Versículo destacado

Eclesiastés 7:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" La sabiduría es buena junto con una herencia, y por ella hay provecho para los que ven el sol. "

Eclesiastés 7:11

menu_book El versículo en contexto

9 No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo reposa en el seno de los necios.

10 No digas: «¿Cuál es la causa de que los días anteriores fueran mejores que estos?», porque no preguntas sabiamente acerca de esto.

11 La sabiduría es buena junto con una herencia, y por ella hay provecho para los que ven el sol.

12 Porque la sabiduría es una defensa, y el dinero es una defensa; pero la excelencia del conocimiento consiste en que la sabiduría da vida a quienes la poseen.

13 Considera la obra de Dios, porque ¿quién puede enderezar lo que él ha torcido?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón recomienda aquí la sabiduría como el mejor remedio para los problemas y las frustraciones que sentimos en este mundo. El mundo está lleno de vanidad, decepción y dolor; por eso, la sabiduría no es una ayuda pequeña, sino grande. Salomón presenta razones para valorar la sabiduría y también instrucciones prácticas para vivir conforme a ella.

Necesitamos sabiduría si queremos administrar bien los bienes de este mundo. «La sabiduría es buena junto con una herencia», porque una herencia sirve de poco sin sabiduría. Una persona puede tener una gran propiedad, incluso una que haya recibido de su familia, y aun así desperdiciarla si no sabe usarla correctamente. La sabiduría no solo es útil para los pobres, ayudándolos a vivir contentos; también es útil para los ricos, porque los protege del daño que puede causar la riqueza y los ayuda a hacer el bien con ella. La sabiduría hace útil a una persona por sí misma, pero la riqueza unida a la sabiduría ofrece aún más oportunidades de servir a los demás y de «ganar amigos» (Lucas 16:9).

La sabiduría también es buena para nosotros durante todo el curso de la vida bajo el sol. Produce un beneficio real para quienes viven en este mundo, tanto para la persona sabia como para quienes la rodean. Es agradable ver el sol (Eclesiastés 11:7), pero la sabiduría ofrece un gozo más profundo y mejor. La vista física nos ayuda a realizar nuestro trabajo diario (Juan 11:9), pero sin sabiduría, incluso esa ventaja es limitada. El buen juicio vale más que una vista aguda.

La sabiduría también brinda seguridad. Es como una sombra, como la protección de una gran roca en una tierra seca y agotadora. La sabiduría es una defensa, y el dinero también puede servir como defensa. Una persona sabia puede convertir su sabiduría en una ciudad fortificada, así como una persona rica puede usar su riqueza como protección. Tanto la sabiduría como el dinero ofrecen cierta clase de refugio, pero la sabiduría es el escudo mayor. El dinero puede proteger un campo como una cerca de espinos, pero la sabiduría guarda el corazón y la vida de una manera más profunda.

La sabiduría también es gozo y verdadera felicidad. Esto es especialmente cierto de la sabiduría divina, es decir, del conocimiento de Dios, que es mejor que el dinero y que la astucia humana. El temor del Señor, que significa reverencia y santo respeto hacia Dios, es sabiduría y es vida. No solo conserva la vida natural; también da vida espiritual y señala hacia la vida eterna. La riqueza puede poner a una persona en peligro, pero la verdadera sabiduría la protege. Por eso, es mucho mejor obtener sabiduría que oro.

La sabiduría también da fuerza. Fortalece el espíritu de la persona sabia y la hace firme y estable, porque se apoya en un terreno seguro. Fortalece su influencia, le gana amigos y le da honra. También la ayuda a perseverar en el servicio y en el sufrimiento, y la protege contra los ataques. De ese modo, la sabiduría es más fuerte que diez hombres poderosos que intentaran defender una ciudad. Quienes son verdaderamente sabios y buenos están bajo el cuidado de Dios, y eso es más seguro que cualquier protección humana.

También debemos mirar a Dios en todo lo que nos sucede. «Considera la obra de Dios» significa que debemos pensar cuidadosamente en su mano presente en nuestras circunstancias. Eso calmará nuestras quejas por los acontecimientos difíciles. No debemos hablar en contra de lo que Dios ha hecho. Sus obras son sabias, justas y buenas, y al final demostrarán haber sido para bien. Debemos darle gloria por todo lo que hace con nosotros y procurar ajustarnos a su propósito.

También debemos recordar que no podemos cambiar la obra de Dios. «¿Quién podrá enderezar lo que él ha torcido?». Si Dios trae dificultades, ¿quién puede producir paz? Si cierra el camino con espinos, ¿quién puede obligarlo a quedar despejado? Si se dictan juicios, ¿quién puede detenerlos? Puesto que no podemos mejorar lo que Dios hace, debemos sacar el mejor provecho de ello.

También debemos adaptarnos a las distintas maneras en que la providencia, es decir, el gobierno sabio de Dios sobre nuestra vida, trata con nosotros, y cumplir con el deber de cada día conforme se presenta. En este mundo, la prosperidad y la adversidad suelen estar una junto a la otra. Distintas personas las experimentan al mismo tiempo, y una misma persona puede conocer ambas a la vez. Las dos vienen de Dios. Él ha puesto una frente a la otra para que veamos lo rápido que puede cambiar la vida. Esto debe enseñarnos a no aferrarnos demasiado a la prosperidad y a estar preparados para lo que venga, confiando en la providencia de Dios y sin pretender que podemos asegurar el futuro.

Nuestra fe debe permanecer igual en toda condición, pero la manera de expresarla debe corresponder a nuestra situación externa. En un día de prosperidad —y solo es un día— debemos alegrarnos, seguir haciendo el bien, recibir los bienes y servir al Señor con un corazón gozoso en medio de la abundancia.

Cuando la vida marcha bien, regocíjate en Dios, alábalo y deja que el gozo del Señor sea tu fuerza. En un tiempo de dificultad —y esa dificultad solo dura un tiempo— reflexiona. Los momentos de sufrimiento son apropiados para meditar, porque Dios nos llama a pensar en ellos (Hageo 1:5). Si nunca nos detenemos a preguntar por qué está tratando con nosotros de esa manera, perderemos el bien que él quiere producir por medio de nuestro dolor. Pensar cuidadosamente es necesario tanto para comprender nuestro sufrimiento como para mantenernos firmes en medio de él.

Tampoco debemos sorprendernos cuando a las personas malvadas les vaya muy bien o cuando los justos sufran las peores dificultades en esta vida (Eclesiastés 7:15). La sabiduría nos ayuda a interpretar estas partes oscuras de la providencia de Dios, su gobierno sabio sobre la vida, de una manera que concuerde con su sabiduría, santidad, bondad y fidelidad. No debemos pensar que esto es algo extraño. Salomón dice que vio muchas situaciones así en su propio tiempo, y que fueron tan inquietantes y confusas para él como cualquier otra cosa que hubiera visto.

Aunque Salomón era un hombre muy sabio y grande, llamó a su vida «los días de mi vanidad», porque los mejores días en la tierra están vacíos en comparación con la eternidad. Tal vez también se refería a los días en que se apartó de Dios, pues esos sí fueron días de vanidad. Recordaba que algo que lo había tentado hacia la incredulidad, o al menos hacia la indiferencia religiosa, era ver morir a personas justas mientras hacían lo correcto. Una gran piedad no siempre protege a las personas de un gran sufrimiento y, en ocasiones, incluso las expone al peor daño causado por hombres malvados e irracionales. Nabot y, antes que él, Abel murieron mientras vivían rectamente.

También vio que personas malvadas alargaban sus vidas en su maldad. Siguen viviendo, envejecen y se hacen fuertes en poder (Job 21:7); mediante el fraude y la violencia, a menudo evitan la justicia humana. Ante esto, se nos dice que consideremos la obra de Dios y que no permitamos que nos haga tropezar. Los sufrimientos de los justos los están preparando para una bendición futura, mientras que los malvados, aunque sus vidas se prolonguen, solo están madurando para la ruina. Se acerca un día de juicio que pondrá en orden lo que ahora parece desordenado, para la gloria de Dios y la plena satisfacción de su pueblo. Hasta entonces, debemos esperar con paciencia.

La sabiduría es útil tanto para guiar a los santos en su camino como para refrenar a los pecadores en el suyo. A los santos los anima a continuar en la justicia, pero también les advierte que no vayan a los extremos. Una persona justa puede morir mientras hace lo correcto, pero no debe traer problemas sobre sí misma por su imprudencia y luego culpar a Dios por tratarla injustamente. «No seas demasiado justo» (Eclesiastés 7:16). Al hacer lo correcto, usa prudencia. No permitas que el celo por Dios te lleve al exceso, a la ira o a acciones que no correspondan a tu llamado o que perjudiquen tus intereses.

Incluso algo bueno puede llevarse demasiado lejos. La abnegación y el dominio de los deseos del cuerpo son buenos, pero si perjudican nuestra salud y nos hacen menos capaces de servir a Dios, entonces estamos siendo demasiado justos. Reprender el pecado es correcto, pero arrojar las cosas santas a personas que solo se volverán para despedazarnos también es ser demasiado justos. «No seas demasiado sabio». Esto significa que no debes enorgullecerte de tu propio juicio. No actúes como si fueras gobernante sobre todos ni finjas que puedes juzgar todas las cosas y a todas las personas. No te conviertas en crítico de todo lo que se dice o se hace, ni te entrometas continuamente en los asuntos de los demás como si lo supieras todo y pudieras hacerlo todo. ¿Por qué destruirte a ti mismo, como suelen hacerlo los necios al meterse en conflictos que no les corresponden? ¿Por qué provocar a las autoridades y correr hacia el peligro mediante discusiones innecesarias o tratando de salir de tu lugar para corregir cada injusticia que ves? Sé sabio y cuidadoso.

Esta misma sabiduría también frena a los pecadores, aunque no los lleve a todos a abandonar sus pecados. Aun así, puede impedir que se vuelvan desenfrenadamente malvados. Es verdad que hay personas malvadas que prolongan su vida en su maldad (Eclesiastés 7:15), pero nadie debe pensar que eso significa que puede ser tan malvado como quiera sin consecuencias. «No seas demasiado malo» (Eclesiastés 7:17), ni te apresures a pecar de manera imprudente. Muchos que no temen a Dios ni tienen miedo del infierno todavía evitarán, si es que reflexionan, los pecados que arruinan su salud, desperdician su dinero o los ponen bajo la justicia pública.

Salomón también presenta estas advertencias prácticas. El magistrado, que gobierna en el ámbito civil, no lleva la espada sin motivo. Vigila atentamente y actúa con firmeza contra el mal; por eso es motivo de temor para quienes hacen lo malo. Así que ten cuidado de no ponerte al alcance de su autoridad ni seas tan insensato como para exponerte al peligro bajo la ley; no tiene sentido morir antes de tiempo.

Es probable que Salomón tuviera en mente a algunos de sus propios súbditos: hombres descontentos con su gobierno que, poco después de su muerte, se rebelaron. Algunos quizá criticaban los pecados de su gobernante y usaban eso como pretexto para rebelarse. A ellos les dice que no sean demasiado justos. Otros estaban cansados de la severidad del gobierno y del servicio del templo, y querían otro rey. Salomón advierte a ambos grupos contra la rebeldía, y también advierte a los demás que no se unan a quienes siempre están ansiosos por provocar cambios.

La sabiduría también nos mantiene alejados de los extremos y nos sostiene en el camino sencillo, seguro y recto del deber (Eclesiastés 7:18). Es bueno aferrarse a esta sabiduría, a ese cuidado que evita que caigamos en una trampa. No la sueltes. Mantén un control firme sobre la rienda que refrena tus pasiones intensas, como se controla a un caballo o a una mula sin entendimiento. Si aflojas ese control, todo se desbordará rápidamente, como el agua de un recipiente abierto, y no será fácil recuperar el dominio propio.

Sé sincero, pero también prudente. Entrénate en esto. Gobierna tu vida con constancia según los principios de la fe, y descubrirás que quien teme a Dios escapa de muchas trampas y dificultades que arruinan a otros. El temor del Señor es la sabiduría que puede sacarnos de las situaciones más enredadas. La honestidad sigue siendo el mejor camino. Quienes verdaderamente temen a Dios tienen un solo propósito delante de ellos, y por eso caminan con firmeza.

Dios también ha prometido guiar a quienes lo temen y conducirlos no solo por el camino correcto, sino también fuera del peligro (Salmo 37:23-24). La sabiduría nos enseña a tratar con los pecados y las ofensas de otras personas, que a menudo perturban nuestra paz más que cualquier otra cosa y nos causan tanto culpa como tristeza. Nos libra de esperar una conducta perfecta de los demás, porque nosotros no somos perfectos y nadie más lo es tampoco, ni siquiera los mejores.

Esta verdad fortalece a las personas sabias y las protege de los problemas que surgen cuando se sienten ofendidas (Eclesiastés 7:19). Recuerdan que las personas con quienes viven y trabajan no son ángeles, sino hijos e hijas pecadores de Adán. Aun las mejores personas siguen siendo pecadoras; por eso no hay nadie en la tierra que siempre haga lo correcto y nunca peque (Eclesiastés 7:20). Salomón dijo esto en su oración (1 Reyes 8:46), en sus proverbios (Proverbios 20:9) y aquí nuevamente en su enseñanza.

El punto es claro. A las personas justas se las reconoce porque hacen el bien, así como un árbol se conoce por su fruto. Pero aun las mejores personas, y las que hacen más bien, no están libres de pecado. Quienes son santos todavía no viven sin pecado mientras permanecen en este mundo. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos. Pecamos incluso en nuestras buenas acciones, porque siempre hay algo que falta y, a veces, algo incorrecto en nuestros mejores esfuerzos.

Lo que es bueno en esencia y agradable a Dios todavía no se hace tan bien como debería hacerse, y dejar de hacer lo que debemos hacer también es pecado. Sin embargo, esta debilidad pertenece únicamente a los justos mientras están en la tierra. Cuando son liberados del cuerpo, sus espíritus son hechos perfectos en santidad (Hebreos 12:23), y en el cielo hacen el bien y no pecan.

La sabiduría también nos enseña a no ser demasiado estrictos al notar las ofensas ni a resentirlas. A menudo debemos pasar por alto los males que nos hacen y actuar como si no los hubiéramos visto (Eclesiastés 7:21). No debemos prestar atención a cada palabra que se diga contra nosotros ni permitir que se arraigue en el corazón. No te angusties por los comentarios groseros o las sospechas acerca de ti; sé como una persona sorda que no oye nada (Salmo 38:13-14).

No sigas preguntando qué dicen de ti. Si hablan bien, eso puede alimentar tu orgullo; si hablan mal, puede despertar tu enojo. Más bien, asegúrate de agradar a Dios y de tener una buena conciencia, y después no te preocupes por lo que diga la gente.

Quienes escuchan los chismes rara vez oyen algo bueno acerca de sí mismos. Si prestas atención a cada palabra que se dice contra ti, podrías llegar a oír que tu propio siervo te maldice cuando cree que no puedes escucharlo. Tal vez solo sea un rumor y el chismoso esté mintiendo (Proverbios 29:12). Pero aun si fuera verdad, y escucharas que tu propio siervo te culpa, te desprecia o te maldice, eso no es razón para permitir que tu paz sea destruida.

Un siervo debería proteger tu buen nombre, así como protege tus otros intereses. Quizá sea un siervo a quien trataste con bondad, y por eso su mal comportamiento te duele todavía más. O quizá lo trataste injustamente; aunque no se atreva a decírtelo en la cara, se lo dice a otros y hasta a Dios. Entonces tu propia conciencia estará de acuerdo con él, y eso será aún más difícil de soportar.

El buen nombre de una persona importante a menudo queda a merced del siervo más insignificante. Y con frecuencia se dicen de nosotros más cosas malas de las que imaginamos, incluso personas de quienes menos lo esperábamos. No protegemos nuestra paz, ni siquiera nuestra reputación, si prestamos atención a cada palabra hiriente que se dice contra nosotros. Es más fácil pasar por alto veinte ofensas de ese tipo que vengarse de una sola.

La sabiduría también nos recuerda nuestras propias faltas (Eclesiastés 7:22). Si la gente habla mal de ti o desea hacerte daño, tu propia conciencia puede recordarte que tú también has hablado mal de otros y les has deseado el mal. Entonces simplemente estás recibiendo lo mismo que diste. Cuando alguien nos insulta o nos hace daño, es sabio examinarnos y considerar si nosotros hemos hecho lo mismo, o algo peor, a otros.

Si descubrimos que así ha sido, debemos aprovechar ese momento para arrepentirnos otra vez, reconocer la justicia de Dios y calmar nuestro enojo. Si realmente nos duele haber hablado mal de otros y haberlos juzgado, seremos menos propensos a resentirnos cuando ellos hagan lo mismo con nosotros. Debemos tratar a todos con amabilidad, porque nosotros también fuimos necios alguna vez (Tito 3:2-3; Mateo 7:1-2; Santiago 3:1-2).

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