Versículo destacado
Ezequiel 7:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Ezequiel 7:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
2 Y tú, hijo de hombre, así dice el Señor DIOS a la tierra de Israel: El fin, el fin ha llegado sobre los cuatro extremos de la tierra.
3 Ahora ha llegado sobre ti el fin. Enviaré mi ira sobre ti, te juzgaré según tus caminos y haré recaer sobre ti todas tus abominaciones.
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Aquí se presenta una clara advertencia de la destrucción de la tierra de Israel, que ya se acercaba rápidamente. Por medio del profeta, Dios no solo envía la advertencia, sino que la repite con las mismas palabras para mostrar que el juicio es seguro, cercano y profundamente sentido por el profeta. También quiere que ellos lo sientan, pero están sordos, insensibles y no se conmueven ante él.
Cuando un pueblo está en llamas, la gente no busca un lenguaje elegante ni frases ingeniosas. Gritan por las calles con una voz fuerte y angustiada: «¡Fuego! ¡Fuego!». De la misma manera, el profeta clama: «¡El fin! ¡El fin! Ha llegado, ha llegado; ¡miren, ha llegado!». Todo el que tenga oídos para oír debe escuchar.
«Ha llegado el fin, ha llegado el fin» (Ezequiel 7:2), y esto se repite nuevamente (Ezequiel 7:3, Ezequiel 7:6). Ahora el fin ha llegado sobre ellos. Es el fin al que conducían todos sus pecados, el fin acerca del cual Dios les había advertido una y otra vez por medio de sus profetas cuando les preguntaba: «¿Qué harán cuando llegue el fin de todo esto?». Es el fin hacia el cual se habían encaminado todos los juicios anteriores, que habían servido como medios para completar su ruina. También es el fin de su nación como Estado, la destrucción definitiva de la nación, así como el diluvio fue el fin de todo ser viviente (Génesis 6:13).
Ellos esperaban que sus problemas terminaran pronto. Pero Dios dice: «Sí, ha llegado el fin, pero es un fin miserable, no el fin que ustedes esperaban». El remanente piadoso entre ellos recibió una promesa distinta: la esperanza de un futuro bueno (Jeremías 29:11). Este es el fin en el que Moisés quería que pensaran (Deuteronomio 32:29), y como Jerusalén no lo tuvo presente, cayó de una manera vergonzosa (Lamentaciones 1:9). Este fin tardó mucho en llegar, pero ahora ha llegado. Aunque la ruina de los pecadores avanza lentamente, llega con toda seguridad. Ha llegado y está lista para encontrarse con ellos.
Esto también puede señalar de antemano la posterior destrucción de esa nación a manos de los romanos, de la cual el juicio de los caldeos fue solo un primer ejemplo. Y apunta aún más lejos, hacia la destrucción final del mundo de los malvados. El fin de todas las cosas está cerca, y el fin de Jerusalén fue una imagen del fin del mundo (Mateo 24:3). ¡Ojalá todos pudiéramos ver que el fin de los tiempos está cerca, y que nuestro propio fin está aún más cerca, para asegurarnos de tener un final feliz en el fin de los días! (Daniel 12:13).
Este fin llega sobre las cuatro esquinas de la tierra. Puesto que la ruina es definitiva, también será completa. Ninguna parte de la tierra escapará, ni siquiera la más distante. Así sucederá en la destrucción del mundo, porque todas estas cosas serán disueltas. También sucederá en la destrucción de los pecadores, porque nadie podrá evitarla. ¡Ojalá la maldad de los malvados llegara a su fin antes de llevarlos a su propio fin!
«Ha llegado una calamidad, solo calamidad; ¡mira, ha llegado!» (Ezequiel 7:5). El pecado es malo, y en el sentido más profundo es el único mal, porque no contiene nada bueno y es el peor de todos los males. Pero aquí estas palabras se refieren al mal de la aflicción. Es una sola calamidad, y será suficiente para completar la ruina de la nación. No hace falta nada más para terminar la obra. Esta calamidad acabará con todo, y la aflicción no tendrá que levantarse una segunda vez (Nahúm 1:9).
También es una calamidad sin ejemplo ni igual, una calamidad que permanece sola. No se puede señalar otro caso semejante. Para los que no se arrepienten, es un mal absoluto, porque endurece su corazón y despierta sus deseos corruptos. Pero otros reciben la aflicción de una manera distinta, porque la gracia de Dios la hace útil para ellos. Fueron enviados a Babilonia para su bien (Jeremías 24:5). Los malvados beben las heces amargas de la copa, mientras que los justos la encuentran mezclada con misericordia (Salmo 75:8). El mismo sufrimiento puede ser completamente amargo o tener algo bueno, según la manera en que respondamos a él y lo usemos.
Pero cuando llegue sobre el mundo malvado el fin, el fin, entonces vendrá sobre él una calamidad absoluta, y no antes. Incluso los peores sufrimientos de esta vida todavía tienen algo de alivio mezclado. Pero los dolores de los condenados serán una calamidad absoluta, sin nada bueno en ella.
Ha llegado el tiempo, el momento señalado, para esta calamidad absoluta y este fin completo. Dios tiene un tiempo establecido para todos sus propósitos, y en el momento correcto los llevará a cabo. Esto es especialmente cierto respecto a su juicio sobre los malvados y su justa retribución conforme a lo que merecen: el día en que se revelará su justo juicio. Él ve acercarse ese día, lo veamos nosotros o no.
Se les anuncia esto una y otra vez (Ezequiel 7:10): finalmente ha llegado el día que había sido postergado durante tanto tiempo. Ha llegado el tiempo; el día está cerca; el día de la angustia está cerca (Ezequiel 7:7, Ezequiel 7:12). Aunque los juicios anunciados se retrasen por mucho tiempo, no quedan cancelados. Llegará el momento de ejecutarlos. La paciencia de Dios puede aplazarlos, pero solo el arrepentimiento sincero y una vida transformada pueden apartarlos.
«La mañana ha llegado para ti» (Ezequiel 7:7), y nuevamente: «La mañana ha salido» (Ezequiel 7:10). El día de la angustia está amaneciendo, y el día de la destrucción ya ha comenzado. La mañana saca a la luz lo que estaba oculto. Ellos pensaban que sus pecados secretos nunca quedarían expuestos, pero ahora lo serán. En aquellos días, a menudo se ejecutaba a los criminales por la mañana; y ahora se acerca sobre ellos una mañana de juicio, un día de angustia para los pecadores, el año de su castigo.
Miren cuán insensibles eran estas personas. Aunque su destrucción ya había comenzado, todavía no se daban cuenta y tenían que recibir la advertencia una y otra vez. El día de la angustia, de la verdadera angustia, está cerca; no es solo un eco de problemas, ni un simple informe o rumor. Querían pensar que era una suposición sin fundamento, como si el enemigo fuera apenas la sombra de las montañas, tal como Zebul le dijo a Gaal (Jueces 9:36), y como si las noticias que escuchaban fueran solo un sonido vacío que rebotaba en las colinas. Pero no: la angustia es real, y pronto lo comprobarán.
Todo esto proviene de la ira de Dios, y ahora llega sin la misericordia que en otras ocasiones suavizaba esos juicios. Esta es la fuente de la que fluyen todas esas calamidades, y esta es la amargura que hace tan duro el sufrimiento. Dios dice: «Enviaré contra ustedes mi ira». Noten que Dios gobierna su ira. Esta no se desborda a menos que él lo permita, ni golpea a nadie sino por orden suya.
La declaración se vuelve más intensa: «Ahora derramaré pronto sobre ti toda mi furia y descargaré contra ti mi ira» (Ezequiel 7:8). Esto significa que llevará a cabo cada propósito de su ira y completará todos sus resultados. Esta ira no caerá solo sobre unos cuantos como ejemplo. Vendrá sobre toda la multitud (Ezequiel 7:12, Ezequiel 7:14). Toda la nación se ha convertido en un recipiente de ira, preparado para la destrucción.
A veces Dios se acuerda de la misericordia aun en medio de la ira, pero ahora dice: «Mi ojo no te perdonará ni tendré compasión de ti» (Ezequiel 7:4, Ezequiel 7:9). Los que tomaron a la ligera la misericordia cuando les fue ofrecida recibirán un juicio sin misericordia.
Todo esto es un castigo justo por sus pecados, el resultado de sus propias decisiones insensatas. Este punto se enfatiza para que aprendieran a reconocer que Dios tiene razón en todo lo que trae sobre ellos. Dios nunca envía su ira sin sabiduría y justicia. Por eso dice: «Te juzgaré según tu conducta» (Ezequiel 7:3). Examinará sus acciones, las comparará con su ley y luego les dará lo que merecen (Ezequiel 7:4).
Aun en los juicios más severos, Dios simplemente les devuelve a las personas el modo de vida que ellas mismas escogieron. En cierto sentido, son golpeadas con su propia vara. Cuando Dios ajusta cuentas con un pueblo pecador, hace que cada ofensa quede a la vista. Dice que les dará su merecido por todos sus pecados detestables (Ezequiel 7:3). Su culpa quedará expuesta y se mostrará como algo aborrecible (Salmo 36:2). Lo que antes estaba oculto saldrá a la luz y se verá que ocupaba el centro de sus vidas (Ezequiel 7:4). Su propio pecado les resultará repugnante. Esto se parece a la «abominación desoladora», la terrible profanación que conduce a la ruina (Mateo 24:15).
O quizá el sentido sea que los castigos por sus pecados estarán en medio de ellos y los tocarán en lo más profundo (Jeremías 4:18). Por eso Dios no los perdonará ni tendrá compasión de ellos. Incluso mientras él les devuelve el fruto de sus propias acciones, ellos continúan pecando en medio de su angustia. Sus pecados detestables siguen en su corazón, donde los reciben y los protegen. Esto se repite nuevamente en Ezequiel 7:8 y Ezequiel 7:9: «Yo te juzgaré; te daré tu merecido».
Se mencionan en particular dos pecados como razones de estos juicios: el orgullo y la opresión. Dios los humillará porque se han enaltecido. La vara del sufrimiento ha florecido, pero el orgullo fue el brote que apareció primero (Ezequiel 7:10). Lo primero que crece en el pecado después florece en el juicio. El orgullo de Judá y Jerusalén se manifestaba en todas las clases sociales, como brotes que aparecen en un árbol durante la primavera.
Sus enemigos los tratarán con dureza, porque ellos mismos se han tratado con dureza unos a otros (Ezequiel 7:11). La violencia se ha convertido en una vara de maldad. Esto significa que su crueldad mutua ha sido respaldada y protegida por el poder de los gobernantes. La vara del gobierno se había convertido en una vara de maldad, y la violencia se había vuelto abierta y descarada. «Vi debajo del sol que en el lugar del juicio allí estaba la maldad» (Eclesiastés 3:16; Isaías 5:7). Aunque los juicios de Dios producen ciertos bienes, nuestro pecado siempre es la raíz de ellos.
Nadie escapará de estos juicios, ni habrá una barrera suficientemente fuerte para detenerlos. Lo cubrirán todo y no dejarán remedio. La muerte, en sus muchas formas, dominará tanto en la ciudad como en el campo, dentro y fuera de las murallas (Ezequiel 7:15). Nadie estará seguro en ningún lugar. Quien esté en el campo morirá a espada, porque todo campo se convertirá en un campo de batalla. Quien esté en la ciudad, incluso en la ciudad santa, tampoco encontrará seguridad. El hambre y la peste acabarán con su vida. El pecado se había extendido por la ciudad y por el campo, así que la destrucción también alcanzará ambos lugares.
Ninguno de los destinados a morir escapará. «No quedará ninguno de ellos». No quedará ninguno de los opresores orgullosos que dañaron a sus vecinos pobres con su vara de maldad. Todos serán arrasados por la ruina que se acerca (Ezequiel 7:11). Tampoco quedará ninguno de la multitud que ellos incitaron a hacer el mal, ni de sus propias familias. No quedará ni raíz ni rama. Esta gente, esta multitud, sentirá especialmente el juicio divino, porque la ira está sobre toda la multitud (Ezequiel 7:12, 14), y la visión se refiere a todo el pueblo (Ezequiel 7:13). El juicio se los llevará en grandes cantidades, y no podrán salvarse a sí mismos ni salvar a sus líderes. Cuando Dios envía su juicio con autoridad, ninguna multitud puede vencerlo. Aunque las personas se unan, los malvados no quedarán sin castigo.
Los que mueran no serán lamentados (Ezequiel 7:11). No habrá lamentos por ellos, porque no quedará nadie que los llore, excepto personas que pronto los seguirán. Los tiempos serán tan terribles que será más probable que los vivos envidien a los muertos que que lloren por ellos. Considerarán afortunados a los muertos, porque han sido apartados de ver y compartir una ruina semejante (Jeremías 16:4, 5).
Tampoco podrán resistir. El decreto ya ha sido pronunciado, y la visión acerca de ellos no será anulada (Ezequiel 7:13). Dios no se retractará, y ellos no podrán derrotarla. Cumplirá plenamente aquello para lo que Dios la envió. La palabra de Dios siempre se cumple. Por eso, en primer lugar, nadie puede enfrentarse a Dios confiando en una vida de pecado. De nada sirve que los pecadores sigan desafiando a Dios y sus juicios como lo hicieron antes. Nadie ha endurecido su corazón contra Dios y después ha prosperado. Quienes se fortalecen en la maldad descubrirán que no solo se están debilitando, sino que se están destruyendo a sí mismos (Salmo 52:7).
En segundo lugar, la multitud no podrá resistir la avalancha de estos juicios ni hacerla retroceder (Ezequiel 7:14). Tocan la trompeta para reunir a sus soldados y animarlos. Creen estar listos para la batalla, pero todo será inútil. Nadie avanzará; y si alguno lo hace, no tendrá el valor para enfrentarse al enemigo. Si Dios está contra nosotros, nadie puede estar verdaderamente a nuestro favor de una manera que nos ayude.
Tampoco tendrán esperanza de que sus bienes vuelvan a sostenerlos en medio de sus dificultades. Tendrán que darlos por perdidos. Por eso, el comprador no debe alegrarse por hacerse más rico, ni el vendedor lamentarse por perder sus propiedades y empobrecerse (Ezequiel 7:12). Esto demuestra lo vacías que son las cosas de este mundo. En tiempos difíciles, cuando más las necesitamos, quizá nos importen menos. Los que han vendido tienen menos que perder, y los que han comprado solo han añadido preocupaciones y temores a los que ya tenían. Puesto que este mundo está pasando, quienes compran deben vivir como si no poseyeran plenamente lo que tienen, porque no saben cuán pronto podrían perderlo (1 Corintios 7:29-31).
También se dice: «El vendedor no volverá a lo que vendió en el año del jubileo» (Ezequiel 7:13). Aunque escape de la espada y de la enfermedad, y viva hasta ese año, no recuperará su tierra. La razón es que allí nadie disfrutará de las propiedades heredadas hasta que se cumplan los setenta años. Después de ese tiempo, la gente regresará a sus posesiones y recuperará lo que le pertenece.
Por esa época, Jeremías, confiando en esta promesa, compró el campo de su tío. Sin embargo, tal como se le había dicho, el comprador no se alegró, sino que se lamentó (Jeremías 32:25).
Dios también se dará a conocer en todo esto: «Sabrán que yo soy el Señor» (Ezequiel 7:4), «que yo soy el Señor que hiere» (Ezequiel 7:9). Las personas solo miran las causas secundarias y creen que Nabucodonosor es quien las está golpeando, pero se les hará ver que él no es más que la vara en la mano de Dios. Es la mano del Señor la que los hiere, y nadie puede medir la fuerza de esa mano. Quienes no quisieron reconocer que era el Señor quien les hacía bien tendrán que reconocer que es el Señor quien los hiere, porque, de una manera u otra, él será reconocido.
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De este capítulo
Ezequiel 7:2
"Y tú, hijo de hombre, así dice el Señor DIOS a la tierra de Israel: El fin, el fin ha llegado sobre los cuatro extremos de la tierra."
Ezequiel 7:3
"Ahora ha llegado sobre ti el fin. Enviaré mi ira sobre ti, te juzgaré según tus caminos y haré recaer sobre ti todas tus abominaciones."
Ezequiel 7:4
"Mi ojo no te perdonará ni tendré compasión, sino que haré recaer sobre ti tus caminos, y tus abominaciones estarán en medio de ti; y ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR."
Ezequiel 7:5
"Así dice el Señor DIOS: Un mal, un solo mal, miren, ha llegado."
Ezequiel 7:6
"Ha llegado un fin; el fin ha llegado. Te acecha; mira, ha llegado."
Ezequiel 7:7
"La mañana ha llegado a ti, habitante de la tierra. Ha llegado el tiempo; está cerca el día de angustia, y no el resonar de los montes."
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