Versículo destacado

Ezequiel 21:18 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo: "

Ezequiel 21:18

menu_book El versículo en contexto

16 Ve por un camino o por el otro, a la derecha o a la izquierda, adondequiera que esté dirigido tu rostro.

17 Yo también golpearé una mano contra la otra y haré descansar mi furor. Yo, el SEÑOR, lo he dicho.

18 La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo:

19 También tú, Hijo del Hombre, traza dos caminos por los que pueda venir la espada del rey de Babilonia. Ambos saldrán de una misma tierra. Escoge un lugar; escógelo al comienzo del camino hacia la ciudad.

20 Traza un camino para que la espada venga a Rabá de los amonitas, y a Judá, en la Jerusalén fortificada.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En los versículos anteriores, el profeta ya había mostrado que venía la espada. Aquí muestra que venía directamente contra ellos, para que no se engañaran pensando que podían evitarla. Ezequiel también debe mostrar la ruta del ejército de los caldeos, es decir, del ejército babilónico, que Dios había dirigido firmemente contra Jerusalén.

Se le ordena marcar dos caminos en una tablilla o en un pedazo de papel, como si fuera un mapa (Ezequiel 21:19). Debe llevar al rey de Babilonia al lugar donde los caminos se dividen, porque allí el ejército se detendría para decidir. Ambos caminos salen de la misma tierra, pero uno conduce a Rabá, la ciudad principal de los amonitas, y el otro a Jerusalén. El rey se detiene allí porque, aunque planea destruir ambas ciudades, todavía no está seguro de cuál atacar primero.

El pasaje llama a Jerusalén “Judá en Jerusalén, la fortificada”, porque muchos habitantes de Judá habían huido allí y las esperanzas de toda la nación descansaban ahora en la seguridad de la ciudad. Estaba tan fuertemente protegida, tanto por su ubicación natural como por el esfuerzo humano, que muchos pensaban que no podía ser conquistada (Lamentaciones 4:12). Ezequiel debe describir así la incertidumbre del rey de Babilonia (Ezequiel 21:21). Aunque aquel rey era conocido por su habilidad y determinación, no sabía cuál era el mejor camino. Por eso nadie debería jactarse de su sabiduría o poder, porque aun quienes pueden hacer lo que quieran muchas veces no saben qué es lo más sabio.

Observa cómo llegó a su decisión. Recurrió a la adivinación, buscando orientación de un poder superior e invisible, aunque lo hizo de una manera pecaminosa. Es posible que haya echado suertes con flechas, quizá marcando una para Jerusalén y otra para Rabá. También pudo haber consultado imágenes o dioses familiares llamados terafines, esperando que le dieran una respuesta. O quizá examinó el hígado de un animal sacrificado, pues los adivinos creían que podía revelar si el resultado sería favorable o desfavorable.

Esta es una imagen humillante del orgullo de la sabiduría mundana. En situaciones difíciles, los gobernantes a menudo se han visto obligados a acudir al cielo en busca de dirección, aunque lo hagan de maneras insensatas. En los asuntos que realmente pertenecen a la providencia, basta con echar suertes en oración y confiar en que el resultado no depende del azar, sino de la decisión del Señor (Proverbios 16:33).

Aun por medio de estas prácticas pecaminosas, Dios llevó a cabo su propósito y guio al rey hacia Jerusalén (Ezequiel 21:22). Según las reglas de la adivinación, la señal para Jerusalén salió a su mano derecha, indicándole que debía dirigirse en esa dirección. Lo que Dios determina que las personas hagan, ciertamente las guiará a hacerlo por medio de su providencia, aunque ellas no entiendan la mano que las conduce.

Una vez señalada Jerusalén, el ataque comenzó de inmediato. Se nombraron comandantes para el sitio, hombres que dirigirían a los soldados y los animarían con sus discursos. Se preparó todo lo necesario, incluidos los arietes y las obras de asedio. ¡Cuánto esfuerzo y dinero están dispuestas a invertir las personas para destruirse unas a otras!

El profeta también debe mostrarles tanto al pueblo como al príncipe que ellos mismos están provocando esta ruina por causa de su pecado. El pueblo lo hizo al considerar insignificante la advertencia (Ezequiel 21:23-24). Para ellos, el mensaje de Ezequiel era una adivinación falsa. No los llevó al arrepentimiento. Cuando escucharon que Nabucodonosor, el rey de Babilonia, había sido guiado por la adivinación hasta Jerusalén y esperaba tener éxito, se burlaron y siguieron sintiéndose seguros.

Su confianza descansaba quizá en su tratado con Egipto o en las mentiras de los falsos profetas, quienes prometían que el sitio terminaría. También puede referirse a los juramentos de lealtad que habían hecho al rey de Babilonia y que habían quebrantado. Debido a esa traición, Dios los había entregado a una dureza de corazón, de modo que rechazaban como falsas las advertencias más claras. No sorprende que quienes se burlan de los juramentos sagrados también se burlen de los mensajes santos. Una mente irreverente no se detendrá una vez que haya comenzado a avanzar por ese camino.

Pero su incredulidad no anula el plan de Dios. No están a salvo simplemente porque se sienten seguros. Su desprecio por las advertencias de Dios solo aumenta su culpa y hace que sus otros pecados vuelvan a ponerse en evidencia.

Primero, queda expuesta su maldad presente. Cuando Dios trataba con ellos, se volvieron tan obstinados y perversos que todo lo que hacían los empeoraba. Nunca se habían comportado tan mal como cuando estaban escuchando el llamado más urgente al arrepentimiento. En ese sentido, sus pecados se manifestaban en todo lo que hacían. Lo mismo ocurre con todos nosotros, porque no hay nadie que viva sin pecado. Aun nuestras mejores obras están mezcladas con debilidad, necedad y faltas, de modo que, en todo lo que hacemos y decimos, nuestros pecados siguen dando testimonio en nuestra contra.

Segundo, sus pecados presentes hacen recordar sus pecados anteriores. Hicieron que su maldad fuera recordada, no mediante el arrepentimiento, sino obligando a la justicia de Dios a traerla nuevamente a cuenta. Sus propios pecados hicieron que los pecados de sus padres también se levantaran contra ellos, pecados por los que quizá no habrían sufrido de otra manera. Dios recuerda la culpa antigua de quienes, por su conducta presente, demuestran que todavía no se arrepienten.

Tercero, son entregados para que sufran por toda su culpa junta. Serán apresados por la mano que Dios ha designado para capturarlos, una mano de la que no podrán escapar. En ocasiones, la Escritura llama “la mano de Dios” a los instrumentos humanos cuando él los usa como herramientas de su justicia (Salmo 17:14).

Quienes no se dejan alcanzar por la palabra de gracia de Dios finalmente serán apresados por la mano de su ira.

El príncipe también está provocando su propia ruina. Aquí el profeta se dirige a Sedequías, el príncipe de Israel, en el nombre de Dios. Si el profeta no hubiera hablado de parte de Dios, no habría hablado con tanta valentía y claridad, porque ¿quién se atrevería a decirle a un rey: “Eres malvado”? Primero, el Señor le da su verdadera descripción: “¡Príncipe profano y malvado de Israel!”. No era tan malo como algunos de los reyes anteriores, pero aun así era lo bastante malo como para merecer ese nombre. Era profano, es decir, no tenía un respeto verdadero por lo santo. También era malvado porque llevaba a otros al pecado. Pecaba él mismo y hacía pecar a Israel.

La irreverencia y la maldad son malas en cualquier persona, pero son especialmente graves en un príncipe de Israel. Como israelita, debía haber sabido más. Como gobernante, debía haber dado un mejor ejemplo y ejercido una mejor influencia sobre quienes lo rodeaban.

Después, el Señor le anuncia su juicio. Su maldad ha llegado a su fin. La medida de su pecado está llena, así que ha llegado su día: el día del castigo y del juicio divino. Las personas malvadas y profanas pueden prosperar por un tiempo, pero su día llegará.

La sentencia es la siguiente. Primero, Sedequías será despojado del poder. Ha perdido el derecho de llevar la corona y ya no la conservará. Por su irreverencia, ha deshonrado su corona, y esta será derribada. “Quita la diadema”. Las coronas y las diademas reales pueden perderse. Solo en el mundo venidero existe una corona de gloria que nunca se marchita y un reino que no puede ser sacudido. La antigua paráfrasis aramea lo explica así: quita la diadema de Seraías, el sumo sacerdote, y yo quitaré la corona de Sedequías, el rey. Ninguno de los dos cargos permanecerá en su lugar; ambos serán removidos. “Esto no seguirá siendo igual”, es decir, él ya no continuará como antes. El pecado hace que las personas pierdan su dignidad. La irreverencia y la maldad les quitan la corona y las convierten en lo contrario de lo que alguna vez fueron.

Segundo, esta destitución traerá gran confusión y desorden a la nación. Todo será puesto de cabeza. El conquistador disfrutará de levantar a los humildes y derribar a los poderosos, promoviendo a unos y degradando a otros como le plazca, sin preocuparse por la justicia o el mérito.

Tercero, cualquier esfuerzo por restaurar el gobierno fracasará. Esto incluye a Gedalías, el gobernador establecido después de la caída de Jerusalén, y también a Ismael, quien pertenecía a la familia real. Ninguno de los dos logrará establecer algo duradero. Dios dice: “¡Una ruina, una ruina, una ruina!”, derribando un plan tras otro. ¿Quién puede reconstruir lo que Dios ha determinado destruir?

Cuarto, esta monarquía no será restaurada hasta quedar establecida para siempre en manos del Mesías, el Rey Salvador prometido. Después de Sedequías, no habrá más reyes de la familia de David hasta que venga Cristo, aquel a quien pertenece el reino. Él es el descendiente de David en quien finalmente se cumpliría la promesa, y Dios dice: “Yo se lo entregaré”. Él se sentará en el trono de su padre David (Lucas 1:32).

Poco antes de la venida de Cristo, hubo un largo período en el que se perdió el poder real y también hubo silencio profético. Eso hizo que su venida, en la plenitud de los tiempos, resplandeciera aún más claramente: él vino como Rey y como Profeta. Cristo tiene todo el derecho de gobernar tanto sobre la iglesia como sobre el mundo. El reino le pertenece por derecho, y a su debido tiempo recibirá lo que es suyo: «Yo se lo daré». Toda resistencia será derribada antes que él pierda el reino que legítimamente le corresponde, y todo enemigo será sometido para abrirle paso (Daniel 2:45; 1 Corintios 15:25).

Esto se dijo para consolar a quienes temían que la promesa de Dios a David hubiera fracasado para siempre. «No —dice Dios—, esa promesa permanece firme, porque el reino del Mesías durará para siempre».

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