Versículo destacado
Deuteronomio 9:7 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Recuerda y no olvides cómo provocaste a ira al SEÑOR tu Dios en el desierto. Desde el día en que saliste de la tierra de Egipto hasta que ustedes llegaron a este lugar, se han rebelado contra el SEÑOR. "
Deuteronomio 9:7
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
5 No por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón entras para poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones el SEÑOR tu Dios las expulsa de delante de ti, y para cumplir la palabra que el SEÑOR juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.
6 Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios no te da esta buena tierra para que la poseas por tu justicia, porque eres un pueblo de dura cerviz.
7 Recuerda y no olvides cómo provocaste a ira al SEÑOR tu Dios en el desierto. Desde el día en que saliste de la tierra de Egipto hasta que ustedes llegaron a este lugar, se han rebelado contra el SEÑOR.
8 También en Horeb provocaron a ira al SEÑOR, y el SEÑOR se enojó con ustedes hasta querer destruirlos.
9 Cuando subí al monte para recibir las tablas de piedra, las tablas del pacto que el SEÑOR hizo con ustedes, permanecí en el monte cuarenta días y cuarenta noches; no comí pan ni bebí agua.
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Moisés no les deja lugar para pensar que Dios los llevó a Canaán porque fueran justos. Les recuerda que fue un milagro de misericordia que no hubieran sido destruidos antes en el desierto: «Recuerda y no olvides cómo provocaste a ira al SEÑOR tu Dios» (Deuteronomio 9:7). Lejos de haber ganado el favor de Dios, muchas veces se habían puesto bajo su ira.
Moisés también pone sobre ellos la culpa de sus padres. Si Dios hubiera tratado a sus padres como merecían, esta generación nunca habría existido, mucho menos habría entrado en Canaán. Tendemos a olvidar nuestros pecados, especialmente cuando ya pasó el dolor de la disciplina, por lo que necesitamos que nos los recuerden con frecuencia. Eso nos impide imaginar que estamos delante de Dios por nuestra propia bondad. Pablo usa la culpa de toda la humanidad para mostrar que nadie puede ser declarado justo delante de Dios, es decir, justificado, por sus propias obras (Romanos 3:19, Romanos 3:20). Si nuestras obras nos condenan, no pueden salvarnos.
Habían sido un pueblo provocador desde que salieron de Egipto (Deuteronomio 9:7). Durante cuarenta años, Dios y Moisés sufrieron a causa de ellos. Al despedirse, Moisés les deja una palabra muy triste: «Desde el día en que los conocí, ustedes han sido rebeldes» (Deuteronomio 9:24). Casi tan pronto como se convirtieron en una nación, se rebelaron contra Dios y su gobierno. Los libros de Moisés solo registran unos pocos acontecimientos de los primeros y de los últimos años de esos cuarenta años, pero este resumen muestra que los años restantes fueron muy parecidos: un largo patrón de provocación contra Dios.
Incluso en Horeb, el monte donde Dios les dio la ley, hicieron un becerro y lo adoraron (Deuteronomio 9:8). Este pecado fue especialmente terrible porque ocurrió precisamente donde Dios había prohibido adorar imágenes, mientras el monte todavía ardía delante de sus ojos y mientras Moisés estaba en la montaña recibiendo para ellos la ley escrita. Se apartaron rápidamente (Deuteronomio 9:16). La rapidez con que pecaron hizo que su culpa fuera todavía mayor.
Dios se enojó mucho con ellos por ese pecado. No debían pensar que Dios había pasado por alto su maldad y les había dado Canaán porque hubiera algo bueno en ellos. No; Dios había decidido destruirlos (Deuteronomio 9:8), y podía haberlo hecho fácilmente. Incluso le dijo a Moisés que lo dejara solo para poder ejecutar el juicio (Deuteronomio 9:13, Deuteronomio 9:14). Esto mostró la gravedad de su pecado, porque Dios nunca se enoja sin razón, aunque las personas muchas veces sí lo hacen. Moisés mismo, aunque era amigo de Dios y su siervo escogido, se estremeció al ver desde el cielo esa ira contra el pecado del pueblo (Deuteronomio 9:19). «Tu juicio me llena de temor» (Salmos 119:120).
Con su pecado, quebrantaron el pacto con Dios y perdieron los privilegios de ese pacto. Moisés lo mostró al romper las tablas de la ley (Deuteronomio 9:17). Era como si les hubieran entregado un acta de divorcio y, desde ese momento, hubieran podido ser justamente rechazados para siempre. Esto los dejó sin derecho a reclamar ninguna justicia propia. En efecto, Dios los había rechazado cuando le dijo a Moisés: «Es tu pueblo; no es mi pueblo» (Deuteronomio 9:12).
Aarón, el hermano de Moisés y sacerdote de Israel, también quedó bajo la ira de Dios, aunque era un hombre santo y solo había sido arrastrado al pecado por miedo o por sorpresa: «El SEÑOR se enojó mucho con Aarón» (Deuteronomio 9:20). La posición ni la reputación de nadie pueden protegerlo de la ira de Dios si participa en el mal. Aarón debía hacer expiación y ofrecer sacrificios por el pueblo, pero él mismo quedó bajo juicio. Esto muestra lo poco que consideraron lo que estaban haciendo cuando lo arrastraron a participar.
Moisés necesitó pasar mucho tiempo en ayuno y oración para apartar la ira de Dios y evitar que el pueblo quedara totalmente arruinado. Ayunó y oró durante cuarenta días y cuarenta noches antes de obtener el perdón para ellos (Deuteronomio 9:18). Algunos piensan que esto ocurrió dos veces, durante otros cuarenta días (Deuteronomio 9:25), porque Moisés dice: «Me postré delante del SEÑOR». Otros creen que fue un solo período de cuarenta días mencionado dos veces, como en Deuteronomio 10:10. De cualquier manera, esto muestra cuán grande era el desagrado de Dios y qué tan cerca estuvieron de la destrucción. Aquí también vemos algo de la ira de Dios contra toda la humanidad: nada menos que su Hijo, nada menos que su propia sangre, podía apartarla.
Moisés les comunica lo esencial de su oración por ellos. Tuvo que confesar su terquedad, maldad y pecado (Deuteronomio 9:27). Su situación era muy grave, pues ni siquiera su defensor podía decir algo bueno acerca de ellos. Solo pudo señalar las grandes cosas que Dios había hecho por ellos, y eso hacía que su pecado fuera aún peor (Deuteronomio 9:26). También pudo mencionar que descendían de buenos antepasados (Deuteronomio 9:27), aunque eso igualmente podía volverse en su contra, porque hacía que su rebelión fuera peor, no mejor. Además, argumentó que los egipcios se burlarían de Dios si destruía a Israel, como si él no pudiera terminar lo que había comenzado (Deuteronomio 9:28). Incluso esa súplica podía haber sido respondida, porque importa poco lo que digan los egipcios cuando los cielos proclaman la justicia de Dios. Así que su rescate de la ruina se debió por completo a la misericordia de Dios y a la urgente oración de Moisés, no a ningún mérito de ellos.
Para hacerles sentir más profundamente el peligro en que habían estado, Moisés describe en detalle la destrucción del becerro que habían hecho (Deuteronomio 9:21). Lo llama «su pecado», quizá porque era el objeto de su pecado y también porque destruirlo servía como testimonio contra su pecado y mostraba lo que los mismos pecadores merecían. Los que hicieron el ídolo eran semejantes a él, y no habría sido injusto que hubieran sido reducidos a polvo, triturados, esparcidos y dejados sin nada. Fue pura misericordia que Dios aceptara la destrucción del ídolo en lugar de destruir a quienes lo adoraban.
Incluso después de ese escape por poco, siguieron provocando al SEÑOR una y otra vez. Moisés solo necesitaba mencionar los lugares, porque sus nombres ya conservaban el recuerdo del pecado o del castigo (Deuteronomio 9:22). En Tabera, «incendio», Dios envió fuego entre ellos porque se quejaron. En Masá, «prueba», desafiaron el poder de Dios para ayudarlos. En Kibrot-hataava, «las tumbas del deseo», la comida que tanto anhelaban se convirtió en su veneno. Después de esos pecados vinieron su incredulidad y desconfianza en Cades-barnea, que Moisés ya había descrito.
Si hubieran sido tratados conforme a sus propios méritos, esos pecados los habrían arruinado por completo. Moisés los menciona otra vez más adelante en este capítulo (Deuteronomio 9:23), porque quiere que el pueblo vea aquí la misma verdad. Cualquier bondad que Dios les mostrara después, al derrotar a sus enemigos y darles la tierra de Canaán, no sería porque fueran justos.
Es bueno que recordemos con frecuencia nuestros pecados pasados, con tristeza y vergüenza. Debemos volver a mirar lo que la conciencia registra contra nosotros, para ver cuánto debemos a la gracia gratuita, el favor inmerecido de Dios. Entonces admitiremos sinceramente que nunca ganamos de parte de Dios nada excepto su ira y la maldición.
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De este capítulo
Deuteronomio 9:1
"Escucha, Israel: hoy vas a cruzar el Jordán para entrar y apoderarte de naciones más grandes y poderosas que tú, y de ciudades grandes y fortificadas hasta el cielo,"
Deuteronomio 9:2
"un pueblo grande y alto, los hijos de los anaceos, a quienes conoces y de quienes has oído decir: ¿Quién puede mantenerse en pie ante los hijos de Anac?"
Deuteronomio 9:3
"Reconoce, pues, hoy que el SEÑOR tu Dios es quien va delante de ti. Como fuego consumidor, él los destruirá y los derribará ante ti; así los expulsarás y los destruirás rápidamente, como el SEÑOR te ha dicho."
Deuteronomio 9:4
"Después que el SEÑOR tu Dios los haya expulsado de delante de ti, no digas en tu corazón: Por mi justicia el SEÑOR me ha hecho entrar para poseer esta tierra; sino que por la maldad de estas naciones el SEÑOR las expulsa de delante de ti."
Deuteronomio 9:5
"No por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón entras para poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones el SEÑOR tu Dios las expulsa de delante de ti, y para cumplir la palabra que el SEÑOR juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob."
Deuteronomio 9:6
"Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios no te da esta buena tierra para que la poseas por tu justicia, porque eres un pueblo de dura cerviz."
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