Versículo destacado
Ezequiel 33:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Por tanto, hijo de hombre, habla a la casa de Israel. Así hablan ustedes: «Si nuestras transgresiones y nuestros pecados pesan sobre nosotros, y nos consumimos en ellos, ¿cómo, entonces, hemos de vivir?». "
Ezequiel 33:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Cuando yo diga al malvado: «Oh malvado, ciertamente morirás», si tú no hablas para advertir al malvado acerca de su camino, ese malvado morirá por su iniquidad; pero yo reclamaré su sangre de tu mano.
9 Sin embargo, si adviertes al malvado acerca de su camino para que se aparte de él, y él no se aparta de su camino, morirá por su iniquidad; pero tú habrás librado tu alma.
10 Por tanto, hijo de hombre, habla a la casa de Israel. Así hablan ustedes: «Si nuestras transgresiones y nuestros pecados pesan sobre nosotros, y nos consumimos en ellos, ¿cómo, entonces, hemos de vivir?».
11 Diles: «Vivo yo —declara el Señor DIOS—, que no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se aparte de su camino y viva. ¡Vuélvanse, vuélvanse de sus malos caminos! ¿Por qué han de morir, casa de Israel?».
12 Por tanto, hijo de hombre, di a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo no lo librará el día de su transgresión; en cuanto a la maldad del malvado, este no caerá por ella el día en que se aparte de su maldad; tampoco podrá el justo vivir por su justicia el día en que peque.
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Estos versículos repiten la misma verdad que vimos antes en Ezequiel 18:20 y siguientes. Declaran claramente las condiciones en las que las personas se presentan ante Dios, así como el pasaje anterior declaró las condiciones en las que se presentan los ministros. Por eso no sorprende que Dios las repita aquí, aunque su contenido ya se hubiera expuesto.
Observemos primero las quejas que el pueblo presentó contra la manera en que Dios estaba actuando con ellos. Dios se oponía a ellos por medio de su providencia, pero sus corazones obstinados todavía no se habían humillado. Se esforzaban por defenderse, aun mientras acusaban a Dios. Sus quejas tenían dos partes, y ambas aumentaban la culpa de su pecado y profundizaban su castigo.
En primer lugar, se quejaban de sus promesas y de su bondad, como si no hubiera sinceridad en ellas. Ezequiel les había dicho antes: «Se consumirán a causa de sus pecados» (Ezequiel 24:23). Había terminado con ese mensaje sus advertencias a Judá y Jerusalén. Ahora distorsionaban sus palabras para convertirlas en una acusación, como si Dios hubiera querido decir que su destrucción era absolutamente inevitable y que quería llevarlos a la desesperanza. En realidad, había hablado de manera condicional, para guiarlos al arrepentimiento. Eso es lo que sucede cuando personas con una mente corrompida distorsionan las palabras de los ministros de Dios y buscan motivos para discutir.
Dios les ofrecía vida y felicidad, pero ellos afirmaban que los estaba engañando con palabras que nunca podrían alcanzar. «Si nuestras transgresiones y nuestros pecados todavía pesan sobre nosotros, como sigues diciendo», argumentaban, «y si tenemos que consumirnos en ellos y vivir una cautividad miserable sin ninguna ayuda que venga del arrepentimiento, ¿cómo podemos vivir? Si ese es nuestro destino, no hay remedio. Morimos. Perecemos. Todos perecemos». Es común que quienes fueron atrevidos y descuidados cuando se les advertía contra el pecado caigan en la desesperación cuando se les llama al arrepentimiento. Entonces concluyen que ya no hay esperanza de vida para ellos.
En segundo lugar, se quejaban de sus advertencias y sus juicios, como si no hubiera justicia en ellos. Decían: «El camino del Señor no es justo» (Ezequiel 18:25). En otras palabras, actuaban como si Dios fuera injusto, parcial y demasiado severo con el pecado y con los pecadores.
Dios responde a ambas quejas con una respuesta clara y completa. A quienes temían que ya no quedara misericordia para ellos, les da la solemne promesa de que está dispuesto a mostrar misericordia. Cuando hablaban de consumirse en sus pecados, Dios envió de inmediato al profeta para decirles que su situación era triste, pero no desesperada. Todavía había esperanza para Israel.
Dios no se complace en la ruina de los pecadores ni la desea. Si ellos se destruyen a sí mismos, Dios seguirá siendo honrado por medio de ello, pero esa no es la realidad en la que se deleita. Él se deleita en su bondad y prefiere que los pecadores se vuelvan y vivan. Lo ha dicho y lo ha jurado. Por medio de estas dos cosas inmutables, las cuales hacen imposible que Dios mienta, recibimos un gran consuelo. Dios jura por sí mismo, porque no hay nadie mayor, y dice: «Vivo yo». Ellos se preguntaban si podían vivir aun después de arrepentirse y cambiar. Dios responde que sí: con la misma certeza de que él vive, los pecadores verdaderamente arrepentidos también vivirán, porque su vida está escondida con Cristo en Dios.
Dios también es sincero y serio cuando llama a los pecadores al arrepentimiento. «Vuélvanse, vuélvanse de su mal camino», dice. Arrepentirse significa apartarse del mal, y eso es lo que Dios exige. Lo repite una y otra vez: «Vuélvanse, vuélvanse». Desea que se convenzan de volver y que lo hagan pronto, sin demora. También les dará la capacidad de hacerlo si tan solo orientan su vida hacia el Señor (Oseas 5:4). Ha prometido derramar su Espíritu sobre ellos (Proverbios 1:23). Y los recibirá, porque esto no es solamente algo que les ordena, sino también algo que les invita a hacer con afecto.
Si los pecadores perecen por negarse a arrepentirse, la culpa es completamente de ellos. Mueren porque eligen morir. Al actuar así, van en contra de la razón. «¿Por qué morirán, casa de Israel?». Dios los habría escuchado, pero ellos no quisieron escuchar.
A quienes se quejaban de que Dios era injusto, él les responde con la norma que aplica al juzgar a las personas. Esa norma es tan claramente justa que cualquiera puede verla. La nación judía, como nación, ya estaba muerta y arruinada sin posibilidad de recuperación. Por eso el profeta se dirige a los individuos, y la norma para ellos es semejante a la norma para las naciones (Jeremías 18:8-10). Si Dios habla contra una nación para arrancarla y destruirla, pero esa nación se arrepiente, él cancela la sentencia y la salva. Del mismo modo, si habla a favor de una nación para edificarla y plantarla, pero después esa nación hace lo malo, retira su bondad y la deja caer en la ruina. Lo mismo ocurre aquí.
En resumen, las personas más impresionantes en su profesión religiosa, si se apartan, ciertamente perecerán para siempre al volverse contra Dios. Y las personas más abiertamente malvadas, si se arrepienten, ciertamente serán bendecidas para siempre al volver a Dios. Esto se repite una y otra vez porque necesita ser considerado una y otra vez, y predicado a nuestros propios corazones una y otra vez. Era especialmente necesario insistir en ello a este pueblo insensible y sin entendimiento, que decía que el camino de Dios no era justo. Estas normas de juicio son tan evidentemente justas que no hace falta otra prueba aparte de repetirlas.
Si quienes alguna vez hicieron una firme profesión de fe la abandonan, dejan los buenos caminos de Dios y se vuelven descuidados, mundanos y controlados por sus deseos, esa profesión que hicieron no les servirá de nada. Sus prácticas religiosas, con las que durante mucho tiempo mantuvieron una apariencia de fe, no los salvarán. Ciertamente perecerán en su culpa (Ezequiel 33:12, Ezequiel 33:13, Ezequiel 33:18).
Dios dice de la persona justa que ciertamente vivirá (Ezequiel 33:13). Lo declara por medio de su palabra y de sus ministros. La persona que vive rectamente tiene razones para recibir esta afirmación en su propio corazón y también de parte de sus vecinos. Ellos pueden decir: «Vivirá». Sin duda, una persona así debe ser bendecida. Y ciertamente, si continúa viviendo en justicia y es verdaderamente sincera en ella, vivirá. Permanecerá en el amor de Dios y será feliz para siempre en ese amor.
Pero las personas justas, que tienen una buena opinión de sí mismas y cuentan con la estima de los demás, todavía corren peligro si confían en su propia justicia. Ese es el caso que se describe aquí: si alguien confía en su propia bondad y comete pecado, incluso si convierte el pecado en una práctica; si no solo tropieza, sino que se desvía por un camino falso y permanece en él.
Este puede ser el caso de una persona justa que ha confiado en su propia bondad. Muchas personas que parecían muy piadosas han sido arruinadas por el orgullo y la confianza en sí mismas. Se apoya en el valor de su propia justicia y piensa que ya ha hecho de Dios su deudor en tal medida que ahora puede atreverse a hacer lo malo. Imagina que ha acumulado suficientes buenas obras para cubrir cualquier mal que haga después.
O confía en la fuerza de su propia justicia. Piensa que está tan firme en la virtud que puede exponerse a cualquier tentación sin ser vencida. Al depender de su propia capacidad, es llevada al pecado. Cuando alguien se vuelve atrevido cerca del límite del pecado, pronto es arrastrado a sus profundidades. Esto destruyó a los fariseos, que confiaban en sí mismos creyendo que eran justos y pensaban que sus largas oraciones y sus ayunos dos veces por semana compensarían el hecho de devorar las casas de las viudas.
Si las personas justas se vuelven al pecado y no regresan a la justicia, ciertamente perecerán en su pecado, y toda su justicia anterior será olvidada. Sus oraciones, sus ofrendas y cada buena obra dejarán de ser tomadas en cuenta. Serán pasadas por alto como si nunca las hubieran hecho. La justicia de la persona justa no la salvará de la ira de Dios ni de la maldición de la ley el día en que peque.
Cuando una persona se convierte en traidora y rebelde contra su legítimo gobernante, no puede defenderse diciendo que alguna vez fue leal y prestó servicios útiles. Eso no le ayudará a vivir. Su justicia anterior no traerá consuelo a la justicia de Dios ni a su propia conciencia cuando peque. Más bien, hará que su apartamiento de Dios parezca todavía peor. Por el pecado que cometió, morirá (Ezequiel 33:13). Una vez más, morirá por causa de él (Ezequiel 33:18), y la culpa será suya.
Por otro lado, si quienes han vivido malvadamente se arrepienten y cambian de conducta, abandonan sus malos caminos y comienzan a vivir piadosamente, sus pecados serán perdonados, y serán considerados justos y salvos si continúan perseverando en ese cambio. Dios dice al malvado: «Ciertamente morirás». Tu camino actual conduce a la destrucción, y el pago del pecado es la muerte. Esta advertencia tenía el propósito de mantener a la persona justa avanzando en justicia, pero ella la usó mal y se sintió animada a pecar. La misma advertencia tiene el propósito de apartar al malvado de sus pecados, y puede usarla bien, de modo que sea movido a volver a Dios y a cumplir con su deber.
Muchas personas malvadas, encaminadas rápidamente hacia la ruina, han sido transformadas por la gracia de Dios, llevadas al arrepentimiento y a una vida santa. Se apartan de su pecado (Ezequiel 33:14) y deciden no volver a tener nada que ver con él. Como prueba de su arrepentimiento por el mal cometido, devuelven la prenda que habían tomado injustamente de los pobres (Ezequiel 33:15) y restituyen a los ricos lo que les habían robado. No se limitan a dejar de hacer el mal; aprenden a hacer lo correcto y practican lo que es justo delante de Dios y de las personas. Este es un cambio extraordinario, porque poco antes no respetaban a Dios ni a los demás.
La gracia de Dios ha producido muchas veces cambios tan grandes y bendecidos. La persona que caminaba por el camino de la muerte y la destrucción ahora anda por los caminos de la vida: los mandamientos de Dios, que contienen vida (Proverbios 12:28) y conducen a la vida eterna (Mateo 19:17). Permanece en ese buen camino sin cometer iniquidad. Todavía es débil, pero el pecado ya no tiene dominio sobre ella. No se arrepiente de haberse vuelto de su pecado ni regresa a las graves transgresiones que antes se permitía cometer.
La persona que se arrepiente de verdad y regresa a Dios escapará de la ruina hacia la que se dirigía, y sus pecados pasados no impedirán que sea aceptada por Dios. No debe consumirse en su culpa, porque si confiesa su pecado y lo abandona, hallará misericordia. «Ciertamente vivirá; no morirá» (Ezequiel 33:15). Una vez más se afirma: «Ciertamente vivirá» (Ezequiel 33:16). Y otra vez: «Por haber hecho lo recto y lo justo, ciertamente vivirá» (Ezequiel 33:19).
¿Seguirán entonces sus pecados anteriores siendo tomados en cuenta? No; no será castigada por ellos (Ezequiel 33:12). Aunque la maldad que cometió fue muy grave, no caerá por causa de ella el día en que se aparte de su pecado. Lo que antes era motivo de tristeza no se convertirá en su ruina. Ahora que se ha separado verdaderamente del pecado, ya no estará separada de Dios. Más aún, ni siquiera se le echarán en cara aquellos pecados (Ezequiel 33:16). Ninguno de los pecados que cometió volverá a mencionársele para debilitar su perdón, disminuir su consuelo o apagar la gloria que Dios ha preparado para ella.
Al considerar todo esto, queda claro que el camino del Señor es justo. Así se entiende por qué Dios tiene razón al destruir a los pecadores y por qué es glorificado al salvar a quienes se arrepienten. La conclusión es esta (Ezequiel 33:20): «Casa de Israel, aunque ahora todos estén involucrados en la misma calamidad, habrá una diferencia entre ustedes según su condición espiritual y eterna, y yo juzgaré a cada uno conforme a su conducta».
Aunque fueron llevados juntos al cautiverio, como los peces buenos y malos atrapados en la misma red, Dios separará allí lo valioso de lo inútil y dará a cada persona conforme a sus obras. Por tanto, el camino de Dios es justo y no admite objeción. En cuanto a los hijos de tu pueblo, Dios habla de ellos como habló del pueblo de Moisés (Éxodo 32:7): «Ellos son tu pueblo; difícilmente puedo reconocerlos como míos». Su conducta es injusta. Su costumbre de discutir con Dios y con sus profetas es necia e irrazonable. En todo conflicto entre Dios y sus criaturas, siempre se demostrará que él tiene la razón y que ellas están equivocadas.
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De este capítulo
Ezequiel 33:1
"De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Ezequiel 33:2
"Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo y diles: Cuando yo traiga la espada sobre una tierra, si el pueblo de esa tierra toma a un hombre de sus confines y lo pone como su centinela;"
Ezequiel 33:3
"si él ve venir la espada sobre la tierra, toca la trompeta y advierte al pueblo;"
Ezequiel 33:4
"entonces, cualquiera que oiga el sonido de la trompeta y no preste atención a la advertencia, si viene la espada y se lo lleva, su sangre recaerá sobre su propia cabeza."
Ezequiel 33:5
"Oyó el sonido de la trompeta y no prestó atención a la advertencia; su sangre recaerá sobre él. Pero quien preste atención a la advertencia librará su alma."
Ezequiel 33:6
"Pero si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no es advertido, si viene la espada y se lleva a alguna persona de entre ellos, esta será llevada por su iniquidad; pero yo reclamaré su sangre de manos del centinela."
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