Versículo destacado
Deuteronomio 12:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" Más bien, buscarán el lugar que el SEÑOR su Dios escoja de entre todas sus tribus para poner allí su nombre, es decir, su morada; y allá irás. "
Deuteronomio 12:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Derribarán sus altares, quebrarán sus columnas, quemarán sus bosques con fuego, harán pedazos las imágenes talladas de sus dioses y destruirán los nombres de ellos de aquel lugar.
4 No harán así con el SEÑOR su Dios.
5 Más bien, buscarán el lugar que el SEÑOR su Dios escoja de entre todas sus tribus para poner allí su nombre, es decir, su morada; y allá irás.
6 Allá llevarán sus holocaustos, sus sacrificios, sus diezmos, las ofrendas elevadas de la mano de ustedes, sus votos, sus ofrendas voluntarias y los primogénitos de sus vacas y de sus ovejas.
7 Allí comerán delante del SEÑOR su Dios, y ustedes y sus familias se alegrarán por todo aquello en que pongan su mano, en lo cual el SEÑOR tu Dios te ha bendecido.
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Hasta donde recuerdo, no hay ningún mandamiento en la ley de Moisés que se repita con tanta insistencia como este. Todo Israel debía llevar sus sacrificios al único altar colocado en el atrio del tabernáculo y allí realizar todos los actos externos de su adoración. Esto no se aplicaba a los deberes morales, pues en esos asuntos podían orar en cualquier lugar, como lo hacían en sus sinagogas.
El mandamiento se repite una y otra vez, casi como si se les repitiera una lección a los niños. Sin embargo, las Escrituras nunca repiten algo sin razón. Esta instrucción se recalca por tres motivos. Primero, el pueblo tenía una fuerte inclinación hacia la idolatría y la adoración falsa, y enfrentaría muchas tentaciones. Segundo, obedecer esta norma ayudaría a impedir que costumbres corruptas entraran en su adoración y conservaría la unidad y el amor fraternal, porque todos se reunirían en un mismo lugar y continuarían de una misma manera y con un mismo corazón. Tercero, el mandamiento tenía un significado profundo. Al permanecer vinculados a un solo lugar, demostraban su fe en las dos grandes verdades resumidas en (1 Timoteo 2:5): que hay un solo Dios y un solo Mediador, es decir, uno que pone en relación a Dios con la humanidad. Esto no solo afirmaba la verdad de que Dios es uno, sino que también señalaba, aunque de manera todavía poco clara, el único camino para acercarse a Dios por medio del Mesías.
Resumamos entonces este extenso mandamiento en sus partes principales. Primero, Dios promete que, cuando se establezcan en Canaán, después de descansar de sus enemigos y vivir seguros, él escogerá un lugar determinado. Ese lugar será el centro de su unidad, y allí deberán llevar todas sus ofrendas (Deuteronomio 12:10-11). Si iban a estar vinculados a un solo lugar, no debían quedar en la incertidumbre de cuál sería. Si Cristo hubiera querido establecer, bajo el evangelio, un único centro de poder como el que Roma afirma ser, no nos habría dejado tan ignorantes acerca de ello.
Dios no les permitió escoger el lugar por sí mismos, porque las tribus podrían haber discutido por él. Cada tribu quizá habría intentado asegurarlo para su propio beneficio. En cambio, Dios se reservó la elección, tal como lo hace con el nombramiento del Redentor y con el establecimiento de la adoración santa. No nombró el lugar de inmediato, como sí lo había hecho con los montes Gerizim y Ebal para las bendiciones y las maldiciones (Deuteronomio 11:29). Esperó para que, después de la muerte de Moisés, siguieran esperando nuevas instrucciones del cielo.
El lugar que Dios escogería se llama el lugar donde pondría su nombre. Esto significa que sería el lugar que reclamaría como suyo, donde habitaría su honor, donde se mostraría a su pueblo y donde se daría a conocer, así como las personas son conocidas por sus nombres. También sería el lugar donde recibiría las oraciones y las alabanzas. En ese sentido, sería su morada, su corte real en Israel, donde todos los que lo buscaran con reverencia podrían encontrarlo. El arca era la señal de la presencia de Dios, y dondequiera que se colocaba, allí Dios ponía su nombre. El arca contenía las tablas de la ley, lo cual nos recuerda que nadie debe esperar las bendiciones de Dios si no está dispuesto a recibir su ley. El primer lugar que Dios escogió para el arca fue Silo. Después de que Silo perdió su honor a causa del pecado, el arca estuvo en Quiriat Yearim y en otros lugares. Finalmente, en los días de David, quedó establecida en Jerusalén, y Dios habló con mayor claridad acerca del templo de Salomón: «Esta es la casa que he escogido para los sacrificios» (2 Crónicas 7:12). Compárese con (2 Crónicas 6:5).
Bajo el evangelio, no tenemos un templo que haga santo al oro ni un altar que haga santa la ofrenda. Solo Cristo puede hacer eso. En cuanto a los lugares de adoración, los profetas anunciaron que se ofrecería incienso espiritual en todo lugar (Malaquías 1:11). Y nuestro Salvador dijo que los verdaderos adoradores son aceptados cuando adoran a Dios en espíritu y en verdad, sin estar ligados a este monte ni a Jerusalén (Juan 4:23).
Segundo, se les ordena llevar todos sus holocaustos y sacrificios al lugar que Dios escogería (Deuteronomio 12:6, 11). «Allí llevarán todo lo que yo les ordeno» (Deuteronomio 12:6). «Allí ofrecerán sus holocaustos» (Deuteronomio 12:14). «La carne y la sangre se ofrecerán sobre el altar del SEÑOR su Dios» (Deuteronomio 12:27). Incluso en el caso de sus sacrificios de paz, llamados aquí sacrificios, el pueblo podía comer la carne, pero la sangre todavía debía derramarse sobre el altar.
Esto les enseñaba que Dios no valoraba los sacrificios por sí mismos ni por algún mérito propio de los animales. No le agradaban simplemente como actos naturales de honor. Su valor provenía únicamente del altar donde se ofrecían, pues ese altar señalaba a Cristo. Al mismo tiempo, las oraciones y las alabanzas, que son aún más necesarias y valiosas, debían ofrecerse cada día dondequiera que viviera el pueblo de Dios. Un israelita fiel todavía podía honrar a Dios, permanecer en comunión con él y recibir su misericordia, aunque pasaran meses sin llevar un sacrificio al altar. Todo esto también señala el deber de los cristianos, quienes deben ofrecer sacrificios espirituales a Dios en el nombre de Jesucristo, esperando ser aceptados únicamente por medio de su mediación, es decir, por su obra de intercesión entre Dios y nosotros (1 Pedro 2:5).
Tercero, se les ordena celebrar sus comidas sagradas delante del SEÑOR con santa alegría. No solo debían llevar al altar los sacrificios que se ofrecían a Dios, sino también llevar a ese lugar todo lo que comerían y beberían para honrar a Dios, como señal de que compartían comunión con él (Deuteronomio 12:6). Esto incluía sus diezmos, sus ofrendas elevadas, es decir, los primeros productos levantados como ofrenda, sus votos, sus ofrendas voluntarias y los primogénitos de sus animales: todo aquello que debía usarse con fines religiosos, ya fuera por ellos mismos o por los sacerdotes y los levitas. Debían llevarlo al lugar que Dios escogiera, así como los ingresos de un reino se reúnen en el tesoro.
Entonces se les dijo: «Allí comerán delante del SEÑOR y se alegrarán en todo lo que hagan» (Deuteronomio 12:7). Y nuevamente: «Se alegrarán delante del SEÑOR: ustedes, sus hijos y sus hijas» (Deuteronomio 12:12). Aquí aprendemos que lo que hacemos al servicio de Dios y para su gloria se convierte en un beneficio para nosotros, si no lo echamos a perder por nuestra propia culpa. Quienes sacrifican para Dios son bienvenidos a comer delante de él y a alegrarse en su mesa. Él come con nosotros, y nosotros comemos con él (Apocalipsis 3:20).
Si honramos a Dios, también somos edificados interiormente. Por su gracia, nuestra mente crece en conocimiento y fe, nuestros deseos santos se despiertan, y nuestros buenos hábitos y firmes resoluciones se fortalecen. De esa manera, el alma recibe alimento y renovación.
Su servicio a Dios también debía realizarse con santa alegría y entusiasmo. «Comerán y se alegrarán» (Deuteronomio 12:7), y lo mismo se repite en los versículos 12 y 18. Mientras estuvieran delante del SEÑOR, debían alegrarse, porque es la voluntad de Dios que le sirvamos con gozo. Nada lo ofendía más que quienes cubrían su altar de lágrimas (Malaquías 2:13). Podemos ver qué buen Señor tenemos, pues hizo que fuera nuestro deber cantar mientras trabajamos. Incluso los niños y los siervos debían alegrarse con ellos delante de Dios, para que la religión se viviera como un deleite y no como una carga.
También debían llevar esa alegría a la vida diaria. Debían alegrarse en todo lo que hicieran, llevando algo del consuelo de la adoración a sus tareas ordinarias (Deuteronomio 12:7). Cuando el alma recibe fuerzas de esta manera, todo lo que hacemos puede realizarse con un corazón dispuesto. Esta santa alegría en Dios y en su bondad, la alegría que se nos manda tener siempre, es la mejor protección contra los placeres vacíos del mundo. También es un alivio en medio de los sufrimientos de este mundo.
Asimismo, se les ordena tratar con bondad a los levitas, los hombres apartados para el servicio religioso y la enseñanza. Si celebraban con alegría, los levitas debían celebrar y alegrarse con ellos (Deuteronomio 12:12, 18). Se les advirtió: «Tengan cuidado de no abandonar al levita mientras vivan» (Deuteronomio 12:19). Algunos levitas servían en el altar como ayudantes de los sacerdotes y no debían ser descuidados. Pero esto parece referirse especialmente a los levitas que vivían entre el pueblo, enseñando la ley de Dios y ayudándolo en la adoración. Era una gran misericordia tener levitas dentro de sus ciudades, para poder acudir a ellos en busca de la ley de Dios y ser protegidos de los excesos durante sus celebraciones. El pueblo de Dios tiene el deber de tratar con bondad a quienes lo sirven, pues ofrecen buena enseñanza y dan un buen ejemplo.
La razón es clara: el levita no tenía herencia entre ellos, así que no podía enriquecerse mediante la agricultura o el comercio. Por lo tanto, debía compartir el bienestar de su prosperidad. Debían dar a los levitas los diezmos y las ofrendas que la ley les asignaba, ya que ese era su sustento. Todavía vemos el mismo principio hoy: quienes sirven al pueblo de Dios no deben quedar sin cuidado.
Se les permitía comer carne común en sus propias casas, dondequiera que vivieran, pero no la carne de sus ofrendas. Nada de lo que estuviera consagrado a Dios debía comerse en casa (Deuteronomio 12:13, 17). En cambio, los animales que no habían sido consagrados de esa manera podían sacrificarlos y comerlos como quisieran (Deuteronomio 12:15, 20-22). En el desierto, parece que no comían carne de esos animales destinados al sacrificio a menos que los llevaran a la entrada del tabernáculo y ofrecieran una parte a Dios como ofrenda de paz (Levítico 17:3, 4). Pero una vez que llegaron a Canaán, donde muchos vivían lejos del tabernáculo, podían sacrificar animales de sus rebaños y manadas para su propio consumo sin llevar una parte al altar.
Esta autorización se repite cuidadosamente para que Satanás no usara la ley en su contra. No debía insinuarles, como lo hizo con Eva, que Dios era tacaño y que les estaba negando cosas buenas. Al contrario, se les dijo claramente: «Podrás comer todo lo que desees». Es legítimo satisfacer un apetito natural y ordenado con moderación y dominio propio. No debían convertir la comida en un ídolo ni angustiarse si sus deseos tenían límites.
Incluso a las personas impuras, que no podían comer cosas sagradas, se les permitía comer el mismo tipo de carne cuando se trataba simplemente de alimento común. La diferencia entre las personas puras e impuras era de carácter sagrado, y tenía el propósito de proteger el honor de sus comidas santas. Esa distinción no debía trasladarse a las comidas cotidianas.
Esta autorización tenía dos límites. Primero, debían comer de acuerdo con la bendición que Dios les había dado (Deuteronomio 12:15). No solo es prudente, sino también correcto, vivir conforme a nuestros recursos y no gastar más de lo que tenemos. Es incorrecto guardar lo que debería usarse, y todavía más incorrecto gastar lo que no tenemos, porque eso le pertenece a otra persona y, por lo tanto, es un robo. Es más fácil reponer el dinero que debió gastarse que reparar el daño causado al gastar indebidamente lo que correspondía a la esposa, los hijos y los acreedores. La sabiduría debe encontrar el punto medio, y la vigilancia y la determinación deben mantenernos en él.
Segundo, no debían comer sangre (Deuteronomio 12:16, 23-25). «Asegúrate de no comer la sangre». Si no podían llevarla al altar para derramarla delante del SEÑOR, que era donde debía estar, tenían que derramarla en el suelo. La sangre representaba la vida y, por eso, le pertenecía a Dios, quien da la vida. También señalaba hacia la expiación, porque a causa del pecado la vida queda entregada a Dios. El obispo Patrick considera que una razón de este mandato tan estricto era mantener a Israel alejado de las supersticiones de los antiguos idólatras, quienes creían que los demonios se deleitaban en la sangre de los sacrificios y que comerla producía comunión con ellos.
Tampoco debían conservar sus propios hábitos corruptos del desierto ni adoptar las costumbres corruptas de las naciones de Canaán. No debían continuar con las prácticas indebidas que habían surgido en el desierto y que se habían pasado por alto debido a su vida inestable y sus constantes desplazamientos (Deuteronomio 12:8, 9). «No harán todo lo que hacemos aquí hoy». Moisés era un gobernante muy bueno, y uno podría pensar que no habría habido un momento mejor para mantener el orden que cuando Israel estaba acampado muy cerca unos de otros bajo su supervisión. Sin embargo, incluso entonces había muchas cosas mal y se habían infiltrado numerosas irregularidades.
Nunca debemos esperar que una comunidad sea completamente pura y ordenada hasta que lleguemos al Canaán celestial.
Ellos tenían sacrificios, adoración pública, tribunales de justicia y un gobierno civil. El apedreamiento del hombre que recogió leña en sábado demuestra cuán estrictamente se protegían las partes más serias de la ley. Sin embargo, como se trasladaban continuamente de un lugar a otro y nunca sabían dónde estarían después, surgieron dos problemas.
Primero, no podían celebrar las fiestas solemnes ni realizar los ritos de purificación con todo el cuidado que exigía la ley. Segundo, cualquiera que tuviera inclinación a hacer el mal tenía más oportunidades de ocultarlo, porque sus frecuentes desplazamientos interrumpían la administración de justicia. Pero Moisés dice que, cuando llegaran a Canaán, no debían seguir haciendo lo que hacían allí en ese momento. Cuando el pueblo de Dios se encuentra en una situación inestable, algunas cosas pueden permitirse por un tiempo que después ya no serán aceptables.
Debemos considerar las situaciones de necesidad mientras esa necesidad dure, pero lo propio del desierto no debe llevarse a Canaán. Mientras se construye una casa, puede haber tierra y escombros alrededor; pero todo eso debe retirarse cuando la casa queda terminada. Moisés estaba a punto de morir y de dejar el liderazgo, y debió haberlo consolado saber que Israel estaría mejor bajo el siguiente líder de lo que había estado bajo su dirección.
Tampoco debían adorar al SEÑOR mediante ninguno de los ritos o ceremonias que los pueblos de Canaán usaban para servir a sus dioses (Deuteronomio 12:29-32). Ni siquiera debían preguntar por las formas de adoración de los ídolos. ¿Qué beneficio habría en conocer esos secretos profundos de Satanás? (Apocalipsis 2:24). Es mejor mantenerse lejos de aquello que podría contagiarnos de maldad.
No debían imitar las costumbres de los idólatras por tres razones. Primero, sería una insensatez tomar como modelo a personas a las que Dios había sometido, hecho prisioneras y destruido delante de ellos. Los cananeos no habían prosperado por servir a sus dioses de ninguna manera que debiera atraer a Israel a seguirlos. Las personas se engañan profundamente cuando siguen el camino de los pecadores después de haber visto cómo terminan esos pecadores.
Segundo, algunas de esas costumbres eran crueles e inhumanas. Violaban no solo la luz y la ley de la naturaleza, sino incluso el afecto natural de la familia. Un ejemplo era quemar a sus hijos e hijas en el fuego para ofrecérselos a sus dioses (Deuteronomio 12:31). Basta mencionar una práctica así para reconocer lo detestable que es y llenarnos de horror.
Tercero, esas costumbres idólatras eran repugnantes para el SEÑOR. Si Israel introducía esas prácticas en su adoración, convertiría incluso el culto destinado a honrarlo en algo detestable y ofensivo. Es terrible cuando el sacrificio mismo se convierte en una abominación (Proverbios 15:8). Moisés termina con la misma advertencia que ya había dado acerca de la palabra de Dios en (Deuteronomio 4:2): no debían añadir sus propias ideas, como si así hicieran que el mandato de Dios fuera más significativo o impresionante, ni quitarle nada, como si quisieran hacerlo más fácil u omitir lo que les pareciera innecesario. Debían hacer todo lo que Dios había mandado, y solamente lo que él había mandado.
Solo podemos esperar la aprobación de Dios en la adoración cuando seguimos sus instrucciones. Dios quiere que su obra se haga a su manera.
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De este capítulo
Deuteronomio 12:1
"Estos son los estatutos y los juicios que ustedes cuidarán de cumplir en la tierra que el SEÑOR, el Dios de tus padres, te da para que la poseas, todos los días que vivan sobre la tierra."
Deuteronomio 12:2
"Destruirán por completo todos los lugares donde las naciones que ustedes poseerán sirvieron a sus dioses: sobre las montañas altas, sobre las colinas y debajo de todo árbol frondoso."
Deuteronomio 12:3
"Derribarán sus altares, quebrarán sus columnas, quemarán sus bosques con fuego, harán pedazos las imágenes talladas de sus dioses y destruirán los nombres de ellos de aquel lugar."
Deuteronomio 12:4
"No harán así con el SEÑOR su Dios."
Deuteronomio 12:6
"Allá llevarán sus holocaustos, sus sacrificios, sus diezmos, las ofrendas elevadas de la mano de ustedes, sus votos, sus ofrendas voluntarias y los primogénitos de sus vacas y de sus ovejas."
Deuteronomio 12:7
"Allí comerán delante del SEÑOR su Dios, y ustedes y sus familias se alegrarán por todo aquello en que pongan su mano, en lo cual el SEÑOR tu Dios te ha bendecido."
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