Versículo destacado
Ezequiel 33:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Ezequiel 33:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
2 Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo y diles: Cuando yo traiga la espada sobre una tierra, si el pueblo de esa tierra toma a un hombre de sus confines y lo pone como su centinela;
3 si él ve venir la espada sobre la tierra, toca la trompeta y advierte al pueblo;
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Al profeta se le había dicho que dejara de profetizarle al pueblo judío cuando llegara la noticia de que Jerusalén estaba bajo sitio (Ezequiel 24:27). Pero ahora Jerusalén ha caído, dos años después, y una vez más se le ordena hablarles. Allí se renueva su llamado. Si Dios los hubiera abandonado por completo, no les habría enviado profetas. Si todavía no tuviera misericordia reservada para ellos, no les habría mostrado estas cosas.
Estos versículos explican el trabajo de un centinela, la confianza que se deposita en él y las responsabilidades que lo comprometen tanto a él como a quienes están bajo su cuidado (Ezequiel 33:2, Ezequiel 33:6). Cuando Dios trae la espada contra una tierra, un peligro público hace necesario tener un centinela (Ezequiel 33:2). La guerra siempre está en las manos de Dios. Es la espada del SEÑOR, la espada de su justicia, aun cuando los seres humanos la usen injustamente. Cuando un país teme una invasión, designa a alguien en sus fronteras para vigilar los movimientos del enemigo, dar aviso con anticipación y evitar que el pueblo sea tomado por sorpresa. De esta manera, los pueblos del mundo muestran gran sabiduría al proteger sus propios intereses. Una sola persona puede trabajar para el bien de todo un país. Los gobernantes y estadistas son los centinelas de un reino. Deben seguir trabajando por el bien público y, si es necesario, incluso arriesgarse por él.
El centinela tiene una responsabilidad pública y debe responder ante el pueblo por la manera en que la cumple. Su tarea es ver venir al enemigo y advertirles de inmediato a los demás. No debe estar ciego ni dormido, porque de lo contrario no podrá ver la espada que se acerca. Debe dar la alarma, como con el sonido de una trompeta o un disparo, para que el pueblo sepa que hay peligro. Quienes lo pusieron allí dependen de que cumpla fielmente esas dos cosas y confían sus vidas a su cuidado.
Si cumple con su deber, ve el peligro a tiempo y da la advertencia, entonces ha hecho su trabajo y se ha librado de culpa. Si el pueblo se niega a escuchar, se niega a creer que el peligro es real o se niega a actuar, la culpa es de ellos. Su sangre recaerá sobre sus propias cabezas. Si alguien se adentra con arrogancia en el peligro después de haber oído la advertencia, y la espada lo alcanza por su necedad, él mismo se ha destruido. Pero si el centinela no cumple con su deber, si pudo haber visto el peligro y no lo hizo, o si lo vio y guardó silencio para salvarse, entonces su culpa es grande. Si las personas son sorprendidas y destruidas en su pecado antes de tener tiempo de clamar por misericordia, arrepentirse y hacer las paces con Dios, el fracaso del centinela empeora aún más el asunto. Dios le exigirá cuentas por su sangre. Será considerado culpable de su muerte porque no les dio ninguna advertencia. Pero si el centinela cumple con su parte y el pueblo cumple con la suya, ambos quedarán libres de culpa. El que advirtió y el que escuchó habrán salvado sus vidas.
Luego esto se aplica al profeta (Ezequiel 33:7, Ezequiel 33:9). Él es un centinela para el pueblo de Israel. En ocasiones había advertido a las naciones vecinas, pero respecto de Israel, este era su encargo especial. Ellos eran hijos de los profetas y del pacto, pero no lo habían elegido como su centinela. Dios lo había establecido para ellos. No tenían suficiente sabiduría para proteger su propia vida espiritual, como sí se preocupan por proteger sus intereses terrenales. Por eso Dios puso un centinela sobre ellos.
Su deber como centinela es advertirles a los pecadores acerca de su miseria y del peligro que enfrentan por causa del pecado. Este es el mensaje que debe recibir de Dios y comunicarles. Dios ha dicho que el malvado ciertamente morirá. Será desdichado si no se arrepiente. Quedará separado de Dios, de todo consuelo y de toda esperanza en él. Permanecerá para siempre bajo la ira de Dios, y esa es la muerte del alma, así como el favor de Dios es su vida. El Dios justo ha dicho esto y no se retractará. Nadie puede negarlo. El pago del pecado es la muerte. Cuando el pecado llega a su fin, produce muerte. La ira de Dios se revela desde el cielo no solo contra las naciones malvadas, sino también contra las personas malvadas individualmente, en su propia vida y en aquello que les importará para siempre.
También es voluntad de Dios que se advierta a los malvados acerca de esto: «Adviérteles de mi parte». Eso demuestra que todavía existe una oportunidad de evitarlo; de lo contrario, la advertencia no tendría sentido. También demuestra que Dios desea que lo eviten. Se les advierte a los pecadores acerca de la ira venidera para que huyan de ella (Mateo 3:7). Esta es la tarea de los ministros: decirles a los malvados que les irá mal (Isaías 3:11). Dios habla en términos generales: el alma que peca morirá. El ministro debe aplicar esa verdad a personas concretas y decir: «Tú, hombre malvado, ciertamente morirás, seas quien seas. Si sigues viviendo en tus pecados, ellos te destruirán». Debe decirle esto al adúltero, al ladrón, al borracho, al que usa lenguaje blasfemo y al que profana el día de reposo. Debe hablar así, no con ira para provocar al pecador, sino con compasión, para apartarlo de su camino y guiarlo hacia la vida. Esto se hace mediante la predicación pública y fiel, y también mediante una advertencia personal cuando se conocen los pecados de alguien.
Si algunas personas pierden su alma porque el profeta descuida este deber, él mismo se hace culpable.
Si el profeta no advierte al malvado acerca de la ruina que se encuentra al final de su camino perverso, ese malvado morirá en su pecado. Aun así, el pecador seguirá siendo responsable. Podría haber tomado en cuenta la advertencia de la Palabra escrita, de su propia conciencia y de los juicios de Dios sobre otros. De esa manera, su propia boca quedará silenciada y Dios demostrará tener razón al juzgarlo.
Esto no ayudará a los pecadores obstinados en el gran día, cuando intenten decir que sus centinelas no les advirtieron o que fueron descuidados e infieles. Aunque eso fuera cierto, seguirá siendo evidente que Dios no se quedó sin dar testimonio. Sin embargo, el centinela también tendrá que rendir cuentas. «Te pediré cuentas de su sangre» significa que el centinela responderá por no haber advertido. Tanto el guía ciego como el seguidor ciego caerán en el hoyo.
Esto muestra cuánto desea Dios la salvación de los pecadores. Se ofende profundamente cuando quienes deberían advertirles no hacen todo lo posible para detener su ruina. También muestra cuánto tendrán que responder los ministros si suavizan la gravedad del pecado, halagan a los pecadores en sus malos caminos y, mediante sus propias vidas perversas, los animan a permanecer en el pecado y a esperar paz.
Si el profeta cumple con su deber, puede hallar consuelo en ello, aunque no vea resultados. Si advierte al malvado acerca de su camino, le dice claramente lo que le espera y le ruega con sinceridad que se aparte, ese hombre todavía puede negarse y morir en su pecado. La advertencia solo hará mayor su culpa y su ruina. Pero el centinela fiel habrá salvado su propia alma.
Es un consuelo para los ministros que, por la gracia de Dios, pueden salvar su propia alma, aunque no logren llevar a muchos de sus oyentes a la fe y al arrepentimiento.
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De este capítulo
Ezequiel 33:2
"Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo y diles: Cuando yo traiga la espada sobre una tierra, si el pueblo de esa tierra toma a un hombre de sus confines y lo pone como su centinela;"
Ezequiel 33:3
"si él ve venir la espada sobre la tierra, toca la trompeta y advierte al pueblo;"
Ezequiel 33:4
"entonces, cualquiera que oiga el sonido de la trompeta y no preste atención a la advertencia, si viene la espada y se lo lleva, su sangre recaerá sobre su propia cabeza."
Ezequiel 33:5
"Oyó el sonido de la trompeta y no prestó atención a la advertencia; su sangre recaerá sobre él. Pero quien preste atención a la advertencia librará su alma."
Ezequiel 33:6
"Pero si el centinela ve venir la espada y no toca la trompeta, y el pueblo no es advertido, si viene la espada y se lleva a alguna persona de entre ellos, esta será llevada por su iniquidad; pero yo reclamaré su sangre de manos del centinela."
Ezequiel 33:7
"Así que a ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de Israel; por tanto, oirás la palabra de mi boca y les advertirás de mi parte."
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