Versículo destacado

Ezequiel 24:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" También vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "

Ezequiel 24:15

menu_book El versículo en contexto

13 En tu inmundicia hay lascivia. Porque yo te limpié y no quedaste limpia, ya no serás limpiada de tu inmundicia hasta que haga reposar mi furor sobre ti.

14 Yo, el SEÑOR, lo he dicho. Sucederá, y yo lo haré. No retrocederé, ni perdonaré, ni me arrepentiré. Conforme a tus caminos y conforme a tus hechos te juzgarán, dice el Señor DIOS.

15 También vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:

16 Hijo de hombre, mira, voy a quitarte de un golpe el deseo de tus ojos; pero no te lamentarás ni llorarás, ni correrán tus lágrimas.

17 Abstente de clamar, no hagas duelo por los muertos, ata sobre ti el tocado de tu cabeza, ponte el calzado en los pies, no te cubras los labios y no comas el pan de los hombres.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos cierran el tema principal que hemos seguido desde el comienzo de este libro: las profecías de Ezequiel acerca de la destrucción de Jerusalén. Después de esto, aunque habló mucho sobre otras naciones, no volvió a decir nada más sobre Jerusalén hasta que se enteró de que había caído, casi tres años después (Ezequiel 33:21). En la primera parte de este capítulo ya había dejado claro que no había esperanza de detener la tragedia. Aquí muestra que ni siquiera tendrían el consuelo de llorar su pérdida.

Observemos primero la señal que Dios usó para comunicar este mensaje, y cuánto le costó a Ezequiel. La vergüenza mayor fue para ellos, porque aun cuando Dios hizo que el profeta pagara un precio tan personal para hacerlos reaccionar, ellos no se conmovieron.

Ezequiel iba a perder a su amada esposa, quien moriría repentinamente. Dios se lo advirtió de antemano para que el impacto fuera menos doloroso: «Te voy a quitar de repente la alegría de tus ojos» (Ezequiel 24:16). Esto nos enseña varias cosas. El matrimonio armoniza con el llamado de un profeta y es honorable para todos; por eso, no es pecado que los ministros se casen. Mucha de la felicidad humana se recibe por medio de las relaciones afectuosas. Sin duda, durante su exilio Ezequiel encontró en una esposa sabia y tierna verdadera ayuda y consuelo. En el matrimonio, el esposo y la esposa deben ser más que una «cobertura para los ojos» (Génesis 20:16), es decir, un freno para no desviarse detrás de otros. También deben ser la alegría de los ojos del otro, contemplándose con amor y agrado.

Con frecuencia, lo que más amamos es lo menos seguro. No sabemos cuán pronto la alegría de nuestros ojos puede sernos quitada y convertirse en el dolor de nuestro corazón. Por eso, quienes tienen esposa deben vivir como si no la tuvieran, y quienes se alegran, como si no se alegraran (1 Corintios 7:29-30). La muerte es un golpe del que no se libran ni siquiera las personas más piadosas, útiles y queridas. Cuando la alegría de nuestros ojos nos es quitada por un golpe repentino, debemos reconocer la mano de Dios en ello. Dios dice: «Yo te la voy a quitar». Él nos da nuestros consuelos, pero sigue siendo su dueño. ¿Acaso no tiene derecho a hacer con lo que le pertenece lo que él quiera?

Cuando sufrimos una pérdida así, nos ayuda recordar que solo somos seres humanos, que es precisamente la manera en que Dios se dirige aquí al profeta. Si eres hijo de Adán, tu esposa es hija de Eva, y por eso también es una criatura mortal. Este es un dolor propio de la vida humana. ¿Acaso la tierra debería quedar desolada por causa nuestra?

Aun con esta pérdida delante de él, Ezequiel no dejó de cumplir su tarea. Él dice: «Por la mañana hablé al pueblo» (Ezequiel 24:18). Dios envía a sus profetas temprano y con frecuencia, y Ezequiel pensó que, si alguna vez el pueblo escuchaba, ese era el momento. Aunque sabía que este dolor se acercaba, permaneció en su puesto. También nosotros soportamos mejor las aflicciones cuando nos encuentran cumpliendo con nuestro deber. Nada puede dañarnos verdaderamente ni salir mal para nosotros mientras permanezcamos en el amor de Dios.

Ezequiel también tuvo que negarse el consuelo de guardar luto públicamente por su esposa, algo que habría sido una muestra de honor hacia ella y habría aliviado su propio dolor. No se le permitió mostrar las señales acostumbradas de duelo (Ezequiel 24:16). No debía llorar ni dejar correr sus lágrimas, aunque las lágrimas son un tributo apropiado para los muertos y es correcto regar el cuerpo que será sembrado en la tumba. Sin embargo, Ezequiel no podía hacerlo, aunque tenía todas las razones humanas para hacerlo y la gente podía juzgarlo mal si no lo hacía. Tampoco debía realizar los actos acostumbrados de los dolientes. Tenía que usar su ropa habitual, ponerse el turbante —aquí llamado el tocado de su cabeza—, calzarse en vez de andar descalzo, y no cubrirse los labios ni el rostro como solían hacerlo los que estaban de luto (Levítico 13:45). No debía mostrar una apariencia de tristeza como la que muchas personas adoptan cuando ayunan (Mateo 6:18). Tampoco debía comer la comida que acostumbraban llevar los vecinos y amigos durante el duelo, sino continuar con su trabajo cotidiano.

Todo esto debió ir profundamente en contra de sus sentimientos. Sin embargo, Dios lo había ordenado y Ezequiel obedeció: «Por la mañana hice lo que se me había ordenado». Se presentó en público con su ropa habitual y sin señales de luto. Aquello era algo fuera de lo común y, para convertirse en una señal para el pueblo, Ezequiel tuvo que dominarse y practicar una difícil abnegación. Nuestros deseos siempre deben ceder ante las instrucciones de Dios, y su mandato debe obedecerse aun cuando hacerlo sea lo más difícil y desagradable.

Llorar a los muertos es un deber, pero debe permanecer bajo la dirección de la fe y del buen juicio. No debemos afligirnos como quienes no tienen esperanza. Tampoco debemos lamentar la pérdida de ninguna criatura, ni siquiera de la persona más querida, como si hubiéramos perdido a Dios mismo o como si toda nuestra felicidad se hubiera acabado. Cuando los ministros enfrentan una pérdida así, deben ser ejemplos de este dominio propio. En esos momentos debemos procurar que el dolor sea provechoso, adaptarnos a él y crecer en nuestra comprensión del mundo venidero al ser separados de nuestros seres queridos. Debemos aprender, junto con el santo Job, a bendecir al Señor tanto cuando quita como cuando da.

En segundo lugar, el pueblo le preguntó a Ezequiel qué significaba aquella señal (Ezequiel 24:19): «¿No nos explicarás qué significan para nosotros estas cosas que estás haciendo?». Sabían cuánto amaba Ezequiel a su esposa y veían que no actuaría de una manera tan extraña a menos que aquello llevara un mensaje para ellos. Tal vez incluso esperaban que señalara algo bueno; quizá que Dios pronto volvería a consolarlos y haría resplandecer sus rostros después de su sufrimiento. Cuando preguntamos acerca de las cosas de Dios, debemos preguntar: «¿Qué significan estas cosas para nosotros? ¿Qué tienen que ver con nuestra vida? ¿Qué convicción, consejo o consuelo nos ofrecen? ¿Cómo hablan de nuestra propia situación?».

Ezequiel les respondió exactamente como el Señor le había ordenado que hablara a la casa de Israel. Primero, les hizo saber que, así como su esposa había sido quitada de él por un golpe repentino, Dios también les quitaría todo lo que más querían (Ezequiel 24:21).

Si esto se hizo con el árbol verde, ¿qué se hará con el seco? Si un siervo fiel de Dios sufrió de esta manera solo como prueba, ¿acaso una generación de rebeldes contra Dios quedará sin castigo? Por medio de este acto tan estremecedor, Dios mostró que hablaba en serio y que no se retractaría.

Podemos suponer que Ezequiel oró pidiendo, si era la voluntad de Dios, que su esposa fuera perdonada. Pero Dios no respondió esa oración. Entonces, ¿debía esperar ser escuchado cuando intercediera por este pueblo obstinado? No. El asunto estaba decidido. Dios les quitaría aquello que era la alegría de sus ojos.

Esto debe enseñarnos algo importante. Cuando vemos que otras personas pierden sus bienes y consuelos, debemos pensar también en la posibilidad de perder los nuestros. ¿Somos mejores que ellas? No sabemos cuán pronto la misma copa, o una aún más amarga, puede ser puesta en nuestras manos. Por eso debemos llorar con los que lloran, pues también vivimos en cuerpos capaces de sufrir.

Dios les quitaría aquello que sus almas lamentaban, es decir, lo que los llevaría a decir: «¡Qué lamentable que esto sea cortado y destruido!». Algunos lo interpretan como «aquello que sus almas temen». En otras palabras, perderían lo que más temían perder. ¿Qué era eso?

Primero, su orgullo nacional: el templo. Dios dice: «Profanaré mi santuario», es decir, lo entregaría a los enemigos para que lo despojaran y lo quemaran. Esto fue anunciado por medio de la muerte de una esposa amada, y nos enseña que el santuario de Dios debe sernos más querido que cualquier consuelo terrenal. La iglesia de Cristo, que es su esposa, también debe ser preciosa para nosotros. Aunque este pueblo estaba profundamente corrompido y ya había deshonrado el santuario, todavía se le llama la alegría de sus ojos. Muchas personas no tienen una verdadera piedad, pero aun así aman la forma externa de la religión. Es justo que Dios castigue la hipocresía quitando incluso eso. El santuario también es llamado el orgullo de su fuerza. Tenían muchos lugares fortificados y defensas, pero el templo estaba por encima de todos ellos. Se enorgullecían de él y decían que tenían el templo del Señor (Jeremías 7:4). Cuando las personas se enorgullecen de sus privilegios religiosos, los contaminan con sus pecados, y Dios es justo al contaminarlos mediante sus juicios.

Dios también les quitaría la alegría de sus familias, aquello que contemplaban con deleite. Sus hijos e hijas, pocos como eran después de que el hambre y las enfermedades ya habían matado a muchos, caerían bajo la espada de los caldeos, el ejército babilonio. ¡Qué escena tan terrible sería ver a sus propios hijos, esas partes tan queridas de ellos mismos, a quienes habían criado con tanto cuidado y amado como a su propia vida, asesinados por conquistadores despiadados! Este fue el castigo por el pecado.

También necesitaban aprender que, así como Ezequiel no lloraría su pérdida, ellos tampoco deberían llorar la suya. Él debía decirles: «Harán ustedes tal como yo he hecho» (Ezequiel 24:22). «No harán duelo ni llorarán» (Ezequiel 24:23). Jeremías había dicho lo mismo: que la gente no lamentaría a los muertos ni se haría heridas para sangrar (Jeremías 16:6). Esto no significa que no habría ninguna manifestación externa de dolor ni ningún consuelo interior que lo suavizara, sino que no harían duelo de la manera acostumbrada por varias razones. Su aflicción sería tan grande que los abrumaría. Sus problemas llegarían tan rápidamente, uno tras otro, que el sufrimiento prolongado los endurecería y los dejaría aturdidos. También tendrían miedo de mostrar su tristeza, no fuera que los conquistadores lo interpretaran como deslealtad. Además, no tendrían ánimo, tiempo ni dinero para las costumbres del duelo. Estarían tan completamente ocupados con un dolor real que no habría espacio para sus expresiones externas.

Tampoco habría necesidad de plañideras especiales que se cubrieran la boca, dejaran a un lado sus adornos o caminaran descalzas, porque todos sabrían que el dolor estaba por todas partes. Y no habría un dolor que los llevara al arrepentimiento. Más bien, solo los empujaría a la desesperación. Así que se consumirían por causa de sus pecados, con la conciencia endurecida y la mente rebelde. No clamarían a Dios en oración y confesión, sino que se lamentarían unos con otros, murmurando y quejándose, y haciendo todavía más pesada su carga.

Luego el pasaje señala el acontecimiento mismo para demostrar la verdad de la advertencia (Ezequiel 24:24). Cuando suceda exactamente como fue anunciado, cuando Jerusalén, que ya estaba sitiada, sea completamente destruida y quede en ruinas, entonces sabrán que yo soy el Señor Dios, quien les advirtió justamente. Entonces recordarán que Ezequiel había sido una señal para ellos. Quienes ignoran las advertencias de Dios cuando son proclamadas se verán obligados a recordarlas cuando se cumplan.

Debemos notar la gran ruina en la que terminaría el sitio de Jerusalén (Ezequiel 24:25). En ese día terrible, cuando la ciudad sea tomada por la fuerza, Dios les quitará tres cosas. Les quitará aquello en lo que confiaban: su fuerza, sus murallas, sus riquezas, sus fortificaciones y sus soldados, nada de lo cual podría ayudarlos. Les quitará aquello de lo que se jactaban: la alegría de su gloria, es decir, lo que consideraban su honor, especialmente el templo y los palacios de sus gobernantes. Y les quitará aquello en lo que se deleitaban: el deseo de sus ojos, las cosas en las que habían puesto el corazón. Las personas mundanas fijan la mente en lo que pueden ver y neciamente confían en lo que no tienen ninguna garantía de conservar. Sus hijos e hijas habían sido todo eso para ellos: su fuerza, su alegría y su gloria; y serían llevados al cautiverio.

El profeta no se enteraría de esto por una revelación directa, como se había enterado del sitio mismo (Ezequiel 24:2), sino por una noticia común (Ezequiel 24:26). Un sobreviviente llegaría hasta él por la providencia especial de Dios para llevarle el informe, como sucedió después (Ezequiel 33:21). La mala noticia tardaría en llegar, pero para Ezequiel y los demás cautivos llegaría demasiado pronto.

A partir de ese momento, Ezequiel permanecería callado en cierto sentido, porque ya no profetizaría contra la tierra de Israel. En cambio, hablaría contra las naciones vecinas, como muestran los capítulos siguientes. Después, Dios le ordenaría hablar de nuevo a su propio pueblo, como en (Ezequiel 33:2) y (Ezequiel 33:22). En ese momento, se le volvería a abrir la boca.

Durante un tiempo se le impediría hablar contra Israel porque Jerusalén estaba sitiada y sus palabras no podían llegar a la ciudad. Además, cuando Dios ya estaba hablando con tanta fuerza por medio del desastre mismo, había menos necesidad de añadir más palabras. Y una vez que sus profecías se cumplieran, ese cumplimiento demostraría su llamado y facilitaría que comenzara a hablar de nuevo. Lo que Dios había planeado tenía que esperar ese resultado. De la misma manera, Cristo impidió que sus discípulos proclamaran abiertamente que él era el Cristo hasta después de su resurrección, porque ese acontecimiento sería la prueba plena de ello.

Entonces Ezequiel hablaría con mayor confianza, y sus palabras servirían para convencer a las personas de pecado o para llevarlas a la vergüenza. Dios nunca silencia a sus profetas sin razones sabias y santas. Y cuando vuelva a abrirles la boca, como lo hará a su debido tiempo, incluso cuando los testigos que fueron asesinados se levanten, quedará claro que su silencio fue para la gloria de Dios. Entonces las personas conocerán de manera más plena y segura que Dios es el Señor.

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