Versículo destacado

Ezequiel 35:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Porque dijiste: «Estas dos naciones y estos dos países serán míos, y la poseeremos», aunque el SEÑOR estaba allí, "

Ezequiel 35:10

menu_book El versículo en contexto

8 Llenaré sus montañas de sus hombres muertos; en tus colinas, en tus valles y en todos tus ríos caerán los muertos por la espada.

9 Te convertiré en desolaciones perpetuas, y tus ciudades no volverán. Entonces ustedes sabrán que yo soy el SEÑOR.

10 Porque dijiste: «Estas dos naciones y estos dos países serán míos, y la poseeremos», aunque el SEÑOR estaba allí,

11 por eso, tan cierto como que vivo —declara el Señor DIOS—, actuaré conforme a tu ira y conforme a la envidia con la que actuaste por tu odio contra ellos. Me daré a conocer entre ellos cuando te haya juzgado.

12 Y sabrás que yo soy el SEÑOR y que he oído todas las blasfemias que pronunciaste contra las montañas de Israel, diciendo: «Han quedado desoladas; nos han sido entregadas para que las devoremos».

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Ezequiel ofrece un relato más completo del pecado de los edomitas y de su cruel comportamiento hacia el pueblo de Dios. La iglesia ya se había quejado de que ellos incitaron a los babilonios contra Jerusalén, gritando: «¡Destrúyanla, destrúyanla!» (Salmo 137:7). Aquí también se les acusa de alegrarse por la ruina de Jerusalén y por la desolación del país. Hablaron con blasfemia contra los montes de Israel, diciendo con orgullo y satisfacción que habían quedado devastados (Ezequiel 35:12).

Las dificultades de la iglesia de Dios muestran dos cosas a la vez. Demuestran la fidelidad de sus verdaderos amigos y dejan al descubierto la corrupción de sus enemigos. En esos momentos, los enemigos suelen revelar una malicia más profunda y cruel de lo que cualquiera esperaba. La alegría de los edomitas por la caída de Jerusalén provenía de su odio pecaminoso, su envidia y su enojo contra Israel (Ezequiel 35:11). Aunque ellos mismos no eran lo bastante fuertes para hacerle daño a Israel, se alegraron de que los caldeos, es decir, los babilonios, lo hicieran por ellos.

Su alegría también provenía de la codicia. Esperaban que, cuando Israel fuera destruido, ellos pudieran apoderarse de la tierra que habían envidiado durante mucho tiempo. Pensaban que tenían algún derecho sobre ella porque Israel había sido expulsado, como si la tierra debiera pasar a los siguientes herederos o, por lo menos, a los vecinos más cercanos. «La poseeremos», dijeron, como si ser los primeros en ocuparla los convirtiera en sus legítimos dueños. Este es el espíritu de Edom: desear que otros fracasen porque ese fracaso puede traer un beneficio personal.

Cuando vemos lo vacío que es el mundo a través de las pérdidas y decepciones de otros, no debemos volvernos codiciosos por él. Más bien, debemos aflojar nuestro aferramiento a las cosas del mundo y reducir nuestras expectativas puestas en ellas. Pero el deseo de los edomitas por la tierra de Israel era peor que una simple codicia, porque insultaba al mismo Dios. Actuaron como si la tierra les hubiera sido entregada para devorarla y enriquecerse con ella. Dios dice que se jactaron contra él y multiplicaron sus palabras en su contra, porque esperaban tomar posesión de la tierra solo porque Israel había sido expulsado. Sin embargo, el SEÑOR todavía estaba allí (Ezequiel 35:10).

El templo había sido quemado y otras señales de la presencia de Dios habían desaparecido. Aun así, su promesa de darles esa tierra a los descendientes de Jacob como herencia no había sido cancelada. La promesa seguía firme, y Dios todavía conservaba la tierra para Israel hasta el tiempo de la restauración. Era la tierra de Emanuel, la tierra donde Cristo habría de nacer (Isaías 8:8). Puesto que el SEÑOR estaba allí, y el Señor Jesús habría de estar allí, la pérdida temporal de la posesión de Israel no cancelaba su derecho. Dios conservaría esa tierra para ellos hasta que la promesa de Canaán fuera reemplazada por la promesa de algo mucho mejor por medio del Mesías.

Es un gran insulto contra Dios que los edomitas, o cualquier otra persona, reclamen para sí los dones y consuelos especiales que pertenecen al pueblo escogido de Dios. Es una blasfemia contra los montes de Israel, los montes santos, decir que, porque por un tiempo son pisoteados por las naciones —incluso la ciudad santa misma (Apocalipsis 11:2)—, el Señor los ha abandonado u olvidado. El apóstol rechaza por completo esa idea: «¿Acaso Dios rechazó a su pueblo?» (Romanos 11:1). No. Puede que sean derribados por un tiempo, pero no serán rechazados para siempre. Quienes dicen lo contrario insultan al mismo Señor.

Dios vio el orgullo malvado de los edomitas y pronunció sentencia contra ellos. «He escuchado todas tus blasfemias» (Ezequiel 35:12). Y vuelve a decir: «Has multiplicado tus palabras contra mí, y yo las he escuchado» (Ezequiel 35:13). Dios tomó nota de cada palabra. En medio de un torrente de palabras, ninguna se le escapa. Las personas pueden hablar sin pensar y olvidar lo que dijeron, pero Dios lo oye todo, incluso las palabras más insignificantes, y llamará a los pecadores a rendir cuentas por ellas.

Esto incluye toda palabra orgullosa y cruel pronunciada contra el pueblo de Dios. Dios oye tanto las palabras exageradas como las que se repiten. Nada es demasiado pequeño para escapar de su conocimiento, y nada es demasiado atrevido para escapar de su reprensión. «He escuchado todas tus blasfemias». Esto debe consolarnos cuando somos maltratados, porque podemos soportar los insultos como si no los oyéramos, sabiendo que Dios sí los oye (Salmo 38:13, Salmo 38:15).

Puesto que Dios había escuchado la blasfemia de Edom, ellos también tendrían que escuchar su sentencia (Ezequiel 35:14-15). Su pecado era nacional, porque esas blasfemias expresaban el discurso y la actitud establecidos de todos los edomitas. Por eso, su castigo también sería una desolación nacional. Además, sería un castigo especial. Así como Dios tiene favores especiales para Israel, también tiene juicios especiales para Edom. Cuando toda la tierra se alegre, él dejará desolada a Edom; mientras que las ruinas de otras naciones quizá sean restauradas para volver a la alegría, la ruina de Edom sería permanente (Ezequiel 35:9).

Su castigo correspondería a su pecado. Puesto que se alegraron por la desolación del pueblo de Israel, Dios les daría abundante desolación. Como se deleitaron en ella, ellos mismos quedarían desolados. Quienes se ríen del dolor de otros pueden justamente ser llevados a probar ese mismo dolor y a sentir todo su peso y sufrimiento. Algunos entienden Ezequiel 35:14 como una referencia a que toda la tierra se alegraría cuando Dios dejara desolada a Edom, así como Edom se alegró cuando Israel quedó devastado. Quienes se alegran de la caída de otro pueden esperar que otros se alegren de la suya.

Al destruir a los enemigos de la iglesia, Dios también busca su propia gloria, y ciertamente llevará a cabo ese propósito.

El propósito de Dios es mostrarse como un Dios justo y celoso, que permanece fiel a su pacto, a su pueblo y a la causa de su pueblo agraviado (Ezequiel 35:11). Él dice: «Me daré a conocer entre ellos cuando te juzgue». El Señor se da a conocer por medio de los juicios que ejecuta.

Este propósito se cumplirá plenamente. No solo su propio pueblo llegará a conocerlo y encontrará consuelo en ello, sino que también los edomitas y todos los demás enemigos de su nombre y de su pueblo sabrán que él es el SEÑOR (Ezequiel 35:4, Ezequiel 35:9, Ezequiel 35:15). Así como la creación y el cuidado ordinario de Dios muestran que existe un Dios, su cuidado por Israel muestra que Jehová, el Dios de Israel, es el único Dios verdadero y viviente.

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