraban el corazón. También se perdería la cosecha de aceitunas, de modo que no tendrían el aceite que usaban de una manera semejante a como nosotros usamos la mantequilla. Sus esperanzas de obtenerlo quedarían frustradas. También supone que los campos de grano fracasarían, de modo que la tierra no produciría alimento. Como incluso el rey depende de lo que produce el campo, todos sentirían esa escasez.
Va más lejos e imagina que el ganado moriría o sería llevado. El rebaño desaparecería del redil, y no habría ganado en los establos. La advertencia es clara: cuando disfrutamos plenamente de las comodidades terrenales, debemos recordar que puede llegar el día en que todas ellas nos sean quitadas. Debemos usarlas con cuidado, sin permitir que gobiernen nuestra vida (1 Corintios 7:29-30).
Sin embargo, aun si todas esas cosas desaparecen, el profeta está decidido a alegrarse en Dios (Habacuc 3:18). Seguirá teniendo al Señor como motivo de su alegría y se gozará en él. Si las vides y las higueras son destruidas, la alegría de un corazón dominado por las cosas de este mundo muere con ellas (Oseas 2:11-12). Pero quienes, cuando tenían abundancia, disfrutaban de Dios en todas las cosas, todavía pueden disfrutar de todas las cosas en Dios cuando quedan vacíos y empobrecidos. Pueden sentarse entre las ruinas de sus comodidades y aun así cantar para alabar a Dios como el Dios de su salvación.
Esa es la razón principal de nuestro gozo en Dios: él es el Dios de nuestra salvación, de la salvación eterna y de la salvación del alma. Si él es eso para nosotros, ni siquiera las grandes aflicciones pueden detener esa salvación ni impedir que la alcancemos. Por eso, alegrarse en Dios nunca está fuera de lugar. Es especialmente apropiado cuando perdemos las cosas materiales, porque entonces queda claro que nuestro corazón no está puesto en ellas.
El profeta se eleva aún más: «El Señor Dios es mi fuerza» (Habacuc 3:19). El Dios que nos salva en el mundo venidero también nos dará fuerzas en este mundo mientras avanzamos hacia él y enfrentamos oposición en el camino. Incluso cuando falte el alimento, demostrando que el ser humano no vive solo de pan, Dios puede suplir lo que falta por medio de la gracia y el consuelo de su Espíritu.
Tendremos fuerzas para la batalla y la obra espiritual, porque «el Señor Dios es mi fuerza», la fuerza de nuestro corazón. También seremos ágiles para la carrera espiritual, porque él hará nuestros pies «como los de una cierva», de modo que, con un corazón ensanchado, podamos correr por el camino de sus mandamientos y adelantarnos a nuestras aflicciones. Además, tendremos éxito en nuestros esfuerzos espirituales, porque él nos hará caminar «sobre las alturas». Es decir, alcanzaremos nuestra meta, seremos restaurados a nuestra propia tierra y caminaremos sobre las alturas de nuestros enemigos (Deuteronomio 32:13; Deuteronomio 33:29).
Así, el profeta, que comenzó su oración con temor y temblor, la termina con alegría y victoria. La oración brinda verdadero alivio al alma angustiada. Cuando Ana oró, se fue, comió y dejó de estar triste.
El profeta experimentó esto personalmente y compartió su experiencia para beneficio de la iglesia, especialmente en tiempos de cautiverio. Aunque las arpas estuvieran colgadas en los sauces, miraba hacia el futuro con esperanza, confiando en que volverían a tomarlas y que la mano que había olvidado tocar recuperaría su habilidad. Entonó su canto según «Shigionot», es decir, melodías cambiantes o errantes (Habacuc 3:1), y con instrumentos de cuerda, o «Neginot» (Habacuc 3:19). Una persona que sufre y que ha orado de verdad puede llegar a estar tan tranquila, e incluso tan llena de alegría, que logra cantar salmos.
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De este capítulo
Habacuc 3:1
"Oración del profeta Habacuc sobre Sigionot."
Habacuc 3:2
"Oh SEÑOR, he oído tu palabra y tuve miedo. Oh SEÑOR, aviva tu obra en medio de los años; en medio de los años haz conocer. En la ira, recuerda la misericordia."
Habacuc 3:3
"Dios vino de Temán, y el Santo, del monte Parán. Selah. Su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de su alabanza."
Habacuc 3:4
"Su resplandor era como la luz; de su mano salían cuernos, y allí estaba el escondite de su poder."
Habacuc 3:5
"Delante de él iba la peste, y carbones encendidos salían a sus pies."
Habacuc 3:6
"Se detuvo y midió la tierra; miró e hizo dispersarse a las naciones. Los montes eternos fueron esparcidos, las colinas perpetuas se inclinaron; sus caminos son eternos."
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