Versículo destacado

Habacuc 1:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Miren entre las naciones, observen y asómbrense en gran manera, porque realizaré una obra en los días de ustedes que no creerán, aunque se la cuenten. "

Habacuc 1:5

menu_book El versículo en contexto

3 ¿Por qué me muestras iniquidad y haces que contemple el agravio? Porque el saqueo y la violencia están ante mí, y hay quienes provocan contienda y conflicto.

4 Por eso la ley está debilitada y el juicio nunca sale adelante; porque el malvado rodea al justo. Por eso procede un juicio injusto.

5 Miren entre las naciones, observen y asómbrense en gran manera, porque realizaré una obra en los días de ustedes que no creerán, aunque se la cuenten.

6 Porque miren, yo levanto a los caldeos, aquella nación amarga e impetuosa que marchará por toda la anchura de la tierra para apoderarse de moradas que no son suyas.

7 Son terribles y temibles; su juicio y su dignidad procederán de ellos mismos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Esta es la respuesta de Dios a la queja del profeta. Le asegura a Habacuc que, aunque Dios es paciente, no soportará para siempre a este pueblo obstinado. El día del juicio ya está determinado en el corazón de Dios, y la advertencia tiene como propósito llevarlos al arrepentimiento y a un cambio de vida.

La advertencia comienza con un llamado solemne: «Miren y observen, naciones» (Habacuc 1:5). Como no quisieron volver a Dios mediante su paciencia, él tomaría otro camino con ellos. Nada es más severo que abusar de la paciencia durante demasiado tiempo. Dios traería un castigo público, impactante e imposible de ignorar, para que las naciones vecinas lo notaran y se asombraran (Deuteronomio 29:24-25). Israel se convertiría en una advertencia para el mundo.

Este castigo también sería asombroso, mucho más allá de lo que la gente esperaba. Sería tan extraordinario y tan distinto de la manera habitual en que actúa la providencia de Dios, que aun quienes escucharan de antemano lo que iba a suceder tendrían dificultad para creerlo. Parecería increíble que tantos juicios pudieran reunirse al mismo tiempo y que una nación tan poderosa pudiera ser humillada de tal manera. Sería todavía más impactante porque se trataba de un pueblo que Dios había tomado para sí en pacto y por el cual había hecho tanto. El castigo del pueblo que profesaba pertenecer a Dios dejaría atónitos a todos los que lo rodeaban.

También llegaría pronto. Dios dice: «Yo haré algo en los días de ustedes», es decir, el juicio caería en su propio tiempo, antes de que aquella generación desapareciera. Entonces se les pediría cuenta por los pecados de épocas anteriores, porque su culpa ya había llegado a su colmo (Mateo 23:36). Además, quedaría claro que esta sería obra del propio Dios. Todos tendrían que decir: «Esto lo ha hecho el Señor», y quienes se presenten ante él en el juicio descubrirán cuán terrible es caer en sus manos.

Este juicio también apuntaba al futuro: a la destrucción que vendría sobre quienes desprecian a Cristo y su evangelio. Así se aplican estas palabras en Hechos 13:41: «Miren, ustedes que desprecian, asómbrense y perezcan». La ruina de Jerusalén a manos de los caldeos, es decir, de los babilonios, por causa de la idolatría fue una imagen de su ruina posterior a manos de los romanos, por rechazar a Cristo y su evangelio. Es algo extraordinario, casi imposible de creer, que Dios traiga un juicio tan severo sobre quienes rechazan su misericordia.

Luego se declara claramente la sentencia: «Yo estoy levantando a los caldeos» (Habacuc 1:6). Ellos ya habían provocado conflictos y problemas entre sí, y eso era su pecado. Ahora Dios los levantaría contra su pueblo, y se convertirían en el instrumento del castigo de Israel. Cuando el pueblo que profesa pertenecer a Dios se pelea, se ataca y se destruye mutuamente, es justo que Dios permita que un enemigo común venga contra él. Ese enemigo quizá logre imponer la paz, pero solo mediante una devastación generalizada.

A los caldeos, también llamados babilonios, se los describe como una nación amarga e impetuosa, cruel y feroz. Actúan con violencia y enojo. Son rápidos para planear, intensos en sus emociones y decididos a llevar a cabo lo que quieren. No muestran misericordia ni escatiman esfuerzos. Es una desgracia quedar en manos de gente tan cruel.

También son fuertes y, por eso, aterradores. Nadie puede resistirlos y nadie puede escapar fácilmente de ellos (Habacuc 1:7). Son conocidos por la fuerza de sus ejércitos, especialmente por sus jinetes (Habacuc 1:8). Sus caballos son más veloces que los leopardos cuando se lanzan a la carga y persiguen, y más feroces que los lobos de la noche, que están especialmente hambrientos después de esperar todo el día (Salmos 104:20). Su caballería será tan numerosa que se extenderá ampliamente por la tierra. Vienen de lejos y se dispersan por el país que invaden para saquearlo y enriquecerse con el botín. En su apresuramiento por apoderarse de las riquezas, se mueven como un águila que se lanza sobre su presa.

Su propia voluntad se convierte en su ley. En medio de su violencia, los gobiernan el apetito y la pasión, no la justicia, la misericordia ni el honor. «De ellos mismos proceden su juicio y su dignidad» (Habacuc 1:7), es decir, deciden todo únicamente según lo que les agrada. Su regla es: «Mi voluntad es mi ley». ¿Qué bondad podría esperar alguien de un enemigo así? Quienes han sido injustos y despiadados, y viven donde la ley y la justicia son débiles, recibirán una retribución semejante. Caerán en manos de personas que los tratarán con la misma dureza.

La profecía describe entonces la obra terrible que realizará esta nación. Marcharán por toda la extensión de la tierra o, más probablemente en este caso, por toda la tierra de Israel. En poco tiempo, los ejércitos babilonios someterán a las naciones que los rodean, hasta dar la impresión de haber conquistado el mundo. Invadirán Asia y parte de África. En Israel dejarán la tierra desolada.

Tomarán todo lo que puedan alcanzar y lo reclamarán como suyo, aunque pertenezca a otros. No tendrán ningún derecho legítimo sobre ello, sino únicamente el derecho de la espada. También impulsarán la guerra con todas sus fuerzas. Vienen «para ejercer violencia» (Habacuc 1:9), no para resolver una disputa verdadera, sino simplemente para enriquecerse mediante el saqueo. Sus rostros serán tan feroces que su sola mirada bastará para aterrorizar a los demás, y arrasarán con todo lo que encuentren, como el viento del este que marchita y destruye los brotes y las flores.

Sus rostros estarán dirigidos hacia el este, según entienden algunos. Es decir, mantendrán la mirada puesta en su propio país, ubicado al este de Judea, y enviarán allí todo el botín que hayan tomado.

También capturarán a un número enorme de personas y las llevarán a Babilonia. Reunirán prisioneros como quien recoge arena; serán tantos que nunca pensarán que tienen suficientes mientras todavía puedan encontrar más.

Además, despreciarán toda resistencia que se les presente, como se muestra en Habacuc 1:10. ¿Acaso los judíos afligidos confían en que sus grandes hombres permanecerán firmes y que su sabiduría y valor lograrán frenar a los caldeos, los babilonios, en la batalla? Lamentablemente, esos líderes no serán nada para ellos. Nabucodonosor, el rey de Babilonia, se burlará de los reyes y comandantes que intenten oponérsele, porque el éxito lo habrá llenado de orgullo. Los príncipes no significarán nada para él; parecerá estar muy por encima de ellos.

¿Confían acaso en sus fortalezas y ciudades amuralladas? Él se reirá de cada fortaleza, porque le parecerá débil. Amontonará tierra y la tomará, pues un pequeño terraplén será suficiente para darle la ventaja que busca. Tratará sus defensas como una broma y las conquistará como si se tratara de un juego.

Con todo esto crecerá en él un orgullo insoportable, y ese orgullo provocará su ruina, como se muestra en Habacuc 1:11. Entonces su espíritu se volverá todavía más arrogante. Quienes no están satisfechos con sus propios derechos tampoco se conforman cuando se apoderan de los derechos de otros; al contrario, se enorgullecen cada vez más a medida que aumenta su poder. Este rey victorioso irá más allá de todo límite de razón, justicia y modestia, y romperá toda restricción. Al hacerlo, ofenderá a Dios y convertirá a Dios en su enemigo. Sellará su propia ruina al atribuir su fuerza a su dios, cuando en realidad la recibió del Dios de Israel.

Bel y Nebo eran los dioses de los babilonios, y ellos les atribuían sus victorias. Los babilonios estaban endurecidos en su idolatría y afirmaban blasfemamente que, como habían conquistado a Israel, sus dioses debían ser más fuertes que el Dios de Israel. Esta es una ofensa grave y también la ofensa común de las personas orgullosas: atribuirnos a nosotros mismos o a dioses inventados la gloria que pertenece únicamente al Dios vivo y verdadero.

Estas palabras finales también ofrecen un pequeño consuelo al pueblo afligido de Dios. Podemos esperar que cambien de actitud, mejoren y lleguen a estar preparados para la liberación; y, de hecho, así sucedió. Sus enemigos, en cambio, cambiarán para peor y madurarán para la destrucción, que ciertamente llegará en el tiempo de Dios. Un espíritu orgulloso, enaltecido contra Dios, siempre precede a la caída.

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