Versículo destacado

Éxodo 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Moisés apacentaba el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño al otro lado del desierto y llegó al monte de Dios, a Horeb. "

Éxodo 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Moisés apacentaba el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño al otro lado del desierto y llegó al monte de Dios, a Horeb.

2 El ángel del SEÑOR se le apareció en una llama de fuego en medio de una zarza. Él miró y vio que la zarza ardía en fuego, pero no se consumía.

3 Entonces Moisés dijo: Me apartaré ahora para ver esta gran maravilla y por qué la zarza no se quema.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La vida de Moisés está claramente dividida en tres períodos de cuarenta años. Durante los primeros cuarenta años vivió como príncipe en la corte del faraón; durante los segundos, como pastor en Madián; y durante los terceros, como rey en Jesurún, es decir, Israel. La vida humana cambia rápidamente, y la vida de las personas buenas a menudo cambia aún más.

Moisés había terminado su segundo período de cuarenta años cuando Dios lo llamó para sacar a Israel de Egipto. A veces Dios espera mucho tiempo antes de llamar a sus siervos a realizar la obra que planeó para ellos desde el principio y para la cual ya los había estado preparando. Moisés nació para ser el libertador de Israel, pero no se le dijo nada de eso hasta que cumplió ochenta años.

Observemos primero cómo encontró Dios a Moisés cuando se le apareció. Estaba cuidando el rebaño y pastoreando ovejas cerca del monte Horeb (Éxodo 3:1). Era un trabajo humilde para un hombre con sus antecedentes y formación, pero él estaba contento con esa labor. En ese trabajo sencillo aprendió mansedumbre y contentamiento en un grado poco común, y la Escritura lo honra más por eso que por todo su conocimiento.

Debemos permanecer en la vocación en la que Dios nos ha colocado y no estar cambiando constantemente sin una buena razón. Incluso quienes están capacitados para realizar grandes obras no deberían sorprenderse si Dios los mantiene en lugares tranquilos y ocultos. Ese fue el destino de Moisés antes de ser llamado, y no tenía razón para esperar algo diferente. Si algunos sienten que están enterrados vivos en un servicio desconocido, deben conformarse con brillar como lámparas dentro de una tumba hasta que llegue el momento de Dios de ponerlos sobre un candelero.

Dios encontró a Moisés ocupado, y luego lo honró con esta visión. Dios anima el trabajo honrado. Los pastores estaban cuidando sus rebaños cuando recibieron la noticia del nacimiento de nuestro Salvador (Lucas 2:8). A Satanás le gusta encontrarnos desocupados, pero Dios se complace cuando nos encuentra trabajando.

La soledad también favorece nuestra comunión con Dios. Cuando estamos solos, el Padre está con nosotros. Moisés vio más de Dios en el desierto de lo que jamás había visto en la corte del faraón.

En segundo lugar, observemos cómo fue la aparición. Para gran sorpresa de Moisés, vio una zarza ardiendo, aunque no podía ver ningún fuego de la tierra ni del cielo que la hubiera encendido, y la zarza no se consumía (Éxodo 3:2). El que se le apareció fue el ángel del Señor. Algunos piensan que era un ángel creado que hablaba en nombre de quien lo había enviado. Otros consideran que era la segunda persona de la Trinidad, el ángel del pacto, quien es el Señor mismo. En cualquier caso, se trataba de una manifestación especial de la presencia y la gloria de Dios. Lo que Moisés vio ocurrió mediante el ministerio de un ángel, pero por medio de esa aparición escuchó a Dios hablarle.

Vio una llama de fuego, porque nuestro Dios es fuego consumidor. Cuando Dios prometió a Abraham que rescataría a Israel de Egipto, Abraham vio un horno humeante, que apuntaba a la luz de gozo que traería la liberación (Génesis 15:17). Pero aquí el fuego aparece más brillante, como una llama, porque en esta liberación Dios traería terror y destrucción sobre los enemigos de Israel, luz y calor para su pueblo, y manifestaría su gloria delante de todos. Véase Isaías 10:17.

El fuego no estaba en un cedro alto ni en un árbol majestuoso, sino en una zarza, un arbusto espinoso. Esto refleja la manera en que Dios suele obrar. Él escoge cosas débiles y despreciadas, como Moisés en ese momento, un pobre pastor, para avergonzar a los sabios. A Dios le agrada honrar lo humilde.

La zarza ardía, pero no se consumía. Era una imagen de la iglesia, que en ese tiempo sufría bajo la esclavitud en Egipto. Ardía en los hornos donde se cocían los ladrillos, pero no era destruida. Estaba afligida, pero no aplastada; derribada, pero no arruinada.

En tercer lugar, observemos la curiosidad de Moisés ante aquella escena extraña. Dijo que se apartaría para ver lo que estaba sucediendo (Éxodo 3:3). Habló como alguien dispuesto y decidido a investigar. Fuera lo que fuera, quería comprender su significado si le era posible. Las cosas que Dios ha revelado nos pertenecen, y debemos procurar entenderlas con cuidado.

En cuarto lugar, observemos la invitación a acercarse, pero con cautela. Dios le dirigió a Moisés un llamado lleno de gracia, y Moisés respondió de inmediato (Éxodo 3:4). Cuando Dios vio que Moisés había notado la zarza ardiendo, se había apartado para observarla y había dejado su trabajo para atender a ella, entonces lo llamó. Si Moisés la hubiera ignorado como una luz extraña que no merecía atención, probablemente Dios no le habría dicho nada. Pero cuando Moisés se apartó, Dios lo llamó.

Quienes desean tener comunión con Dios deben prestarle atención y acercarse a Él en las maneras en que ha escogido revelarse, aunque parezca hacerlo por medio de una zarza. Deben acudir al tesoro aunque esté contenido en una vasija de barro. Quienes buscan a Dios con diligencia lo encontrarán, y descubrirán que Él recompensa generosamente. Acérquense a Dios, y Él se acercará a ustedes.

Dios lo llamó por su nombre: «Moisés, Moisés». Esa voz debió sobresaltarlo aún más que la visión. La palabra del Señor siempre acompañaba la gloria del Señor, porque toda visión divina tenía como propósito comunicar una verdad divina (Job 4:16; Job 32:14-15).

Los llamados de Dios se hacen efectivos de dos maneras. Primero, el Espíritu de Dios los vuelve personales al llamarnos por nuestro nombre. La palabra dice: «Todos», pero el Espíritu la aplica de manera particular y dice: «Tú, precisamente tú». Dios dice: «Te conozco por tu nombre» (Éxodo 33:12). Segundo, nosotros debemos responder con obediencia, como lo hizo Moisés: «Aquí estoy». Esto significa: «¿Qué le dice mi Señor a su siervo? Estoy aquí no solo para escuchar, sino también para hacer lo que se me mande».

Dios también le dio a Moisés una advertencia necesaria contra el descuido y la irreverencia. Moisés debía mantener cierta distancia. Tenía que acercarse, pero no demasiado; lo suficiente para oír, pero no tanto como para entrometerse. Su conciencia necesitaba ser satisfecha, pero no su curiosidad. También debía cuidarse de tratar a Dios con demasiada familiaridad.

En todos nuestros acercamientos a Dios debemos sentir profundamente la gran distancia que existe entre nosotros y Él (Eclesiastés 5:2). Este mandato también correspondía a la época del Antiguo Testamento, cuando el gobierno salvador de Dios estaba marcado por la oscuridad, la esclavitud y el temor. Ahora el evangelio les da a los creyentes la libertad de entrar al Lugar Santísimo y los invita a acercarse.

A Moisés también se le ordenó mostrar reverencia y estar dispuesto a obedecer: «Quítate las sandalias de los pies», como lo haría un siervo. En aquel tiempo, quitarse el calzado era una muestra de respeto, algo parecido a quitarse el sombrero en la actualidad. El suelo era santo en ese momento debido a aquella manifestación especial de la presencia de Dios, y debía tratarse como tal. No había que caminar sobre esa tierra con los zapatos sucios. Había que cuidar el pie (Eclesiastés 5:1).

Debemos presentarnos delante de Dios con una pausa seria y con preparación. El ejercicio corporal por sí solo aprovecha poco, pero también debemos glorificar a Dios con nuestro cuerpo. Debemos mostrar reverencia interior mediante una conducta solemne y respetuosa en la adoración, evitando todo lo descuidado, ligero, grosero o impropio de la grandeza del servicio de Dios.

En quinto lugar, Dios hace una declaración solemne de su nombre, por el cual quería darse a conocer a Moisés: «Yo soy el Dios de tu padre» (Éxodo 3:6).

Dios le hace saber a Moisés que es Él quien le está hablando, para que le muestre reverencia, le preste atención, le crea y le obedezca. Eso basta para exigir todas esas respuestas, porque Dios dice: «Yo soy el Señor». Siempre debemos recibir la palabra como palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13).

Dios también se identifica como el Dios del padre de Moisés, Amram, un hombre piadoso, y como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, los antepasados de Israel. Dios estaba a punto de manifestarse por causa de ellos. Con esto quería enseñarles a Moisés acerca de la vida venidera y fortalecer su fe en una existencia futura, es decir, en la vida después de la muerte. Jesús mismo usa este pasaje como una de las explicaciones más claras de la Escritura y demuestra por medio de él que los muertos resucitan, al responder a los saduceos.

Cristo dice que Moisés «mostró» esta verdad en la zarza (Lucas 20:37), es decir, que Dios se la mostró allí a Moisés y, por medio de él, también a nosotros (Mateo 22:31). Abraham estaba muerto, pero Dios aún se llamaba el Dios de Abraham. Por lo tanto, el alma de Abraham todavía debía vivir, pues Dios seguía relacionándose con él; y para que la felicidad de Abraham fuera completa, su cuerpo también debía volver a vivir a su debido tiempo. La promesa hecha a los patriarcas, de que Dios sería su Dios, necesariamente incluye la bendición futura. Dios nunca hizo por ellos en esta vida algo que correspondiera plenamente al amplio significado de esa gran promesa. Pero como les ha preparado una ciudad, no se avergüenza de ser llamado su Dios (Hebreos 11:16). Véanse también Hechos 26:6-7 y Hechos 24:15.

Esto también le aseguró a Moisés que todas las promesas específicas hechas a los patriarcas se cumplirían. Podía confiar en ello, porque estas palabras muestran que Dios se acordaba de su pacto (Éxodo 2:24). La relación de pacto que Dios tiene con nosotros, por la cual Él es nuestro Dios, es el mejor apoyo en los tiempos difíciles y una poderosa razón para confiar en sus promesas. Y cuando reconocemos nuestra propia indignidad, todavía podemos hallar consuelo en la relación que Dios tuvo con nuestros antepasados (2 Crónicas 20:6).

Moisés quedó profundamente impactado por esto. Escondió su rostro porque sentía vergüenza y tenía miedo de mirar a Dios. Ahora que sabía que la luz era divina, su resplandor lo cegaba. No había tenido miedo de la zarza ardiente hasta darse cuenta de que Dios estaba en ella. Aunque Dios se presentó como el Dios del padre de Moisés y como un Dios comprometido en pacto con él, Moisés seguía teniendo miedo.

Cuanto más vemos de Dios, más razones tenemos para adorarlo con reverencia y santo temor. Aun cuando Dios nos muestra su gracia y su amor de pacto, eso debe hacernos más humildes delante de él.

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