Versículo destacado
Éxodo 5:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Después Moisés y Aarón entraron y dijeron al faraón: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que celebre una fiesta para mí en el desierto. "
Éxodo 5:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Después Moisés y Aarón entraron y dijeron al faraón: Así dice el SEÑOR, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que celebre una fiesta para mí en el desierto.
2 El faraón respondió: ¿Quién es el SEÑOR para que yo obedezca su voz y deje ir a Israel? No conozco al SEÑOR, ni tampoco dejaré ir a Israel.
3 Ellos dijeron: El Dios de los hebreos se ha encontrado con nosotros. Te rogamos que nos dejes ir tres días de camino por el desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR nuestro Dios, no sea que caiga sobre nosotros con peste o con espada.
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Moisés y Aarón ya habían comunicado su mensaje a los ancianos de Israel, y el pueblo lo había recibido bien. Ahora tenían que enfrentarse al faraón, y eso era peligroso. Moisés, en particular, pudo haber estado en peligro porque había matado a un egipcio cuarenta años antes, y algunos de los antiguos funcionarios de la corte quizá todavía lo recordaban. Su mensaje no sería bien recibido, y tocaba dos puntos sensibles del faraón: su orgullo y sus ganancias. Aun así, estos mensajeros fieles proclamaron con valentía la palabra de Dios, ya fuera que él escuchara o se negara a hacerlo.
Su petición reflejaba una santa valentía: «Así dice el SEÑOR, el Dios de Israel: “Deja ir a mi pueblo”» (Éxodo 5:1). Cuando Moisés habló con los ancianos de Israel, se le indicó que llamara a Dios el Dios de sus antepasados. Pero cuando habló con el faraón, lo llamaron el Dios de Israel; esta es la primera vez que la Escritura usa ese título de esta manera. Dios apenas estaba comenzando a formar a Israel como nación, pero ya lo reconocía como su pueblo. Es probable que Moisés recibiera este título por indicación del propio Dios, o al menos que lo dedujera de estas palabras: «Israel es mi hijo» (Éxodo 4:22).
Con este gran nombre comunicaron su mensaje: «Deja ir a mi pueblo». Ellos eran el pueblo de Dios, así que el faraón no tenía derecho a mantenerlos esclavizados. Dios siempre es dueño de los suyos, aun cuando son pobres y despreciados, y en el momento oportuno los defenderá. Los israelitas eran esclavos en Egipto, pero Dios seguía diciendo: «Ellos son mi pueblo», y no permitiría que fueran aplastados para siempre. Véase también (Isaías 52:4-5).
Dios también esperaba que le sirvieran y le ofrecieran sacrificios, por lo que necesitaban ir a un lugar donde pudieran adorarlo libremente, sin ofender a los egipcios ni ser ofendidos por ellos. Dios rescata a su pueblo de sus enemigos para que pueda servirle con alegría. Quería que celebraran una fiesta en su honor, y podían hacerlo incluso en el desierto, porque su favor y su presencia hacen que un lugar sea apropiado para la adoración.
La respuesta del faraón también fue una muestra de abierta rebeldía pecaminosa: «¿Quién es el SEÑOR para que yo obedezca su voz?» (Éxodo 5:2). Cuando le dijeron que dejara ir a Israel, respondió con desafío. Se burló de Moisés y del Dios que lo había enviado, y se negó rotundamente a liberar a Israel. Ni siquiera quiso considerar el asunto. Observa cómo habló con desprecio del Dios de Israel. «¿Quién es el SEÑOR?» significaba: «No lo conozco, no me importa y no le tengo miedo». El nombre quizá le sonaba extraño, pero decidió que no permitiría que lo intimidara.
Israel era entonces un pueblo despreciado y oprimido, tratado como la parte más insignificante de la nación. El faraón juzgó al Dios de Israel por la condición humillada de su pueblo y supuso que su Dios no era más grande que ellos. Los perseguidores endurecidos a menudo muestran más ira contra Dios mismo que contra su pueblo (Isaías 37:23). En realidad, la ignorancia y el desprecio de Dios están detrás de gran parte de la maldad del mundo. Las personas no conocen al SEÑOR, o piensan muy poco de él, y por eso se niegan a obedecer su voz.
El faraón también habló con orgullo de sí mismo: «¿Para que yo obedezca su voz?». Pensaba que estaba por debajo de su dignidad escuchar al Dios de Israel, especialmente cuando ese Dios hablaba en favor de un pueblo pobre y esclavizado. Consideraba que obedecer era algo demasiado insignificante para un rey de Egipto. El orgullo siempre conduce a la desobediencia. Las personas orgullosas creen que son demasiado importantes para inclinarse siquiera ante Dios mismo y se niegan a vivir bajo su autoridad (Job 41:34; Efesios 5:6). Este es el centro de todo el conflicto: Dios debe gobernar, pero el ser humano no quiere someterse. Dios dice: «Haré que se cumpla mi voluntad», y el pecador dice: «Haré mi propia voluntad».
Finalmente, el faraón negó claramente la petición: «Tampoco dejaré ir a Israel». De todos los pecadores, los perseguidores suelen ser los más obstinados y los menos dispuestos a abandonar su pecado.
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De este capítulo
Éxodo 5:2
"El faraón respondió: ¿Quién es el SEÑOR para que yo obedezca su voz y deje ir a Israel? No conozco al SEÑOR, ni tampoco dejaré ir a Israel."
Éxodo 5:3
"Ellos dijeron: El Dios de los hebreos se ha encontrado con nosotros. Te rogamos que nos dejes ir tres días de camino por el desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR nuestro Dios, no sea que caiga sobre nosotros con peste o con espada."
Éxodo 5:4
"El rey de Egipto les dijo: Moisés y Aarón, ¿por qué apartan al pueblo de sus trabajos? Vuelvan a sus cargas."
Éxodo 5:5
"Y el faraón dijo: Miren, el pueblo de la tierra ya es numeroso, y ustedes hacen que descansen de sus cargas."
Éxodo 5:6
"Aquel mismo día, el faraón dio esta orden a los capataces del pueblo y a sus oficiales:"
Éxodo 5:7
"Ya no darán paja al pueblo para hacer ladrillos, como antes. Que ellos mismos vayan y recojan paja."
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