Versículo destacado
Ezequiel 6:8 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Sin embargo, dejaré un remanente, para que tengan algunos que escapen de la espada entre las naciones cuando sean dispersados por los países. "
Ezequiel 6:8
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
6 En todos los lugares donde habitan, las ciudades quedarán devastadas y los lugares altos quedarán desolados, para que sus altares sean devastados y queden desolados, sus ídolos sean quebrados y dejen de existir, sus imágenes sean derribadas y sus obras sean abolidas.
7 Los muertos caerán en medio de ustedes, y ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR.
8 Sin embargo, dejaré un remanente, para que tengan algunos que escapen de la espada entre las naciones cuando sean dispersados por los países.
9 Los que escapen de ustedes se acordarán de mí entre las naciones adonde sean llevados cautivos, porque he sido quebrantado por su corazón adúltero, que se ha apartado de mí, y por sus ojos, que se prostituyen tras sus ídolos. Ellos se aborrecerán a sí mismos por los males que han cometido en todas sus abominaciones.
10 Y sabrán que yo soy el SEÑOR y que no dije en vano que les haría este mal.
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Hasta aquí ha prevalecido el juicio, pero aquí la misericordia triunfa sobre el juicio. A este pueblo obstinado le espera un final doloroso, pero no será un final absoluto. La ruina parece completa y, aun así, Dios dice: «Sin embargo, dejaré un remanente»: un pequeño grupo separado de los demás, unos pocos que quedarán después de que muchos perezcan. Es Dios quien los deja con vida; eso significa que merecían ser eliminados junto con los demás y que así habría sucedido si Dios no los hubiera perdonado (Isaías 1:9).
Dios también obra en ellos, por su gracia, lo que se propone hacer al salvarlos. Este es un remanente preservado, protegido de la ruina que cae sobre la nación en general (Ezequiel 6:8). Antes, Dios había dicho que enviaría la espada tras los que fueran dispersados, de modo que la destrucción los alcanzaría aun en el exilio (Ezequiel 5:12). Sin embargo, incluso en medio de esa ira, la misericordia no se olvida, y a algunos judíos exiliados se les promete escapar de la espada.
Ninguno de los que se quedaron cerca de Jerusalén escapará, porque confiaron en las murallas de la ciudad en lugar de confiar en Dios, y quedarán avergonzados. Pero algunos escaparán entre las naciones, porque allí no tienen ningún otro apoyo y deben depender solamente de Dios. Se les llama sobrevivientes porque llegarán a ser la semilla de otra generación, y Jerusalén volverá a levantarse por medio de ellos.
Este remanente también será un remanente arrepentido (Ezequiel 6:9). Los que escapen recordarán a Dios. Cuando Dios tiene el propósito de dar vida a alguien, también le concede arrepentimiento, es decir, que vuelva a él. Se les perdona la vida para que tengan tiempo de regresar. La paciencia de Dios deja espacio para el arrepentimiento y debe animar a los pecadores a arrepentirse. Él da oportunidad para el arrepentimiento allí donde se propone mostrar su gracia, aunque muchos de los que reciben ese tiempo no reciben un corazón dispuesto a cambiar. Muchos escapan de la espada y aun así no abandonan su pecado, pero estos sí lo harán.
Este remanente también apunta al remanente más amplio que Dios conserva entre la humanidad como monumentos de su misericordia: personas a las que salva al llevarlas al arrepentimiento. Su arrepentimiento comienza con una mezcla de juicio y misericordia. El juicio llegó porque fueron llevados cautivos. La misericordia llegó porque escaparon de la espada en la tierra de su cautiverio. Fueron expulsados de su propia tierra, pero no fueron expulsados de la vida misma, a diferencia de otros que murieron como merecían. Los tratos severos de Dios, unidos a la misericordia que todavía muestra, deben movernos al arrepentimiento y a responder al propósito de Dios en ambas cosas. Dios acepta el arrepentimiento verdadero, aun cuando las dificultades nos conduzcan a él. De hecho, el sufrimiento santo a menudo se convierte en un medio de conversión, como ocurrió con Manasés.
La raíz de su arrepentimiento es que recordarán a Dios entre las naciones. Los que lo olvidaron en tiempos de paz y comodidad, cuando engordaron y se rebelaron, ahora lo recordarán en el exilio. El hijo pródigo no pensó en la casa de su padre hasta que el hambre lo humilló en un país lejano. Por eso, el primer paso de regreso a Dios es recordarlo. Hay esperanza para los pecadores cuando comienzan a preguntar: «¿Dónde está Dios, mi Creador?». El pecado comienza cuando olvidamos a Dios (Jeremías 3:21). El arrepentimiento comienza cuando lo recordamos y recordamos nuestra obligación hacia él.
Dios dice: «Me recordarán», lo que significa: «Les daré la gracia para hacerlo». Sin esa gracia, seguirían olvidándolo para siempre. Esa gracia los encontrará dondequiera que estén. Al traer a Dios nuevamente a su mente, también los hará volver a la sensatez. Como el hijo pródigo, cuando recuerden a su padre, también recordarán que pecaron contra él. Primero recordarán la vergonzosa maldad que cometieron contra Dios por medio de la idolatría, y el arrepentimiento verdadero siempre se concentra en esto y lo lamenta por encima de todo.
Abandonaron a Dios por los ídolos, dando a dioses falsos el honor que debían darle al Dios de Israel. Esos ídolos eran solamente productos de la imaginación humana y de manos humanas. Se apartaron de la palabra de Dios, que debía ser su norma, y de la obra de Dios, que debía ocupar su atención. Su corazón se alejó de él. Dios pide el corazón por encima de todo, y cuando el corazón lo abandona, es como una esposa que huye de su esposo o como un súbdito que se rebela contra su rey. Sus ojos también fueron tras sus ídolos. Los admiraban y esperaban recibir ayuda de ellos. Su corazón escogió dioses que podían ver, y luego sus ojos siguieron a su corazón para adorarlos. Este pecado es profundamente malo porque constituye una infidelidad espiritual. La idolatría rompe el pacto con Dios. Pone el corazón en un rival y cede a un deseo degradante que engaña y contamina el alma, mientras deshonra gravemente a Dios.
También recordarán cuánto le dolió esto a Dios y cómo respondió. Recordarán que quedó profundamente herido por su corazón infiel y por sus ojos llenos de adulterio espiritual. No estaba simplemente enojado; estaba afligido, como un esposo herido por la vergüenza de una esposa a la que amaba de verdad. Le rompía el corazón que le fueran tan desleales. Quedó quebrantado como un padre anciano cuyo hijo rebelde hiere su espíritu y lo llena de tristeza. «Durante cuarenta años estuve disgustado con aquella generación» (Salmo 95:10). Algunos entienden esto como una referencia a que se quebrantaron sus medidas, es decir, que se detuvo el flujo de su bondad hacia ellos y se vio obligado a castigarlos. Al arrepentirse, recordarán esto, y los humillará más que cualquier otra cosa: no tanto que su paz y su tierra hayan sido destruidas, sino que Dios mismo haya sido herido por su pecado. Entonces mirarán al que traspasaron y harán duelo (Zacarías 12:10).
Nada aflige más a una persona verdaderamente arrepentida que saber que su pecado entristeció a Dios y al Espíritu de su gracia. El resultado de este arrepentimiento será que se aborrecerán a sí mismos por la maldad que cometieron en todas sus abominaciones. Dios les concede esta gracia para que puedan estar preparados para recibir perdón y rescate. Aunque su corazón infiel lo había herido, él no los rechazaría por completo. Su bondad brilla todavía más porque surge en medio de su gran maldad (Isaías 57:17, Isaías 57:18; Oseas 2:13, Oseas 2:14).
Quienes se arrepienten de verdad ven el pecado como algo vil, precisamente aquello que el Señor aborrece. El pecado hace que los pecadores, e incluso su adoración, sean detestables delante de él (Jeremías 44:4; Isaías 1:11). También mancha la conciencia de una persona y, a menos que esté endurecida e insensible, hace que se desprecie a sí misma. Al ídolo se le llama especialmente una abominación, algo detestable y repugnante delante de Dios (Isaías 44:19).
Lo que antes amaban, ahora llegan a odiarlo. Las cosas que alguna vez les parecían dulces ahora les parecen sucias. El pecado también contiene muchos males en su interior. De un solo acto de rebelión pueden surgir muchos otros pecados, y un solo pecado puede llevar consigo varias manchas de culpa (Levítico 16:21). En su adoración de ídolos, a veces fueron culpables de inmoralidad sexual, como en la adoración de Peor, y otras veces de asesinato, como en la adoración de Moloc. En aquellas abominaciones había más maldad de la que se veía a primera vista.
Esto también muestra la profunda maldad del pecado en sí mismo. El pecado es una abominación llena de maldad. Quienes verdaderamente odian el pecado no pueden evitar odiarse a sí mismos por causa de él. El desprecio de uno mismo siempre acompaña al arrepentimiento verdadero. Quienes se arrepienten luchan contra sí mismos y no pueden vivir en paz dentro de su propio corazón hasta tener alguna esperanza de que Dios se ha reconciliado con ellos. Aun entonces, siguen sintiendo vergüenza, aunque Dios haya apartado de ellos su ira (Ezequiel 16:63).
Dios también será glorificado por su arrepentimiento (Ezequiel 6:10). Sabrán que él es el Señor. Lo aprenderán por experiencia y estarán dispuestos a reconocerlo. Verán que Dios no habló en vano cuando dijo que traería ese mal sobre ellos. Lo que dijo se cumplió y sirvió a su buen propósito. No fue una amenaza vacía; tenían buenas razones para ser advertidos y castigados.
Dios hará que los pecadores sepan y confiesen que él es el Señor, de una manera u otra: ya sea por medio del arrepentimiento o por medio de la ruina. Todas las personas que se arrepienten de verdad llegan a reconocer que la palabra de Dios es correcta y poderosa, especialmente sus advertencias. Declaran que Dios es justo al hacer esas advertencias y también al cumplirlas.
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De este capítulo
Ezequiel 6:1
"La palabra del SEÑOR vino a mí, diciendo:"
Ezequiel 6:2
"Hijo de hombre, dirige tu rostro hacia los montes de Israel y profetiza contra ellos."
Ezequiel 6:3
"Y di: Montes de Israel, oigan la palabra del Señor DIOS. Así dice el Señor DIOS a los montes, a las colinas, a los ríos y a los valles: Miren, yo, yo mismo, traeré una espada sobre ustedes y destruiré sus lugares altos."
Ezequiel 6:4
"Sus altares quedarán desolados y sus imágenes serán quebradas; y derribaré a sus muertos delante de sus ídolos."
Ezequiel 6:5
"Pondré los cadáveres de los hijos de Israel delante de sus ídolos y esparciré los huesos de ustedes alrededor de sus altares."
Ezequiel 6:6
"En todos los lugares donde habitan, las ciudades quedarán devastadas y los lugares altos quedarán desolados, para que sus altares sean devastados y queden desolados, sus ídolos sean quebrados y dejen de existir, sus imágenes sean derribadas y sus obras sean abolidas."
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