Versículo destacado

Ezequiel 21:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "

Ezequiel 21:8

menu_book El versículo en contexto

6 Por tanto, tú, Hijo del Hombre, gime con el quebrantamiento de tus lomos; gime con amargura ante sus ojos.

7 Y cuando te pregunten: «¿Por qué gimes?», responderás: «Por la noticia, porque viene. Todo corazón se derretirá, todas las manos se debilitarán, todo espíritu desfallecerá y todas las rodillas se volverán débiles como agua. Mira, viene y sucederá», dice el Señor DIOS.

8 De nuevo vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:

9 Hijo del Hombre, profetiza y di: Así dice el SEÑOR: Di: Una espada, una espada está afilada y también pulida.

10 Está afilada para hacer una gran matanza; está pulida para que resplandezca. ¿Debemos entonces alegrarnos? Desprecia la vara de mi hijo como a todo árbol.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos otra profecía acerca de la espada, presentada de una manera muy conmovedora. El lenguaje es un poco difícil de seguir, pero su significado es serio y claro. En los versículos anteriores, la espada había sido desenvainada. Aquí se la prepara para que cumpla su función, y al profeta se le ordena lamentarse por ella.

Observemos primero cómo se describe la espada. Está afilada para cortar, herir y provocar una terrible matanza. La ira de Dios le da su filo. Cualesquiera que sean los instrumentos que Dios decida usar para juzgar, él les da la fuerza, el valor y el poder necesarios para cumplir esa tarea. La espada afilada que sale de la boca de Cristo muestra esta misma verdad (Apocalipsis 19:15).

También está pulida, para que brille y aterrorice a aquellos contra quienes se levanta. Se vuelve como una espada encendida. Si se ha embotado o se ha oxidado por falta de uso, volverá a ser pulida hasta resplandecer. Aunque la justicia de Dios parezca haber permanecido oculta por un tiempo, durante su paciencia y su demora, volverá a brillar y se manifestará claramente.

Esta espada también es victoriosa, y nada puede resistirla (Ezequiel 21:10). Ella «desprecia el cetro de mi hijo como a cualquier árbol». En otro tiempo, Dios llamó a Israel su hijo, su primogénito. Su gobierno era llamado un cetro, un cetro fuerte, y Ezequiel 19:11 habla de los fuertes cetros que tenían como gobernantes. Pero cuando se desenvaina la espada de la justicia de Dios, considera ese cetro como si no fuera nada. Aunque sea un cetro fuerte y el cetro de su hijo, no es mejor que cualquier otro árbol. Cuando el pueblo de Dios se aparta de él y se rebela, su espada deja de considerarlo especial.

Otra posible lectura ofrece un sentido diferente: «Es el cetro de mi hijo». Esto nos dirige hacia aquel de quien Dios dijo: «Tú eres mi Hijo; hoy me he convertido en tu Padre» (Salmo 2:7), y también: «Los quebrantarás con cetro de hierro» (Ezequiel 21:9). En ese sentido, esta espada es el cetro de hierro que derriba todo árbol. O puede significar un cetro correctivo, dado para disciplinar al pueblo de Dios por su pecado (2 Samuel 7:14), no para eliminarlo como pueblo. Para otros es una espada, pero para mi Hijo es un cetro.

Luego se nos dice cómo se coloca la espada en las manos de quienes ejecutan el juicio. «Es el cetro de mi Hijo, y él lo ha entregado para que sea manejado» (Ezequiel 21:11), a fin de que se use para el propósito con el que fue desenvainada. No se le entrega a un espadachín para exhibirla, sino a un ejecutor para que actúe. Cristo usa la espada de la guerra como una espada de justicia, y todo juicio le ha sido entregado. La espada vuelve a ser pulida (Ezequiel 21:15) y se la envuelve para conservarla protegida, limpia y afilada para la matanza. No se la envuelve como la espada de Goliat, simplemente para guardarla como recuerdo (1 Samuel 21:9).

Después se nos dice hacia dónde apunta esta espada y contra quién es enviada (Ezequiel 21:12). Es contra mi pueblo, y ellos caerán por ella. Esto se repite porque resulta difícil creer que la espada de las naciones paganas venga contra el propio pueblo de Dios. También vendrá contra todos los gobernantes de Israel. Su posición y su poder ya no los protegerán, como tampoco lo hará su título de príncipes de Israel. Sin embargo, si en ocasiones la espada está dirigida contra el pueblo de Dios, ¿no tienen ellos suficiente consuelo interior para enfrentarla? Sí, si están viviendo como debe vivir su pueblo. Pero estas personas no lo estaban haciendo, así que el terror de la espada caerá sobre quienes se llaman a sí mismos mi pueblo.

Aunque las personas buenas suelen mantenerse tranquilas, no solo alejadas del mal sino también por temor a él, los malvados se angustian no solo por la espada, sino también por el temor que esta les provoca. Su propia culpa los hace temblar. Esta espada apunta especialmente contra los grandes hombres, porque habían sido los peores pecadores de entre ellos. Habían quebrado el yugo y arrancado las ataduras (Jeremías 5:5), y por eso el caso de Dios contra ellos era particular. Ellos habían sido los líderes en el pecado, y la espada de los muertos es la espada de los grandes hombres que son asesinados (Ezequiel 21:14).

Aunque tengan lugares apartados y escondidos donde crean estar seguros, la espada entrará en sus habitaciones privadas y los encontrará allí. Como las ranas de Egipto, llegará hasta las cámaras de los reyes. La punta de la espada también está dirigida contra sus puertas, contra todas sus puertas (Ezequiel 21:15), contra todo aquello en lo que confiaban para impedir la entrada del peligro y protegerlos. Las puertas fuertes, incluso las de bronce, no pueden defender a nadie del juicio de Dios.

Cuando esa espada apunta contra los pecadores, suceden dos cosas. Primero, quedan preparados para temer lo peor, y su corazón desfallece, de modo que no pueden resistir. Segundo, lo peor ocurre. Su resistencia no sirve de nada y quedan arruinados. Pero no es necesario seguir cada dirección de esta espada, porque recibe una orden general de ir adonde sea (Ezequiel 21:16). Que vaya hacia un lado o hacia el otro, a la derecha o a la izquierda, encontrará personas culpables, porque nadie está libre de culpa. También tiene autoridad sobre ellas, porque nadie está exento del castigo. Así que, adondequiera que se vuelva, debe avanzar, como la espada de Jonatán, que regresaba de la batalla cargada de sangre (2 Samuel 1:22).

El mundo está tan lleno de personas malvadas que, adondequiera que vayan los juicios de Dios, encontrarán trabajo que hacer. En esta tierra, ese fuego nunca carecerá de combustible. Dios tiene tantas maneras de tratar con los pecadores que la espada de su justicia sigue siendo, como al principio, la espada resplandeciente en la mano de los querubines, que se movía en todas direcciones (Génesis 3:24).

Ahora llegamos a la naturaleza de esta espada y a lo que significa para el pueblo de Dios. Está destinada a corregir. Para otros es una espada, pero para ellos es un cetro. Este es un pensamiento consolador, aun en medio de estas palabras aterradoras, aunque se expresa de una manera un poco oscura. El pueblo de Dios comienza a temer que la espada ignore el hecho de que fue destinada solamente como un cetro. Temen que se enfurezca tanto que olvide sus límites y se convierta en una verdadera espada incluso contra el propio pueblo de Dios. Les preocupa que la espada de los caldeos, que es el cetro de la ira de Dios, desprecie ser llamada cetro y se vuelva como el hacha que se jacta contra quien la usa, o como el bastón que actúa como si fuera más que un simple pedazo de madera (Isaías 10:15).

O puede entenderse así: «¿Qué sucedería si la espada despreciara incluso el cetro?». Es decir, ¿qué pasaría si esta espada hiciera que castigos anteriores, como el ataque de Senaquerib, parecieran pequeños en comparación? ¿Qué ocurriría si resultara no ser un cetro correctivo, sino una espada destructora que acabara por completo con la iglesia y la nación? Eso es lo que comienza a preocupar a los pocos que reflexionan sobre estas cosas, pero que también tienen miedo.

Cuando se acercan juicios amenazantes, es prudente considerar lo peor que podría suceder para que podamos prepararnos. ¿Qué pasaría si la espada despreciara la tribu o el cetro, es decir, Judá y la casa de David, como algunos piensan que significa la palabra aquí? ¿Qué ocurriría si apuntara a la destrucción misma del gobierno? Aun así, el Señor seguiría siendo justo y seguiría siendo misericordioso.

Pero estas preocupaciones son calmadas por la seguridad de que no será así. La espada no olvidará lo que es ni el propósito para el que fue enviada. Es una prueba, y nada más que una prueba. Quien la envía la usa como quiere y establece sus límites según le place. Sus orgullosas olas se detendrán aquí. Para el pueblo de Dios, esto es un consuelo cuando sus juicios se extienden y el temor crece en el corazón. Cualquiera que sea el significado de esos juicios para otros, para su pueblo son solamente pruebas. Y cuando sean probados, saldrán como el oro; la prueba de su fe la hará más fuerte.

El profeta y el pueblo también deben demostrar que estos juicios los afectan profundamente. El profeta debe hablar con mucha seriedad cuando advierta acerca de ellos. Debe decir: «¡Una espada! ¡Una espada!» (Ezequiel 21:9). No debe buscar palabras elegantes ni frases ingeniosas. Cuando una ciudad está en llamas, nadie lo anuncia cortésmente. Grita con alarma: «¡Fuego! ¡Fuego!». Así que el profeta debe clamar: «¡Una espada! ¡Una espada!». Y en Ezequiel 21:14 debe hablar de la espada una y otra vez, por tercera vez en su predicación. Dios habla una vez, sí, dos veces, sí, tres veces. Sería bueno que las personas siguieran escuchando después de todo eso. En la providencia de Dios, se repetiría por tercera vez, porque el tercer ataque de Nabucodonosor contra Jerusalén finalmente la llevaría a la ruina. La ruina llega paso a paso, pero finalmente golpea por completo a un pueblo obstinado.

Pero esto no es todo. El profeta no es solamente como un heraldo que anuncia la guerra y grita una y otra vez: «¡Una espada! ¡Una espada!». También debe gritar y aullar (Ezequiel 21:12). Debe lamentarse profundamente por la devastación que causará la espada, como alguien que realmente siente el dolor de quienes sufren. Una vez más (Ezequiel 21:14), debe profetizar y golpearse las manos, ya sea retorciéndolas de dolor o dándoles palmadas por el asombro ante un juicio tan repentino y severo. Debe golpearse las manos, porque Dios también dice: «Yo golpearé mis manos» (Ezequiel 21:17). Dios habla con seriedad al pronunciar esta sentencia, y por eso el profeta debe anunciarla con seriedad.

Que Dios golpee sus manos, como lo hizo el profeta, muestra su santa indignación ante un pecado verdaderamente estremecedor. Cuando Balac se enojó con Balaam, también golpeó sus manos (Números 24:10). Dios y sus ministros tienen razón para indignarse contra quienes podrían salvarse y, aun así, eligen la ruina. Algunos entienden este gesto como una expresión de triunfo y alegría, como en Isaías 1:24: «Ah, me desahogaré de mis enemigos», y en Proverbios 1:26: «Yo también me reiré de su calamidad». Si ese es el sentido, aquí se afirma que la furia de Dios quedará satisfecha: no solo llegará a su cumplimiento, sino que también será motivo de complacencia. La sentencia queda confirmada con toda solemnidad y autoridad: «Yo, el SEÑOR, lo he dicho». Él lo ha dicho y hará que suceda. Lo ha dicho y no se retractará. Lo ha dicho y nadie puede cuestionarlo.

El pueblo también debía tomar muy en serio los juicios que enfrentaba. Esa idea aparece en forma de pregunta: «¿Acaso hemos de alegrarnos?» (Ezequiel 21:10). Puesto que Dios ha desenvainado la espada y el profeta suspira y clama, ¿cómo podrían estar alegres? El profeta parece presentar esto como una razón para su tristeza, tal como lo hizo Nehemías cuando dijo: «¿Cómo no ha de estar triste mi rostro, cuando la ciudad está en ruinas?» (Nehemías 2:3). Antes de permitirnos celebrar, deberíamos considerar si realmente es apropiado hacerlo.

¿Acaso hemos de alegrarnos nosotros, que estamos sentenciados a la espada y bajo la ira y la maldición de Dios? ¿Hemos de celebrar como los demás, después de habernos apartado de nuestro Dios? (Oseas 9:1). ¿Hemos de alegrarnos ahora, cuando la mano de Dios está contra nosotros, cuando sus juicios están en la tierra y nos llama a llorar y lamentarnos? (Isaías 22:11, Isaías 22:13). ¿Hemos de alegrarnos como el rey y Amán, mientras la iglesia está afligida (Ester 3:15), cuando en lugar de eso deberíamos lamentarnos por el sufrimiento de José? (Amós 6:6).

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