Versículo destacado
Daniel 8:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" En el tercer año del reinado del rey Baltasar, se me apareció una visión, a mí, Daniel, después de la que se me había aparecido al principio. "
Daniel 8:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 En el tercer año del reinado del rey Baltasar, se me apareció una visión, a mí, Daniel, después de la que se me había aparecido al principio.
2 Vi en una visión; y sucedió que, cuando miré, estaba en Susa, en el palacio que está en la provincia de Elam. Vi en una visión que estaba junto al río Ulai.
3 Entonces levanté los ojos y vi que, ante el río, estaba de pie un carnero que tenía dos cuernos. Los dos cuernos eran altos, pero uno era más alto que el otro, y el más alto había surgido después.
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En primer lugar, se nos indica la fecha de esta visión (Daniel 8:1). Ocurrió en el tercer año del reinado de Baltasar, que muchos consideran su último año. Por eso, en el orden cronológico de los acontecimientos, este capítulo debería ubicarse antes del capítulo 5. Dios le estaba mostrando a Daniel la caída de otros reinos que surgirían después, para que la caída de Babilonia, que ya estaba cerca, no lo tomara por sorpresa.
Daniel dice: «La visión se me apareció a mí, a mí, Daniel». Con esto recalca que no se trataba de un rumor ni de un informe de segunda mano. Él mismo la vio y habla con plena confianza acerca de su veracidad. Esta visión también le recordó la visión anterior que había recibido en el primer año del reinado de Baltasar. La menciona porque ambas visiones se explican y se confirman mutuamente, y señalan muchos de los mismos acontecimientos. Al parecer, la visión anterior llegó por medio de un sueño, mientras que esta se presentó cuando Daniel estaba despierto.
En segundo lugar, se nos muestra el escenario de la visión. Ocurrió en Susa, la ciudad real de los reyes de Persia, junto al río Ulai, que rodeaba la ciudad. Susa estaba en la provincia de Elam, la región de Persia más cercana a Babilonia. Daniel no estaba allí físicamente, pues todavía se encontraba en Babilonia como cautivo y al servicio de Baltasar. Pero sí estuvo allí en la visión, así como Ezequiel, mientras estaba cautivo en Babilonia, era llevado muchas veces por el Espíritu a la tierra de Israel. El alma puede ser libre aun cuando el cuerpo esté encadenado, porque cuando estamos atados, el Espíritu del Señor no está atado. Puesto que la visión se refería a esa región, Daniel fue llevado a experimentar que estaba allí.
En tercer lugar, vemos la visión misma y la manera en que se desarrolló. Primero, Daniel vio un carnero con dos cuernos (Daniel 8:3). Este representaba la segunda potencia mundial: los reinos de Media y Persia, semejantes a los dos cuernos. Los cuernos eran altos, pero el que apareció después era más alto que el primero. Así, el segundo llegó a ser más grande que el primero. De esa manera, Persia, que surgió después bajo el mando de Ciro, llegó a tener más importancia que Media.
Luego Daniel vio que el carnero embestía con sus cuernos en todas direcciones (Daniel 8:4): hacia el oeste, en dirección a Babilonia, Siria, Grecia y Asia Menor; hacia el norte, contra los lidios, armenios y escitas; y hacia el sur, contra Arabia, Etiopía y Egipto. En distintos momentos, el imperio persa intentó atacar a todas estas naciones para ampliar su dominio. Finalmente llegó a ser tan poderoso que ninguna bestia podía enfrentarlo. Aunque por lo general un carnero es débil en comparación con las bestias de presa, este se volvió tan fuerte que nada podía resistirle. Nadie podía escapar de él ni librarse de su poder. Los reyes de Persia hacían lo que querían, triunfaban en sus campañas, gobernaban en su propia tierra con un poder sin límites y se engrandecían. Pensaban que eran grandes porque hacían todo lo que se les antojaba, pero la verdadera grandeza se demuestra haciendo el bien.
Después, Daniel vio que este carnero era derrotado por un macho cabrío. Mientras observaba al carnero y se preguntaba cómo un animal tan débil podía llegar a ser tan poderoso, apareció un macho cabrío (Daniel 8:5). Este representaba a Alejandro Magno, hijo de Filipo y rey de Macedonia. Venía del oeste, de Grecia, que se encontraba al oeste de Persia. Se movía con una rapidez asombrosa, como si ni siquiera tocara el suelo. Parecía volar en vez de correr. O quizá el significado sea que nadie se enfrentó a él con suficiente resistencia. Este macho cabrío tenía un cuerno notable entre los ojos, como un solo cuerno grande. Alejandro tenía fuerza y sabía que la tenía. Se consideraba capaz de enfrentarse a todos sus vecinos.
Alejandro extendió sus conquistas con tanta rapidez y ferocidad que ninguno de los reinos que atacó tuvo el valor de resistirle ni de frenar su avance. En seis años se convirtió en el amo de la mayor parte del mundo conocido en aquel tiempo. Merece llamarse un cuerno notable, porque su nombre todavía vive en la historia como el de uno de los comandantes militares más famosos que el mundo ha conocido. Sus victorias siguen llamando la atención de los lectores reflexivos.
Este macho cabrío se enfrentó al carnero de los dos cuernos (Daniel 8:6). Alejandro y su ejército atacaron a Persia con apenas unos treinta mil soldados de infantería y cinco mil de caballería. Se lanzó contra el carnero para alcanzarlo antes de que pudiera comprender lo que estaba sucediendo, impulsado por la furia de su poder. Se acercó al carnero.
Alejandro se enfrentó a Darío Codomano, el emperador persa, con gran furia (Daniel 8:7). Dirigió su guerra contra Darío con la mayor violencia. Darío llevó enormes cantidades de soldados al campo de batalla, pero carecía de habilidad, por lo que no pudo compararse con Alejandro. Alejandro lo venció cada vez que se encontraron, lo derribó y lo pisoteó. Algunos piensan que estas tres expresiones señalan las tres batallas famosas de Gránico, Issos y Arbela. Para la última batalla, Darío había sido completamente derrotado y unos seiscientos mil hombres habían muerto. De esa manera, Alejandro se convirtió en el amo absoluto del imperio persa y quebró sus dos cuernos: los reinos de Media y Persia.
El carnero, que había destruido todo lo que encontraba a su paso (Daniel 8:4), ahora es destruido. Darío no puede mantenerse en pie frente a Alejandro y no tiene aliados que lo rescaten. Los reinos que abusan del poder cuando lo tienen y lo usan para hacer todo el mal que desean deben esperar que, al final, ese poder les sea quitado y que reciban el mismo trato que dieron a otros (Isaías 33:1).
Luego Daniel vio que el macho cabrío se hacía muy grande, pero que el gran cuerno que había causado toda esa destrucción era quebrado (Daniel 8:8). Alejandro tenía unos veinte años cuando comenzó sus guerras. Alrededor de los veintiséis años ya había conquistado a Darío y tomado el control de todo el imperio persa. Pero cuando tenía unos treinta y dos o treinta y tres años, mientras todavía era fuerte y se encontraba en la cumbre de su poder, fue quebrado.
No murió en batalla, con una muerte honorable, sino a causa de sus excesos con la bebida o, según algunos, por envenenamiento. Tampoco dejó un hijo vivo que disfrutara de lo que él había conseguido durante toda su vida. En cambio, dejó un ejemplo permanente de lo vacíos que son el esplendor y el poder mundanos, y de lo incapaces que son de hacer feliz a una persona.
Daniel vio después que el reino se dividía en cuatro partes. El gran cuerno fue reemplazado por cuatro cuernos notables, que representaban a los cuatro generales de Alejandro Magno, a quienes dejó su imperio. Había conquistado tanto que, al dividirlo entre cuatro hombres, cada uno recibió lo suficiente para formar un reino. Estos cuatro cuernos apuntaban hacia los cuatro vientos del cielo. Corresponden a las cuatro cabezas del leopardo de Daniel 7:6. Representaban los reinos de Siria y Egipto, Asia y Grecia. Siria estaba al este, Grecia al oeste, Asia Menor al norte y Egipto al sur. Los que amontonan riquezas no saben quién terminará quedándose con ellas ni de quién serán al final.
Daniel también vio un cuerno pequeño que se convirtió en un gran perseguidor del pueblo de Dios. Este era el punto principal de la visión, como se muestra más adelante en Daniel 11:30 y los versículos siguientes. Todos están de acuerdo en que se trataba de Antíoco Epífanes, quien se llamó a sí mismo «el glorioso», aunque otros lo llamaban Antíoco Epímanes, que significa «Antíoco el loco». Se le llama un cuerno pequeño, como en Daniel 7:8, porque comenzó en una posición baja y despreciada. Había otros entre él y el trono, y tenía un espíritu servil. No había nada principesco en él y, durante algún tiempo, había sido rehén y prisionero en Roma. Escapó de allí y, aunque era el hermano menor y su hermano mayor todavía vivía, logró apoderarse del reino.
Llegó a ser muy poderoso hacia el sur, cuando se apoderó de Egipto, y hacia el este, cuando invadió Persia y Armenia. Pero lo más importante aquí es el daño que causó al pueblo judío. No se lo menciona directamente, porque la profecía no debía ser demasiado explícita. Sin embargo, se lo describe con suficiente claridad para que cualquiera que conociera el lenguaje de las Escrituras pudiera saber de quién se hablaba. Es posible también que Dios haya permitido que los judíos escucharan esto de antemano para que pudieran prepararse, junto con sus hijos, para aquellas dolorosas pruebas.
Se levantó contra la tierra gloriosa, la tierra de Israel. Se la llamaba gloriosa porque era la gloria de todas las tierras, fértil y llena de las cosas buenas de la vida. Pero era aún más gloriosa porque allí estaba la presencia de Dios, junto con sus revelaciones y sus santos mandamientos. Era el monte Sion, hermoso por su ubicación y alegría de toda la tierra (Salmo 48:2). La tierra era especialmente gloriosa porque allí nacería el Mesías, quien sería el consuelo y la gloria de su pueblo Israel. Tenemos razones para considerar precioso un lugar si es santo, si Dios habita allí y si podemos encontrarnos con él allí. Sin duda, es bueno estar aquí.
También luchó contra el ejército del cielo, es decir, contra el pueblo de Dios, la iglesia, que en su lucha presente es el reino de los cielos en la tierra. A los santos se les llama ejército celestial porque han nacido de lo alto, son ciudadanos del cielo y, por la gracia de Dios, cumplen en cierta medida la voluntad de Dios, como lo hacen los ángeles. Esto también puede referirse a los sacerdotes y levitas, quienes servían en el tabernáculo y peleaban la buena batalla mediante ese servicio. Antíoco se levantó contra ellos y creció en su oposición, desafiándolos abiertamente.
Derribó a algunos de ese ejército, es decir, a algunas de las estrellas del cielo, hasta el suelo y las pisoteó. Quizás obligó a algunos de los líderes más fieles y visibles de la iglesia y del gobierno a ceder ante la idolatría, o quizá los hizo morir. Los tomó bajo su poder y luego los aplastó, como hizo con el anciano Eleazar y con los siete hermanos, a quienes torturó hasta la muerte porque no quisieron comer carne de cerdo (2 Macabeos 6:7). Se jactó de esto como si estuviera insultando al cielo mismo y poniendo su trono por encima de las estrellas de Dios (Isaías 14:13).
Incluso se engrandeció contra el príncipe del ejército. Se levantó contra el sumo sacerdote Onías, a quien despojó de su cargo. Pero, en un sentido más profundo, se levantó contra Dios mismo, el antiguo Rey de Israel, quien reina para siempre; contra el Rey de Sion, que dirige a su propio ejército en la batalla. Antíoco se exaltó contra él, como lo hizo el faraón cuando dijo: «¿Quién es el Señor?». Quienes persiguen al pueblo de Dios están persiguiendo al mismo Dios.
Quitó el sacrificio diario. Antíoco suspendió el sacrificio de los corderos de la mañana y de la tarde, que Dios había ordenado ofrecer cada día sobre su altar para honrarlo. Sin duda también suspendió los demás sacrificios, pero se menciona el sacrificio diario porque su pérdida fue la más grande. Por medio de esa ofrenda, el pueblo mantenía su comunión habitual con Dios. El pueblo de Dios considera sus sacrificios diarios, sus momentos de adoración por la mañana y por la tarde, como la parte más necesaria de la vida y el consuelo más dulce del día; no renunciaría a ellos por nada.
Derribó el lugar del santuario de Dios. No quemó el templo ni lo destruyó por completo, pero lo humilló al profanarlo. Lo convirtió en el templo de Júpiter Olímpico y colocó allí su imagen. También echó por tierra la verdad. Pisoteó el libro de la ley, la palabra de verdad; lo rasgó, lo quemó y trató de destruirlo por completo para que se perdiera y fuera olvidado para siempre. Esos fueron los planes de aquel gobernante malvado. Los llevó a cabo y, de manera sorprendente, pareció tener éxito.
Llegó muy lejos y pareció casi borrar la santa religión que el poder de Dios mismo había establecido. Sin embargo, nadie debe pensar que había vencido a Dios o que Dios no podía detenerlo. Este asunto se explica aquí para mostrar la verdad con claridad: no habría podido hacer aquello si Dios no se lo hubiera permitido. No habría tenido poder contra Israel si no se le hubiera dado desde lo alto. Dios puso ese poder en sus manos y le dio un ejército contra el sacrificio diario. La providencia de Dios puso la espada en su mano para que pudiera aplastar todo lo que encontrara a su paso. Debemos reconocer la mano de Dios en los planes y éxitos de los enemigos de la iglesia contra la iglesia. Ellos solo son una vara en la mano de Dios.
Dios no lo habría permitido si su pueblo no lo hubiera provocado con sus pecados. Sucedió a causa de la transgresión, a causa del pecado de Israel, como una disciplina por ese pecado. Por eso Antíoco fue usado para traerles tanto sufrimiento. Cuando la tierra hermosa y todas sus cosas agradables quedan devastadas, debemos reconocer que el pecado es la causa de toda esa destrucción.
«¿Quién entregó a Jacob para que fuera saqueado? ¿Acaso no fue el Señor, contra quien pecamos?» (Isaías 42:24). Después del exilio, cuando los judíos habían sido librados de la idolatría, su gran pecado consistió en despreciar las cosas santas y tratar el culto a Dios como algo sin valor. Menospreciaron el servicio de Dios, ofrecieron animales heridos y cojos, y actuaron como si la mesa del Señor no mereciera honra (Malaquías 1:7-8; Malaquías 2:1, 8). Por eso Dios envió a Antíoco para quitar el sacrificio diario y derribar el lugar de su santuario.
Es justo que Dios quite los privilegios de su casa a quienes los desprecian y profanan. También puede enseñarles a las personas el valor de su adoración al privarlas de ella, si no aprendieron a valorarla mientras la disfrutaban.
Daniel también aprendió que esta calamidad tenía un límite establecido. La visión no decía cuándo comenzaría, porque Dios quería que su pueblo estuviera siempre preparado; pero sí decía cuánto duraría. Cuando ya no había profetas que les anunciaran cuánto duraría su sufrimiento (Salmo 74:9), esta profecía todavía les daría esperanza de rescate en el momento oportuno.
La pregunta aparece en Daniel 8:13. Un ángel santo estaba hablando sobre el asunto, y otro ángel santo se unió a él. En esencia, preguntaron: «¿Hasta cuándo durará este sufrimiento?». A los ángeles se les llama santos, o seres santos, porque están apartados para Dios (Daniel 4:13; Judas 1:14). Se preocupan por el bienestar de la iglesia y preguntan por su situación. Si están tan interesados en su liberación terrenal, deben estar aún más deseosos de comprender la gran salvación por medio de Cristo (1 Pedro 1:12).
La pregunta se dirigió a Palmoni, quien era el que hablaba. Algunos piensan que era un ángel superior, con mayor conocimiento que los demás. Otros piensan que era el Verbo eterno, el Hijo de Dios. El nombre parece significar «el que cuenta los secretos» o «el maravilloso contador». Cristo todavía era, en cierto sentido, el oculto. A los padres de Sansón se les dijo: «¿Por qué preguntas mi nombre, si es secreto?» (Jueces 13:18). Si queremos conocer la mente de Dios, debemos acudir a Jesucristo. Él estaba en el corazón del Padre, y en él están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento; no están escondidos de nosotros, sino guardados para nosotros.
La pregunta era: «¿Hasta cuándo durará la visión acerca del sacrificio diario? ¿Hasta cuándo continuará su interrupción? ¿Hasta cuándo se hará miserable la tierra hermosa por causa de este mandato cruel? ¿Hasta cuándo permanecerá en el templo la transgresión que causa desolación, es decir, la imagen de Júpiter? ¿Hasta cuándo serán pisoteados el santuario y el ejército, el lugar santo y el pueblo santo que allí sirve?». A los ángeles les importaba la paz de la iglesia en la tierra y querían ver el fin de su ruina. Preguntaron por causa de Daniel, pues sabían que él quería saber cuánto duraría el sufrimiento. La pregunta también daba por sentado que no duraría para siempre. La vara de los malvados puede caer sobre la heredad de los justos, pero no permanecerá allí para siempre. Cristo encontró consuelo en sus sufrimientos al pensar: «Lo que se refiere a mí tiene un fin» (Lucas 22:37). De la misma manera, la iglesia puede hallar consuelo en medio de sus dificultades.
También es bueno saber cuánto durará el sufrimiento, para poder prepararnos sabiamente. La respuesta aparece en Daniel 8:14. Cristo les enseña a los ángeles santos, porque ellos son sus consiervos; pero aquí la respuesta se le da a Daniel, ya que la pregunta se hizo por causa de él. A veces Dios concede grandes bendiciones a su pueblo en respuesta a las oraciones y preguntas de otras personas que interceden por él.
Cristo le asegura a Daniel que el sufrimiento terminará. Continuará durante 2,300 días, y no más. La frase puede referirse a sacrificios de tarde y mañana, o a días naturales completos. Algunos la entienden como 2,300 tardes y mañanas, lo que equivaldría a 1,150 días. Eso coincide bastante bien con el período en que se suspendió el sacrificio diario. Otros lo entienden como 2,300 días completos, aproximadamente seis años, tres meses y dieciocho días. Eso también coincide con el período que va desde el comienzo de la apostasía del pueblo, bajo Menelao, el sumo sacerdote, hasta la purificación del santuario y la restauración del culto (1 Macabeos 4:52). Dios lleva la cuenta del tiempo del sufrimiento de su pueblo, porque el dolor de ellos le importa (Apocalipsis 2:10).
También le asegura a Daniel que después vendrán días mejores. Entonces el santuario será purificado. La purificación del santuario siempre es una señal de esperanza. Cuando las personas comienzan a reformarse, el alivio generalmente llega poco después. Dios puede permitir por un tiempo que su santuario sea profanado para disciplinar a su pueblo, pero, por el honor de su propio nombre, se encargará de que sea purificado a su debido tiempo. Cristo murió para purificar a su iglesia, y la purificará por completo hasta presentársela a sí mismo sin culpa.
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De este capítulo
Daniel 8:2
"Vi en una visión; y sucedió que, cuando miré, estaba en Susa, en el palacio que está en la provincia de Elam. Vi en una visión que estaba junto al río Ulai."
Daniel 8:3
"Entonces levanté los ojos y vi que, ante el río, estaba de pie un carnero que tenía dos cuernos. Los dos cuernos eran altos, pero uno era más alto que el otro, y el más alto había surgido después."
Daniel 8:4
"Vi al carnero embistiendo hacia el oeste, hacia el norte y hacia el sur. Ninguna bestia podía mantenerse ante él, ni había quien pudiera librar de su mano. Hacía conforme a su voluntad y se engrandecía."
Daniel 8:5
"Mientras yo reflexionaba, vi que un macho cabrío venía desde el oeste sobre la faz de toda la tierra sin tocar el suelo. El macho cabrío tenía un cuerno notable entre los ojos."
Daniel 8:6
"Llegó hasta el carnero que tenía los dos cuernos, al que yo había visto de pie ante el río, y corrió hacia él con la furia de su poder."
Daniel 8:7
"Lo vi acercarse al carnero. Se llenó de ira contra él, golpeó al carnero y le rompió los dos cuernos. El carnero no tenía poder para mantenerse ante él; lo derribó al suelo y lo pisoteó, y no hubo quien pudiera librar al carnero de su mano."
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