Versículo destacado
Ezequiel 22:23 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Ezequiel 22:23
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
21 Sí, los reuniré, soplaré sobre ustedes en el fuego de mi ira y serán fundidos en medio de él.
22 Como se funde la plata en medio del horno, así serán fundidos ustedes en medio de él; y sabrán que yo, el SEÑOR, he derramado mi furor sobre ustedes.
23 Y vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
24 Hijo de hombre, dile: Tú eres la tierra que no ha sido limpiada ni regada por la lluvia en el día de la indignación.
25 Hay una conspiración de sus profetas en medio de ella, como un león rugiente que devora la presa. Han devorado almas, han tomado tesoros y cosas preciosas, y han multiplicado sus viudas en medio de ella.
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Aquí tenemos, en primer lugar, un panorama general de la tierra de Israel. Merecía los juicios que estaban por venir, y también necesitaba esos juicios si alguna vez iba a ser purificada. Al profeta se le ordena declarar claramente: «Eres una tierra que no ha sido limpiada ni refinada como el metal; por eso necesitas volver al horno». Todo esfuerzo por reformar al pueblo había fracasado. No había recibido lluvia «en el día de la indignación», lo cual puede significar que Dios retuvo la lluvia como juicio (Jer 14:4), o que, aun en medio del juicio, el pueblo no recibió enseñanza de los profetas, cuyas palabras debían caer como lluvia.
También puede significar que, cuando fueron corregidos, todavía no quedaron limpios. Su inmundicia no fue lavada como se quita la suciedad de las calles después de una fuerte lluvia. De hecho, su culpa parecía aumentar en tiempos de angustia, como una ciudad que se vuelve más sucia durante el clima seco porque no cae lluvia para limpiarla. O quizá el sentido sea que no tuvieron consuelo de parte de Dios en el día de la aflicción: no recibieron una lluvia de misericordia o consolación que los refrescara. El rico que sufría tormento no recibió ni una gota de agua para refrescar su lengua, e Israel tampoco recibió tal alivio.
Luego aparece una acusación específica contra cada grupo de personas. Todos habían contribuido a llenar la nación de culpa, y ninguno había ayudado a disminuirla. Por eso, todos eran culpables en conjunto. Cada uno se había apartado del camino correcto, y quienes debían ser los mejores ejemplos de una vida recta estaban a la cabeza de la maldad y daban ejemplo de vicio.
Los profetas, que afirmaban hablar de parte de Dios, no solo eran mentirosos, sino también destructores (Eze 22:25). Endurecían al pueblo en su pecado mediante sus predicaciones, prometiéndole seguridad y prosperidad mientras seguía por caminos pecaminosos, y también mediante su propia conducta, tan corrupta como la de cualquier otra persona. Incluso había una conspiración entre los profetas contra Dios, contra la verdadera religión, contra los profetas fieles y contra la gente buena. Se ponían de acuerdo para hablar con una sola voz, como los profetas de Acab, y así asegurarle al pueblo que habría paz mientras vivía en pecado. La unidad de la que presumen los falsos maestros muchas veces no es más que un acuerdo secreto contra la verdad. Satanás no está dividido contra sí mismo.
Estos profetas también se aliaban con asesinos y opresores: protegían su maldad y usaban profecías falsas para justificarla, siempre que pudieran participar de las ganancias. Eran como un león rugiente que despedaza a su presa. Aterrorizaban a los inocentes, hacían que el pueblo los odiara y luego obtenían poder sobre ellos. De esa manera destruían vidas, contribuían a la muerte de muchos inocentes y dejaban viudas a muchas mujeres. O arruinaban almas al adular a los pecadores hasta darles una falsa sensación de paz y una esperanza vana, mientras los conducían a un pecado que terminaría en ruina eterna. Quienes llevan a otros a la maldad o los animan a persistir en ella son asesinos de almas.
También devoraban las propiedades de la gente. Cuando mataron a Nabot, se apoderaron de su viña. Tomaban tesoros y objetos de valor como si fueran bienes perdidos que tenían derecho a reclamar. De alguna manera devoraban las casas de las viudas, como más tarde hicieron los fariseos (Mat 23:14). O aceptaban esas propiedades como pago por profecías falsas y aduladoras, porque, si alguien no los alimentaba, hasta se preparaban para hacerle la guerra (Miq 3:5). Esa era la condición de Jerusalén cuando tales hombres eran aceptados como profetas.
Los sacerdotes, que debían enseñar la ley y proteger las cosas sagradas, eran igual de malos (Eze 22:26). En primer lugar, quebrantaban la ley de Dios, que debían obedecer y enseñar a los demás. No hacían ningún esfuerzo real por cumplir las normas de su servicio sacerdotal. Las violaban abiertamente, como lo habían hecho Ofni y Finees, los hijos corruptos de Elí. Hacían lo que querían, como si la palabra de Dios no tuviera importancia. ¿Cómo podían enseñar a otros a cumplir con su deber si vivían en abierta contradicción con su propio llamado?
En segundo lugar, profanaban las cosas santas de Dios, aquellas que debían tratar con cuidado y proteger del abuso. Permitían que personas indignas comieran de lo que era santo. La mesa del Señor era tratada como algo común y despreciable. Al manipular las cosas sagradas con manos impuras, las contaminaban.
En tercer lugar, no distinguían correctamente entre lo santo y lo común, ni entre lo limpio y lo impuro, como exigía la ley de Dios. No impedían que personas no aptas entraran en los atrios de Dios, ni enseñaban al pueblo las distinciones que Dios había establecido acerca de los alimentos, los lugares y los tiempos. Ellos mismos vivían de manera descuidada y animaban al pueblo a hacer lo mismo.
En cuarto lugar, cerraban los ojos ante los días de reposo de Dios. No les importaba que se guardaran como santos o no. No apoyaban a quienes los honraban, no advertían a quienes los quebrantaban y tampoco daban ninguna señal de reverencia personal hacia ellos. Dejaban que la gente trabajara en ese día y miraban hacia otro lado cuando debían vigilar la conducta del pueblo. Los días de reposo de Dios tienen una belleza y un honor que él mismo les concedió mediante su mandato, pero ellos ignoraban ese valor y se negaban a reconocerlo.
Con todo esto, Dios mismo era profanado entre ellos. Su autoridad era tratada con ligereza, su bondad se daba por sentada y su santidad era insultada de la manera más grave. Cuando se deshonran las Escrituras, los días de reposo y las cosas santas, se deshonra a Dios mismo, porque todo eso le pertenece.
Los príncipes, que debían usar su autoridad para corregir estos males, también eran atrevidos transgresores de la ley (Eze 22:27). Eran como lobos que despedazan a su presa, porque el poder sin justicia ni bondad se vuelve cruel. Su único propósito era satisfacerse a sí mismos. Alimentaban su orgullo y ambición al hacerse arbitrarios y temibles. Satisfacían su odio y sus deseos de venganza derramando sangre y destruyendo vidas; eliminaban a todos los que se interpusieran en su camino o los ofendieran de cualquier manera. También buscaban enriquecerse, pues su único objetivo era obtener ganancias deshonestas aplastando y oprimiendo al pueblo.
El dinero, conseguido mediante la justicia o el fraude, era su meta. Les resultaba agradable sin importar de dónde viniera. Sin embargo, aunque tuvieran suficiente poder para continuar con su opresión, no podían presentarse con la conciencia tranquila ante su propio honor y su propia conciencia. Ezequiel 22:28 explica cómo lo lograban: los profetas los cubrían con una capa de mezcla débil. Es decir, hablaban en nombre de Dios —lo cual era un pecado terrible— y les decían que no había nada malo en lo que hacían. Afirmaban que los gobernantes podían usar a su antojo la vida y las propiedades de la gente, y que no estaban haciendo ningún mal. Peor aún, decían que, al perseguir a las personas que habían elegido como enemigas, los gobernantes estaban haciendo la obra de Dios. De esa manera silenciaban su conciencia.
Los profetas también defendían esas acciones ante el pueblo. Elogiaban a los gobernantes como si todo lo que hacían fuera por el bien común. Así protegían su reputación y evitaban que las personas oprimidas se quejaran. Los profetas engañadores son el principal apoyo de los príncipes codiciosos, pero al final los traicionarán. Construyen con una mezcla débil, y una pared edificada así no durará mucho. Afirman ser videntes, pero ven cosas falsas. Dicen ser adivinos, pero hablan mentiras. Pretenden tener un mensaje del cielo y dicen: «Esto dice el Señor Dios», aunque el Señor no ha dicho nada de eso.
Las personas que tenían poder propio también aprendieron de sus príncipes a abusar de él, como se describe en Ezequiel 22:29. Quienes debían defender a los oprimidos y proteger la libertad y los bienes de otros se convirtieron ellos mismos en agresores. «El pueblo de la tierra» practicaba la opresión y el robo. Los ricos aplastaban a los pobres, los amos a sus siervos, los dueños de tierras a sus inquilinos, e incluso los padres a sus propios hijos. Los compradores y vendedores también encontraban maneras de engañarse unos a otros. Cuando un pecado se vuelve nacional, se convierte en un juicio nacional. Isaías 3:5 dice que el pueblo sería oprimido por unos y otros. Su pecado era aún peor porque afligían a los pobres y necesitados, a quienes debían ayudar, y oprimían al extranjero y le negaban la justicia. Debían tratarlo no solo con justicia, sino también con bondad. Así, toda la nación se había apartado, y la enfermedad se había extendido por todas partes.
No había nadie que interviniera para defenderlos, como dice el versículo 30: «Busqué entre ellos a alguien que levantara una barrera y se pusiera en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyera, pero no encontré a nadie». El pecado abre una brecha en la cerca de protección alrededor de un pueblo. Por esa abertura se escapan las cosas buenas y entran con fuerza las cosas malas. También es el lugar por donde Dios entra para juzgar y destruir. Sin embargo, es posible ponerse en la brecha y reparar la brecha frente a los juicios de Dios mediante el arrepentimiento, la oración y la reforma. Moisés se puso en la brecha cuando oró por Israel y apartó la ira de Dios (Sal 106:23).
Cuando Dios está a punto de actuar contra un pueblo pecador, busca a alguien que interceda por él. Pregunta si siquiera hay uno dispuesto a hacerlo, porque está tan dispuesto a mostrar misericordia. Si solo hay un hombre que se pone en la brecha, como Abraham por Sodoma, Dios lo verá y se complacerá en él. Es una mala señal para un pueblo cuando los juicios comienzan a caer y el espíritu de oración ha desaparecido, de modo que no se encuentra a nadie que diga algo bueno en su favor. Cuando eso sucede, ¿qué se puede esperar sino la ruina completa?
Por eso Dios dice: «Por eso derramé mi ira sobre ellos» (Ezequiel 22:31). Dejó que fluyera sin restricción, y cayó sobre ellos con toda su fuerza. Sin embargo, todo lo que la ira de Dios trae sobre un pueblo sigue siendo el pago por sus propios caminos. Dios no los trata peor de lo que merecen sus pecados; de hecho, los trata mucho mejor.
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De este capítulo
Ezequiel 22:1
"Además, vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:"
Ezequiel 22:2
"Ahora, tú, hijo de hombre, ¿juzgarás, juzgarás a la ciudad sanguinaria? Sí, muéstrale todas sus abominaciones."
Ezequiel 22:3
"Entonces di: Así dice el Señor DIOS: La ciudad derrama sangre en medio de sí para que llegue su hora, y fabrica ídolos contra sí misma para contaminarse."
Ezequiel 22:4
"Te has hecho culpable por la sangre que has derramado y te has contaminado con los ídolos que has fabricado. Has hecho que se acerquen tus días y has llegado hasta tus años; por eso te he convertido en motivo de reproche para las naciones y de burla para todos los países."
Ezequiel 22:5
"Los que están cerca y los que están lejos de ti se burlarán de ti, que eres infame y estás muy afligida."
Ezequiel 22:6
"Mira, los príncipes de Israel que estaban en ti usaron cada uno su poder para derramar sangre."
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