Versículo destacado

Ezequiel 18:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo: "

Ezequiel 18:1

menu_book El versículo en contexto

1 La palabra del SEÑOR vino de nuevo a mí, diciendo:

2 ¿Qué quieren decir ustedes al usar este proverbio acerca de la tierra de Israel: Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera?

3 Tan cierto como que yo vivo, dice el Señor DIOS, ya no tendrán ocasión de usar este proverbio en Israel.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Los malos hábitos a menudo llevan a establecer buenas leyes, y las acusaciones injustas a veces exigen respuestas justas. De la misma manera, los dichos perversos pueden dar lugar a una profecía verdadera. Aquí Ezequiel presenta otro proverbio común entre los judíos que estaban en el cautiverio. Ya habían usado uno antes, en (Ezequiel 12:22), y Dios también les había respondido allí.

Este proverbio cuestionaba la justicia de Dios. La gente decía: «Pasan los días, y toda visión queda en nada». En otras palabras, consideraban las advertencias de Dios palabras vacías. Aquí fueron más lejos y culparon a Dios por su sufrimiento: «Los padres comieron uvas agrias, y los hijos tienen los dientes destemplados». Querían decir: «Estamos siendo castigados por los pecados de nuestros antepasados». Eso era tan absurdo como afirmar que los hijos sufren porque sus padres comieron uvas agrias.

Había cierta razón detrás de ese dicho. Dios había advertido muchas veces que castigaría en los hijos los pecados de los padres, especialmente la idolatría, es decir, la adoración de dioses falsos. Quería mostrar cuán maligna es la naturaleza del pecado, cuánto lo aborrece y cuán serio puede ser su castigo. También quería que los padres pensaran en sus hijos antes de pecar, y que los hijos respetaran a sus padres sin imitar su maldad.

Los profetas de Dios también habían dicho que Judá y Jerusalén estaban siendo juzgadas por los pecados de los reyes anteriores, especialmente Manasés. Puesto que Dios estaba tratando con la nación como un todo, no era injusto que la llamara a cuentas por antiguos pecados nacionales. En ese sentido, una generación posterior podía sufrir por la culpa pasada de la nación, así como una persona puede llevar en su vejez la vergüenza de los pecados cometidos en su juventud (Job 13:26). No hay injusticia en Dios cuando actúa de esa manera.

Pero el pueblo usaba el proverbio de una manera todavía peor. No se humillaban bajo la mano de Dios. En vez de decir: «Hemos pecado», decían: «Dios es injusto». El proverbio era parcialmente cierto en este sentido: los pecadores sí comen uvas agrias, porque el pecado deliberado siempre produce resultados amargos. El pecado puede parecer dulce al principio, pero después deja dolor y arrepentimiento. Hace que el pecador tenga los dientes destemplados cuando la conciencia despierta y le trae el pecado a la memoria.

Aun así, el pueblo usaba el dicho para afirmar que los hijos debían sufrir por la insensatez de sus padres, aunque ellos no hubieran participado del placer del pecado. Eso era un insulto descarado contra el gobierno de Dios. También era una forma astuta y encubierta de hablar, lo cual la hacía más peligrosa. Muchas personas pueden ser agudas en sus burlas y, al mismo tiempo, expresarse de una manera que parece inofensiva. Así, el veneno de la incredulidad se extiende por medio de palabras ingeniosas y dichos conocidos.

Dios responde a este proverbio con una reprensión contundente. «¿Qué quieren decir al repetirlo?», pregunta. ¿Están tratando de discutir con Dios? ¿Piensan que esta es la manera de hacer las paces con él después de que ya los ha juzgado? Entonces Dios declara que ese proverbio será eliminado: «Ya no volverán a usar este proverbio» (Ezequiel 18:3). En un pasaje, Dios promete quitar un dicho semejante por misericordia (Jeremías 31:29). Aquí amenaza con quitarlo mediante el juicio. Actuará con tanta claridad contra ellos que ya no se atreverán a repetirlo.

También les mostrará a ellos y a todos los que los rodean que sus propios pecados bastan para explicar la ruina que se acerca. Sus propias conciencias los acusarán. Sus vecinos estarán de acuerdo. Entonces sabrán que ellos mismos comieron las uvas agrias; de lo contrario, no tendrían los dientes destemplados.

Dios deja entonces la verdad en claro. No castiga a los hijos por los pecados de sus padres, a menos que los hijos sigan el mismo camino de maldad y colmen la medida de su propia culpa (Mateo 23:32). Cuando eso sucede, no tienen razón para quejarse, porque todo lo que sufran sigue siendo menor de lo que sus propios pecados merecen. Cuando Dios dice que castiga en los hijos la iniquidad de los padres, no está tratando injustamente a los hijos. También está mostrando paciencia con los padres, pues a menudo retrasa el castigo y permite que la culpa se acumule para un juicio posterior (Job 21:19).

Esta advertencia se refiere principalmente a los problemas externos de esta vida. En esos casos, los hijos, incluso los inocentes, pueden sufrir por la maldad de sus padres. Aun así, Dios puede encaminar esas dificultades para bien de quienes se ven afectados por ellas. Pero cuando se trata de la ruina espiritual y eterna, de la muerte de la que aquí se habla, los hijos no cargan con los pecados de sus padres de esa manera. Dios es muy bondadoso al razonar sobre este asunto con personas tan obstinadas. No las destruyó de inmediato, sino que explicó la cuestión para que quedara claro que él es justo cuando sea juzgado.

Luego Dios declara su derecho sobre todas las personas: «Todas las almas son mías» (Ezequiel 18:4). Reclama como suya cada alma humana. Él las creó, y en un sentido especial es el Padre de los espíritus, porque su imagen está estampada en el alma. Esto era verdad en la creación, y vuelve a serlo en la renovación, cuando cambia y restaura el corazón de una persona. Él forma el espíritu dentro de cada ser humano, y por eso se le llama correctamente el Dios de los espíritus de toda carne.

En segundo lugar, todas las almas pertenecen a Dios. Él las creó, las hizo para sí mismo y ellas tienen que responder ante él. «Tanto el alma del padre como el alma del hijo son mías». Los padres terrenales son solamente padres de nuestro cuerpo; nuestras almas no les pertenecen, sino que pertenecen a Dios.

De esto se desprenden dos cosas. Primero, Dios es libre de hacer lo que quiera con los padres y los hijos, y nadie tiene derecho a cuestionarlo. Aquel que nos dio la vida no nos hace ningún mal cuando la quita, ni cuando simplemente retira algunos de los apoyos y consuelos de la vida. Es tan absurdo discutir con él como que una criatura le diga a su creador: «¿Por qué me hiciste así?» (Romanos 9:20).

Segundo, Dios ciertamente tiene buena voluntad tanto para el padre como para el hijo, y no tratará injustamente a ninguno de los dos. Sabemos que Dios no aborrece nada de lo que ha hecho. Por eso, al hablar de adultos capaces de actuar por sí mismos, nadie muere sino por su propia culpa. Todas las almas le pertenecen, así que él no es parcial al juzgarlas. Debemos reconocer que somos suyos y aceptar su gobierno sobre nosotros. Él dice: «Todas las almas son mías», y nosotros debemos responder: «Señor, mi alma es tuya. Te la entrego para que la uses para ti y para que encuentre su felicidad en ti». Dios dice con toda razón: «Hijo mío, dame tu corazón, porque ya me pertenece», y nosotros debemos responder: «Padre, toma mi corazón; es tuyo».

Aunque Dios podría defenderse señalando su soberanía y su pleno derecho a gobernar, decide establecer una norma justa para el juicio con el que trata a cada persona. El pecador que persiste en pecar ciertamente morirá, y su pecado lo arruinará. «El alma que peque, esa morirá». Esto significa muerte en el sentido de que el alma puede morir: queda separada del favor de Dios, que es la vida y el gozo del alma, y queda bajo su ira, que es la muerte y la miseria del alma. El pecado es un acto del alma, aunque el cuerpo se use como su instrumento; por eso, el castigo del pecado consiste en la angustia y el sufrimiento del alma (Romanos 2:9).

En cambio, el justo que persevera en la justicia ciertamente vivirá. Si una persona es verdaderamente justa, con un corazón bueno y un espíritu recto, y demuestra esa condición haciendo lo que es correcto y justo (Ezequiel 18:5), ciertamente vivirá, dice el Señor Dios (Ezequiel 18:9). La persona que se esfuerza por seguir la voluntad de Dios en todo, que hace del servicio a Dios su ocupación y busca su gloria, sin duda será feliz aquí y para siempre en el amor y el favor de Dios. Cualquier falta que cometa en el cumplimiento de su deber será perdonada por medio de un Mediador, aquel que nos lleva a Dios.

Este es parte del carácter de ese hombre justo. Tiene cuidado de mantenerse limpio del pecado y de apartarse incluso de toda apariencia de mal. Primero, evita los pecados contra el segundo mandamiento, que prohíbe la adoración falsa. En lo relacionado con la adoración de Dios, permanece atento, porque sabe que Dios también está atento. No solo se ha negado a ofrecer sacrificios en los lugares altos a los ídolos que allí estaban, sino que tampoco ha comido en los montes; es decir, no ha participado en comunión con los idólatras comiendo alimentos ofrecidos a los ídolos (1 Corintios 10:20). No se arrodillaría con ellos ante sus altares ni se sentaría con ellos a sus mesas en esos lugares. Aborrece no solo los ídolos de las naciones, sino también los ídolos de la casa de Israel, que a menudo eran aprobados y honrados por personas que afirmaban pertenecer al pueblo de Dios. No solo se ha negado a adorarlos, sino que ni siquiera los ha mirado con aprobación. No les ha mostrado favor, no ha deseado recibir ninguna bendición de ellos ni ha temido sus amenazas. Ha visto a muchas personas atrapadas por esos ídolos, así que ni siquiera se ha atrevido a mirarlos, para no caer en la misma trampa. Se dice que los idólatras dejan que sus ojos se prostituyan tras los ídolos (Ezequiel 6:9; Deuteronomio 4:19).

En segundo lugar, evita los pecados contra el séptimo mandamiento, que protege la pureza del matrimonio. Tiene cuidado de controlar su cuerpo con santidad y honor, no con deseos lujuriosos. Por eso, no se ha atrevido a deshonrar a la esposa de su prójimo ni a decir o hacer algo que pudiera hacerla caer. Ni siquiera se permite avances impropios hacia su propia esposa cuando ella está apartada por impureza ceremonial, pues la ley lo prohibía (Levítico 18:19; Levítico 20:18). Esto muestra que es parte necesaria de la sabiduría y la justicia someter los deseos del cuerpo al dominio de la razón y la virtud.

En tercer lugar, evita los pecados contra el octavo mandamiento, que prohíbe robar y obtener ganancias deshonestas. Es un hombre justo; por eso, no oprime a los demás mediante el fraude mientras aparenta actuar conforme a la ley y al derecho. No le ha robado a nadie por la fuerza y, ciertamente, no ha tomado sus bienes, propiedades, libertad ni vida (Ezequiel 18:7). La opresión y la violencia fueron pecados del mundo antiguo que provocaron el diluvio, y Dios todavía hace justicia por esos pecados. Tampoco presta dinero para obtener ganancias ni cobra de más a su hermano (Ezequiel 18:8). Aunque se haga mediante un acuerdo y parezca libre de injusticia, se niega a hacerlo porque la ley lo prohíbe. Se permitía cobrar un interés moderado a los extranjeros, pero no a los propios compatriotas. El hombre justo no se aprovecha de la necesidad de su prójimo para lucrarse. No vive con comodidad y sin trabajar a costa del sudor de los demás. Por eso, no cobra de más a quienes no pueden hacer que el dinero prestado produzca ganancias, ni exige con dureza el pago a quienes Dios ha dejado sin capacidad para pagar. Está dispuesto a compartir tanto las pérdidas como las ganancias, porque quien recibe el beneficio también debe llevar la carga.

También se preocupa por cumplir los deberes propios de su posición. Ha devuelto la prenda del pobre, como lo exigía la ley (Éxodo 22:26). Si tomó la ropa de su prójimo como garantía, debe devolvérsela para que ese hombre pueda dormir cubierto con su propia ropa. Y no solo ha devuelto lo que pertenecía al pobre: también le ha dado pan al hambriento. Se le llama su pan porque lo obtuvo honestamente; sin embargo, lo que una persona posee no es solo para sí misma, pues Dios aborrece el robo aun cuando se lo disfraza de religión. La gente mundana suele insistir en que su pan le pertenece exclusivamente, como Nabal, que se negó a darle pan a David (1 Samuel 25:11). Pero debe entender que sus bienes no le pertenecen de tal manera que quede libre del deber de hacer el bien con ellos. La ropa es tan necesaria como la comida; por eso, este hombre justo tiene la generosidad suficiente para cubrir al desnudo con una prenda (Ezequiel 18:7). Las túnicas que Dorcas hizo para los pobres eran una evidencia de su caridad (Hechos 9:39). Este hombre justo también se ha apartado de hacer el mal (Ezequiel 18:8).

Si alguna vez, aun por descuido, se ha visto envuelto en algo que después le pareció malo, no permanece allí solo porque ya había comenzado. Se aparta de aquello que ahora reconoce como pecado. Trata con justicia a cada persona cuando tiene la oportunidad de hacerlo, ya sea como juez, testigo, miembro de un jurado o árbitro. En todo tipo de asunto, desea que se haga justicia, que nadie sea engañado, que la persona perjudicada reciba reparación y que cada quien reciba lo que le corresponde.

Ese es su carácter en relación con sus prójimos. Pero no basta con ser honesto y justo con los demás. Para completar su carácter, también debe ser fiel a Dios (Ezequiel 18:9). Anda conforme a los estatutos de Dios, es decir, las leyes que rigen su adoración a Dios, y cumple esos estatutos y todos los demás decretos divinos. Los trata a todos con cuidado y se propone vivir constantemente conforme a ellos.

Procura ser veraz para demostrar que es fiel al pacto, la promesa solemne que hizo con Dios. Se ha unido a Dios, así que no se aparta de él con traición ni aparenta obedecer mientras oculta su deslealtad. Este es un hombre justo, y ciertamente vivirá. Tendrá vida, y más que eso: vida verdadera, vida en paz y vida eterna. Guarda los mandamientos y entrarás en la vida (Mateo 19:17).

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