Versículo destacado
Ezequiel 21:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Y vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo: "
Ezequiel 21:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Y vino a mí la palabra del SEÑOR, diciendo:
2 Hijo del Hombre, dirige tu rostro hacia Jerusalén, deja caer tu palabra hacia los lugares santos y profetiza contra la tierra de Israel.
3 Di a la tierra de Israel: Así dice el SEÑOR: Mira, yo estoy contra ti; sacaré mi espada de su vaina y cortaré de ti al justo y al malvado.
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El profeta había transmitido fielmente el mensaje que había recibido al final del capítulo anterior, usando exactamente las palabras que Dios le había dado. No se atrevió a añadir su propia explicación. Pero cuando se quejó de que el pueblo lo culpaba por hablar en parábolas, la palabra del SEÑOR volvió a venirle. Dios le dio la clave para entender aquel lenguaje figurado, de modo que pudiera explicárselo al pueblo y responder a su objeción. Al final, nadie podrá justificarse delante de Dios, y toda boca quedará callada.
Una enseñanza aquí es que, si alguien habla en lenguas, debe pedir en oración la capacidad de interpretarlas (1 Corintios 14:13). Cuando hablamos con las personas acerca de su alma, debemos procurar expresarnos con claridad y hacernos entender lo mejor posible. Cristo les explicaba sus parábolas a sus discípulos (Marcos 4:34).
Ahora se le dice al profeta con mayor claridad a quién va dirigido el mensaje. Debe dirigir sus palabras hacia los lugares santos: hacia Canaán, la tierra santa; Jerusalén, la ciudad santa; y el templo, la casa santa (Ezequiel 21:2). Estos lugares habían sido honrados por encima de todos los demás, pero al ser contaminados, el mensaje que antes se proclamaba en ellos ahora se dirige contra ellos: «Profetiza contra la tierra de Israel». Israel había tenido el privilegio de contar con profetas y profecía, pero como los despreciaron, esos mismos dones se volvieron contra ellos. Es justo que Sion sea golpeada con su propia artillería, con las mismas armas que antes se usaron contra sus enemigos, ya que no supo valorarlas.
También se le enseña al profeta, y él debe enseñárselo al pueblo, qué significaba el fuego que amenazaba con consumir el bosque del sur. Significaba una espada desenvainada: la espada de la guerra que dejaría desolada la tierra (Ezequiel 21:3). «Yo estoy contra ti, tierra de Israel». Nada es más desastroso para un pueblo que tener a Dios en su contra. Si él está a nuestro favor, no tenemos que temer a nadie que esté contra nosotros. Pero si él está contra nosotros, no tenemos esperanza, aunque otros estén a nuestro favor. Cuando el propio pueblo de Dios se aparta de él, hace que Dios se vuelva contra ellos, aunque antes él estuviera de su lado.
¿Acaso el fuego provenía de la mano de Dios? Entonces la espada también era su espada, preparada por él y bajo su autoridad. Él es quien la saca de su vaina, donde había reposado tranquilamente sin amenazar a nadie. Cuando la espada se desenvaina entre las naciones, debemos ver y reconocer la mano de Dios en ello. ¿El fuego consumió todo árbol verde y todo árbol seco? Así también la espada derribaría tanto a los justos como a los malvados. En las calamidades comunes de la nación, buenos y malos fueron arrastrados juntos. Los justos fueron llevados de la tierra de Israel a Babilonia, aunque quizá pocos o ninguno de ellos fueron eliminados de la tierra de los vivientes. También fue una señal de advertencia para Israel que, al comienzo de su angustia, hombres tan valiosos como Daniel, sus compañeros y Ezequiel fueran llevados a Babilonia.
Aun así, aunque la espada golpee por igual a justos y malvados, destruyendo a unos y a otros (2 Samuel 11:25), nunca debemos pensar que los justos son iguales a los malvados (Génesis 18:25). La gracia y el consuelo de Dios marcan una gran diferencia, aun cuando su providencia parezca no hacer ninguna. Los higos buenos fueron enviados a Babilonia para su bien (Jeremías 24:5-6). Solo externamente parece que les sucede lo mismo a los justos y a los malvados (Eclesiastés 9:2). Sin embargo, esto muestra cuán profundamente desagradaba a Dios la tierra de Israel. Era apropiado decir: «Su ojo no perdonará», cuando no perdonaría ni siquiera a los justos que estaban allí.
Como no había suficientes justos para salvar la tierra, Dios permitió que los pocos que quedaban sufrieran con ella, para que su justicia se manifestara aún más claramente. Su misericordia compensaría de otra manera ese sufrimiento. ¿El fuego quemó todos los rostros, desde el sur hasta el norte? Así la espada saldría contra toda persona, de sur a norte, como la espada de Dios, con una orden que nadie podía cuestionar y un poder que nadie podía resistir. ¿Todos llegarían a saber que Dios había encendido el fuego? También llegarían a saber que él había desenvainado la espada (Ezequiel 21:5). Y en cuanto a si el fuego se apagaría alguna vez, la respuesta es no. Cuando la espada del SEÑOR se desenvainara contra Judá y Jerusalén, la vaina sería arrojada y no volvería a usarse hasta que la espada hubiera terminado su obra.
Luego se le ordena al profeta, mediante su propio dolor y su preocupación por la calamidad que se acercaba, que trate de despertar en el pueblo esa misma preocupación. Después de entregar su mensaje, debe suspirar (Ezequiel 21:6). Debe dar muchos suspiros profundos, como si todo su cuerpo se estuviera quebrando. Debe suspirar con amargura y mostrar públicamente un dolor profundo delante de las mismas personas que habían escuchado el mensaje anterior. Su dolor debía predicarles a los ojos, así como el mensaje les había predicado a los oídos, y sería bueno que ambas cosas llegaran a su corazón.
El profeta debe suspirar aunque eso le cause dolor y le aflicción en el corazón. Es probable que los malvados del pueblo se burlaran de él y lo llamaran un predicador quejumbroso e hipócrita. Pero si perdemos la compostura, es por causa de Dios; y si eso se considera vergonzoso, entonces estaremos dispuestos a soportarlo aún más. Los ministros, si quieren conmover a otros con las verdades que proclaman, deben mostrar sinceramente que ellos mismos han sido profundamente conmovidos por ellas. También deben aceptar cualquier incomodidad que esto les cause si sirve para cumplir mejor su labor.
Al ver que el profeta suspiraba tanto sin una razón evidente, el pueblo le preguntaría: «¿Por qué suspiras? Estos suspiros deben significar algo. Dinos qué sucede». Él debía responderles (Ezequiel 21:7): «Es por las noticias, por las noticias terribles que pronto escucharemos. Los juicios se acercan; aquello de lo que hemos oído hablar está por suceder, y entonces todos ustedes suspirarán». En realidad, suspirar no sería suficiente. Todo corazón desfallecería y todo espíritu se debilitaría. Perderían el valor y ya no tendrían fuerzas para sostenerse.
Cuando el corazón y el espíritu desfallecen, es natural que todas las manos se debiliten y sean incapaces de luchar, y que todas las rodillas se vuelvan débiles como el agua, sin fuerzas para huir ni para mantenerse firmes. Quienes tienen a Dios de su lado, aun cuando les fallen el cuerpo y el corazón, lo tienen a él como la fuerza de su corazón. Pero quienes tienen a Dios en su contra no encuentran consuelo cuando su espíritu desfallece. Son como Belsasar, cuando sus pensamientos lo llenaron de terror (Daniel 5:6).
Algunos podrían pensar que muchas veces las personas se asustan más de lo que realmente sufren, y preguntarse si eso ocurriría aquí. La respuesta es no: «Mira, viene, y sucederá». No era una amenaza vacía para atemorizar. El juicio llegaría tal como había sido anunciado, y la realidad sería tan terrible como el temor, o incluso peor.
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De este capítulo
Ezequiel 21:2
"Hijo del Hombre, dirige tu rostro hacia Jerusalén, deja caer tu palabra hacia los lugares santos y profetiza contra la tierra de Israel."
Ezequiel 21:3
"Di a la tierra de Israel: Así dice el SEÑOR: Mira, yo estoy contra ti; sacaré mi espada de su vaina y cortaré de ti al justo y al malvado."
Ezequiel 21:4
"Puesto que cortaré de ti al justo y al malvado, mi espada saldrá de su vaina contra toda carne, desde el sur hasta el norte."
Ezequiel 21:5
"Así toda carne sabrá que yo, el SEÑOR, he sacado mi espada de su vaina; no volverá más."
Ezequiel 21:6
"Por tanto, tú, Hijo del Hombre, gime con el quebrantamiento de tus lomos; gime con amargura ante sus ojos."
Ezequiel 21:7
"Y cuando te pregunten: «¿Por qué gimes?», responderás: «Por la noticia, porque viene. Todo corazón se derretirá, todas las manos se debilitarán, todo espíritu desfallecerá y todas las rodillas se volverán débiles como agua. Mira, viene y sucederá», dice el Señor DIOS."
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