Versículo destacado

Gálatas 2:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Luego, catorce años después, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, y llevé también conmigo a Tito. "

Gálatas 2:1

menu_book El versículo en contexto

1 Luego, catorce años después, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, y llevé también conmigo a Tito.

2 Subí por revelación y les expuse el evangelio que predico entre los gentiles, pero en privado a los que eran de reputación, para no estar corriendo ni haber corrido en vano.

3 Pero ni siquiera Tito, que estaba conmigo, siendo griego, fue obligado a circuncidarse;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Por el relato de Pablo en este capítulo, parece que desde los primeros días del cristianismo existía una diferencia de comprensión entre los cristianos judíos y los cristianos gentiles. Muchos de los que antes habían sido judíos todavía respetaban la ley ceremonial, es decir, las normas externas de adoración y pureza dadas a Israel, y procuraban mantenerla en honor. Pero quienes antes habían sido gentiles no acudían a la ley de Moisés. Aceptaban el cristianismo genuino como el cumplimiento de la religión natural y querían mantenerse fieles a él.

Pedro era el apóstol de los judíos. Como la ley ceremonial había terminado con Cristo, aunque todavía no se había dejado completamente de lado, él permitía que algunos siguieran respetándola. Pablo, en cambio, era el apóstol de los gentiles. Aunque era hebreo de hebreos, se mantuvo firme en el cristianismo genuino. En este capítulo cuenta lo que ocurrió entre él y los demás apóstoles, especialmente Pedro, con respecto a este asunto.

Primero, Pablo da algunos detalles sobre este viaje a Jerusalén. No fue sino hasta catorce años después de la visita anterior que mencionó en Gálatas 1:18, aunque algunos calculan esos años desde su conversión o desde la muerte de Cristo. Dios había mostrado gran bondad al mantener activo durante tantos años a un siervo tan útil. Esto también demostraba que Pablo no dependía de los demás apóstoles, sino que tenía la misma autoridad que ellos, pues había estado lejos durante tanto tiempo y, a lo largo de esos años, había predicado y difundido el cristianismo genuino sin que ellos lo cuestionaran.

Subió con Bernabé y también llevó consigo a Tito. Si este fue el mismo viaje descrito en Hechos 15, Bernabé fue porque los cristianos de Antioquía lo habían elegido para acompañar a Pablo en ese asunto. Probablemente Tito fue llevado por otra razón. Pablo quería que los creyentes de Jerusalén vieran que no se avergonzaba ni tenía miedo de sostener la enseñanza que siempre había predicado.

Tito ya era creyente y también colaborador de Cristo, pero por nacimiento era gentil y no había sido circuncidado. Al llevarlo consigo, Pablo mostró que su enseñanza y su práctica coincidían. Había predicado que la circuncisión y la ley de Moisés no eran requisitos, y estaba dispuesto a relacionarse abiertamente con un creyente incircunciso.

La razón del viaje también era importante. Pablo subió por revelación, es decir, por una dirección especial de Dios; no fue por iniciativa propia ni porque lo hubieran convocado. A menudo disfrutaba de este tipo de guía divina en su servicio. Tal vez nosotros no esperemos recibir revelaciones directas de esa manera, pero aun así debemos procurar ver con claridad el camino que debemos seguir en los asuntos importantes y ponernos bajo la providencia de Dios.

Luego Pablo describe cómo se comportó en Jerusalén, y su conducta mostró que no estaba en ninguna manera por debajo de los demás apóstoles. Su autoridad y sus dones eran iguales a los de ellos. Dice que les expuso el evangelio que predicaba entre los gentiles, pero lo hizo en privado. Aquí vemos tanto su fidelidad como su prudencia. Fielmente les dio un informe completo y sincero de la doctrina que había estado predicando: un cristianismo genuino, sin mezcla con el judaísmo. Sabía que muchos allí no la aceptarían, pero no tuvo miedo de reconocerla. Se las presentó de manera abierta y amistosa, y dejó que juzgaran si verdaderamente era el evangelio de Cristo.

Al mismo tiempo, actuó con cautela para no causar una ofensa innecesaria. Eligió hablar en privado con los que tenían reconocimiento, es decir, con los apóstoles o con los principales creyentes judíos, en vez de hacerlo abiertamente delante de todos. Muchos creyentes de Jerusalén todavía tenían un gran celo por la ley (Hechos 21:20). Pablo fue cuidadoso porque no quería correr, ni haber corrido, en vano. No quería despertar una oposición que debilitara el fruto de su trabajo anterior o limitara su utilidad futura. Nada retrasa más el avance del evangelio que las disputas sobre su enseñanza, especialmente cuando los creyentes convierten esas diferencias en pleitos. Para Pablo bastaba con que los líderes reconocieran su enseñanza, aunque los demás no la aprobaran.

Esto debe enseñarnos a todos, especialmente a los ministros, cuánto necesitamos sabiduría y con qué cuidado debemos usarla, hasta donde la fidelidad lo permita.

Pablo también muestra que su práctica coincidía con su enseñanza. Era un hombre de firme determinación y se mantuvo fiel a sus convicciones. Aunque Tito estaba con él y era griego, Pablo no permitió que lo circuncidaran. No quiso debilitar el mensaje de Cristo cediendo en un punto que pudiera dar la impresión de que la ley de Moisés era necesaria para los gentiles. Los apóstoles no parecen haber insistido en este asunto. Tal vez toleraban la circuncisión entre los convertidos judíos, pero no pretendían imponerla a los gentiles.

Sin embargo, otros sí insistían en ella. Pablo los llama falsos hermanos. Dice que se habían infiltrado sin que nadie lo notara, ya fuera en la iglesia o en el grupo de creyentes. Habían llegado para espiar la libertad que los creyentes tenían en Cristo Jesús, es decir, para ver si Pablo defendería la libertad de la ley ceremonial que había enseñado como parte del evangelio y como privilegio de quienes abrazaban la fe cristiana.

Su propósito era volver a someter a los creyentes a la esclavitud. Lo habrían logrado si hubieran conseguido que Tito fuera circuncidado. Una vez obtenido ese punto, fácilmente habrían podido exigir la circuncisión a otros gentiles y volver a colocarlos bajo la ley de Moisés.

Pero Pablo comprendió lo que intentaban hacer y no cedió en absoluto. No se sometió a ellos ni por una hora en este asunto, porque quería que la verdad del evangelio permaneciera entre los creyentes. Quería que los cristianos gentiles, especialmente los gálatas, conservaran el evangelio puro y completo, sin mezclarlo con las costumbres judías. Eso habría ocurrido si él hubiera aceptado ceder en este punto.

En aquella época, la circuncisión no tenía importancia espiritual en sí misma y, en algunos casos, podía aceptarse sin pecado. Pablo mismo la permitió algunas veces, como en el caso de Timoteo (Hechos 16:3). Pero cuando algunos comenzaron a tratarla como algo necesario, y cuando aceptarla, aunque fuera una sola vez, pudiera parecer una confirmación de esa exigencia, Pablo se negó. Le importaban demasiado la pureza y la libertad del evangelio como para someterse. No cedería ante quienes promovían los ritos y ceremonias de Moisés, sino que permanecería firme en la libertad que Cristo nos ha dado.

Esto nos enseña que algo puede ser permitido en ciertas circunstancias y, aun así, tener que rechazarse en otras. Si aceptarlo traicionaría la verdad o renunciaría a la libertad del evangelio, debemos rechazarlo.

Aunque Pablo habló con los demás apóstoles, no recibió de ellos ningún conocimiento ni autoridad nuevos (Gálatas 2:6). Al referirse a «los que tenían reconocimiento», habla de los otros apóstoles, especialmente de Santiago, Pedro y Juan, a quienes menciona más adelante (Gálatas 2:9). Reconoce libremente que eran honrados con razón por todos y que eran considerados columnas de la iglesia, hombres que la sostenían y también la adornaban.

En algunos aspectos, ellos parecían tener ventaja sobre él. Habían visto a Cristo en persona, algo que Pablo no había hecho. Se habían convertido en apóstoles antes que él, mientras que Pablo todavía era perseguidor. Sin embargo, nada de eso significaba algo para Pablo. No disminuía su posición como apóstol, porque Dios no juzga a las personas por sus ventajas externas.

El mismo Dios que los llamó a ese oficio tenía libertad para capacitar a otros para él y usarlos también. En este caso, eso quedó claro. En su conversación, ellos no añadieron nada a Pablo. No le enseñaron nada que él no hubiera aprendido ya por revelación. Tampoco pudieron objetar la doctrina que les expuso. Así quedó claro que Pablo no era menos apóstol que ellos, sino que había sido llamado y capacitado por Dios con la misma autenticidad.

El resultado de aquella reunión fue que los demás apóstoles quedaron plenamente convencidos del llamado y la autoridad divinos de Pablo, y lo reconocieron como su compañero en el apostolado (Gálatas 2:7-10). Quedaron satisfechos con su enseñanza y también vieron el poder de Dios obrando en él, tanto en la predicación como en los milagros que confirmaban el mensaje. El mismo Dios que actuaba poderosamente en Pedro en su labor apostólica entre los circuncisos también actuaba poderosamente en Pablo entre los gentiles.

Por eso concluyeron correctamente que a Pablo se le había confiado el evangelio para los incircuncisos, así como a Pedro se le había confiado el evangelio para los circuncisos. Al reconocer la gracia que Dios le había dado —es decir, que había sido designado para recibir el honor y cumplir la labor de apóstol, igual que ellos—, le dieron a Pablo y a Bernabé la mano derecha de compañerismo. Ese gesto mostraba que los reconocían como iguales, y acordaron que Pablo y Bernabé irían a los gentiles, mientras ellos continuarían predicando a los circuncisos. Consideraron que esta distribución del trabajo correspondía a la voluntad de Cristo y servía al bien del cristianismo.

Así que aquella reunión terminó en pleno acuerdo. Aprobaron tanto la enseñanza de Pablo como su manera de vivir. Quedaron completamente satisfechos con él y lo recibieron con afecto como apóstol de Cristo. No tenían nada más que añadir, excepto que querían que se acordara de los pobres, algo que él ya estaba muy dispuesto a hacer por iniciativa propia.

En aquel tiempo, los cristianos de Judea estaban pasando por una necesidad y una aflicción muy grandes. Por compasión y preocupación, los apóstoles le pidieron a Pablo que usara su influencia con las iglesias gentiles para reunir ayuda para ellos. Era una petición justa, porque si los gentiles habían participado de las bendiciones espirituales de los judíos, también era justo que compartieran con ellos sus bienes materiales (Romanos 15:27).

Pablo aceptó de buena gana, y esto mostró su espíritu cristiano generoso y amplio. Estaba dispuesto a aceptar como hermanos a los creyentes judíos, aunque muchos de ellos difícilmente mostraban la misma bondad hacia los gentiles convertidos. No permitió que las diferencias de opinión le impidieran ayudarlos. En esto nos da un excelente ejemplo del amor cristiano. No debemos limitar nuestra generosidad a quienes están de acuerdo con nosotros, sino estar dispuestos a ayudar a todos los que pueden ser llamados discípulos de Cristo.

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