Versículo destacado

Eclesiastés 7:23 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" He puesto a prueba todo esto mediante la sabiduría. Dije: «Seré sabio», pero ella estaba lejos de mí. "

Eclesiastés 7:23

menu_book El versículo en contexto

21 Tampoco prestes atención a todas las palabras que se dicen, para que no oigas a tu siervo maldecirte.

22 Porque muchas veces también tu propio corazón sabe que tú mismo igualmente has maldecido a otros.

23 He puesto a prueba todo esto mediante la sabiduría. Dije: «Seré sabio», pero ella estaba lejos de mí.

24 Lo que está lejos y es sumamente profundo, ¿quién puede descubrirlo?

25 Apliqué mi corazón a conocer, investigar y buscar la sabiduría y la razón de las cosas, y a conocer la maldad de la insensatez, y aun la necedad y la locura.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón ya había mostrado cuán vacío es el mundo y cómo no puede hacer felices a las personas. Aquí pasa a mostrar cuán malo es el pecado y cómo conduce inevitablemente a la miseria. Lo demuestra a partir de su propia experiencia, y fue una lección muy costosa. En este capítulo suena más como un hombre verdaderamente arrepentido que en casi cualquier otro momento del libro.

Mira hacia atrás, a todo lo que ha dicho, y deja claro que no está adivinando: «He puesto a prueba todo esto mediante la sabiduría» (Eclesiastés 7:23). Está diciendo que examinó cuidadosamente estas cosas y que sostiene lo que aprendió. También reconoce los límites de su propia sabiduría.

Su búsqueda fue sincera. Dios le había dado una sabiduría extraordinaria, y tuvo más oportunidades de crecer en conocimiento que cualquier otra persona. Por eso dijo: «Seré sabio». De verdad deseaba la sabiduría y la consideraba algo por lo que valía la pena esforzarse. Muchas personas no son sabias simplemente porque nunca deciden seriamente serlo.

No se limitó a desear la sabiduría, sino que trabajó arduamente para obtenerla. Se dedicó a conocer, investigar y buscar la sabiduría. No dejó ningún esfuerzo sin hacer. Quería comprender el conocimiento útil, los pensamientos profundos y las cosas de Dios. Si no se hubiera aplicado con tanta dedicación, habría sido vacío decir que sería sabio.

Salomón era un hombre muy talentoso, pero no usó eso como excusa para ser perezoso. Al contrario, sus capacidades debieron impulsarlo a ser aún más diligente. Cuanto mayores son las habilidades de una persona, más cuidadosa debe ser al usarlas bien. Salomón no se quedó en lo superficial. Quería profundizar, descubrir las razones detrás de las cosas y comprenderlas plenamente.

Sin embargo, sus logros no estuvieron a la altura de su esfuerzo. Deseaba la sabiduría, pero esta permanecía fuera de su alcance. Cuanto más aprendía, más veía cuánto ignoraba. Descubrió que algunas cosas estaban muy lejos y eran demasiado profundas para comprenderlas. En especial, se refiere a Dios mismo, junto con sus planes y sus obras.

Cuando intentaba penetrar en esos asuntos profundos, se encontraba detenido por la oscuridad. No podía explicarlos por completo ni ordenar con claridad sus pensamientos. Hay cosas que no se nos han dado a conocer. Pero bendito sea Dios: las cosas que debemos saber y hacer son suficientemente claras, y su palabra está cerca de nosotros (Proverbios 8:9). Las cosas secretas pertenecen a Dios, no a nosotros.

Es probable que Salomón también lamente aquí otra cosa: su propia ceguera pecaminosa. Sus placeres y las distracciones de la vida real quizá habían nublado su mente. Tal vez esas cosas le impidieron alcanzar la verdadera sabiduría que había deseado. Si fue así, esto solo aumenta su tristeza.

También dedicó su corazón a conocer el mal del pecado, la maldad de la necedad y la locura. Ese tipo de conocimiento es difícil de obtener porque el pecado se oculta. No quiere presentarse como pecado. Se envuelve en excusas y disfraces, de modo que a menudo necesitamos esforzarnos cuidadosamente para verlo con claridad.

Este conocimiento también es necesario para el arrepentimiento, es decir, para apartarse del pecado con dolor y con un cambio de corazón. Así como es necesario entender una enfermedad antes de tratarla, también es necesario comprender el pecado antes de lamentarlo y abandonarlo correctamente. Pablo valoraba la ley de Dios porque esta le mostraba su pecado (Romanos 7:7). En otro tiempo, Salomón había usado su mente para inventar placeres y dar lugar a los deseos de la carne, pero ahora que Dios le había abierto los ojos, se esforzaba con la misma seriedad por descubrir la vergüenza y el daño del pecado.

Las personas arrepentidas deben hablar del pecado con toda la firmeza que permita la verdad, porque nunca podemos decir demasiado en su contra. Salomón quería ver más de su pecaminosidad y de su necedad. Tal vez pensaba especialmente en su pecado con muchas mujeres extranjeras, que las Escrituras condenan más adelante (1 Reyes 11:1). En ese tiempo probablemente lo había tomado a la ligera, pero ahora veía su verdadera maldad.

Ese recuerdo pesaba mucho sobre su conciencia. Pensar en su maldad, su necedad y su locura le causaba un dolor profundo. Descubrió que ese recuerdo era más amargo que la muerte.

Cuanto más pensaba en ese pecado, más terror le producía, como si la muerte misma se hubiera apoderado de él. Eso sucede cuando una persona es verdaderamente convencida de pecado y lo ve con claridad delante de Dios. Para quienes se arrepienten de verdad, esos pecados se vuelven amargos, sumamente amargos, incluso mortales. La impureza sexual, por su propia naturaleza, es más dañina que la muerte misma. La muerte puede llegar a ser honorable e incluso tranquila, pero este pecado solo trae vergüenza y dolor (Proverbios 5:9, Proverbios 5:11).

También vio cuán peligrosa es la tentación hacia este pecado. Es extremadamente difícil, casi imposible, que alguien que entra en esa trampa escape del pecado, o que alguien que ha caído se recupere mediante el arrepentimiento. El corazón de la mujer adúltera está lleno de trampas y redes. Actúa con tanta habilidad y engaño como un cazador que atrapa a un ave insensata. Los caminos de quienes cometen esta clase de pecado engañan y destruyen, como trampas y redes. Las personas descuidadas son atraídas por el señuelo del placer. Lo toman con entusiasmo e imaginan que encontrarán satisfacción, pero quedan atrapadas antes de darse cuenta, y muchas veces quedan atrapadas sin posibilidad de recuperarse. Sus manos son como ataduras, porque bajo la apariencia de abrazos tiernos retiene a quienes ha atrapado. Quedan sujetos por las cuerdas de su propio pecado (Proverbios 5:22). La lujuria se hace más fuerte cuando se la alimenta, y su atractivo se vuelve más poderoso.

Consideró una gran señal del favor de Dios que la gracia de Dios mantuviera a una persona alejada de este pecado. «El que agrada a Dios» escapará de ella, ya sea porque Dios lo libra de la tentación o porque lo guarda de caer en ella. Cualquiera que haya sido librado de este pecado debe reconocer que Dios lo protege, no su propia fuerza o fuerza de voluntad. También debe considerarlo una gran misericordia. Y quien desee una gracia suficientemente fuerte para guardarlo de este pecado debe proponerse agradar a Dios en todo, obedeciendo sus mandamientos (Levítico 18:30).

También vio este pecado como una de las maneras en que Dios castiga otros pecados en esta vida: «Al pecador lo atrapará ella». Primero, quienes permiten que otros pecados gobiernen su mente y debiliten su conciencia son atraídos con mayor facilidad hacia este. Segundo, es justo que Dios deje a esas personas a merced de sí mismas y permita que caigan en él. Véanse (Romanos 1:26, Romanos 1:28, Efesios 4:18, Efesios 4:19). De esta manera, Salomón, horrorizado, casi se consideraba librado del pecado en el que una vez había caído.

Luego vio con mayor claridad que nunca la profunda corrupción de la naturaleza humana. Siguió la corriente hasta su fuente, como su padre lo había hecho antes en una ocasión parecida, al decir: «En maldad fui formado» (Salmo 51:5). Primero intentó contar sus pecados concretos: «Pensé que podría comprender mis errores y hacer una lista completa de ellos, al menos en sus aspectos principales. Pensé que podría contarlos uno por uno y obtener el registro completo». Quería encontrarlos como una persona arrepentida, para confesarlos más plenamente. En general, cuanto más cuidadosamente confesamos el pecado, más consuelo tenemos al saber que ha sido perdonado. También quería hacerlo como maestro, para poder advertir a otros con mayor claridad. Una verdadera convicción de un pecado nos llevará a examinar todo el conjunto de nuestros pecados, y cuanto más mal veamos en nosotros mismos, más cuidadosamente debemos buscar otras faltas, para que Dios nos muestre lo que todavía no vemos (Job 34:32).

Sin embargo, pronto descubrió que no podía terminar de contarlos. Vio que sus pecados eran incontables: «Mi alma sigue buscando esto y yo sigo contando, pero no puedo llegar al final. Continúo descubriendo cosas nuevas y terribles acerca de la desesperada maldad de mi propio corazón» (Jeremías 17:9, Jeremías 17:10). ¿Quién puede conocerlo? ¿Quién puede comprender sus propios errores? ¿Quién puede decir cuántas veces ofende? (Salmo 19:12). Si Dios entrara en juicio con él, o si él mismo se juzgara por todos sus pensamientos, palabras y acciones, no podría responder por uno de cada mil (Job 9:3). Lo muestra al comparar la corrupción de su propio corazón y de su vida con la corrupción del mundo que lo rodeaba, donde apenas podía encontrar a un hombre bueno entre mil. Incluso entre sus mil esposas y concubinas no encontró una sola mujer buena. Del mismo modo, al mirar sus propios pensamientos, palabras y acciones, y todo el curso de su vida, quizá podía encontrar un solo acto bueno entre mil en los aspectos más externos y serios de su vida, y nada más. Aun esos actos tenían alguna falta. Ya había dicho que había pecado incluso al hacer el bien. Pero en los aspectos de su vida entregados al placer y a la indulgencia personal, todo era malo. En esa parte de su vida no parecía haber siquiera una cosa buena entre mil. En nuestro corazón y en nuestra vida hay poco bien, en el mejor de los casos, y a veces no hay ninguno.

Esto no debe entenderse como una acusación contra las mujeres en general. Es probable que haya habido —y que todavía haya— más mujeres buenas que hombres buenos (Hechos 17:4, Hechos 17:12). Él está hablando desde su propia experiencia dolorosa. También podría estar señalando algo sobre lo que ya había advertido en sus proverbios: los peligros tanto del hombre malvado como de la mujer extraña o adúltera (Proverbios 2:12, Proverbios 2:16, Proverbios 4:14, Proverbios 5:3). Había observado que las mujeres malvadas a menudo empleaban más engaño y presentaban más peligro que los hombres malvados, y que sus artimañas eran más difíciles de detectar y evitar. Por eso compara el pecado con una mujer adúltera (Proverbios 9:13), y por eso dice que no podía comprender por completo el engaño de su propio corazón más de lo que podía entender los caminos de una mujer extraña, cuyos senderos son cambiantes e imposibles de seguir.

Así que reunió todas las corrientes del pecado real y las rastreó hasta la fuente de la corrupción original. La fuente de toda la necedad y la locura del mundo es que la humanidad se apartó de Dios y cayó de su condición recta original. «Esto es lo único que he encontrado», dice. Aunque no pudo ordenar todos los detalles, la verdad general era suficientemente clara. Es tan evidente como el sol que la humanidad se ha corrompido y se ha rebelado, y que ya no es lo que fue creada para ser. Observemos, primero, cómo Dios creó al ser humano con sabiduría y bondad: Dios creó al hombre recto, a Adán, el primer hombre, como dice el caldeo. Dios lo creó y lo hizo recto, apto para aquello que debía ser. Como criatura racional, fue creado en todos los sentidos como debía ser una criatura racional: recto y sin desorden en su interior. No se podía encontrar ninguna falta en él. Era recto, centrado únicamente en Dios, a diferencia de las muchas invenciones a las que después se desvió. El ser humano, tal como salió de las manos de Dios, era, por así decirlo, una pequeña imagen de su Creador, quien es bueno y recto.

En segundo lugar, esto muestra cuánto se ha dañado la naturaleza humana —y, en cierto sentido, cómo se ha deshecho— por su propia necedad y maldad. «Han buscado muchas invenciones» significa que las personas, comenzando con nuestros primeros padres, Adán y Eva, y continuando a través de toda la raza humana, se han apartado del buen regalo de Dios y han trazado sus propios caminos. Algunos entienden esta frase como «grandes invenciones», es decir, planes para alcanzar grandeza y ser como dioses (Génesis 3:5). Otros la entienden como las intrigas de los grandes, incluso de los ángeles caídos, o simplemente como muchos planes diferentes.

En vez de descansar en lo que Dios ya había provisto, las personas quisieron mejorarlo por sí mismas, como el hijo pródigo que dejó la casa de su padre para abrirse su propio camino. En vez de conformarse con una buena instrucción de Dios, quisieron muchas. En vez de vivir conforme al diseño de Dios, escogieron sus propias ideas y deseos. El orgullo humano se niega a permanecer dentro de los límites de la voluntad del Creador, y por eso las personas siguen corriendo tras sus planes cambiantes.

La persona necia quiere ser sabia, incluso más sabia que su Creador. Es inquieta e inestable en todo lo que persigue, y por eso inventa tantos planes. Quienes abandonan a Dios siguen vagando sin fin. Sus pecados concretos también se multiplican. Salomón no pudo contarlos todos (Eclesiastés 7:28), pero vio claramente que eran muchísimos. Hay muchas clases de pecado, y se repiten una y otra vez. Son más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza (Salmo 40:12).

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