Versículo destacado
Deuteronomio 8:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Todos los mandamientos que te mando hoy, ustedes cuidarán de cumplirlos, para que vivan, se multipliquen, entren y posean la tierra que el SEÑOR juró dar a sus padres. "
Deuteronomio 8:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Todos los mandamientos que te mando hoy, ustedes cuidarán de cumplirlos, para que vivan, se multipliquen, entren y posean la tierra que el SEÑOR juró dar a sus padres.
2 Y recordarás todo el camino por el que el SEÑOR tu Dios te condujo estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías sus mandamientos o no.
3 Él te humilló, te dejó tener hambre y te alimentó con maná, que tú no conocías ni tampoco conocían tus padres, para hacerte saber que el hombre no vive solo de pan, sino que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca del SEÑOR.
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El mandamiento dado aquí es el mismo de antes: guardar y cumplir todos los mandamientos de Dios. Su obediencia debía ser cuidadosa, completa y surgir de un corazón recto. Debían obedecer con reverencia a Dios como el SEÑOR y su Dios, y con santo temor, es decir, con respeto por su grandeza, sumisión a su autoridad y temor de su ira (Deuteronomio 8:6).
Para llevarlos a la obediencia, Moisés los hace recordar el desierto. Debían recordar todo el camino por el que el SEÑOR su Dios los había guiado durante esos cuarenta años (Deuteronomio 8:2). Ahora que estaban llegando a la madurez y listos para recibir su herencia, necesitaban recordar la disciplina a la que habían estado sujetos durante sus años de formación. El desierto fue como una escuela donde Dios los alojó y les enseñó bajo tutores y protectores.
Esos cuarenta años estuvieron llenos de acontecimientos dignos de recordar. Les daban muchas razones para obedecer a Dios, y quedaron registrados con ese propósito. Así como la Pascua conmemoraba su rescate de Egipto, la Fiesta de los Tabernáculos recordaba su viaje por el desierto. Es bueno que recordemos todas las maneras en que Dios nos ha guiado, tanto por su providencia como por su gracia, para que lo sirvamos con alegría y confiemos en él. Debemos levantar nuestro propio Eben-ezer, un monumento que recuerde la ayuda de Dios.
Debían recordar las dificultades que habían enfrentado. Esto debía humillarlos, para que no se volvieran orgullosos por los muchos milagros que Dios había hecho por ellos. También debía impedir que confiaran demasiado en sí mismos, como si fueran a llegar a Canaán inmediatamente y sin ningún peligro. Dios usó esas pruebas para mostrar lo que había en sus corazones. Los estaba poniendo a prueba, para que ellos y los demás pudieran ver su propia terquedad y pecaminosidad. Dios ya conocía perfectamente sus corazones, pero ellos necesitaban aprender que no los había escogido por haber algo bueno en ellos.
Muchos de los mandamientos que Dios les dio solo tenían sentido porque los había guiado por el desierto. Las instrucciones acerca del maná son un ejemplo (Éxodo 16:28). De esta manera, Dios los puso a prueba, así como los árboles del huerto pusieron a prueba a Adán y Eva, para ver si guardarían sus mandamientos. También estaba comprobando si confiarían en sus promesas y luego obedecerían sus mandamientos apoyándose en esas promesas.
También debían recordar las provisiones que Dios les había dado durante todo el camino. Dios cuidó de manera especial su alimento, su ropa y su salud; ¿qué más necesitaban? Les dio maná como alimento (Deuteronomio 8:3). Primero permitió que tuvieran hambre y después los alimentó, para que su necesidad hiciera más dulce la provisión y más evidente la bondad de Dios. A menudo Dios humilla a su pueblo para recibir el honor de levantarlo. Así, el maná del consuelo celestial se da a quienes tienen hambre y sed de justicia (Mateo 5:6). Para un alma hambrienta, aun la comida amarga sabe dulce.
El maná era algo que ni ellos ni sus padres habían conocido. Aunque algunos piensan que en esas tierras se conocía una especie de alimento producido por el rocío, nunca había aparecido en cantidades tan grandes, con tanta regularidad, en todas las estaciones, durante tanto tiempo y en un solo lugar. Era completamente milagroso y no tenía precedente. El SEÑOR creó algo nuevo para suplir su necesidad. Con esto les enseñó que el ser humano no vive solo de pan. Dios ha establecido el pan para sostener la vida humana y normalmente es su sustento, pero Dios no está limitado a él. Cuando quiere, puede sostener y alimentar a su pueblo sin pan o por medios que parecen muy poco probables. Incluso podríamos vivir del aire si Dios lo apartara para ese propósito mediante su palabra. Dios no está sujeto a los medios habituales que utiliza, sino que puede cumplir sus buenos propósitos para su pueblo aun sin ellos.
Jesús usó este versículo para responder a la tentación de Satanás, cuando Satanás le dijo que ordenara que las piedras se convirtieran en pan (Mateo 4:3-4). En esencia, la respuesta de Cristo fue: «¿Por qué habría de hacer eso? Mi Padre celestial puede mantenerme con vida sin pan». Que ninguno de los hijos de Dios desconfíe de su Padre ni use atajos pecaminosos para satisfacer sus necesidades. De una manera u otra, Dios proveerá para ellos mientras caminan en el cumplimiento de su deber y trabajan con honestidad, y verdaderamente serán alimentados.
Esto también tiene un significado espiritual. La palabra de Dios, recibida por fe como la revelación de su voluntad y su gracia, es alimento para el alma. Una vida sostenida por esa palabra es más plena que una vida mantenida únicamente por el pan. El maná señalaba de antemano a Cristo, el pan de vida. Él es la Palabra de Dios, y por medio de él vivimos. Que el Señor siga dándonos ese pan que permanece hasta la vida eterna, y no permita que nos conformemos con un alimento que solo dura un momento.
Su ropa también duró durante todo el viaje de Egipto a Canaán, al menos para la mayoría de ellos. Aunque no tenían cambios de ropa nuevos, sus prendas no se desgastaron ni envejecieron mientras las usaban (Deuteronomio 8:4). Fue un milagro permanente. Tal vez haya sido aún más sorprendente si, como dicen los judíos, la ropa crecía con ellos y siempre les quedaba a la medida. Sin embargo, está claro que salieron de Egipto con bultos de ropa sobre los hombros (Éxodo 12:34), y que esas prendas, junto con las que llevaban puestas, fueron suficientes hasta que llegaron a una tierra donde pudieron conseguir ropa nueva.
Al alimentarlos y vestirlos de esa manera, Dios los humilló. Era humillante estar atados durante cuarenta años a la misma comida, sin variedad, y al mismo estilo de ropa. De esa manera les enseñó que las cosas buenas que había planeado para ellos eran imágenes de cosas mayores. La felicidad humana no consiste en vestir de púrpura y lino fino ni en comer abundantemente todos los días, sino en ser llevados a una relación de pacto y comunión con Dios, y en aprender sus justos decretos. La ley de Dios, dada a Israel en el desierto, debía ser para ellos como alimento y vestido.
También los puso a prueba para ver si podían confiar en él cuando fallaran la ayuda habitual y los apoyos naturales. De esta manera, les enseñó a depender de la providencia y a no cargarse con una preocupación ansiosa por lo que comerían, beberían o vestirían.
Cristo quería que sus discípulos aprendieran la misma lección (Mateo 6:25). También la enseñó de manera similar cuando envió a sus discípulos sin bolsa ni provisiones, y aun así se aseguró de que no les faltara nada (Lucas 22:35).
Dios también cuidó de su salud y comodidad. Aunque viajaron a pie por una región seca, sobre terreno áspero y sin caminos, sus pies no se hincharon. Dios los protegió del daño durante las dificultades del viaje, y nosotros debemos recordar con gratitud misericordias como esta. Quienes siguen la dirección de Dios no solo están seguros, sino también en paz. Nuestros pies no se hinchan mientras permanecemos en el camino del deber. El camino del pecado es el que resulta difícil (Proverbios 13:15). Dios había prometido guardar los pies de sus santos, su pueblo santo (1 Samuel 2:9).
También debían recordar la disciplina a la que habían estado sujetos durante esos años, como dice el versículo 5. Durante sus años de formación, habían estado bajo una disciplina estricta, y no sin razón. Así como un hombre disciplina a su hijo para su bien, porque lo ama, el SEÑOR su Dios los disciplinaba. Dios es un Padre amoroso y tierno para todos sus hijos; sin embargo, cuando es necesario, ellos sienten el dolor de la vara. Israel lo sintió. Fueron disciplinados para no ser condenados, y Dios los disciplinó por medios humanos. Dios no actuó como un hombre que hiere y mata a sus enemigos con el propósito de destruirlos. Actuó como un padre que disciplina a su hijo con el propósito de darle felicidad y bienestar. De esta manera, Dios los disciplinó y les enseñó (Salmos 94:12).
Debían tomar esto en serio. Eso significa que debían reconocer, a partir de su propia experiencia, que Dios los había corregido con amor paternal. Esto debía llevarlos a mostrarle una reverencia y una obediencia propias de hijos. Puesto que Dios te ha disciplinado como un padre, debes guardar sus mandamientos (versículo 6). Este es el uso correcto que debemos hacer de todas nuestras dificultades. Permitamos que nos impulsen y nos fortalezcan en el cumplimiento de nuestro deber.
Por eso se les dice que miren hacia atrás, al desierto. Moisés también los dirige a mirar hacia adelante, hacia Canaán, la tierra a la que Dios los estaba llevando. No importa hacia dónde miremos: tanto nuestra experiencia pasada como nuestra esperanza futura deben darnos razones para obedecer.
La tierra que estaban a punto de poseer es descrita como una tierra muy buena, llena de todo lo deseable (versículos 7-9). Tenía abundante agua, como Edén, el huerto del SEÑOR. Contaba con arroyos, manantiales y pozos profundos, todo lo cual ayudaba a que el suelo produjera abundantemente. Tal vez ahora había allí más agua que en los tiempos de Abraham, porque los cananeos habían encontrado y excavado pozos. De esa manera, Israel se beneficiaría tanto de la abundancia de Dios como del trabajo de otros.
La tierra también produciría abundancia de toda clase de bienes, no solo para las necesidades básicas, sino también para el bienestar y el disfrute. En la tierra de sus padres tendrían suficiente pan. Sería una tierra de cereales, de trigo y cebada, donde el trabajo común del campo les daría alimento sin escasez. Sería una tierra fértil, que solo quedaría estéril por causa del pecado de quienes vivieran en ella. No tendrían únicamente suficiente agua para beber, sino también viñas, cuyo fruto se daba para alegrar el corazón. Si deseaban alimentos más exquisitos, no tendrían que buscarlos lejos. Su propia tierra tendría higueras, granados, olivos de la mejor calidad y miel, o quizá palmeras datileras, como algunos creen que significa esta palabra.
Hasta el suelo mismo sería rico. Podría parecer que no tendrían plata ni oro, pues estos metales serían traídos más tarde como regalos por los príncipes de Sabá (Salmos 72:10, Salmos 72:15). Sin embargo, tendrían en abundancia metales más útiles: hierro y bronce. En sus colinas se encontrarían mineral de hierro y minas de bronce (Job 28:2).
Estas cosas se mencionan por varias razones. En primer lugar, muestran la gran diferencia entre el desierto por el que Dios los había guiado y la buena tierra a la que los estaba llevando. Quienes soportan las dificultades con paciencia y sumisión, y aprenden humildad por medio de ellas, quedan mejor preparados para tiempos mejores.
En segundo lugar, estas bendiciones muestran cuánto le debían a Dios en gratitud y también cuánto dependía su bienestar de obedecerle. La única manera de conservar la posesión de aquella buena tierra sería permanecer en el camino del deber.
En tercer lugar, muestran que aquella tierra era una imagen de cosas mejores que vendrían. Más allá de lo que otros pudieran haber visto, es probable que Moisés viera en ella una imagen de una patria mejor. La iglesia del evangelio es el Canaán del Nuevo Testamento, regado por el Espíritu mediante sus dones y gracias, plantado con árboles de justicia y lleno de fruto justo. El cielo es la buena tierra donde nada falta y donde hay plenitud de gozo.
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De este capítulo
Deuteronomio 8:2
"Y recordarás todo el camino por el que el SEÑOR tu Dios te condujo estos cuarenta años en el desierto, para humillarte y ponerte a prueba, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías sus mandamientos o no."
Deuteronomio 8:3
"Él te humilló, te dejó tener hambre y te alimentó con maná, que tú no conocías ni tampoco conocían tus padres, para hacerte saber que el hombre no vive solo de pan, sino que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca del SEÑOR."
Deuteronomio 8:4
"Tu ropa no se gastó sobre ti, ni se te hinchó el pie durante estos cuarenta años."
Deuteronomio 8:5
"También considerarás en tu corazón que, así como un hombre disciplina a su hijo, el SEÑOR tu Dios te disciplina a ti."
Deuteronomio 8:6
"Por tanto, guardarás los mandamientos del SEÑOR tu Dios, andarás en sus caminos y le temerás."
Deuteronomio 8:7
"Porque el SEÑOR tu Dios te lleva a una buena tierra, una tierra de arroyos de agua, de fuentes y de aguas profundas que brotan de valles y colinas;"
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