Versículo destacado

Ezequiel 16:15 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Pero confiaste en tu propia belleza, te prostituiste a causa de tu fama y derramaste tus prostituciones sobre todo el que pasaba; a él le pertenecía. "

Ezequiel 16:15

menu_book El versículo en contexto

13 Así quedaste adornada con oro y plata; tu vestido era de lino fino, seda y tela bordada. Comías harina fina, miel y aceite. Llegaste a ser sumamente hermosa y prosperaste hasta convertirte en un reino.

14 Tu fama se difundió entre las naciones por tu belleza, pues era perfecta gracias a mi esplendor, que yo había puesto sobre ti —dice el Señor DIOS—.

15 Pero confiaste en tu propia belleza, te prostituiste a causa de tu fama y derramaste tus prostituciones sobre todo el que pasaba; a él le pertenecía.

16 Tomaste parte de tus vestidos, adornaste tus lugares altos con diversos colores y allí te prostituiste. Tales cosas no sucederán ni volverán a ser así.

17 También tomaste tus hermosas joyas hechas de mi oro y de mi plata, que yo te había dado, y te hiciste imágenes de hombres y te prostituiste con ellas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos muestran la gran maldad de Israel, especialmente su idolatría, aun después de toda la bondad que Dios le había mostrado. Ezequiel describe su pecado mediante la imagen de una joven hermosa que había sido rescatada de la ruina, cuidada y provista abundantemente por un benefactor amoroso que había sido para ella como padre y esposo. Su adoración de ídolos era su pecado principal. Comenzó durante la última parte del reinado de Salomón y, desde entonces, permaneció como el gran pecado de la nación hasta el cautiverio, aunque algunos reyes reformadores lograron detenerla por un tiempo.

No solo adoraban al Dios verdadero mediante imágenes, como lo hicieron las diez tribus con los becerros de Dan y Betel. También adoraban dioses falsos como Baal y Moloc, junto con toda la multitud de dioses paganos. La Escritura compara con frecuencia este pecado con el adulterio y la prostitución por varias razones. Rompe el pacto matrimonial con Dios, corrompe la mente y somete el alma al dominio de los sentidos, adormece la conciencia y es una vergüenza que quienes pertenecen al Señor se unan a un ídolo. Además, es un pecado profundamente engañoso, y muchas veces quienes caen en él no logran recuperarse.

Observemos ahora qué los condujo a este pecado. Primero, se volvieron orgullosos. Dios dice: «Confiabas en tu propia belleza» y usabas tu fama para buscar el favor de las naciones que te rodeaban (Ezequiel 16:15). Pensaban que, como los demás los admiraban, debían ganarse su simpatía uniéndose a su adoración e imitando sus costumbres. Salomón también hizo esto: cedió a la idolatría para complacer a sus esposas y a las familias de ellas. Muchos jóvenes se arruinan por el orgullo, especialmente por el orgullo relacionado con la belleza exterior.

Segundo, olvidaron de dónde habían venido. Dios dice: «No te acordaste de los días de tu juventud» (Ezequiel 16:22). Olvidaron lo pobres, débiles y despreciados que habían sido, y cuánto había hecho Dios por ellos. Recordarlo es una fuerte defensa contra el orgullo y la sensualidad. Debemos recordar quiénes somos y cuánto le debemos a la gracia gratuita de Dios.

Tercero, eran débiles en entendimiento y en dominio propio. Dios dice: «¡Qué débil es tu corazón!» cuando haces todas estas cosas (Ezequiel 16:30). Los deseos desenfrenados revelan un corazón débil. Esas personas no se conocen verdaderamente a sí mismas ni pueden gobernarse. Sin embargo, esta mujer es descrita como débil y, al mismo tiempo, atrevida y exigente. Los más insensatos suelen ser también los más autoritarios, y tratan de dirigir a otros cuando no pueden dirigirse a sí mismos.

Adoraban cada ídolo que encontraban, cada dios falso que les pedían honrar. Dios dice: «Derramaste tus prostituciones sobre todo el que pasaba» (Ezequiel 16:15). Aceptaban rápidamente toda nueva tentación, por insensata que fuera. No se introducía ningún ídolo extranjero ni se inventaba un dios nuevo que ellos no estuvieran dispuestos a abrazar. Eran como una prostituta común que se ofrece a todos y multiplica sus infidelidades (Ezequiel 16:25).

También adornaban sus santuarios de ídolos, sus arboledas y sus lugares altos con las ropas costosas que Dios les había dado (Ezequiel 16:16, 18). Él dice que cubrían los lugares altos con telas coloridas, utilizando regalos que provenían de su bondad. Dios toma esto muy en serio: el sentido de sus palabras es que «cosas semejantes nunca debieron suceder». No tolerará en silencio tal conducta sin mostrar su desagrado.

Incluso convirtieron las joyas que Dios les había dado en imágenes para adorarlas (Ezequiel 16:17). Dios las llama «mi oro y mi plata», porque él se las había dado y porque todavía le pertenecían. Dios nos da riquezas por medio del comercio, las habilidades, el trabajo y los frutos de la tierra, pero lo que nos da sigue siendo suyo. Debemos usarlo para honrarlo y rendirle cuentas por ello. Si hubieran recordado que su plata y su oro eran de Dios, no los habrían convertido en ídolos.

También usaron los propios dones buenos de Dios al servicio de los ídolos (Ezequiel 16:18). Su aceite, incienso, harina, miel y carne eran colocados delante de dioses falsos como ofrendas. El Señor dice claramente que esas cosas se hicieron y que él las conoce por completo. Esto muestra cuánto amaban sus ídolos, pues estaban dispuestos a entregar lo que Dios había provisto para sus propias necesidades y para su servicio. Su ejemplo debería avergonzarnos si somos tacaños al servir al Dios verdadero y viviente.

Incluso sacrificaban a sus hijos a sus ídolos.

Este pecado se destaca aquí y en muchos otros pasajes como uno de los peores ejemplos de su idolatría. Mediante él, el diablo obtuvo una victoria terrible sobre la razón humana y el afecto natural, como vemos en (Jeremías 7:31; Jeremías 19:5; Jeremías 32:35). Tomaban a sus hijos e hijas, no solo para hacerlos pasar por el fuego como señal de que pertenecían a Moloc, sino para sacrificarlos realmente, quemándolos, como se describe en (Ezequiel 16:20).

Nunca se había pervertido de una manera tan cruel la autoridad paternal. Sin embargo, esa no era la peor parte. Era una ofensa directa contra Dios mismo, quien reclama un derecho especial sobre los hijos, incluso mayor que sobre el oro, la plata o los alimentos: «Son mis hijos» (Ezequiel 16:21), «los hijos y las hijas que me diste a luz» (Ezequiel 16:20). Él es el Padre de los espíritus, y las almas humanas le pertenecen de manera especial. Por eso, quitar injustamente la vida humana es un grave insulto contra el Dios de la vida.

Los hijos de Israel le pertenecían por un derecho aún más fuerte. Eran hijos del pacto, nacidos dentro de la casa de Dios. Dios le había dicho a Abraham: «Yo seré Dios para ti y para tu descendencia», y desde los ocho días de nacidos llevaban en su cuerpo la señal de ese pacto. Estaban destinados a llevar el nombre de Dios y a mantener viva su iglesia. Asesinarlos era profundamente inhumano, pero asesinarlos para honrar a un ídolo era todavía más perverso.

Es difícil pensar en esto sin sentir una profunda indignación. Los padres, sin compasión, derramaban la sangre inocente de sus propios hijos. Al ofrecer al diablo como sacrificios esas partes de sí mismos, se entregaban abiertamente a él como sacrificios vivos. ¡Qué insensatez: niños nacidos para Dios eran sacrificados a los demonios!

Observa esto: los hijos de padres que pertenecen a la iglesia visible deben considerarse nacidos para Dios, como hijos suyos. Debemos amarlos, orar por ellos, criarlos para él y, si él los reclama, devolvérselos con gusto. Después de todo, ¿acaso no puede hacer lo que quiera con lo que le pertenece?

Al hablar de este ejemplo de idolatría, que debió haber sido señalado con una vergüenza especial, el profeta pregunta: «¿Era poca cosa tu prostitución?» (Ezequiel 16:20). Esa pregunta muestra que algunos lo trataban con ligereza e incluso lo convertían en una broma. No hay pecado tan malvado que las personas endurecidas no se burlen de él. Pero ¿acaso es poca cosa la prostitución, la infidelidad espiritual? ¿Es poca cosa convertir a los hijos en bestias y hacer del diablo nuestro dios? Muy pronto se demostrará que es un asunto sumamente grave.

También construyeron templos para sus ídolos, con el fin de atraer a otros y hacer que se unieran a su adoración. Después de toda esa maldad secreta, por la cual se escucha el clamor: «¡Ay, ay de ti!», es decir, que quienes continúan avanzando en el pecado se encuentran en un estado miserable, y esta es una advertencia para ellos si tan solo quisieran escuchar, llegaron a una desvergüenza tan atrevida que hicieron público su pecado (Ezequiel 16:23-35). Durante mucho tiempo habían tenido corazón de prostituta, pero ahora tenían frente de prostituta y habían perdido toda vergüenza. Construyeron un lugar destacado, una casa de prostitución, como dice la nota marginal, y así eran sus templos de ídolos. Levantaron lugares altos para uno u otro ídolo en cada calle y en cada esquina, como se describe en (Ezequiel 16:31).

Hicieron todo lo posible para seducir a otros y extender la corrupción, haciendo que la idolatría resultara lo más atractiva posible. Pero sus líderes en la idolatría solo se volvieron despreciables, y aun quienes habían sido atraídos por ellos comenzaron a sentirse repugnados por su extrema maldad. «Has hecho que tu belleza sea despreciada», incluso por aquellos que antes la admiraban. La nación judía, al abandonar a su propio Dios y correr tras los dioses de las naciones vecinas, se hizo baja y despreciable aun ante los ojos de sus vecinos paganos. Mucho más, su belleza fue detestada por todos los sabios y buenos, y por todos los que se preocupaban por el honor de Dios y por la verdadera religión.

Observa esto: las personas se avergüenzan a sí mismas cuando deshonran la fe que profesan. Y con razón: aquello que convirtieron en motivo de orgullo, esa belleza y excelencia, finalmente se convertirá en algo que los demás aborrecerán.

En tercer lugar, considera todo lo que agravó este pecado. Israel deseaba los ídolos de las mismas naciones que lo habían oprimido y perseguido. Egipto era un ejemplo. Los egipcios eran conocidos por su idolatría y por las formas más insensatas y absurdas de adorar ídolos. Desde hacía mucho tiempo habían maltratado cruelmente a Israel, y más recientemente también habían actuado con engaño. Siempre habían sido crueles o desleales con Israel. Sin embargo, Israel fue tan insensato que se prostituyó con los egipcios, sus vecinos, no solo al unirse a su adoración de ídolos, sino también al hacer alianzas con ellos y depender de su ayuda en tiempos de angustia. Eso fue un alejamiento infiel de Dios.

Los asirios eran otro ejemplo. Ellos también habían sido una fuente de problemas para Israel: «Y aun con ellos te prostituiste» (Ezequiel 16:28). Aunque vivían más lejos, Israel acogió sus ídolos y sus prácticas supersticiosas. De esa manera multiplicó su infidelidad hasta llegar a Caldea. Tomaron de aquella tierra enemiga y distante imágenes de dioses, diseños de altares, formas de ofrecer sacrificios y otras prácticas insensatas, y las introdujeron en la tierra de Canaán, donde fueron aceptadas y establecidas.

Como advirtió —o al menos temió— George Herbert hace mucho tiempo, el río de una nación puede tragarse al de otra, y el Támesis puede contaminarse al dejar que ambos desembocan en sus corrientes. Del mismo modo, una nación corrupta puede extender sus malas costumbres a otra.

Dios también les había advertido por causa de sus pecados, pero ellos continuaron en ellos (Ezequiel 16:27). Dios había extendido su mano sobre ellos para amenazarlos y hacerlos temer. A menudo actúa así antes de traer la ruina: primero procura llevar a las personas al arrepentimiento mediante juicios más leves. Eso hizo aquí. Antes de enviar una hambruna tan grande que quebrara el sustento del pan, redujo sus provisiones habituales. Antes de entregarlos a los caldeos para que fueran destruidos, permitió que las hijas de los filisteos se burlaran de ellos por su idolatría.

Los filisteos los odiaban, pero incluso los idólatras se avergonzaban de la conducta desvergonzada de Israel. Israel se había vuelto más profano en su idolatría que cualquiera de sus vecinos. Otras naciones no cambiaban continuamente de dioses, pero Israel sí lo hacía (Jeremías 2:10-11). Por esto, los filisteos lo castigaron con justicia.

O quizá esto se refiera a las incursiones que los filisteos hicieron en el sur de Judá durante el reinado de Acaz, cuando debilitaron y empobrecieron la tierra. Ese fue el comienzo de sus dificultades (2 Crónicas 28:18), pero no aprendieron de aquellos juicios. Por eso, al final, fueron justamente abandonados a la ruina.

Cuando se les pida cuentas a los pecadores obstinados, no solo se les hablará de las misericordias por las que no dieron gracias a Dios. También se les recordarán las aflicciones que no lograron humillarlos (Amós 4:11).

Además, nunca se saciaron de su infidelidad espiritual: «No pudiste quedar satisfecha» (Ezequiel 16:28, 29). Aunque habían multiplicado sus ídolos y sus prácticas supersticiosas más allá de toda medida, todavía buscaban nuevos dioses y nuevas formas de adoración. Quienes se unen verdaderamente al Dios verdadero encuentran en él suficiente satisfacción. Pueden seguir deseando más de Dios, pero nunca desean algo más que a Dios.

En cambio, quienes abandonan esta fuente de agua viva para ir tras cisternas rotas pronto se cansan de lo que tienen, pero nunca quedan verdaderamente satisfechos. En poco tiempo tienen suficiente de los dioses que ellos mismos se han fabricado, y entonces siguen buscando otros. No pueden quedar satisfechos.

También gastaron grandes cantidades en su idolatría. Pagaron mucho dinero para que fabricaran imágenes y altares, y contrataron sacerdotes de naciones extranjeras para que les sirvieran. Por lo general, las prostitutas reciben un pago, pero esta adúltera desvergonzada hizo lo contrario. No recibió dinero por servir a los ídolos; les pagó a los ídolos para que la protegieran y para rendirles culto. Este punto se enfatiza con fuerza en Ezequiel 16:31-34.

«En esto eres diferente de otras mujeres por tu infidelidad». A otras las persiguen, pero tú persigues a quienes no te desean. Estás ansiosa por hacer alianzas con naciones paganas que te desprecian. Otras reciben regalos, pero tú entregas tus regalos —los regalos que Dios te había dado bondadosamente— a tus ídolos. En esto eres como una esposa que comete adulterio, no por dinero, como podría hacerlo una prostituta, sino únicamente por el pecado mismo.

Los deseos espirituales, es decir, los anhelos de la mente, como su deseo de adorar ídolos, con frecuencia son tan fuertes y apremiantes como los deseos del cuerpo. El pecado se agrava cuando las personas se convierten en sus propios tentadores y gastan su propia riqueza en él, sin siquiera esperar obtener una ganancia terrenal. Tales personas son «transgresores sin causa» (Salmo 25:3), verdaderamente malvadas en su rebelión.

Y en todo esto, ¿acaso no se le han mostrado a Jerusalén sus abominaciones? ¿Qué mal mayor podría haber cometido? Aquí debemos contemplar, con asombro y horror, en qué se convierte la naturaleza humana cuando Dios entrega a las personas a sí mismas, aun después de haber recibido todas las ventajas para actuar mejor. El camino del pecado siempre va cuesta abajo. Somos atraídos hacia lo que está prohibido.

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