Versículo destacado

Ezequiel 24:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" De nuevo, en el noveno año, en el décimo mes, el día diez del mes, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "

Ezequiel 24:1

menu_book El versículo en contexto

1 De nuevo, en el noveno año, en el décimo mes, el día diez del mes, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:

2 Hijo de hombre, escribe el nombre del día, de este mismo día: el rey de Babilonia se lanzó contra Jerusalén en este mismo día.

3 Pronuncia una parábola a la casa rebelde y diles: Así dice el Señor DIOS: Pon una olla al fuego, ponla, y vierte también agua en ella.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Dios le dice a Ezequiel, que estaba en Babilonia, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, estaba sitiando Jerusalén en ese mismo momento. Jerusalén estaba muy lejos, y el viaje habría tomado muchos días, así que las noticias humanas todavía no podían haber llegado hasta ellos. Pero Dios lo sabía y podía decirle al profeta: «Este mismo día la ciudad está siendo atacada».

Dios quería que Ezequiel anotara cuidadosamente la fecha. Era el noveno año del cautiverio de Joaquín, que también correspondía al noveno año del reinado de Sedequías; era el décimo mes, el día diez. La fecha coincide exactamente con el relato histórico (2 Reyes 25:1). Dios les da detalles así a sus siervos para confirmar su palabra y fortalecer su fe. Es sabio llevar registros cuidadosos de los acontecimientos importantes, porque pueden ayudar a mostrar la gloria de Dios y a comprender mejor las profecías de la Escritura.

Ezequiel debía comunicar este mensaje al pueblo rebelde, especialmente a los que estaban en Babilonia, para que ellos se lo hicieran llegar a los que todavía estaban en Judá. El mensaje era claro: ese sitio terminaría en la ruina de Jerusalén. Una casa rebelde pronto se convertiría en una casa arruinada.

Dios enseñó esto primero mediante una señal, porque este pueblo obstinado necesitaba una enseñanza sencilla y visible. La señal era una olla hirviendo. También recordaba la visión anterior de Jeremías sobre una olla hirviendo que se inclinaba desde el norte (Jeremías 1:13), una imagen que señalaba el ataque contra Jerusalén por parte de ejércitos del norte. Además, respondía a la expresión arrogante de los líderes de Jerusalén: «Esta ciudad es la olla, y nosotros somos la carne». Ellos pensaban que estar dentro de la ciudad los mantenía completamente seguros. Dios les estaba diciendo, en efecto: «Así será. En Jerusalén hervirán como carne dentro de una olla, hasta quedar completamente deshechos».

La olla se coloca sobre el fuego y se llena con las mejores piezas del rebaño, junto con trozos selectos e incluso los huesos. La idea es que se use todo el animal, de una manera u otra, y que nada escape. El fuego se alimenta con los huesos; es un fuego lento, pero seguro y duradero, como la ira de Dios contra ellos. No es como una llamarada rápida de espinos debajo de una olla, que produce ruido y humo, pero poco calor verdadero. Los que habían huido del campo hacia Jerusalén buscando seguridad descubrirían que la ciudad pronto también se volvería demasiado caliente para ellos.

Después Dios explica la señal. Es una advertencia de destrucción para la ciudad sanguinaria, Jerusalén, porque estaba llena de violencia y asesinatos. Durante el sitio, la ciudad sería como una olla que hierve con fuerza sobre el fuego, llena de agitación y calor. Dios mismo mantendría vivo el fuego, y los caldeos seguirían echando leña hasta consumir la ciudad. Su juicio no se detendría por falta de combustible.

A medida que la carne hierve, se saca pieza por pieza y se entrega a los caldeos, que se alimentan de ella. Esto significa que el pueblo sería consumido por la espada, el hambre y las enfermedades, y que cada persona caería en manos del enemigo. No se echarían suertes para perdonar a nadie. Cada pieza que estaba en la olla saldría a su debido tiempo y sería destruida. A diferencia de la repartición cuidadosa que hizo David, este juicio no dejaría misericordia ni una parte a salvo (2 Samuel 8:2).

Cuando todo el caldo se haya evaporado, la olla misma será puesta vacía sobre las brasas para que también se queme. Esto representa que la ciudad sería incendiada (Ezequiel 24:11). La suciedad y la escoria se habían impregnado tanto en la olla que lavarla no podría limpiarla; el fuego tendría que hacer ese trabajo. Del mismo modo, la contaminación de Jerusalén tendría que ser consumida por el fuego, y toda la ciudad corrupta sería destruida en conjunto.

Dios trata a Jerusalén de esta manera porque su culpa lo merece. La primera acusación es clara: es una ciudad sanguinaria. La sangre está en medio de ella.

Muchos asesinatos terribles se habían cometido en el corazón mismo de la ciudad. Peor aún, la gente tenía crueldad en el corazón y encontraba placer en derramar sangre. Cometían sus pecados abierta y descaradamente, como si desafiaran tanto a Dios como a los seres humanos a detenerlos. No derramaban en el suelo la sangre que habían derramado ni la cubrían con polvo, como ordenaba la ley (Deuteronomio 23:13), ya fuera porque no sentían vergüenza por su pecado o porque no temían el castigo. Trataban la sangre inocente como algo que no valía la pena ocultar, e incluso parecían glorificarla al derramarla sobre una roca, donde no pudiera penetrar en la tierra.

Esto también puede referirse al sacrificio de sus hijos en los lugares altos, quizá sobre la cima de las rocas. Por eso Dios dijo que su furia se levantaría para traer juicio (Ezequiel 24:8). Una ciudad tan sanguinaria tendría que recibir sangre para beber, porque lo merecía y porque la justicia de Dios debía ser honrada. Puesto que el crimen era público y bien conocido, el castigo también sería público. Dios dice, en efecto: «He puesto su sangre sobre la cima de una roca». Jerusalén se convertiría en un ejemplo para el mundo, y Dios la trataría con una medida justa de retribución. Los que pecan abiertamente deben ser corregidos abiertamente, y quienes no ocultan su pecado no deberían esperar que su castigo permanezca oculto.

La ciudad también estaba sucia. La imagen de la escoria de la olla muestra cómo el pecado de Jerusalén salió a la luz y se manifestó cuando los juicios de Dios cayeron sobre ella. Era una olla cuya escoria permanecía dentro y no se desprendía (Ezequiel 24:6). La escoria espesa que quedaba en el fondo, endurecida en la olla, se derramaba sobre el fuego y hacía que ardiera con mayor intensidad, pero al final todo sería consumido (Ezequiel 24:11-12). Cuando la mano de Dios se levantó contra ellos, debieron humillarse, arrepentirse, cambiar su conducta y aceptar el castigo por su pecado. En vez de eso, se volvieron más atrevidos en el mal, discutieron con Dios, persiguieron a sus profetas, pelearon entre ellos y se enfurecieron contra los caldeos, que eran los invasores babilonios. Eran como un toro salvaje atrapado en una red. Esa era su escoria: en medio de su angustia pecaron aún más contra el SEÑOR, como lo hizo el rey Acaz, el malvado rey de Judá (2 Crónicas 28:22).

Hay poca esperanza para quienes empeoran por aquello que debía haberlos hecho mejores. Esto se aplica a quienes permiten que sus corrupciones sean agitadas y endurecidas por la palabra y la providencia de Dios, que tenían el propósito de contenerlos. También se aplica a quienes dejan que su escoria salga a la superficie durante momentos de convicción y confesión de pecado, como si estuvieran a punto de cambiar, pero luego vuelven a lo mismo cuando se apartan de sus buenas intenciones. Un corazón que parecía haberse ablandado vuelve a endurecerse. Ese era el caso de Jerusalén. Se había agotado con sus mentiras y había agotado a su Dios con promesas de cambio que nunca cumplió. También se había agotado buscando seguridad en cosas terrenales, las cuales finalmente le fallaron (Ezequiel 24:12). Quienes persiguen vanidades engañosas se desgastan en esa búsqueda.

Ahora se anuncia su sentencia (Ezequiel 24:13-14). Como su maldad no tenía remedio, quedaría destinada a la ruina sin posibilidad de restauración. Primero, todos los esfuerzos por reformarla habían fracasado (Ezequiel 24:13). «Tu inmundicia es obscena» significa que se había vuelto obstinada y descarada en su pecado. Mediante actos repetidos, había formado un hábito arraigado. Dios dice: «Te limpié, pero no quedaste limpia». Él le había dado un remedio, pero no le había servido. Había empleado medios para limpiarla, pero no habían logrado su propósito. Es triste pensar en cuántas personas se pierden aun después de haber recibido las ordenanzas de Dios, es decir, los medios de gracia que él estableció, así como sus providencias, sus obras de guía y corrección en la vida.

Segundo, como esos medios habían fracasado, Dios dice que ya no se le daría una limpieza semejante: «No volverás a ser purificada de tu inmundicia». El fuego ya no sería un fuego purificador, sino un fuego consumidor. Ya no se debilitaría ni se acortaría como antes, sino que continuaría con toda su fuerza hasta terminar su obra destructora. Quienes se niegan a ser sanados son entregados justamente a su condición, como personas que ya no tienen remedio. Llegará el día en que se dirá: «El que está sucio, que siga estando sucio».

Tercero, no queda más que la ruina total: «Haré que mi furor descanse sobre ti». Esto se parece a lo que se dice acerca de los judíos de una época posterior: la ira cayó sobre ellos hasta el final (1 Tesalonicenses 2:16). Lo merecen. «Te juzgarán conforme a tus acciones» (Ezequiel 24:14). Dios lo llevará a cabo. La sentencia se repite y se confirma con firmeza para que comprendan cuán segura era su ruina. Es como si Dios dijera: «Yo, el SEÑOR, lo he hablado, y tengo poder para hacer lo que he dicho. Sucederá; nada lo impedirá, porque yo mismo lo haré. No retrocederé ante ninguna súplica. El decreto ha sido emitido; no perdonaré por compasión ni cambiaré de parecer». Él no cambiará de parecer ni alterará su propósito.

Esto también significaba que el profeta no debía interceder por ellos y que ellos no debían consolarse con la esperanza de escapar. Dios lo había dicho y lo llevaría a cabo. Las advertencias de Dios contra los pecadores son tan seguras como sus promesas de favor para su pueblo. Es terrible cuando las personas se han llevado a sí mismas al punto en que, o Dios tendría que ser falso, o ellas tendrían que ser condenadas.

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