Versículo destacado

Deuteronomio 8:10 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Cuando hayas comido y estés saciado, bendecirás al SEÑOR tu Dios por la buena tierra que te ha dado. "

Deuteronomio 8:10

menu_book El versículo en contexto

8 una tierra de trigo, cebada, vides, higueras y granados; una tierra de aceite de oliva y miel;

9 Una tierra donde comerás pan sin escasez y no te faltará nada en ella; una tierra cuyas piedras son hierro y de cuyas colinas podrás extraer latón.

10 Cuando hayas comido y estés saciado, bendecirás al SEÑOR tu Dios por la buena tierra que te ha dado.

11 Cuídate de no olvidar al SEÑOR tu Dios al dejar de guardar sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos, que yo te mando hoy;

12 no sea que, cuando hayas comido y estés saciado, y hayas edificado buenas casas y habitado en ellas;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Moisés ya había hablado de la gran abundancia que encontrarían en la tierra de Canaán. Por eso ahora les advierte que no hagan mal uso de esa abundancia, pues serían todavía más propensos a caer en ese pecado después de pasar directamente de un desierto árido a la viña del SEÑOR.

Primero les señala el deber que acompaña a la prosperidad, en Deuteronomio 8:10. Se les permite comer hasta quedar satisfechos, pero no hasta el exceso ni la indulgencia. Siempre deben recordar quién les dio el alimento y nunca dejar de darle gracias después de comer: «Entonces bendecirás al SEÑOR tu Dios». Deben cuidarse de no comer ni beber tanto que queden incapacitados para bendecir a Dios; más bien, deben hacerlo con mayor alegría y libertad.

También deben evitar cualquier participación en la práctica de quienes, después de comer y quedar satisfechos, bendecían a dioses falsos. Israel había hecho eso cuando adoró al becerro de oro (Éxodo 32:6). Cualquiera que sea el consuelo que recibamos, Dios debe recibir el honor por él. Así como nuestro Salvador nos enseñó a bendecir a Dios antes de comer (Mateo 14:19-20), este pasaje nos enseña a bendecirlo después de comer. Antes de la comida decimos, en esencia: «Dios bendiga». Después de la comida decimos: «Bendito sea Dios». En todo debemos dar gracias.

A partir de este mandamiento, los judíos fieles adoptaron más adelante la buena práctica de bendecir a Dios no solo en sus comidas principales, sino también en otras ocasiones. Si bebían una copa de vino, decían: «Bendito sea el que creó el fruto de la vid para alegrar el corazón». Si olían una flor, decían: «Bendito sea el que hizo dulce esta flor». Cuando daban gracias a Dios por los productos de la tierra, también debían darle gracias por la tierra misma, que les había sido dada por promesa. Cada regalo agradable que recibimos debería llevarnos a agradecer a Dios por el lugar y las circunstancias que hicieron posible ese regalo. Es difícil negar que nosotros también tenemos muchas razones para agradecer a Dios por una buena tierra.

Luego Moisés los prepara contra las tentaciones que acompañan a la prosperidad y les dice que permanezcan alerta. Cuando estén establecidos en casas hermosas que no construyeron (Deuteronomio 8:12), y cuando aumenten sus rebaños, su plata y su oro (Deuteronomio 8:13), deberán tener cuidado. Incluso Abraham, el padre de los creyentes, era rico en ganado, plata y oro (Génesis 13:2); aun así, las riquezas pueden convertirse en una trampa.

El primer peligro es el orgullo. «Cuídate», dice, «para que no se eleve tu corazón» (Deuteronomio 8:14). Cuando aumentan las posesiones de una persona, a menudo también se eleva su opinión de sí misma, su autosatisfacción y su confianza en sus propias fuerzas. Debemos esforzarnos por conservar un espíritu humilde cuando ocupamos una posición elevada. La humildad es tanto un consuelo como un adorno en tiempos de éxito. También deben cuidarse de decir en su corazón: «Mi poder y la fuerza de mi mano me han conseguido esta riqueza» (Deuteronomio 8:17). Nunca debemos atribuirnos el mérito de nuestra prosperidad ni afirmar que es resultado únicamente de nuestra capacidad o nuestro trabajo. «No siempre les va bien a los sabios, ni las riquezas a los entendidos» (Eclesiastés 9:11). Darnos el crédito de esa manera es una forma de idolatría espiritual, semejante a ofrecer sacrificios a nuestra propia red (Habacuc 1:16).

El segundo peligro es olvidarse de Dios. Esto se deriva naturalmente del orgullo, porque la persona orgullosa no busca a Dios (Salmo 10:4). Quienes se admiran a sí mismos pronto comienzan a despreciar a Dios. No deben olvidar su deber para con Dios (Deuteronomio 8:11). Nos olvidamos de Dios cuando no guardamos sus mandamientos. Si no obedecemos su ley, olvidamos su autoridad sobre nosotros, nuestro deber para con él y nuestra esperanza en él. Cuando las personas se vuelven ricas, sienten la tentación de pensar que la religión es innecesaria. Se creen demasiado importantes para inclinarse y demasiado libres para servir. Pero es una vergonzosa muestra de ingratitud que, cuanto mejor es Dios con nosotros, peor nos volvamos hacia él.

Tampoco deben olvidar lo que Dios ya había hecho por ellos. Él los sacó de Egipto (Deuteronomio 8:14). Los sostuvo en el desierto, aquel desierto grande y terrible. Nunca deben perder el recuerdo de lo aterrador que era ese desierto, que Jeremías describe más adelante como una tierra de profunda oscuridad, como la sombra de la muerte (Jeremías 2:6). Allí Dios los protegió de serpientes venenosas y escorpiones, aunque en ocasiones usó esas dificultades para corregirlos. Allí evitó que murieran de sed al darles agua de una roca de pedernal (Deuteronomio 8:15). Como observa el obispo Patrick, de una roca así uno habría esperado fuego en vez de agua. Allí los alimentó con maná, como ya se había dicho (Deuteronomio 8:3), y cuidó de ellos para hacerles bien al final (Deuteronomio 8:16). Dios a menudo reserva lo mejor para el final en la vida de su pueblo. Aunque parezca tratarlos con dureza durante el camino, al final no dejará de hacerles bien.

Tampoco deben olvidar la mano de Dios en su prosperidad presente (Deuteronomio 8:18). Él es quien les da las riquezas, porque les da la capacidad para obtenerlas. Aquí vemos cómo se relacionan el dar de Dios y nuestro esfuerzo por obtener; esto también se aplica a las riquezas espirituales. Es nuestro deber buscar la sabiduría y, por encima de todo, adquirir entendimiento; sin embargo, sigue siendo la gracia de Dios la que da la sabiduría. Cuando la obtenemos, no debemos decir: «Mi mano me la consiguió». Más bien, debemos reconocer que Dios nos dio la capacidad para obtenerla, y por eso la alabanza le pertenece a él. La bendición del SEÑOR sobre el trabajo diligente hace rica a una persona, tanto para esta vida como para la venidera. Él da la capacidad para obtener riquezas, no principalmente para hacernos sentir cómodos, sino para que guardemos su pacto y cumplamos sus promesas.

Luego Moisés repite la seria advertencia que les había dado muchas veces acerca del resultado mortal de apartarse de Dios (Deuteronomio 8:19-20). El pecado se describe como olvidarse de Dios y después adorar a otros dioses. ¿A qué mal no caerán las personas si mantienen a Dios fuera de sus pensamientos? Una vez que el corazón se aparta de Dios, pronto se vuelve hacia cosas falsas y vacías. El castigo también es claro: si hacen esto, ciertamente perecerán. La fuerza de sus propias manos no los salvará. Perecerán igual que las naciones que Dios expulsó delante de ellos. Si no obedecen y permanecen fieles a Dios, él no los tratará mejor que a esas naciones, aunque había hecho un pacto con ellos y los había tomado como su propio pueblo. Quienes siguen a otros en el pecado ciertamente los seguirán también hacia la destrucción. Si hacemos lo que hacen los pecadores, debemos esperar compartir su destino.

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