Versículo destacado
Ezequiel 8:13 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" También me dijo: «Vuélvete de nuevo y verás abominaciones aún mayores que ellos cometen». "
Ezequiel 8:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 Delante de ellos estaban setenta hombres de los ancianos de la casa de Israel, y en medio de ellos estaba Jaazanías hijo de Safán. Cada hombre tenía su incensario en la mano, y subía una espesa nube de incienso.
12 Entonces me dijo: «Hijo del Hombre, ¿has visto lo que los ancianos de la casa de Israel hacen en la oscuridad, cada hombre en las cámaras de sus imágenes? Porque dicen: “El SEÑOR no nos ve; el SEÑOR ha abandonado la tierra”».
13 También me dijo: «Vuélvete de nuevo y verás abominaciones aún mayores que ellos cometen».
14 Entonces me llevó a la entrada de la puerta de la casa del SEÑOR que estaba hacia el norte; y allí estaban sentadas unas mujeres que lloraban por Tamuz.
15 Entonces me dijo: «¿Has visto esto, Hijo del Hombre? Vuélvete de nuevo y verás abominaciones mayores que estas».
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Aquí vemos que al profeta se le muestran pecados aún mayores y más numerosos. Tal vez pensó que lo que ya había visto era suficientemente grave, pero el Señor le dice: «Vuélvete de nuevo y verás abominaciones aún mayores» (Ezequiel 8:13). Las personas que viven tranquilamente y apartadas de los demás muchas veces no se dan cuenta de cuánto mal llena el mundo. Cuanto más observamos el pecado, más corrupción descubrimos.
Lo mismo sucede cuando examinamos nuestro propio corazón. Dentro de nosotros hay todo un mundo de pecado, con gran variedad y en abundancia. Cuando ya hemos encontrado muchas cosas malas, todavía descubrimos más. El corazón es profundamente perverso, y nadie puede conocerlo por completo.
Uno de los pecados que se le mostraron fue el de las mujeres que lloraban por Tamuz, un ídolo (Ezequiel 8:14). Es una vergüenza que alguien prefiera servir a un ídolo con lágrimas en vez de servir al Dios verdadero con gozo y alegría de corazón. Sin embargo, eso es lo que sucede cuando las personas siguen mentiras y se apartan de las misericordias que ya han recibido. Algunos piensan que Tamuz era el mismo Adonis, un ídolo griego, mientras que otros lo relacionan con Osiris, un ídolo egipcio. Se decía que la imagen misma estaba hecha para llorar, y luego los adoradores lloraban con ella. Lamentaban su muerte y después se alegraban cuando se decía que volvía a vivir.
Estas mujeres se sentaban a la entrada de la puerta de la casa del Señor y allí derramaban sus lágrimas idólatras, casi en abierto desafío a Dios y a su adoración. Algunos también piensan que esta idolatría estaba relacionada con el pecado sexual, pues ambas cosas con frecuencia iban juntas. Quienes deshonraban a Dios de una manera muchas veces eran entregados a pasiones vergonzosas y a pensamientos perversos, y así también deshonraban la naturaleza humana.
Otra abominación era la de los hombres que adoraban al sol (Ezequiel 8:16). Esto era aún peor porque sucedía en el atrio interior de la casa del Señor, a la entrada del templo, entre el pórtico y el altar. El lugar más sagrado de su adoración se había convertido en el escenario de aquella maldad. Dios podía justamente indignarse contra quienes lo insultaban en su propia puerta, como un rey insultado por un hombre que intentara entrar por la fuerza en la presencia de la reina.
Había allí unos veinticinco hombres, dando al sol el honor que pertenece solamente a Dios. Algunos piensan que eran el rey y sus príncipes, pero parece más probable que fueran sacerdotes, porque aquel era el atrio de los sacerdotes y el lugar apropiado para encontrarlos. Los mismos hombres a quienes se les había confiado la religión verdadera y se les había encargado protegerla eran quienes la traicionaban.
Le daban la espalda al templo del Señor. Eso demostraba una decisión firme de olvidarlo, menospreciarlo y mostrar desprecio por él. Cuando las personas le dan la espalda a la adoración que Dios ha establecido y la desprecian, no sorprende que después corran tras sus propias invenciones. La impiedad es el comienzo de la idolatría y de todo otro pecado.
También volvían el rostro hacia el oriente y adoraban al sol naciente. Esta era una antigua forma de idolatría, ya mencionada en los días de Job (Job 31:26), y desde hacía mucho tiempo era común entre las naciones. Estos sacerdotes pensaban que su antigüedad y amplia aceptación la respaldaban, el mismo tipo de argumento que las personas usan para defender una religión creada por los seres humanos. Por eso la introdujeron en el atrio del templo, como si a Dios le faltara algo en su adoración. Qué necios son los idólatras: adoran al sol como si fuera un dios y lo llaman Baal, es decir, «señor», aunque Dios creó el sol para servir al mundo (Deuteronomio 4:19). Adoraban una luz prestada e ignoraban al Padre de las luces.
Luego viene la enseñanza que se desprende de estas escenas. El Señor dice: «¿Has visto esto, hijo de hombre?», y pregunta si alguien habría podido imaginar semejantes cosas en el templo del Señor (Ezequiel 8:17). Primero lleva al profeta a comprender la gravedad del crimen. ¿Podía ser un asunto pequeño que la casa de Judá, que tenía mayor conocimiento y privilegios que las demás naciones, cometiera tales abominaciones? Quienes tienen la palabra y la adoración de Dios no pueden justificarse cuando hacen estas cosas. Sin duda, tales pecados merecen castigo. Abominaciones como estas deberían dejar la tierra desolada (Daniel 9:27).
El Señor también hace más grave el pecado al señalar el engaño y la violencia que se habían extendido por la tierra. Habían llenado la tierra de violencia. No sorprende que quienes ofenden abiertamente a Dios dejen también de preocuparse por hacerles daño a los demás. Cuando pisotean lo santo, también pisotean lo justo. Sus vidas perversas hicieron que incluso la adoración que ofrecían a su propio dios fuera detestable para el Señor (Isaías 1:11 y otros pasajes). Llenaban la tierra de violencia y luego volvían al templo para provocarlo de nuevo. Sus sacrificios no hacían expiación; aumentaban su culpa.
Luego aparece la extraña frase: «ponen la rama junto a su nariz». Esto pudo haber sido un gesto de burla que mostraba desprecio por Dios, como si se burlaran de su servicio. También pudo ser alguna práctica idolátrica, quizá el uso de ramas o guirnaldas en la adoración (Hechos 14:13). Otra explicación es que estaban echando más combustible al fuego de la ira de Dios, como ramas secas de vid arrojadas a un fuego que ya ardía. En cualquier caso, el significado es claro: estaban cometiendo un profundo insulto y una ofensa repetida, ya fuera contra Dios o contra los seres humanos.
Como estaban decididos con tanta obstinación a pecar, Dios dice que tratará con ellos en su furor (Ezequiel 8:18). Ellos habían llenado la tierra de violencia, y él la llenaría con la violencia de sus enemigos. No se dejará mover por la compasión ni escuchará sus clamores. Aunque griten con fuerza, no los oirá, porque sus pecados claman más fuerte por juicio que sus oraciones por misericordia.
Ahora Dios será tan sordo a sus oraciones como lo eran sus ídolos. Ellos clamaban a esos ídolos, pero los ídolos no respondían (1 Reyes 18:26). Hubo un tiempo en que Dios estaba dispuesto a escuchar aun antes de que llamaran y a responder mientras todavía hablaban. Pero ahora lo buscarán temprano y no lo encontrarán (Proverbios 1:28). Dios no presta atención a una voz fuerte, sino a un corazón sincero y recto.
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De este capítulo
Ezequiel 8:1
"Y sucedió en el sexto año, en el sexto mes, el día cinco del mes, mientras yo estaba sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, que allí cayó sobre mí la mano del Señor DIOS."
Ezequiel 8:2
"Entonces miré, y vi una figura con apariencia de fuego: desde la apariencia de sus lomos hacia abajo, había fuego; y desde sus lomos hacia arriba, había una apariencia de resplandor, como el color del ámbar."
Ezequiel 8:3
"Extendió la figura de una mano y me tomó por un mechón de mi cabeza; el espíritu me levantó entre la tierra y el cielo, y en visiones de Dios me llevó a Jerusalén, a la entrada de la puerta interior que mira hacia el norte, donde estaba el asiento de la imagen de los celos, la que provoca celos."
Ezequiel 8:4
"Y allí estaba la gloria del Dios de Israel, conforme a la visión que vi en la llanura."
Ezequiel 8:5
"Entonces me dijo: «Hijo del Hombre, levanta ahora los ojos hacia el norte». Así que levanté los ojos hacia el norte, y vi que al norte, a la entrada de la puerta del altar, estaba aquella imagen de los celos."
Ezequiel 8:6
"Además, me dijo: «Hijo del Hombre, ¿ves lo que hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel comete aquí, para que yo me aleje de mi santuario? Pero vuélvete de nuevo y verás abominaciones aún mayores»."
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