Versículo destacado

Habacuc 1:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" ¿No eres tú desde la eternidad, oh SEÑOR, Dios mío, Santo mío? No moriremos. Oh SEÑOR, los has ordenado para juicio; y tú, oh Dios poderoso, los has establecido para corrección. "

Habacuc 1:12

menu_book El versículo en contexto

10 Se burlarán de los reyes, y los príncipes serán motivo de desprecio para ellos. Se mofarán de toda fortaleza, porque amontonarán tierra y la tomarán.

11 Entonces su mente cambiará; él pasará y pecará, atribuyendo este poder suyo a su dios.

12 ¿No eres tú desde la eternidad, oh SEÑOR, Dios mío, Santo mío? No moriremos. Oh SEÑOR, los has ordenado para juicio; y tú, oh Dios poderoso, los has establecido para corrección.

13 Tus ojos son demasiado puros para contemplar el mal, y no puedes mirar la iniquidad. ¿Por qué miras a los que obran con traición y guardas silencio cuando el malvado devora al hombre que es más justo que él?

14 ¿Y haces a los hombres como los peces del mar, como los seres que se arrastran, que no tienen gobernante sobre ellos?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El profeta ya había recibido del Señor el mensaje que debía comunicarle al pueblo. Ahora vuelve a dirigirse a Dios, buscando alivio para su propio corazón bajo el peso de lo que ve. Sigue lleno de quejas. Si mira a su alrededor, ve la violencia cometida por Israel; si mira hacia el futuro, ve la violencia que viene contra Israel. Es difícil decir cuál de las dos escenas le resulta más dolorosa.

Derrama sus pensamientos delante del Señor. Debemos sentir un profundo dolor tanto por el pecado como por el sufrimiento del pueblo de Dios, y también por los tiempos y lugares en los que vivimos. Al mismo tiempo, debemos cuidarnos de volvernos amargados en nuestro enojo y de permitir que esa amargura crezca demasiado. No debemos dejar que produzca pensamientos duros acerca de Dios ni que nos robe el consuelo de tener comunión con él. El mundo es malo; siempre lo ha sido y siempre lo será. No podemos arreglarlo. Pero sabemos que Dios lo gobierna y que hará que todo contribuya a su gloria. Por eso, debemos vivir de la mejor manera posible, procurar ser mejores nosotros mismos y anhelar el mundo mejor que ha de venir.

El avance inminente de los caldeos, es decir, del pueblo babilonio, impulsa al profeta a orar. Se toma la libertad de presentar su caso delante de Dios. En su oración vemos varias verdades a las que se aferra. Esas verdades lo consuelan a él y al pueblo que lo acompaña mientras los caldeos se hacen más fuertes, y también pueden consolarnos cuando enfrentamos dificultades semejantes.

Pase lo que pase y se vea como se vea, Dios sigue siendo el Señor nuestro Dios y nuestro Santo. Los caldeos victoriosos atribuyen su poder a sus ídolos, pero Israel debe seguir afirmando que el Dios de Israel es el Dios verdadero y viviente (Jeremías 10:10-11). Él es Jehová, el que es, la fuente de todo ser, poder y perfección. Nuestra roca no es como la de ellos. «Mi Dios», dice el profeta en nombre del pueblo. Todo israelita verdadero puede decir lo mismo. Aunque estamos profundamente quebrantados y todo esto ha venido sobre nosotros, no hemos olvidado a nuestro Dios ni hemos roto nuestra relación con él. No lo hemos negado, y él no nos ha negado a nosotros (Salmo 44:17). Somos un pueblo pecador, y él es un Dios ofendido; aun así, sigue siendo nuestro Dios. Por eso, pase lo que pase, no pensaremos mal de él ni despreciaremos su servicio.

Él también es mi Santo. Esto significa que el profeta ama a Dios por su santidad. Dios me pertenece porque es santo, y precisamente por ser santo será mi santificador —el que me hace santo— y mi Salvador. Los seres humanos somos impíos, pero mi Dios es santo.

Nuestro Dios existe desde la eternidad. El profeta presenta esta verdad delante de él: «¿No eres tú desde la eternidad, oh Señor, Dios mío?». Es un consuelo permanente para el pueblo de Dios, en medio de las dificultades de esta vida, saber que su Dios no tiene principio ni fin. Esto habla de la eternidad de su ser. Si existe desde la eternidad, también existirá por toda la eternidad. Así que, cuando las cosas visibles y temporales nos desanimen, debemos volver a esta verdad fundamental: tenemos suficiente esperanza y ayuda en el Dios invisible y eterno. Si existe desde la eternidad, ¿acaso no extenderá su brazo eterno, cumplirá sus planes eternos y hará para sí un nombre eterno?

También puede referirse a la antigüedad de su pacto, a la promesa vinculante que hizo a su pueblo. Algunos entienden la frase de esta manera: «¿No eres tú desde tiempos antiguos, un Dios que está en pacto con tu pueblo?». Él ha hecho grandes cosas por ellos en el pasado, cosas que hemos oído de nuestros padres y de quienes nos precedieron. Él sigue siendo el mismo Dios de siempre. Él es Dios y no cambia.

Mientras el mundo permanezca, Dios tendrá una iglesia en él. «Tú eres desde la eternidad, y por eso no moriremos». El Israel de Dios no será eliminado, y el nombre de Israel no será borrado, aun cuando parezca estar muy cerca de desaparecer. Como los apóstoles, pueden ser disciplinados, pero no destruidos (2 Corintios 6:9). Pueden ser severamente afligidos, pero no entregados a la muerte (Salmo 118:18). El profeta razona de la eternidad de Dios a la permanencia de la vida de la iglesia, porque Cristo dijo: «Porque yo vivo, ustedes también vivirán» (Juan 14:19). Él es la roca sobre la que la iglesia está edificada con tanta firmeza que las puertas del infierno no prevalecerán ni podrán prevalecer contra ella. No moriremos.

Hagan lo que hagan los enemigos de la iglesia contra ella, lo hacen bajo el gobierno de Dios y con propósitos sabios y santos. «Tú los has ordenado; tú los has establecido». Fue Dios quien dio poder a los caldeos y los convirtió en un pueblo temible. En su sabiduría, decidió lo que harían, y ellos no tenían ningún poder contra Israel excepto el que venía de lo alto. Él les dio la comisión de tomar botín y saquear (Isaías 10:6). En esto, Dios demuestra su poder, porque la fuerza de los poderosos viene de él, depende de él y permanece bajo su control. Él le dice a su poder: «Hasta aquí, y no más allá».

Aquellos a quienes Dios asigna una tarea no harán más de lo que Dios ha dispuesto. Esto es un gran consuelo para el pueblo de Dios que sufre. Los seres humanos son la mano de Dios, la vara que está en su mano (Salmo 17:14). Él los ha ordenado para juicio y corrección. El pueblo de Dios necesita corrección y la merece. Debe esperarla y la recibirá. Cuando se permite que personas malvadas se levanten contra el pueblo de Dios, no es para destruirlo, sino para corregirlo y reformarlo. No deben ser una espada que lo elimine, sino una vara que expulse la necedad de su corazón, aunque ellos no tengan esa intención ni piensen de esa manera (Isaías 10:7). Es un gran consuelo para nosotros, cuando la iglesia sufre, saber que, aunque las personas tengan malas intenciones, Dios se propone sacar algo bueno de ello, y estamos seguros de que su propósito permanecerá.

Aunque los malvados prosperen por un tiempo, Dios es santo y no aprueba su maldad (Habacuc 1:13). «Tus ojos son demasiado puros para mirar el mal». Cuando el profeta vio cuán pecadores y malvados eran los caldeos, y aun así observó cuánto éxito tenían contra el Israel de Dios, sintió la tentación de pensar que era inútil servir a Dios y que a Dios no le importaba cómo actuaban las personas. Pero rechazó rápidamente ese pensamiento al volver a su principio fundamental. Dios no es ni puede ser el autor o defensor del pecado. Así como él mismo no puede hacer lo malo, tampoco puede mirar el mal con aprobación. El pecado es aquello aborrecible que el Señor detesta.

Él ve cada pecado que se comete en el mundo, y ese pecado lo ofende. Es repugnante ante sus ojos, y quienes lo cometen se hacen merecedores de su justicia. La naturaleza de Dios aborrece profundamente todo lo que se opone a su ley santa. Aunque, por gracia, se ha provisto un camino para que Dios se reconcilie con los pecadores, él nunca será ni puede ser reconciliado con el pecado.

Debemos aferrarnos a esta verdad, aun cuando por un tiempo el gobierno providencial de Dios parezca contradecirla. Nunca debemos interpretar la paciencia de Dios con el pecado como aprobación del pecado. Él no es un Dios que se complazca en la maldad (Salmo 5:4-5).

El mal que se dice que Dios no mira puede referirse especialmente al daño que los enemigos causan a su pueblo. Dios puede permitir ese daño, pero no lo aprueba. Esto concuerda con las palabras de Balaam: Dios no ha visto iniquidad en Jacob ni ha aprobado la maldad contra Israel (Números 23:21). Esto es un gran consuelo para el pueblo de Dios cuando sufre a manos de otras personas. Quienes le hacen daño pueden odiarlo, pero eso no significa que Dios también lo odie. Al contrario, Dios lo ama, y su corrección nace del amor.

Ahora el profeta vuelve al problema que le resulta difícil conciliar con estas verdades. Si estamos seguros de que Dios es santo, ¿por qué permite que los incrédulos usen esto como una razón para dudar de él? ¿Por qué mira a los caldeos, los babilonios, que actúan con traición contra su pueblo, y les concede éxito? ¿Por qué permite que sus enemigos declarados, que blasfeman su nombre, traten a su pueblo con tanta crueldad y engaño? Esta clase de lucha ha afligido antes al pueblo de Dios, como a Job (Job 21:7; 24:1), a David (Salmo 73:2-3) y a Jeremías (Jeremías 12:1-2).

Dios parece permitir que el pecado continúe por un tiempo y tiene paciencia con los pecadores. Ve todos sus planes y acciones malvados, pero no los detiene de inmediato. No los castiga enseguida, sino que permite que lleven a cabo lo que desean. De hecho, su mirada sobre ellos puede parecer una aprobación y una ayuda, como si les sonriera. Guarda silencio mientras siguen sus caminos malvados. Es como si dijera: «Estas cosas has hecho, y yo guardé silencio».

Pero esta paciencia se interpreta mal y se aprovecha de ella. Como la sentencia contra las malas acciones no se ejecuta rápidamente, los pecadores se vuelven más atrevidos para hacer el mal. Son falsos y engañosos, de modo que no se puede confiar en ellos. Actúan con traición, ocultando planes crueles bajo una apariencia de paz y amistad. También odian y persiguen a quienes son mejores que ellos. Como Caín, que odió a Abel porque Abel era justo, los malvados atacan a quien es más justo que ellos. Odian la imagen de Dios en las personas buenas, y por eso las devoran.

El profeta también dice que tratan la vida humana como si no valiera nada, como si estuvieran pescando. Cuando Dios entrega al débil en manos del fuerte, las personas llegan a ser como los peces del mar (Habacuc 1:14). Antes se habían hecho presa unos de otros, como los peces grandes devoran a los pequeños (Habacuc 1:3), y ahora el enemigo común les hace lo mismo a ellos. Son como criaturas del mar sin nadie que las gobierne para detenerlas o protegerlas. Dios los ha entregado a los caldeos como se entregan los peces a los pescadores. Esos opresores orgullosos matan sin remordimiento, con la misma facilidad con que alguien saca los peces del agua. No hacen distinción entre las personas: a cualquiera que cae en su red lo consideran suyo. Usan distintas maneras de arruinar a los demás y enriquecerse; a unos los atrapan individualmente con un anzuelo, y a otros en grupos con una red o una red barredera (Habacuc 1:15).

También se jactan de lo que obtienen, aunque lo hayan conseguido de manera deshonesta. Su porción es abundante y tienen comida de sobra. Viven bien gracias a la opresión y el engaño; poseen mucho, y además lo mejor. Por eso están satisfechos de sí mismos y viven cómodamente. Se alegran porque su riqueza es grande y sus planes siguen teniendo éxito, como el rico insensato que se dijo a sí mismo que podía descansar y disfrutar de sus bienes (Lucas 12:19). Están orgullosos de su habilidad y de sus logros. Incluso ofrecen sacrificios a su red y queman incienso en honor de su red barredera; es decir, se atribuyen el mérito del dinero que han ganado, aunque lo hayan obtenido de manera corrupta. Todos estamos demasiado dispuestos a atribuirnos el mérito del éxito exterior y decir: «Mi poder y la fuerza de mis manos me han hecho rico» (Deuteronomio 8:17). Eso es, en realidad, una forma de adorarnos a nosotros mismos. Es tan insensato como adorar a un ídolo simplemente porque nos produjo dinero. Aquello que una persona ama más que nada es lo que termina convirtiéndose en su ganancia. Quien hace un dios del dinero también hará un dios de cualquier cosa que le produzca dinero.

Al final, el profeta espera humildemente que Dios no permita que esos destructores de personas sigan prosperando para siempre. Le pregunta a Dios si ellos continuarán vaciando su red y llenando sus propios recipientes con lo que han robado mediante la violencia y la opresión. ¿Seguirán echando la red al mar para atrapar más, mientras Dios les permite continuar en su maldad? ¿Tendrán que seguir masacrando naciones sin fin? ¿Se entregará la riqueza de las naciones a su red como si no valiera nada? Y si les roban a las personas sus bienes, ¿también le robarán a Dios su gloria? Dios es el Rey de las naciones, y seguramente defenderá los derechos de quienes han sido agraviados. Él es celoso de su honor y lo sostendrá. Así que el profeta deja el asunto en manos de Dios, como lo hace el salmista: «Levántate, oh Dios; defiende tu propia causa» (Salmo 74:22).

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