Versículo destacado

Éxodo 29:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Esto es lo que harás con ellos para santificarlos, a fin de que me sirvan como sacerdotes: toma un novillo y dos carneros sin defecto, "

Éxodo 29:1

menu_book El versículo en contexto

1 Esto es lo que harás con ellos para santificarlos, a fin de que me sirvan como sacerdotes: toma un novillo y dos carneros sin defecto,

2 pan sin levadura, tortas sin levadura mezcladas con aceite y obleas sin levadura untadas con aceite. Las harás de harina de trigo.

3 Las pondrás en una canasta y las llevarás en ella, junto con el novillo y los dos carneros.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se presenta la ley para consagrar a Aarón y a sus hijos al sacerdocio. El rito se realizaba con mucha solemnidad y seriedad, para que ellos comprendieran el peso de su llamado. También debía mostrarle al pueblo la grandeza del oficio sacerdotal, de modo que nadie se atreviera a tomarlo por cuenta propia.

Los ceremoniales se describieron con todo detalle porque nunca antes se había hecho algo semejante. También debían convertirse en una norma permanente para la instalación del sumo sacerdote. El propósito era consagrar a los hombres que Dios había escogido como sacerdotes, es decir, apartarlos para su servicio y mostrar que él los aceptaba. El pueblo debía saber que estos hombres no se habían dado honor a sí mismos al tomar el oficio, sino que habían sido llamados por Dios (Hebreos 5:4-5).

Este apartamiento los hacía diferentes de los demás hombres. Ya no debían vivir para las tareas comunes, sino para Dios y para su servicio inmediato. Esto recuerda que toda persona que sirve a Dios primero debe ser santificada para él. La persona debe ser aceptada antes de que su trabajo pueda ser aceptado.

La expresión hebrea para consagración significa «llenar la mano» (Éxodo 29:9). Al carnero usado en este ceremonial incluso se le llama «el carnero de las consagraciones» (Éxodo 29:22, 26). Probablemente la expresión se relaciona con poner el sacrificio en sus manos para presentarlo delante del Señor (Éxodo 29:24). Esto sugiere dos ideas. Los ministros tienen las manos llenas, porque su trabajo es grande, constante y exigente. Pero también significa que Dios debe llenar sus manos, porque ellos no pueden proveerse por sí mismos de lo que necesitan.

Moisés fue designado para realizar este acto por mandato de Dios. Aunque estaba sirviendo a otras personas, el pueblo no debía consagrarlo a él. Como siervo y mensajero del Señor, Moisés llevó a cabo esta tarea especial. Por eso incluso desempeñó en parte la función sacerdotal durante uno de los sacrificios (Éxodo 29:26).

La ceremonia se realizó en la entrada del tabernáculo, el lugar de reunión donde Dios habitaba en medio de su pueblo (Éxodo 29:4). Ese era el lugar apropiado para quienes estarían entre Dios y el pueblo. Fueron apartados en la entrada porque debían servir como guardianes y ministros de la casa de Dios.

Se incluyeron varios ceremoniales. Primero, fueron lavados (Éxodo 29:4), lo cual mostraba que quienes llevan las cosas santas del Señor deben estar limpios (Isaías 52:11). Quienes desean una verdadera santidad deben apartarse del pecado tanto en el cuerpo como en el corazón (2 Corintios 7:1; Isaías 1:16-18). En este primer lavado fueron limpiados por completo. Más adelante, cuando entraran para ministrar, solo se lavarían las manos y los pies (Éxodo 30:19), porque quien ya ha sido lavado solo necesita volver a limpiarse esas partes (Juan 13:10).

Segundo, fueron vestidos con las vestiduras sagradas (Éxodo 29:5-9). Esto mostraba que no bastaba con apartarse del pecado; también debían vestirse de la gracia y de la justicia de Dios (Salmo 132:9). Fueron ceñidos, es decir, preparados y fortalecidos para el trabajo. También recibieron túnicas y coronas, lo cual indicaba que debían considerar su oficio como su verdadero honor.

Tercero, el sumo sacerdote fue ungido con aceite santo (Éxodo 29:7). Esto mostraba que Dios concedería bendición y gozo por medio de su ministerio, así como el ungüento y el perfume alegran el corazón. También señalaba el derramamiento del Espíritu sobre él, para capacitarlo para su labor. El amor fraternal se compara con este mismo aceite de la unción (Salmo 133:2). Los sacerdotes de menor rango también eran ungidos (Éxodo 30:30), aunque no en la cabeza como el sumo sacerdote (Levítico 21:10). Su aceite se mezclaba con la sangre que se rociaba sobre sus vestiduras.

Cuarto, debían ofrecerse sacrificios por ellos. El pacto del sacerdocio, como todo pacto, tenía que ser confirmado mediante un sacrificio. Primero venía la ofrenda por el pecado, para hacer expiación por ellos (Éxodo 29:10-14). La ley estableció como sacerdotes a hombres que todavía tenían debilidades; por eso debían ofrecer sacrificios por sus propios pecados antes de hacer expiación por los del pueblo (Hebreos 7:27-28). Debían poner la mano sobre la cabeza del sacrificio (Éxodo 29:10), confesando que merecían morir por su propio pecado y pidiendo que la muerte del animal cubriera su culpa como sustituto.

Esta ofrenda se trataba como las demás ofrendas por el pecado, excepto por una diferencia importante. La carne de otras ofrendas por el pecado era comida por los sacerdotes (Levítico 10:18), pero esta debía quemarse por completo fuera del campamento (Éxodo 29:14). Esto mostraba la debilidad del antiguo pacto, porque ni siquiera los pecados de los sacerdotes podían ser eliminados por completo mediante aquellos sacrificios. Todavía necesitaban un sumo sacerdote mejor y un sacrificio mejor.

Después venía el holocausto: un carnero quemado por completo para honrar a Dios (Éxodo 29:15-18). Esto mostraba que ellos se entregaban enteramente al servicio de Dios, como sacrificios vivos que se elevaban en las llamas del amor santo. La ofrenda por el pecado tenía que venir primero, porque no se puede ofrecer un servicio aceptable mientras permanece la culpa (Isaías 6:7).

Luego venía la ofrenda de paz, llamada el carnero de la consagración porque tenía un propósito especial en este ceremonial. En el holocausto, Dios recibía el honor de su sacerdocio. En la ofrenda de paz, ellos recibían consuelo por medio de ese sacerdocio. Esto mostraba un pacto mutuo entre Dios y ellos. La sangre del sacrificio se dividía entre Dios y los sacerdotes (Éxodo 29:20-21). Parte se rociaba alrededor del altar y parte se ponía sobre ellos, en sus cuerpos y en sus vestiduras (Éxodo 29:20-21). Esto mostraba que el beneficio del sacrificio se aplicaba a ellos y les era asegurado, y que todo su ser quedaba apartado para el servicio de Dios.

La sangre se colocaba en las partes más extremas del cuerpo, mostrando que la persona entera pertenecía a Dios, incluso la punta de la oreja y el dedo gordo del pie. Podría parecer que la sangre y el aceite mancharían la ropa, pero aquí eran el mayor honor que esas vestiduras podían recibir. Señalaban la sangre de Cristo y la gracia del Espíritu, que forman la belleza de la santidad y nos hacen agradables a Dios. La Escritura incluso habla de vestiduras blanqueadas por la sangre del Cordero.

La carne del sacrificio, junto con la ofrenda de cereal que la acompañaba, también se dividía entre Dios y los sacerdotes. De esta manera, hablando con reverencia, Dios y ellos compartirían una comida como señal de amistad y comunión. Primero, parte de la carne y del pan se mecía delante del Señor y luego se quemaba sobre el altar, porque el pan y la carne debían ir juntos (Éxodo 29:22-25). Aarón sostenía primero estas ofrendas en sus manos y las mecía delante de Dios, mostrando que se las presentaba a aquel que, aunque es invisible, nos rodea por todos lados. Después se quemaban sobre el altar, porque el altar debía consumir la parte del sacrificio que correspondía a Dios.

De esta manera, Dios admitía a Aarón y a sus hijos para que le sirvieran y esperaran a su mesa, como si les diera el alimento de su altar. La norma sobre la porción de los sacerdotes en las ofrendas de paz posteriores —el pecho y la espaldilla— se añade aquí casi como una nota aparte. Moisés recibía el pecho, y la espaldilla se quemaba sobre el altar junto con la parte de Dios (Éxodo 29:26-28). La otra parte, tanto la carne del carnero como el pan, Aarón y sus hijos debían comerla en la entrada del tabernáculo (Éxodo 29:31-33). Esto mostraba que Dios los llamaba no solo siervos, sino también amigos (Juan 15:15). Él comía con ellos, y ellos con él.

El hecho de que comieran aquello mediante lo cual se había hecho expiación mostraba que estaban recibiendo esa expiación, es decir, aceptando con gratitud sus beneficios (Romanos 5:11). También mostraba su gozosa comunión con Dios, que era el verdadero significado de participar en una comida basada en un sacrificio. Si quedaba algo, debía quemarse para que no se echara a perder y para mostrar que se trataba de una ofrenda de paz extraordinaria. Todo el ceremonial enseñaba que Dios estaba acercando a estos sacerdotes a sí mismo en paz.

El tiempo establecido para esta consagración era de siete días: «Los consagrarás durante siete días» (Éxodo 29:35). Aunque todos los ritos se realizaban el primer día, los sacerdotes no debían pensar que su apartamiento había terminado hasta completar los siete días. Esto daba mayor solemnidad al acto, marcaba una separación clara de su vida anterior y los hacía detenerse antes de comenzar su trabajo. También les daba tiempo para reflexionar cuidadosamente sobre la seriedad de su oficio. Esta práctica debía mantenerse en tiempos posteriores, pues el hombre que sucediera a Aarón como sumo sacerdote tenía que llevar las vestiduras sagradas durante siete días consecutivos. Así se mostraba una entrada lenta y deliberada en el oficio, con un sábado que transcurría durante su consagración.

Durante cada uno de esos siete días, en esta primera consagración, debía ofrecerse un novillo como ofrenda por el pecado (Éxodo 29:36). Esto tenía el propósito de enseñarles dos cosas. Primero, necesitaban buscar profundamente el perdón de sus pecados y, aunque se hacía expiación por ellos y podían hallar consuelo en ella, todavía debían mantener una actitud humilde respecto al pecado y confesarlo con frecuencia. Segundo, esos sacrificios repetidos nunca podían perfeccionar por completo a los adoradores, porque, si hubieran podido hacerlo, las ofrendas habrían dejado de ofrecerse, como dice el apóstol (Hebreos 10:1-2). Por eso, debían esperar con esperanza algo mejor.

Esta consagración de los sacerdotes también era una imagen de cosas mejores que vendrían. Nuestro Señor Jesús es el gran sumo sacerdote de nuestra fe, llamado por Dios para ese oficio y apartado para siempre. Fue ungido con el Espíritu por encima de todos los demás; por eso se le llama el Mesías o el Cristo. Fue vestido con ropas santas, con gloria y hermosura, y santificado por su propia sangre, no por la sangre de novillos y carneros (Hebreos 9:12). Fue hecho perfecto, es decir, plenamente capacitado y consagrado para su obra, por medio del sufrimiento (Hebreos 2:10). En él, esto se convierte en un estatuto permanente (Éxodo 29:9).

Todos los creyentes también son sacerdotes espirituales, llamados a ofrecer sacrificios espirituales (1 Pedro 2:5). Han sido lavados con la sangre de Cristo y hechos sacerdotes para Dios (Apocalipsis 1:5-6). Ellos también están vestidos con la hermosura de la santidad y han recibido la unción del Espíritu (1 Juan 2:27). Sus manos están llenas de trabajo, y deben perseverar continuamente en él. Es por medio de Cristo, el gran sacrificio, que son apartados para este servicio. Su sangre, aplicada a la conciencia, la limpia de obras muertas para que puedan servir como sacerdotes al Dios vivo. Al Espíritu de Dios se le llama el dedo de Dios (Lucas 11:20, comparado con Mateo 12:28), y por medio de él el mérito de Cristo se aplica verdaderamente a nuestra alma, así como Moisés debía poner la sangre sobre Aarón con su dedo.

Esto también muestra que los ministros del evangelio deben ser apartados para el ministerio con mucho cuidado y seriedad, tanto por quienes los ordenan como por quienes son ordenados. Han sido llamados a una gran obra y se les ha confiado una enorme responsabilidad.

La consagración del altar parece haber ocurrido al mismo tiempo que la consagración de los sacerdotes. Las ofrendas por el pecado que se ofrecían cada día durante siete días estaban relacionadas tanto con el altar como con los sacerdotes (Éxodo 29:36-37). Se hacía expiación por el altar. Aunque el altar no podía pecar y todavía no había sido usado de manera que quedara contaminado por el pecado humano, desde la caída nada puede ser dedicado a Dios como algo santo sin que primero se haga expiación por el pecado. El pecado nos deja incapacitados e indignos para ser usados en el servicio de Dios. El altar también era santificado, es decir, apartado para un uso santo y hecho tan santo que podía santificar las ofrendas presentadas sobre él (Mateo 23:19). Cristo es nuestro altar. Por causa nuestra, él se santificó a sí mismo para que nosotros y nuestro servicio fueran hechos santos y aceptables para Dios (Juan 17:19).

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