Versículo destacado
Deuteronomio 20:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Cuando te acerques a una ciudad para luchar contra ella, proclámale la paz. "
Deuteronomio 20:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Los oficiales seguirán hablando al pueblo y dirán: ¿Qué hombre hay que tenga miedo y sea de corazón desfallecido? Que vaya y regrese a su casa, no sea que el corazón de sus hermanos desfallezca como su corazón.
9 Y cuando los oficiales terminen de hablar al pueblo, nombrarán capitanes de los ejércitos para dirigir al pueblo.
10 Cuando te acerques a una ciudad para luchar contra ella, proclámale la paz.
11 Y si te responde con paz y te abre sus puertas, todo el pueblo que se encuentre en ella será tributario tuyo y te servirá.
12 Pero si no hace la paz contigo, sino que hace guerra contra ti, entonces la sitiarás.
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Aquí se les enseñaba cómo tratar a las ciudades, y es probable que el mismo principio se aplicara también a los ejércitos en el campo de batalla y a las naciones con las que entraran en guerra. No debían atacar a ningún pueblo vecino sin antes darle una advertencia clara, mediante una declaración pública o una acusación que explicara por qué combatían. Incluso al tratar con enemigos acérrimos, debían respetar las normas de la justicia y el honor. La guerra nunca debía comenzar sin una causa, y esa causa debía expresarse claramente.
La declaración de guerra debía ir acompañada de una oferta de paz, si la otra parte aceptaba condiciones justas. Los escritores judíos dicen que esto significaba que el enemigo debía renunciar a la idolatría, adorar al Dios de Israel, someterse como converso incircunciso, pagar un tributo anual y aceptar el gobierno de Israel. Si aceptaba, la lucha debía detenerse, y los vencedores debían protegerlo (Deuteronomio 20:10-11). Algunos piensan que incluso a las siete naciones de Canaán se les hizo esta oferta de paz, aunque Dios había endurecido su corazón para que no la aceptaran (Josué 11:20). Otros creen que esas naciones estaban excluidas no solo de la norma que limitaba la matanza a los hombres (Deuteronomio 20:13), sino también de esta regla de ofrecer la paz primero. Debían ser destruidas por completo, de modo que no se les podía ofrecer la paz de la misma manera (Deuteronomio 7:2).
Con cualquier otra nación contra la que lucharan, ya fuera para ampliar sus fronteras, vengar una ofensa o recuperar un derecho, primero debían proclamar la paz. Esto muestra la gracia de Dios hacia los pecadores. Aunque podría destruirlos con toda justicia y facilidad, él no se complace en su ruina; por eso anuncia la paz y los llama a reconciliarse con él. Quienes están bajo su justicia y a punto de caer bajo ella todavía pueden salvarse si responden a su llamado de paz y se someten a él. No solo escaparán de la ruina, sino que serán incorporados a su pueblo, como conciudadanos de los santos. Esto también nos enseña cómo debemos tratar a los demás. Cuando surge un conflicto, debemos estar dispuestos no solo a escuchar una propuesta de paz, sino también a ofrecerla. Nunca debemos apresurarnos a emprender acciones legales sin intentar primero resolver las cosas de manera justa, sin gastos ni dificultades innecesarias. Debemos procurar la paz, aun cuando otros busquen la guerra.
Si la oferta de paz era rechazada, entonces debían continuar con la guerra. Aquellos a quienes Dios ofrece la paz deben entender esto: si la rechazan y no la aceptan dentro del tiempo establecido, el juicio ocupará el lugar de la misericordia, así como ahora la misericordia demora el juicio. En ese caso, había una promesa implícita de victoria, porque el Señor su Dios entregaría la ciudad en sus manos (Deuteronomio 20:13). Toda obra que hagamos bajo el mandato de Dios y conforme a su manera puede realizarse con la expectativa de que tendrá éxito. Si seguimos el método de Dios, podemos contar con su bendición.
En aras de la justicia pública, se les ordenaba dar muerte a todos los hombres que combatieran. Por «todo varón» entiendo a todos los que portaban armas, como lo hacían entonces todos los hombres capaces de luchar (Deuteronomio 20:13). Sin embargo, se les permitía tomar como botín lo que había en la ciudad, incluidas las mujeres y los niños (Deuteronomio 20:14). Una guerra legítima daba un derecho legítimo sobre lo que se obtenía en ella. Dios mismo reconocía ese derecho: «El Señor tu Dios te la entrega», y por eso debían honrarlo en el uso de lo que recibían (Salmo 44:3).
Las ciudades de Canaán eran una excepción a esta norma misericordiosa. En las ciudades lejanas se podía dejar con vida a algunas personas (Deuteronomio 20:15), porque era menos probable que llevaran a Israel a la idolatría y porque su tierra no estaba incluida directamente en la promesa. Pero en las ciudades que Dios entregaba a Israel como herencia, no debía quedar ningún habitante antiguo (Deuteronomio 20:16). Permitir que los cananeos compartieran aquella tierra especial debilitaría la promesa misma. También debían ser destruidos porque no había esperanza de corregir su idolatría. Si se les dejaba vivir entre los israelitas con esa enfermedad mortal, pondrían en peligro al pueblo de Dios, que era demasiado propenso a contagiarse de ella. «Ellos les enseñarán a hacer todas las cosas detestables que hacen» (Deuteronomio 20:18); es decir, los atraerían a sus costumbres de adoración y, poco a poco, los apartarían del Dios verdadero para llevarlos hacia dioses falsos. Quienes se atreven a quebrantar el segundo mandamiento no tardarán en abandonar también el primero. La adoración extraña abre la puerta a dioses extraños.
También se tomaban precauciones para que, durante el sitio de las ciudades, no destruyeran los árboles frutales (Deuteronomio 20:19-20). En aquellos días, los sitios dependían de la madera para construir estructuras de asedio, no de bombas y cañones como en épocas posteriores. Puesto que en la guerra las personas suelen actuar impulsivamente, sin pensar en el bien común, esta ley decía claramente que no debían cortar los árboles frutales para obtener madera. Algunas versiones antiguas presentan esta frase como una pregunta: «¿Acaso el árbol del campo es un ser humano para que lo ataques durante el sitio?». En ese caso, el sentido sería: «No actúes como una bestia descargando tu ira contra árboles que no pueden hacerte daño». Sin embargo, nuestra traducción parece ajustarse mejor al propósito de la ley.
Esto nos enseña, en primer lugar, que Dios es mejor amigo nuestro que nosotros mismos. Su ley, que a veces estamos tentados a considerar una carga pesada, en realidad protege nuestro bienestar y nuestra tranquilidad; en cambio, nuestros propios deseos y pasiones, que a menudo consentimos, son verdaderos enemigos de nuestro bienestar. Muchos de los mandamientos de Dios tienen como propósito impedir que destruyamos aquello que sostiene nuestra vida y nos proporciona alimento. En segundo lugar, los ejércitos y sus comandantes no tienen libertad para arruinar una tierra como quieran. La ira militar debe ser contenida y guiada por la razón. La guerra, aun cuando se lleva a cabo con cuidado, ya trae suficiente destrucción y no debe hacerse más devastadora de lo necesario. Un espíritu generoso no se preocupará únicamente por la vida de las personas, sino también por aquello que las sustenta, porque la vida no puede mantenerse por mucho tiempo sin alimento. En tercer lugar, los judíos entendían esto como una prohibición contra todo desperdicio innecesario, cualquiera que fuera la razón. No debía cortarse ningún árbol frutal a menos que fuera estéril y solo ocupara espacio.
Algunos han intentado ampliar esta ley para decir que nadie puede romper deliberadamente vasijas, rasgar ropa, tapar pozos, derribar edificios ni destruir alimentos. Afirman que todo eso quebrantaría el mandato: «No destruirás». Cristo se aseguró de que se recogieran los alimentos que habían sobrado, para que nada se desperdiciara.
El punto es claro: toda criatura hecha por Dios es buena. Puesto que nada debe rechazarse, nada debe maltratarse ni usarse abusivamente. Lo que desechamos sin cuidado podría ser algún día algo que necesitemos.
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De este capítulo
Deuteronomio 20:1
"Cuando salgas a combatir contra tus enemigos y veas caballos, carros y un pueblo más numeroso que tú, no les tengas miedo, porque el SEÑOR tu Dios está contigo, el que te sacó de la tierra de Egipto."
Deuteronomio 20:2
"Y cuando ustedes se acerquen a la batalla, el sacerdote se acercará y hablará al pueblo,"
Deuteronomio 20:3
"y les dirá: Oye, Israel, hoy ustedes se acercan a la batalla contra sus enemigos. No desfallezcan sus corazones; no tengan miedo, no tiemblen ni se aterroricen por causa de ellos,"
Deuteronomio 20:4
"porque el SEÑOR su Dios es quien va con ustedes para luchar por ustedes contra sus enemigos y salvarlos."
Deuteronomio 20:5
"Los oficiales hablarán al pueblo y dirán: ¿Qué hombre hay que haya construido una casa nueva y no la haya dedicado? Que vaya y regrese a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la dedique."
Deuteronomio 20:6
"¿Y qué hombre hay que haya plantado una viña y aún no haya comido de ella? Que también vaya y regrese a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre coma de ella."
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