Versículo destacado

Ezequiel 18:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero si engendra un hijo que es ladrón, derrama sangre y hace algo semejante a cualquiera de estas cosas, "

Ezequiel 18:10

menu_book El versículo en contexto

8 si no ha prestado con usura ni ha cobrado interés, ha apartado su mano de la iniquidad y ha impartido juicio verdadero entre un hombre y otro;

9 si ha andado en mis estatutos y ha guardado mis ordenanzas para actuar con verdad, él es justo; ciertamente vivirá, dice el Señor DIOS.

10 Pero si engendra un hijo que es ladrón, derrama sangre y hace algo semejante a cualquiera de estas cosas,

11 y no cumple ninguno de aquellos deberes, sino que incluso come en los montes y deshonra a la esposa de su prójimo;

12 oprime al pobre y al necesitado, despoja con violencia, no devuelve la prenda, alza los ojos hacia los ídolos y comete abominación;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Dios, por medio del profeta, ya había establecido la regla general del juicio: les da vida eterna a quienes perseveran en hacer el bien, pero reserva la ira y el enojo para quienes rechazan la verdad y siguen haciendo lo malo (Romanos 2:7-8). Aquí muestra que el origen familiar de una persona tampoco cambiará ese juicio, ni para bien ni para mal.

Lo aplica claramente en ambas direcciones. Así como sucedía con frecuencia en la línea real de los reyes de Judá, también ocurre en las familias comunes: padres piadosos pueden tener hijos malvados, y padres malvados pueden tener hijos piadosos. Primero presenta el caso de un hombre malvado que ciertamente morirá en su pecado, aunque sea hijo de un padre fiel.

Este no es un asunto raro ni insignificante, sino triste. Un hijo de un padre muy piadoso todavía puede volverse abiertamente malvado, a pesar de toda la instrucción que recibió, el buen ejemplo que tuvo delante, las advertencias que escuchó, los límites que se le pusieron, los esfuerzos de sus padres y las oraciones que ofrecieron por él. Puede convertirse en el dolor de su padre, la vergüenza de su familia y una plaga para su generación.

Un hombre así va en contra de todo lo que su buen padre temió y evitó. Rechaza las responsabilidades que su padre valoraba y cumplía con gusto. Se le describe como ladrón y asesino, idólatra que come en los montes y alza los ojos hacia los ídolos (Ezequiel 18:11), hasta llegar a ofrecer sacrificios con ellos. El pecado avanza hacia abajo, paso a paso.

También es adúltero, pues ha deshonrado a la esposa de su prójimo. Es opresor, incluso de los pobres y necesitados. Roba a los indefensos, aplasta a quienes no pueden defenderse y disfruta de lastimar a los débiles y empobrecer aún más a los pobres. Quita lo que debería dar, toma por la fuerza, presta con intereses para obtener ganancias mediante contratos y conserva una prenda aun después de que la deuda ha sido pagada.

Los padres piadosos que tienen hijos malvados no deben pensar que su caso es único. Este es precisamente el tipo de situación que Dios presenta ante nosotros. Demuestra que la gracia no se hereda dentro de las familias ni siempre viene como resultado de una buena enseñanza. «La carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes»; de ser así, los hijos bien instruidos siempre actuarían bien. Pero Dios muestra que la gracia le pertenece solamente a él y que su Espíritu obra con libertad. Se nos exige criar bien a nuestros hijos, pero Dios no está obligado a bendecir esa crianza. En esto, más que en muchas otras cosas, vemos la fuerza del pecado original y la necesidad de una gracia especial, es decir, de la ayuda salvadora de Dios, concedida a quienes no la merecen.

También se nos asegura que este hombre malvado perecerá para siempre en su pecado, a pesar de ser hijo de un buen padre. Tal vez prospere por un tiempo en este mundo debido a la piedad de sus antepasados, pero si ha cometido estos pecados y nunca se ha apartado de ellos, en realidad no vivirá. No disfrutará del favor de Dios. Puede escapar del castigo humano, pero no escapará de la maldición de Dios. Ciertamente morirá; es decir, vivirá en miseria para siempre. Su sangre recaerá sobre su propia cabeza. No podrá culpar a nadie más, porque él mismo se destruye.

Su relación con un buen padre no le servirá de ayuda. De hecho, hará que su pecado y su juicio sean más graves. Su pecado fue más serio porque tuvo un mejor ejemplo y una mejor enseñanza. Además, eso hizo que al final su corrupción fuera mayor, y por lo tanto su sufrimiento futuro será más intenso.

El segundo caso es el opuesto: un hombre justo ciertamente será feliz, aunque sea hijo de un padre malvado. Aunque el padre haya comido uvas agrias, los hijos no sufrirán por ello si no participan en lo mismo. Es posible, y a veces sucede, que el hijo de un padre impío se vuelva piadoso. Ve cuán peligrosos fueron los pecados de su padre, toma la advertencia y se niega a seguirlos (Ezequiel 18:14).

Por lo general, los hijos adoptan el temperamento de sus padres y copian su ejemplo. Pero aquí el hijo observa los pecados de su padre y, en vez de imitarlos, les teme. Por lo común, nadie recoge uvas de los espinos; sin embargo, Dios puede hacer lo que las personas no esperan. Puede tomar una rama de un olivo silvestre e injertarla en uno bueno. El malvado Acaz, rey de Judá, fue padre del buen Ezequías, quien vio todos los pecados que su padre había cometido. No los excusó ni hizo de ellos un espectáculo, como Cam al revelar la vergüenza de su padre. Más bien, los aborreció, se avergonzó de ellos y consideró el pecado aún más grave porque había traído deshonra y ruina sobre su propio padre.

Reflexiona sobre el asunto y no actúa de la misma manera. Ve cuán indigno fue ese comportamiento de su padre, cuán ofensivo fue para Dios y para las personas buenas, cuánto daño y vergüenza le trajo, y cuántos problemas causó en la familia. Por eso se niega a hacer lo mismo. Si de verdad reflexionáramos en los caminos de las personas malvadas, temeríamos tanto relacionarnos con ellas como seguir su ejemplo.

Los detalles se enumeran otra vez, casi con las mismas palabras usadas antes para describir al hombre justo (Ezequiel 18:6), para mostrar que las personas buenas caminan con el mismo espíritu y siguen los mismos pasos. Este hombre justo no solo evitó los pecados de su padre, sino que también siguió las virtudes de su abuelo. Podemos mirar hacia atrás y encontrar ejemplos dignos de imitar, así como advertencias que debemos evitar.

Puede decir algo más que: «No soy adúltero, extorsionador, opresor, usurero ni idólatra». También ha dado pan al hambriento y ha cubierto al desnudo. Ha retirado su mano de los pobres. Cuando encontró que su padre oprimía a siervos, arrendatarios o vecinos pobres, alivió sus cargas. No dijo: «Conservaré lo que hizo mi padre; y si estuvo mal, la culpa fue de él, no mía», como Roboam, quien se negó a mantener los pesados impuestos que su padre había impuesto al pueblo. No; retiró su mano de los pobres y les devolvió sus derechos y su libertad (Ezequiel 18:15-17).

Así que ha cumplido los mandamientos de Dios y ha vivido conforme a sus normas. No hizo lo correcto una sola vez, sino que perseveró en un camino constante de obediencia.

Por lo tanto, se nos asegura que solo el padre impío morirá en su pecado, mientras que su hijo piadoso no sufrirá por causa de este.

En cuanto a su padre (Ezequiel 18:18), si fue un opresor cruel que hizo daño y, aunque tenía riqueza y poder, no hizo ningún bien entre su pueblo, incluso él, por grande que fuera, morirá en su propio pecado y quedará arruinado para siempre. Pero el hombre que mantuvo su integridad ciertamente vivirá. Estará en paz y será bendecido, y no morirá por el pecado de su padre. La maldad de su padre quizá haya perjudicado la riqueza y la influencia de su familia, pero no dañará su aceptación delante de Dios ni su bienestar eterno.

Luego el profeta devuelve la acusación al pueblo. En efecto, les dice: «El asunto está claro; entonces, ¿por qué siguen preguntando: “¿Por qué no carga el hijo con la iniquidad del padre?”?». No la carga si él mismo hace lo que es justo y correcto (Ezequiel 18:19). Pero quienes se quejaban no habían hecho lo que era justo y correcto; por eso sufrían justamente a causa de su propio pecado. No tenían razón para decir que Dios era injusto, aunque sí tenían motivos para lamentar el mal ejemplo que sus padres les habían dejado: «Nuestros padres pecaron y ya no existen, y nosotros cargamos con sus iniquidades» (Lamentaciones 5:7).

Es verdad que las familias malvadas con frecuencia arrastran una maldición que permanece por mucho tiempo, pero también es verdad que el arrepentimiento y la reforma pueden romper ese patrón. Por eso, quienes permanecen sin arrepentirse y sin cambiar deben culparse a sí mismos si quedan bajo sus efectos. Se repite la regla establecida del juicio: «La persona que peque, esa morirá» (Ezequiel 18:20). Este también es el principio que Dios dio a los jueces terrenales, quienes no debían castigar a un hijo por la culpa de su padre (Deuteronomio 24:16). Dios mismo sigue esa misma regla. El hijo no morirá para siempre por el pecado de su padre si no sigue ese pecado, y el padre no morirá por el pecado de su hijo si cumplió con su deber de tratar de refrenarlo.

Cuando el justo juicio de Dios sea revelado plenamente, aunque ahora esté parcialmente oculto, la justicia de los justos se destacará ante todo el mundo. Se verá como un manto y una corona que traerán consuelo y honor eternos. La maldad de los malvados también quedará claramente expuesta sobre ellos, como una cadena o una carga pesada, como un peso de plomo que los arrastra hasta lo más profundo del abismo.

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