Versículo destacado

Eclesiastés 11:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás. "

Eclesiastés 11:1

menu_book El versículo en contexto

1 Echa tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás.

2 Da una porción a siete, y también a ocho, porque no sabes qué mal vendrá sobre la tierra.

3 Si las nubes están llenas de lluvia, se vacían sobre la tierra; y si el árbol cae hacia el sur o hacia el norte, en el lugar donde caiga el árbol, allí quedará.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Salomón había exhortado muchas veces en este libro a las personas ricas a disfrutar correctamente de sus bienes. Aquí las anima a usarlos para hacer el bien, especialmente para dar con generosidad a los pobres. Esa generosidad no será olvidada y un día contará a su favor.

Dice: «Echa tu pan sobre las aguas». Algunos entienden que esto se refiere a esparcir grano sobre tierra húmeda, como un agricultor que siembra y guarda menos para su propia mesa. En esa imagen, la persona generosa da de lo que podría haber reservado para sí misma, confiando en que Dios le dará la cosecha más adelante. Como dice la Escritura, todo lo que una persona siembra, eso también cosechará (Gálatas 6:7).

Las aguas también pueden representar a muchas personas, especialmente a los pobres, porque siempre hay muchos que necesitan ayuda. Los pobres también son personas afligidas; por eso, el mandato es darles un apoyo verdadero, no solo palabras amables (Isaías 58:7). Debe ser tu pan, ganado honradamente, porque regalar lo que no te pertenece no es caridad, sino causar daño. Haz primero lo correcto y luego ama la misericordia.

«Reparte a siete, y aun a ocho» significa, en otras palabras, estar dispuesto a hacer el bien con generosidad. Si tienes mucho, da mucho, no solo una pequeña parte. Da una porción adecuada, una medida completa, como enseñó después Jesús: «Buena medida» (Lucas 6:38). Y no dejes de ayudar después de haber apoyado a unas pocas personas, porque la caridad debe seguir creciendo conforme aumentan las necesidades.

Luego Salomón da razones para este mandato. Primero, la recompensa es segura. Si echas tu pan sobre las aguas, puede parecer que se perdió, pero lo hallarás después de muchos días. Como el agricultor que más tarde recoge la semilla que sembró, o el comerciante que recibe una gran ganancia, quien da no perderá lo que entrega. Dios recompensa las obras generosas por medio de su providencia, su gracia y su consuelo, y el verdadero tesoro queda guardado con seguridad en el cielo.

Segundo, la oportunidad de hacer el bien es incierta. No sabes qué dificultad puede venir sobre la tierra, ni cuándo podrías perder tus bienes y dejar de tener la capacidad de dar. Puesto que los tiempos difíciles pueden llegar en cualquier momento, la sabiduría aconseja hacer el bien mientras puedas. Algunas personas usan esta incertidumbre como razón para retener lo que tienen, pero debería movernos a mostrar misericordia ahora, para que en una dificultad futura tengamos el consuelo de haber ayudado a otros cuando pudimos hacerlo.

Salomón también responde a las excusas. Algunos dicen: «Lo que tengo es mío y debo guardarlo para mí». Pero mira las nubes. Cuando están llenas de lluvia, la derraman sobre la tierra hasta vaciarse (Job 37:11). Si los cielos son tan generosos con la tierra humilde, ¿por qué una persona se negaría a ayudar a otro ser humano? Otros dicen que tienen un corazón caritativo, aunque den muy poco. Pero la verdadera caridad se demuestra con acciones, porque la fe y el amor deben extenderse hacia quienes tienen necesidad (Santiago 2:15-16).

Otros dicen que su posición en la vida es demasiado insignificante para hacer mucho bien. Piensan que no pueden hacer lo que hacen las personas más conocidas o influyentes, y por eso no hacen nada. Pero cada persona debe ser una bendición allí donde Dios la ha puesto. Dondequiera que estemos, podemos encontrar una obra buena que hacer si estamos dispuestos.

Algunas personas objetan: «Muchos piden ayuda sin merecerla, y no sé a quién debo dar». Salomón responde: «No te angusties por eso. Da con tanta sabiduría como puedas y luego queda en paz». Aunque más tarde esa persona demostrara no ser digna de la ayuda, no perderás tu recompensa si diste con un corazón sincero. No importa hacia dónde vaya tu caridad, al norte o al sur: aun así te traerá beneficio.

A menudo esto se aplica a la muerte. Por eso, hagamos el bien y llevemos fruto de justicia, como árboles buenos, porque pronto la muerte nos derribará. Entonces entraremos en un estado permanente de felicidad o de sufrimiento, conforme a lo que hicimos mientras estábamos en el cuerpo. Así como un árbol queda donde cae, al morir, así probablemente permanecerá por la eternidad.

Otros se quejan de los muchos obstáculos que encuentran al dar. Se han burlado de ellos, acusándolos de ser orgullosos o de querer llamar la atención. Tal vez tienen poco para dar, pero temen que los menosprecien si no dan tanto como otros. Les preocupa que sus hijos necesiten después ese dinero, o que los impuestos y otros gastos los presionen. También no saben cómo se usará su donación ni qué pensarán los demás de ella. Salomón responde a todas esas preocupaciones con una sola frase: «El que mira las nubes no siembra» (Eclesiastés 11:4). Es decir, si una persona siempre espera a que desaparezca todo obstáculo antes de hacer el bien, nunca logrará hacer nada.

El agricultor tendría una mala cosecha si se negara a sembrar por cada nube pasajera o dejara de recoger la cosecha por cada ráfaga de viento. Los deberes de la fe son tan necesarios como sembrar y cosechar, y también son buenos para nosotros. Las dificultades que encontramos en ellos son como vientos y nubes. Un poco de valor y determinación nos ayudará a atravesarlas. Quienes se apartan de grandes deberes por problemas pequeños y aparentes nunca lograrán mucho en la vida de fe. Siempre habrá algún viento o alguna nube, al menos en nuestra imaginación, que intente desanimarnos. Sin embargo, los vientos y las nubes están en las manos de Dios, y él los usa para probarnos. Nuestra fe nos llama a soportar las dificultades.

Otros dicen: «No vemos cómo se nos devolverá lo que gastamos en caridad. No nos sentimos más ricos. ¿Por qué debemos confiar en la promesa de bendición para la persona generosa si no podemos ver cómo se cumple?». Salomón responde: «No conoces la obra de Dios, y no te corresponde conocerla. Ten la seguridad de que él cumplirá su promesa, aunque no te muestre cómo lo hará. Él obra a su manera, conforme a su sabio propósito, que nadie puede comprender por completo. Actuará, y nadie podrá detenerlo. También actuará, y nadie podrá dirigirlo. Su bendición obrará en silencio, pero con seguridad. La obra de Dios siempre estará de acuerdo con su palabra, la veamos o no».

Él muestra nuestra ignorancia acerca de la obra de Dios mediante dos ejemplos. Primero, no conocemos el camino del viento, o del espíritu, como traducen algunos. No sabemos de dónde viene, adónde va ni cuándo cambiará de dirección. Los marineros esperan el viento y permanecen preparados hasta que cambie a su favor; de la misma manera, nosotros debemos cumplir con nuestro deber mientras esperamos el momento que Dios ha escogido para bendecirnos. Esto también puede entenderse como una referencia al alma humana. Sabemos que Dios nos hizo y nos dio nuestra alma, pero no sabemos cómo entra en el cuerpo, cómo se une a él, cómo le da vida ni cómo obra dentro de él. El alma es un misterio incluso para sí misma; no es extraño, entonces, que la obra de Dios sea un misterio para nosotros.

Segundo, no sabemos cómo se forman los huesos en el vientre de una mujer embarazada. No podemos explicar por completo cómo se forma el cuerpo ni cómo recibe un alma. Ambas cosas son obra de Dios; las aceptamos, pero no podemos seguir todo el proceso. No dudamos que un niño nacerá, aunque no sepamos cómo se forma. De la misma manera, no debemos dudar de que Dios cumplirá su promesa, aunque no podamos ver cómo todo está obrando para que se cumpla. Podemos confiar en que Dios proveerá lo necesario sin que tengamos que preocuparnos con ansiedad, y en que recompensará nuestra caridad, porque nuestros propios cuerpos fueron formados maravillosamente en secreto y nuestras almas llegaron a ellos sin que nosotros lo planeáramos ni lo supiéramos. Este es el mismo punto que enseña nuestro Salvador en (Mateo 6:25). La vida, el alma viviente que Dios nos ha dado, es más que el alimento, y el cuerpo que Dios formó es más que la ropa. Por tanto, el Dios que hizo por nosotros lo mayor puede confiarse plenamente para que haga también lo menor.

Otros dicen: «Hemos sido generosos, hemos dado mucho a los pobres y aun así no hemos visto ningún resultado. Han pasado muchos días y no hemos recibido nada de vuelta». Salomón responde: «Sigue adelante. Continúa haciendo el bien y no dejes pasar tus oportunidades». «Por la mañana siembra tu semilla», dice, refiriéndose a las personas que se presentan primero ante ti, «y por la tarde no retengas tu mano». No uses el cansancio como excusa. Mientras tengas la oportunidad, sigue haciendo el bien de alguna manera durante todo el día, como un agricultor que continúa sembrando desde la mañana hasta la noche.

Esto se aplica a las obras de bondad durante la juventud, cuando tienes poco para dar y apenas estás comenzando tu vida. También se aplica a la vejez, cuando las personas suelen sentirse tentadas a volverse más tacañas. Aun entonces, no retengas tu mano. No te excuses de los actos de caridad pensando únicamente en dejar dinero en un testamento. Sigue haciendo el bien hasta el final, porque no sabes cuál obra de caridad o de piedad prosperará, si esta o aquella, ya sea para beneficio de otros o para el tuyo. Sin embargo, tienes razones para esperar que ambas produzcan bien. No te canses de hacer lo correcto, porque a su debido tiempo, en el tiempo de Dios, que es el mejor tiempo, cosecharás (Gálatas 6:9).

Esto también se aplica a la caridad espiritual: nuestros esfuerzos fieles por ayudar al alma de otras personas. Sigamos perseverando en esos esfuerzos, porque aunque hayamos trabajado durante mucho tiempo sin ver resultados visibles, todavía podemos ver frutos al final. Los ministros, durante el tiempo de la siembra, deben seguir sembrando tanto por la mañana como por la tarde, porque ¿quién puede saber cuál esfuerzo prosperará?

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