Versículo destacado
Deuteronomio 29:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Hoy todos ustedes están ante el SEÑOR su Dios: los jefes de sus tribus, sus ancianos y sus oficiales, junto con todos los hombres de Israel, "
Deuteronomio 29:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Tomamos su tierra y la dimos como herencia a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés.
9 Guarden, pues, las palabras de este pacto y cúmplanlas, para que prosperen en todo lo que hagan.
10 Hoy todos ustedes están ante el SEÑOR su Dios: los jefes de sus tribus, sus ancianos y sus oficiales, junto con todos los hombres de Israel,
11 sus pequeños, sus esposas y el extranjero que está en tu campamento, desde el que corta tu leña hasta el que saca tu agua,
12 para que entres en el pacto del SEÑOR tu Dios y en su juramento, que el SEÑOR tu Dios hace contigo hoy;
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Las palabras de Moisés aquí son más extensas, completas y enérgicas de lo habitual, porque está llegando al final de su discurso. Habla con mucha seriedad y quiere que este pueblo descuidado sienta el peso de lo que está diciendo. Para comprometerlos más firmemente con Dios y con su deber, habla con gran solemnidad y, por así decirlo, renueva su pacto con Dios. Esto ocupa el lugar de la ceremonia externa usada en Éxodo 24:4 y siguientes, y es un pacto que Dios no olvidará, aunque ellos tampoco deben olvidarlo jamás.
Moisés no les pide una nueva votación formal. Les presenta claramente el asunto y lo deja delante de Dios y de sus propias conciencias. El pacto es con el SEÑOR su Dios, y ellos deben entregarse completamente a él. Esto exige sinceridad, seriedad, humildad y reverencia, porque están tratando con un Dios grande, que los conoce por completo y tiene plena autoridad sobre ellos.
Todo el pueblo queda incluido en este pacto. Sus líderes, los jefes de las tribus, los ancianos y los oficiales no deben pensar que está por debajo de su dignidad someterse al gobierno de Dios. Al contrario, deben ir delante y dar un buen ejemplo a quienes están bajo su autoridad. También están incluidas las esposas y los hijos, aunque no fueran contados de la misma manera, así como los pequeños que podían ser cargados en brazos. Hasta los niños pequeños pueden ser incluidos en el pacto con Dios, y sus padres deben llevarlos consigo.
También queda incluido el extranjero que vive en su campamento, si se ha apartado de los ídolos para acudir al Dios verdadero. Esto muestra desde temprano la bondad de Dios hacia las naciones fuera de Israel y anticipa la misericordia que más adelante mostraría a los gentiles, es decir, a los pueblos no judíos. Ni siquiera quedan excluidos los trabajadores de menor rango, los leñadores y los que acarreaban agua. Nadie es demasiado importante para someterse al pacto, y nadie es demasiado insignificante para compartir sus bendiciones. En Cristo no hay diferencia entre esclavo y libre (Colosenses 3:11), y si una persona fue llamada siendo esclava, no debe angustiarse por ello (1 Corintios 7:21).
Este pacto también incluye a quienes no estaban físicamente presentes ese día. Eso significa que quienes se encontraban en casa por enfermedad o por asuntos necesarios seguían sujetos a él, porque compartían las bendiciones comunes de la nación. También incluye a las generaciones futuras, incluso a quienes todavía no habían nacido. De esa manera, el pacto apunta hacia adelante como una imagen del pacto de gracia, el acuerdo salvador de Dios con su pueblo, y da un testimonio firme del Mediador, aquel que nos trae ese pacto y que es el mismo ayer, hoy y para siempre.
El corazón del pacto es sencillo: Dios los tomará como su pueblo, y ellos deben vivir como su pueblo. Han de ser establecidos para él, consagrados a él y depender de él. A cambio, él será su Dios, conforme al pacto hecho con sus padres, Abraham, Isaac y Jacob, quienes son presentados como ejemplos de fe y obediencia. Si las personas consideran su relación con Dios y el deber que acompaña el pertenecerle, eso basta para guiarlas tanto a los deberes como a los consuelos del pacto.
La razón principal para renovar aquí el pacto era protegerlos contra la idolatría, es decir, la adoración de dioses falsos. Otros pecados podían arruinarlos, pero este era el que más probablemente destruiría a la nación. Moisés les recuerda el peligro que enfrentaban: habían vivido en Egipto, una tierra llena de adoración a los ídolos, y quizá todavía quedaban entre ellos rastros de esa influencia. También habían pasado por otras naciones, como los edomitas y los moabitas, y habían visto sus prácticas detestables y sus ídolos. Algunos podían sentirse atraídos por esos dioses visibles, hechos de madera o piedra, porque podían verlos, en lugar de adorar al Dios invisible, a quien nunca habían visto.
Moisés les da una advertencia clara. Si se apartan de Dios para acudir a los ídolos, lo hacen bajo su propio riesgo. Si los mandamientos del pacto no los detienen, entonces lo harán las maldiciones del pacto. La idolatría traería primero la ruina de las personas y luego la de sus familias. El peligro comienza en el corazón, en el apartarse interiormente de Dios. Por la incredulidad y por el atractivo de sus propios deseos y fantasías, una persona se aleja del Dios vivo y se vuelve a los ídolos muertos. Cuando las personas empiezan a descuidar a Dios, es fácil que se dejen llevar tras otros dioses. Y si eligen a otros dioses, en realidad se están apartando del Dios verdadero, porque él no compartirá su lugar con rivales. Él será todo o nada.
En segundo lugar, el adorador falso es como una raíz que produce veneno amargo, hiel y ajenjo. Es una persona peligrosa, envenenada por creencias y deseos malignos. En secreto desprecia al Dios de Israel y sus mandamientos, mientras admira a los dioses de las naciones. Por eso usa todos los medios a su alcance para corromper a otros y llevarlos a la idolatría, la adoración de dioses falsos. Su fruto es como el veneno, tal como dice Oseas 10:4, y como el ajenjo. Eso ofende profundamente a Dios y terminará en amargura para todos los que sean engañados por él.
El apóstol advierte sobre el mismo tipo de peligro en Hebreos 12:15. Tales personas son como maleza en un campo. Si se las deja crecer, se extienden por todo el campo. Un poco de levadura puede fermentar toda la masa. Del mismo modo, una pequeña cantidad de enseñanza falsa puede infectar a toda una comunidad.
En tercer lugar, esta persona se siente segura bajo el sol; es decir, se promete paz a sí misma mientras continúa viviendo en pecado. En Deuteronomio 29:19 escucha las palabras de la maldición, de modo que no puede alegar ignorancia. Sin embargo, sigue bendiciéndose en su propio corazón. Piensa que estará a salvo de la ira del Dios de Israel porque confía en sus ídolos. En efecto, dice: «Tendré paz», aunque sigue sus propias fantasías en vez del mandamiento de Dios. La frase «añadir la embriaguez a la sed» significa seguir sumando un pecado a otro.
Los idólatras a menudo eran como borrachos. Estaban fuertemente apegados a sus ídolos y también se esforzaban por atraer a otros. Su adoración solía ir acompañada de comportamientos desenfrenados y banquetes (1 Pedro 4:3), así que esto también es una advertencia para los borrachos, especialmente para los borrachos de Efraín. Siguen regresando a su pecado aun después de haber sufrido sus consecuencias (Proverbios 23:35). Quienes se emborrachaban en honor de los ídolos estaban entre los peores borrachos. Muchas personas están bajo la maldición de Dios y, aun así, se bendicen a sí mismas, pero solo se engañan. Las personas están cerca de la ruina y es poco probable que se arrepientan cuando se han convencido de que tendrán paz mientras continúan en pecado. La embriaguez endurece el corazón y adormece la conciencia tanto como cualquier otro pecado. También atrae extrañamente a las personas, incluso después de que ya han sufrido por ella, y muchas veces intentan arrastrar a otros consigo (Habacuc 2:15). La idolatría atrapa de la misma manera.
En cuarto lugar, el juicio de Dios contra una persona así es justo y severo, tanto por el pecado como por el insulto arrogante de decir que tendrá paz mientras continúa rebelándose. Eso equivale a llamar mentira a la verdad eterna (Génesis 3:4). Hay pocas advertencias en toda la Escritura más aterradoras que esta. Quienes pecan deliberadamente deberían leerla y temblar. No es una táctica para asustar a los niños o a los necios. Es una declaración real de la ira de Dios contra la maldad y la conducta perversa de los seres humanos (Deuteronomio 29:20-21).
El SEÑOR no tendrá compasión de él. Los días de demora que ha despreciado llegarán a su fin, y la misericordia no será recordada en medio del juicio. La ira y los celos del SEÑOR, su ira más intensa, arderán contra él como un horno. Las maldiciones escritas en la ley reposarán sobre él; no solo lo asustarán por un momento, sino que permanecerán sobre él y lo arrastrarán hasta lo más profundo del infierno (Juan 3:36). Su nombre será borrado; es decir, él mismo será eliminado, y su memoria se marchitará y desaparecerá con él. Será apartado para el mal, que es el significado más claro de una maldición. Quedará separado de toda felicidad y de toda esperanza de alcanzarla, señalado para la miseria sin remedio. Todo esto ocurrirá conforme a las maldiciones del pacto, las más temibles de todas, porque son el juicio justo por haber abusado de la gracia.
La idolatría también arruinaría a la nación. Traería plagas sobre la tierra que había permitido que esa raíz de amargura creciera y se extendiera. Hasta donde se extendiera el pecado, también se extendería el juicio. La ruina se describe como algo que comenzaría con plagas y enfermedades (Deuteronomio 29:22), juicios menores destinados a hacerlos volver. Si eso no daba resultado, terminaría en una destrucción total, como la de Sodoma (Deuteronomio 29:23). La tierra de Canaán alguna vez había sido fértil como el jardín del SEÑOR, pero se convertiría en un lugar desolado y estéril, como lo ha sido desde su última destrucción a manos de los romanos. El lago de Sodoma estaba cerca de la tierra de Israel, así que era una advertencia constante contra la maldad de Sodoma. Pero como no prestarían atención a la advertencia, llegarían a ser como Sodoma tanto en su ruina como en su pecado.
Las generaciones futuras preguntarían por la razón de esta destrucción (Deuteronomio 29:22). Verían que su nación se había convertido en lo contrario de lo que alguna vez fue, y se asombrarían al comparar su historia con la promesa. El extranjero, las naciones vecinas y también personas individuales preguntarían: «¿Por qué ha hecho el SEÑOR esto con esta tierra?» (Deuteronomio 29:24). Las grandes ruinas suelen dejar asombrados a quienes las contemplan (1 Reyes 9:8, 9; Jeremías 22:8, 9). Cuando el juicio comienza por la propia casa de Dios, es tiempo de que los vecinos tiemblen (1 Pedro 4:17).
La pregunta es muy precisa: ¿por qué le ha sucedido esto a esta tierra, a esta buena tierra, la gloria de todas las tierras, la tierra que fluye leche y miel? Es lamentable que una tierra tan buena haya quedado desolada. Pero es algo aún más grave: es la tierra santa, la tierra de Israel, un pueblo que tenía un pacto con Dios. Es la tierra de Emanuel, una tierra donde Dios era conocido y adorado, y aun así quedó devastada. No es algo nuevo que Dios traiga un juicio desolador sobre un pueblo que, en su profesión externa, está cerca de él (Amós 3:2). Él nunca lo hace sin una buena razón. Es correcto que preguntemos cuál es esa razón, para dar gloria a Dios y aprender una advertencia para nosotros mismos.
Luego se da claramente la razón. Todos dirían que ocurrió porque habían abandonado el pacto del SEÑOR, el Dios de sus antepasados (Deuteronomio 29:25). Dios nunca abandona a las personas antes de que ellas lo abandonen a él. Quienes se apartan del Dios de sus antepasados son justamente expulsados de la herencia de sus antepasados. Se fueron a servir a otros dioses (Deuteronomio 29:26), dioses que no conocían y a los que no les debían nada en gratitud ni en obediencia. Dios no entregó las criaturas para que nosotros las sirviéramos, sino para que nos sirvieran. Incluso el bien que recibían de ellas solo era posible porque Dios lo permitía. Por eso, nos debemos al Creador y no a las criaturas.
Por esta razón Dios se enojó con ellos (Deuteronomio 29:27), y en su enojo los arrancó de la tierra (Deuteronomio 29:28). Así que, por terrible que haya sido la desolación, el SEÑOR fue justo al permitirla, como reconoce Daniel 9:11-14.
La ley de Moisés deja a los pecadores bajo la maldición y los expulsa de la tierra del SEÑOR. Pero la gracia de Cristo hacia los pecadores arrepentidos y creyentes los vuelve a plantar en su tierra, y nunca volverán a ser arrancados, porque son guardados por el poder de Dios (Amós 9:15).
Moisés termina su profecía sobre el rechazo de los judíos de una manera muy parecida a como Pablo termina más adelante su enseñanza sobre el mismo tema, cuando comenzó a cumplirse: «¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus juicios e imposibles de rastrear sus caminos!» (Romanos 11:33). Aquí Moisés dice: «Las cosas secretas pertenecen al SEÑOR nuestro Dios» (Deuteronomio 29:29). Algunos entienden esto como una sola oración: las cosas secretas del SEÑOR nuestro Dios nos han sido reveladas a nosotros y a nuestros hijos, en la medida en que necesitamos conocerlas, y él no ha tratado así con las demás naciones. Pero es mejor entenderlo como dos oraciones.
Primero, se nos advierte que no intentemos descubrir los planes ocultos de Dios ni resolverlos por nuestra cuenta. Dios ya dio una respuesta completa a la pregunta: «¿Por qué ha hecho el SEÑOR esto con esta tierra?». Esa respuesta basta para demostrar la justicia de Dios y advertirnos a nosotros. Pero si alguien pregunta además por qué Dios empleó tantos milagros para formar un pueblo así, aunque claramente sabía de antemano que se rebelaría y terminaría en ruina; por qué no lo evitó mediante su gracia todopoderosa; o qué se propone hacer todavía con ese pueblo, esas son preguntas que no pueden responderse y que, por tanto, no deberíamos hacer. Es presuntuoso investigar los misterios del gobierno de Dios o indagar en asuntos que él no nos ha dado a conocer (Hechos 1:7; Juan 21:22; Colosenses 2:18).
Segundo, se nos dice que sigamos estudiando lo que Dios ha dado a conocer. «Las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos». Aunque Dios ha mantenido oculta gran parte de su propósito, nos ha revelado lo suficiente para satisfacer nuestras necesidades y salvarnos. No nos ha ocultado nada que realmente sea bueno para nosotros conocer; solo aquello que no nos haría bien conocer.
Debemos aprender por nosotros mismos estas verdades reveladas y también enseñárselas a nuestros hijos. No solo tenemos permiso para examinarlas, sino también la responsabilidad de hacerlo. Nos conciernen profundamente. Son las normas por las que debemos vivir y las promesas en las que debemos confiar. Por eso tenemos que aprenderlas con cuidado y transmitirlas con cuidado a nuestros hijos.
Todo nuestro conocimiento debe conducirnos a la práctica. Ese es el propósito de la revelación de Dios: no llenarnos de ideas ingeniosas ni de conversaciones interesantes para nosotros y nuestros amigos, sino llevarnos a poner en práctica todas las palabras de esta ley y a recibir bendición en lo que hacemos.
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De este capítulo
Deuteronomio 29:1
"Estas son las palabras del pacto que el SEÑOR ordenó a Moisés hacer con los hijos de Israel en la tierra de Moab, además del pacto que hizo con ellos en Horeb."
Deuteronomio 29:2
"Moisés llamó a todo Israel y les dijo: Ustedes han visto todo lo que el SEÑOR hizo ante sus ojos en la tierra de Egipto al faraón, a todos sus siervos y a toda su tierra;"
Deuteronomio 29:3
"las grandes pruebas que tus ojos vieron, las señales y aquellos grandes milagros."
Deuteronomio 29:4
"Sin embargo, hasta el día de hoy el SEÑOR no les ha dado corazón para percibir, ojos para ver ni oídos para oír."
Deuteronomio 29:5
"Yo los he guiado durante cuarenta años por el desierto; la ropa de ustedes no se ha envejecido sobre ustedes, ni tu calzado se ha envejecido sobre tu pie."
Deuteronomio 29:6
"No han comido pan ni han bebido vino ni bebida fuerte, para que sepan que yo soy el SEÑOR su Dios."
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