Versículo destacado

Ezequiel 1:26 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Por encima del firmamento que estaba sobre sus cabezas había la semejanza de un trono, como la apariencia de una piedra de zafiro; y sobre la semejanza del trono, arriba, había una semejanza con apariencia de hombre. "

Ezequiel 1:26

menu_book El versículo en contexto

24 Cuando avanzaban, oí el ruido de sus alas, como el ruido de grandes aguas, como la voz del Todopoderoso, como el sonido de una voz, como el estruendo de un ejército. Cuando se detenían, bajaban sus alas.

25 Y venía una voz desde el firmamento que estaba sobre sus cabezas, cuando se detenían y habían bajado sus alas.

26 Por encima del firmamento que estaba sobre sus cabezas había la semejanza de un trono, como la apariencia de una piedra de zafiro; y sobre la semejanza del trono, arriba, había una semejanza con apariencia de hombre.

27 Vi algo como del color del ámbar, como la apariencia de fuego dentro de él y a su alrededor, desde la apariencia de sus lomos hacia arriba; y desde la apariencia de sus lomos hacia abajo vi algo como la apariencia de fuego, con un resplandor a su alrededor.

28 Como la apariencia del arco que está en la nube en un día de lluvia, así era la apariencia del resplandor alrededor. Esta era la apariencia de la semejanza de la gloria del SEÑOR. Cuando la vi, caí rostro en tierra y oí la voz de uno que hablaba.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Todas las demás partes de esta visión eran apenas el prólogo de esta gran revelación. En ellas, Dios ya se había mostrado como Señor de los ángeles y gobernante supremo de todo lo que existe en este mundo inferior. A partir de esto, es fácil entender que todo lo que Dios promete o anuncia por medio de sus profetas puede llevarlo a cabo. Los ángeles son sus servidores y las personas son sus instrumentos. Pero ahora que está por darse un mensaje divino a un profeta, y por medio de él a la iglesia, debemos mirar más arriba de los seres vivientes y de las ruedas. Debemos esperar una revelación de la Palabra eterna, de quien hablan estos versículos.

Ezequiel, al oír una voz desde el firmamento, levantó la mirada, como lo hizo Juan, para ver a quien le hablaba, y vio a alguien semejante a un hijo de hombre (Apocalipsis 1:12-13). La segunda persona de la Trinidad, el Hijo, en ocasiones asumió temporalmente la forma de un hombre antes de revestirse para siempre de naturaleza humana en la encarnación. Al Espíritu de profecía se le llama el Espíritu de Cristo (1 Pedro 1:11) y el testimonio de Jesús (Apocalipsis 19:10).

Lo primero que notó el profeta fue que esta gloria estaba por encima del firmamento que se extendía sobre las cabezas de los seres vivientes (Ezequiel 1:26). Incluso las cabezas de los ángeles están bajo los pies del Señor Jesús, porque el firmamento que está sobre sus cabezas se encuentra bajo sus pies. Los ángeles, las autoridades y los gobernantes están sujetos a él (1 Pedro 3:22). Su posición y su gobierno anteriores a la encarnación hacen todavía más sorprendente su humildad al hacerse hombre, cuando fue hecho un poco menor que los ángeles (Hebreos 2:9).

Lo primero que vio fue un trono, porque la revelación divina viene respaldada por autoridad real. Debemos ver por fe a Dios y a Cristo sentados en un trono. En sus visiones, Juan vio primero un trono colocado en el cielo (Apocalipsis 4:2), y esa visión exige reverencia y sumisión. Es un trono de gloria, gracia, triunfo, gobierno y juicio. El Señor ha establecido su trono en los cielos y lo ha preparado para su Hijo, a quien hizo Rey en su santo monte de Sion.

Sobre el trono vio la apariencia de un hombre. Esta es una buena noticia para los hijos de los hombres: el trono que está sobre el firmamento está ocupado por alguien que no se avergüenza de aparecer allí con semejanza humana. Daniel también vio en una visión que el reino y el dominio serían entregados a alguien semejante a un hijo de hombre, quien tiene autoridad para ejecutar el juicio porque es el Hijo del Hombre (Juan 5:27).

También lo vio en ese trono como príncipe y juez. Aunque apareció en forma humana, se manifestó con una gloria superior a la humana (Ezequiel 1:27). ¿Es Dios una luz resplandeciente? Él también lo es. Cuando el profeta lo vio, contempló un brillo alrededor de él, semejante al ámbar, porque Dios habita en luz y se cubre de luz como de un manto. ¡Cuán profundamente se humilló el Redentor por nosotros cuando, al llevar a cabo nuestra salvación, permitió que su gloria quedara velada por su humanidad!

¿Es Dios un fuego consumidor? Él también lo es. Desde la cintura hacia arriba y desde la cintura hacia abajo, tenía la apariencia del fuego. El fuego que estaba por encima de la cintura se encontraba dentro del ámbar, contenido en su interior. El fuego que estaba por debajo de la cintura era más abierto y visible, aunque también estaba rodeado de resplandor. Algunos entienden que el primero representa la naturaleza divina de Cristo, cuya gloria y poder están ocultos dentro del color del ámbar, aquello que nadie ha visto ni puede ver. Entienden que el segundo representa su naturaleza humana, cuya gloria algunos sí contemplaron: la gloria del único Hijo del Padre, lleno de gracia y verdad (Juan 1:14). De su mano salían rayos, y aun así el poder seguía oculto (Habacuc 3:4).

El fuego en el que apareció el Hijo del Hombre también puede señalar los juicios que estaban por caer sobre Judá y Jerusalén, procedentes de la ira ardiente del Todopoderoso contra sus enemigos. Nada resulta más aterrador para los pecadores arrogantes que la ira de aquel que está sentado en el trono y del Cordero (Apocalipsis 6:16). Llegará el día en que el Señor Jesús se revele desde el cielo entre llamas de fuego (2 Tesalonicenses 1:7-8). Por eso es de suma importancia honrar al Hijo, no sea que se enoje.

El trono también estaba rodeado por un arco iris (Ezequiel 1:28), tal como en la visión de Juan (Apocalipsis 4:3). Su resplandor tenía muchos colores, como los del arco iris en una nube cargada de lluvia. El arco iris es una señal de majestad, pero también comunica bondad, porque es una promesa de misericordia. Confirma la promesa misericordiosa de Dios de que nunca volvería a inundar el mundo, y él dice: «Miraré el arco iris y recordaré el pacto» (Génesis 9:16). Esto muestra que quien está en el trono es el Mediador del pacto, aquel que se interpone entre Dios y su pueblo. Su gobierno es para nuestra protección, no para nuestra destrucción. Él se interpone entre nosotros y los juicios que nuestros pecados merecen, y todas las promesas de Dios encuentran en él su «sí» y su «amén». Ahora que la ira de Dios estaba estallando contra Jerusalén, se le pondrían límites. No la destruiría por completo, porque miraría el arco iris y recordaría el pacto, tal como había prometido en una situación así (Levítico 26:42).

Finalmente llegamos al cierre de la visión. Primero, debemos notar cómo la describió el propio profeta: «Esta era la apariencia de la semejanza de la gloria del Señor». Como lo había hecho a lo largo de todo el relato, tiene cuidado de evitar cualquier idea burda o corporal de Dios, pues eso deshonraría la naturaleza pura y espiritual de Dios. No dice: «Este era el Señor», porque Dios no puede ser visto. Dice: «la gloria del Señor», es decir, aquello por medio de lo cual Dios quiso manifestarse en su gloria. Aun así, era solamente una semejanza de esa gloria, una débil copia de ella. Ni siquiera era una semejanza completa, sino solo la apariencia de esa semejanza: una sombra, no la realidad misma (Hebreos 10:1).

Segundo, debemos notar el efecto que tuvo en él. «Cuando vi aquello, caí rostro en tierra». Quedó sobrecogido, porque el resplandor ardiente lo venció y lo derribó. ¿Quién puede permanecer de pie delante de este santo Señor Dios? O, más probablemente, se humilló al comprender cuán indigno era de semejante honor y cuán lejos estaba de Dios. Cayó rostro en tierra para mostrar santo temor y reverencia. Cuanto más Dios se da a conocer, más debemos humillarnos delante de él. Se postró para adorar la majestad de Dios, pedir misericordia y apartar la ira que veía a punto de levantarse contra los hijos de su pueblo.

Tercero, debemos notar lo que aprendió de esta experiencia. Todo lo que vio tenía el propósito de prepararlo para lo que estaba a punto de oír, porque la fe viene por el oír. Así que oyó la voz de alguien que hablaba, porque se nos enseña por medio de palabras, no solamente por señales. Cuando cayó rostro en tierra, dispuesto a recibir la palabra, entonces oyó la voz que hablaba, porque a Dios le agrada enseñar a los humildes.

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