Versículo destacado
Daniel 5:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante
" La reina, a causa de las palabras del rey y de sus señores, entró en la sala del banquete. La reina habló y dijo: ¡Oh rey, vive para siempre! No dejes que tus pensamientos te perturben ni que cambie tu semblante. "
Daniel 5:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Entonces entraron todos los sabios del rey, pero no pudieron leer la escritura ni dar a conocer al rey su interpretación.
9 Entonces el rey Belsasar quedó muy perturbado, su semblante cambió y sus señores quedaron atónitos.
10 La reina, a causa de las palabras del rey y de sus señores, entró en la sala del banquete. La reina habló y dijo: ¡Oh rey, vive para siempre! No dejes que tus pensamientos te perturben ni que cambie tu semblante.
11 Hay un hombre en tu reino en quien está el espíritu de los dioses santos. En los días de tu padre se hallaron en él luz, entendimiento y sabiduría semejante a la sabiduría de los dioses. El rey Nabucodonosor, tu padre —el rey, tu padre—, lo hizo jefe de los magos, astrólogos, caldeos y adivinos.
12 Esto fue porque en el mismo Daniel, a quien el rey llamó Beltsasar, se hallaron un espíritu excelente, conocimiento, entendimiento, capacidad para interpretar sueños, explicar enigmas y resolver dudas. Ahora, que llamen a Daniel, y él mostrará la interpretación.
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Lo primero que debemos notar es esto: la reina madre le dio al rey información acerca de Daniel y le mostró que era la persona indicada para resolver aquel caso tan difícil. Se cree que esta reina era la viuda de Evil-merodac y la famosa Nitocris mencionada por Heródoto, una mujer conocida por su extraordinaria sabiduría. Ella no estaba en el banquete con las esposas y concubinas del rey (Daniel 5:2), porque, por su edad y dignidad, no correspondía que participara en una noche desordenada de bebida.
Cuando se enteró del temor que se había apoderado del rey y de sus nobles, ella misma entró en la sala del banquete. Animó al rey a no desanimarse porque sus sabios no habían podido resolver el misterio. Le recordó que había un hombre en su reino que había ayudado a su abuelo Nabucodonosor en momentos de crisis semejantes, y que sin duda también podía ayudarlo ahora (Daniel 5:11, Daniel 5:12). Ella no podía leer la escritura, pero dirigió al rey hacia quien sí podía hacerlo. Daniel debió haber sido llamado desde el principio.
Notemos la alta opinión que ella tenía de Daniel. Dijo que era un hombre en quien estaba el espíritu de los dioses santos; es decir, que había en él algo más que lo humano. No se refería solamente al espíritu que Dios ha puesto en cada persona, semejante a una lámpara del Señor dentro de ella, sino a un espíritu divino. En el lenguaje de su propio país y religión, no podía haber elogiado más a un hombre. Habló de él como alguien de mente extraordinaria, lleno de luz, entendimiento y sabiduría, semejante a la sabiduría de los dioses.
Daniel tenía una comprensión excepcional de las cosas ocultas y podía prever lo que estaba por suceder. Era evidente que Dios le había dado una ayuda especial. Tenía más conocimiento y entendimiento que todos los demás sabios cuando se trataba de sueños, enigmas, palabras difíciles, desatar nudos y resolver problemas. Salomón también tuvo una gran sabiduría de ese tipo, pero parece que Daniel recibió una guía divina aún más directa en estos asuntos. Aquí hay alguien mayor que Salomón. Sin embargo, ¿qué eran ambos en comparación con las riquezas de la sabiduría escondida en Cristo?
La reina también habló del carácter de Daniel. En él se encontraba un espíritu extraordinario, y eso armonizaba perfectamente con su sabiduría. Dios da sabiduría, conocimiento y alegría a quien le agrada. Daniel tenía un espíritu humilde, santo y orientado hacia el cielo. Estaba dedicado a Dios, tenía un corazón bondadoso y mostraba celo por la gloria de Dios y por el bien de los demás. Ese sí era un espíritu extraordinario.
La reina madre también explicó el honor que Nabucodonosor le había dado a Daniel. Al decir «tu padre», se refería a tu abuelo, porque Nabucodonosor podía ser llamado el padre de aquella línea real. Tal vez Belsasar había hablado de Nabucodonosor y de su manera de gobernar con ligereza o arrogancia, así que ella se lo recordó. El rey, dijo, había puesto a Daniel como jefe de todos los sabios de Babilonia y le había dado el nombre de Beltsasar, tomado del nombre de su dios, pensando que así lo honraba.
Sin embargo, Daniel siguió usando su nombre judío, mostrando su fiel lealtad a su religión, y por eso el nombre que le habían dado en la corte dejó de usarse. Solo la reina madre lo recordaba. Es bueno hacer que vuelva a recordarse el buen trabajo de personas dignas, especialmente cuando son humildes y no buscan que las elogien.
Entonces presentó su petición claramente: que llamaran a Daniel, y él daría a conocer la interpretación. Esto muestra que Daniel había sido olvidado en la corte. Belsasar ni siquiera sabía que tenía un tesoro semejante en su reino. Un nuevo rey había traído un nuevo grupo de funcionarios, y el grupo anterior había sido apartado.
Muchas personas útiles y valiosas permanecen ocultas durante mucho tiempo, y algunas que han prestado grandes servicios viven lo suficiente para ser olvidadas. Aun así, Dios no olvida el trabajo que se hace por su reino. Daniel había sido retirado de su cargo y vivía tranquilamente, sin buscar otra posición de honor. Sin embargo, permanecía cerca de la corte y al alcance de un llamado, incluso mientras Babilonia estaba sitiada, para poder ayudar a los hijos de su pueblo si era necesario. La providencia de Dios dispuso que, justo cuando aquel reino estaba cayendo, Daniel fuera llevado de nuevo a la corte por medio de la ayuda de la reina, preparado para recibir honor bajo el gobierno siguiente. Así, los justos brillan aun desde la oscuridad, y la humildad precede al honor.
Entonces llevaron a Daniel ante el rey (Daniel 5:13). Ya tenía cerca de noventa años, de modo que su edad, su honor y su antiguo rango podrían haberle dado libre acceso al rey. Aun así, permitió que lo llevaran como a un desconocido, guiado por el maestro de ceremonias.
El rey le preguntó con cierto orgullo: «¿Eres tú aquel Daniel, uno de los cautivos de Judá?». Como Daniel era judío y cautivo, Belsasar no quería depender de él si podía evitarlo. También repitió los elogios que había escuchado acerca de Daniel (Daniel 5:14): dijo que el espíritu de los dioses estaba en él y que lo había mandado llamar para comprobar si realmente merecía aquella reputación. El rey reconoció que los sabios de Babilonia habían fracasado, pues no podían leer la escritura ni explicar su significado (Daniel 5:16). Sin embargo, todavía le ofreció a Daniel las mismas recompensas que había ofrecido a los demás, si podía resolver el asunto (Daniel 5:16). Es extraño que los magos, que ya habían quedado confundidos en tiempos de Nabucodonosor, no intentaran proteger su reputación con alguna suposición atrevida. Pero Dios dispuso las cosas de tal manera que no tuvieran nada que decir, así como los oráculos paganos quedaron en silencio cuando nació Cristo.
Entonces Daniel dio a conocer el significado de aquella escritura misteriosa, y el mensaje solo podía aumentar el temor del rey. Daniel ya era anciano y Belsasar era joven, así que parece que le habló de manera más directa y libre de lo que había hablado con Nabucodonosor. Al corregir a alguien, especialmente a quienes tienen autoridad, se necesita sabiduría para evaluar bien la situación, porque la reprensión sabia forma parte del camino que conduce a la vida. En el discurso de Daniel aquí vemos, en primer lugar, lo siguiente.
Daniel dice que leerá la escritura que los había aterrorizado y que explicará su significado (Daniel 5:17). Rechaza la oferta de recompensas del rey y se molesta porque siquiera se la haya mencionado, pues no es alguien que hable a cambio de dinero. Más adelante aceptó regalos de Nabucodonosor, pero no negoció por ellos ni leyó la escritura únicamente a cambio de los honores prometidos. En efecto, dice: «Quédate con tus regalos. De todos modos, no durarán mucho, y dales tus recompensas a cualquier otro sabio al que prefieras pagar. No me interesan».
Daniel comprendía que el reino estaba llegando a su fin, así que trató con desprecio sus regalos y honores. Nosotros deberíamos pensar de la misma manera acerca de las recompensas del mundo si pudiéramos ver por fe que su fin se acerca. Que el mundo les dé sus regalos pasajeros a otros. Debemos mantener la mirada y el corazón puestos en regalos mejores. Aun así, debemos cumplir con nuestro deber en el mundo, servir plenamente en todo lo que podamos, comunicar el mensaje de Dios mediante una vida de fe y hacer claro su significado por medio de una buena conducta. Entonces podemos confiar en que Dios nos dará sus regalos y recompensas, porque todo lo que ofrece el mundo no es más que baratijas sin valor comparado con ellos.
Daniel también le presenta al rey un relato completo de la manera en que Dios había tratado con su padre Nabucodonosor, pues aquello tenía como propósito advertirlo y enseñarle (Daniel 5:18, 5:21). Daniel no está agregando un adorno ni contando una historia interesante. Este paso era necesario antes de explicar la escritura. Si queremos comprender lo que Dios está haciendo con nosotros, nos ayuda recordar lo que ha hecho con otros.
Primero, Daniel describe el gran poder y honor que la providencia de Dios —es decir, su gobierno sabio sobre todas las cosas— le había concedido a Nabucodonosor (Daniel 5:18, 5:19). Hasta donde sabemos, tuvo un reino, majestad, gloria y honor mayores que cualquier otro príncipe pagano. Nabucodonosor pensaba que había alcanzado su grandeza por su propia capacidad y valentía, y atribuía sus éxitos a sus planes y esfuerzos. Pero Daniel le dice que fue el Dios Altísimo, el Dios de dioses y Señor de reyes —como el mismo Nabucodonosor lo había llamado— quien le dio aquel reino, aquel dominio tan extenso, aquella majestad para gobernarlo y aquella gloria y honor que alcanzó por medio de sus victorias. Cualquiera que logre prosperidad externa debe reconocer que es un regalo de Dios, no un logro exclusivamente suyo. Nadie debe decir: «Mi fuerza y mi propia mano me han conseguido estas riquezas o esta posición». Más bien, debemos recordar que Dios es quien da a las personas el poder para obtener riquezas y quien bendice sus esfuerzos.
El poder que Dios le dio a Nabucodonosor era muy grande, tanto en fuerza como en autoridad. Su poder militar era tan abrumador que nadie podía resistirlo. Dios le había dado tal majestad, ejércitos tan numerosos y tanta habilidad para dirigirlos, que su espada triunfaba dondequiera que se volvía. Podía atemorizar y conquistar naciones sin siquiera dar un golpe, porque todos temblaban delante de él y estaban dispuestos a hacer la paz bajo cualquier condición con tal de salvar la vida. Esto muestra lo que puede hacer la fuerza y lo que el temor les hace a las personas. Gobierna gran parte del lado instintivo y violento del mundo, y aun entre los seres humanos con frecuencia gobierna y es gobernado por ese mismo temor.
Su autoridad también era completa y no tenía límites. El poder que se le había concedido, o al menos el poder que él afirmaba tener, no enfrentaba ninguna oposición. Gobernaba como un monarca absoluto, un gobernante con control total, y nadie compartía con él el poder de hacer cumplir las leyes o de ejecutarlas. Cuando castigaba, podía condenar o liberar a quien quisiera. A quien quería, lo mataba; y a quien quería, le perdonaba la vida, aunque ambos fueran igualmente inocentes o culpables. El derecho sobre la vida y la muerte estaba enteramente en sus manos. Cuando daba recompensas, podía ascender a quien quisiera o negarle el ascenso. A quien quería, lo exaltaba; y a quien quería, lo destituía, simplemente por capricho y sin ninguna razón, ni siquiera para sí mismo. Todo dependía de su voluntad, y su deseo era la única razón que necesitaba. Así se formaban con frecuencia los reinos del Oriente, y esa era la manera de gobernar de sus reyes.
Luego Daniel señala los pecados de Nabucodonosor, por los cuales había provocado la ira de Dios contra él. Había actuado con dureza hacia quienes estaban bajo su autoridad y se había convertido en un tirano y opresor. La misma descripción de su poder muestra cómo abusó de él: se dejó guiar por sus estados de ánimo y sus pasiones en vez de hacerlo por la justicia y la razón. Por eso, con frecuencia condenaba al inocente y declaraba libre al culpable, y ambas cosas son detestables para el Señor. Destituía a hombres dignos y promovía a personas indignas, perjudicando así el bien público. Por todo esto tendría que responder ante el Dios Altísimo, quien le había dado su poder. Es difícil, y poco común, que alguien tenga un poder absoluto y no abuse de él.
Pero eso no era todo. También se había comportado con orgullo delante del Dios que estaba por encima de él y se había vuelto arrogante (Daniel 5:20). Su corazón se había enaltecido, y allí comenzó su pecado y su ruina. Su mente se endureció por el orgullo y se volvió insensible a los mandamientos y juicios de Dios. Se mostró terco y aferrado a su manera de vivir, y ni la palabra de Dios ni su disciplina produjeron en él un cambio duradero. El orgullo endurece el corazón para todos los demás pecados y vuelve ineficaces los medios que Dios usa para llevarnos al arrepentimiento y al cambio.
Daniel también le recuerda el juicio de Dios sobre Nabucodonosor a causa de su orgullo y obstinación. Dios le quitó la razón y lo apartó de su trono real (Daniel 5:20). Fue expulsado de entre la gente para vivir con los asnos salvajes (Daniel 5:21). Aquel que no quiso gobernar a sus súbditos con razón ya no conservó suficiente razón para gobernarse a sí mismo. Dios justamente le quita la razón a quien se comporta sin razón y se niega a usarla, y le quita el poder a quien lo emplea para oprimir.
Nabucodonosor permaneció como una bestia hasta que aprendió y aceptó esta verdad fundamental de la fe: que el Dios Altísimo gobierna. De hecho, la fe, más que la razón por sí sola, es lo que distingue a los seres humanos de los animales y les da una dignidad superior. Es un honor mayor ser súbdito del Creador supremo que gobernar sobre criaturas inferiores.
Los reyes deben saber, o se les debe hacer saber, que el Dios Altísimo gobierna en sus reinos. Su gobierno está por encima del de ellos, como un imperio dentro de otro imperio. Él pone sobre ellos a quien quiere, así como establece herederos y gobernantes.
En el nombre de Dios, Daniel presenta cargos contra Belsasar. Antes de anunciarle su condena por medio de la escritura en la pared, primero le muestra su culpa. De este modo, Dios queda demostrado como justo cuando habla y sin culpa cuando juzga. El primer pecado de Belsasar fue que no aprendió de los juicios que Dios había traído sobre su padre, Nabucodonosor, rey de Babilonia (Daniel 5:22). Daniel le dice, en esencia: «Tú, Belsasar, hijo de Nabucodonosor, no humillaste tu corazón, aunque sabías todo esto».
Es una falta grave que nuestro corazón no se humille delante de Dios. Debemos humillarnos mediante el arrepentimiento, la obediencia y la paciencia, sometiéndonos tanto a sus mandamientos como a sus providencias, es decir, a su gobierno sabio sobre nuestra vida. Aun las personas más importantes deben reconocer que, por grandes que sean, siguen teniendo que responder ante Dios. Es todavía peor cuando alguien sabe lo suficiente como para humillarse, pero se niega a reflexionar sobre ello o a actuar sabiamente. Esto es especialmente grave cuando ha visto que otros fueron quebrantados por negarse a ceder, y que otros cayeron porque no quisieron inclinarse. Los hijos agravan su pecado cuando siguen los caminos perversos de sus padres, aun después de haber visto cuánto les costaron esos pecados.
El segundo cargo contra Belsasar era que había tratado a Dios con mayor atrevimiento y descaro que Nabucodonosor. La prueba estaba en el banquete que celebraba esa misma noche, cuando el terror lo alcanzó en medio de su fiesta (Daniel 5:23). Daniel le dice que Belsasar se había levantado contra el Señor del cielo. Se había enfrentado a la autoridad real de Dios al profanar los utensilios del templo de Dios y convertir las cosas santas en instrumentos para su pecado. También había alabado a ídolos de plata y de oro, que no pueden ver, oír ni entender nada, como si fueran superiores al Dios que ve, oye y conoce todas las cosas.
Quienes están decididos a seguir pecando se alegran de tener dioses que no ven, ni oyen, ni saben nada. Entonces creen que pueden pecar sin peligro. Pero para su vergüenza descubrirán que esos no son los dioses que los juzgarán. Serán juzgados por aquel ante quien todo está abierto y expuesto.
El tercer cargo era que Belsasar no había cumplido aquello para lo cual fue creado y conservado con vida. Daniel dice que, aunque el Dios en cuya mano estaba su aliento y a quien pertenecían todos sus caminos le daba la vida, él no lo había glorificado. Este cargo también se presenta contra todos nosotros, y debemos pensar cuidadosamente cómo responderemos a él. Dependemos de Dios como nuestro Creador, Sustentador, Benefactor, Dueño y Gobernante. Nuestro aliento salió primero de su mano y todavía permanece en ella. Él sostiene nuestra vida, y si nos quita el aliento, morimos. Nuestros tiempos están en su mano, y también el aliento con el que se miden nuestros días.
En Dios vivimos, nos movemos y existimos. Vivimos por él, vivimos de él y no podemos vivir sin él. El camino de una persona no está bajo su propio control ni depende por completo de sus decisiones. Todos nuestros caminos pertenecen a Dios, porque nuestro corazón está en sus manos, igual que el corazón de todas las personas, incluso el de los reyes, que parecen tener la mayor libertad para actuar. Debido a esta dependencia, nuestro deber es glorificar a Dios, entregarnos a su honra y servirlo. Debemos procurar agradarle y hacer de su alabanza nuestra tarea. Sin embargo, aunque dependemos de él de esta manera, no hemos cumplido con ese deber. Todos hemos pecado y estamos lejos de alcanzar la gloria de Dios.
Este era el cargo contra Belsasar, y no hacía falta ninguna prueba adicional. Los hechos mismos lo demostraban, y su propia conciencia no podía negarlo. Por eso Daniel continúa leyendo la sentencia tal como estaba escrita en la pared. Cuando Belsasar había llegado a tal nivel de pecado que pisoteaba las cosas más sagradas, y mientras se encontraba en medio de su banquete sacrílego e idólatra, la mano fue enviada por aquel Dios a quien había insultado tan descaradamente. Dios había tenido paciencia con él durante mucho tiempo, pero ya no lo soportaría más. Él era quien había escrito el mensaje que Belsasar tenía delante (Daniel 5:24). El mismo Dios escribe cosas amargas contra los pecadores y hace que carguen con las consecuencias de su propia culpa (Job 13:26).
Así como los pecados de los pecadores están escritos en el conocimiento de Dios, su condena está escrita en la ley de Dios. Se acerca el día en que se abrirán esos libros y serán juzgados por lo que está escrito en ellos. La escritura decía: «Mene, Mene, Tekel, Uparsin» (Daniel 5:25). Contamos con la explicación inspirada de estas palabras; de otro modo, entenderíamos muy poco, porque son muy breves. Su significado es: «Ha contado, ha pesado y ha dividido». Los sabios caldeos no podían entender quién era ese «él», porque no sabían que hay un solo Dios; y esa puede ser una de las razones por las que la escritura los dejó desconcertados.
Mene se repite para mostrar que el asunto es seguro. Significa: «Ha contado y ha terminado». Daniel explica que Dios había contado los años y los días del reino de Belsasar, y que ahora habían llegado a su fin (Daniel 5:26). El tiempo que se le había señalado para gobernar el reino se había agotado, y tendría que entregarlo. Allí estaba el fin de su reino.
Tekel significa: «Has sido pesado» y, en un sentido semejante, «Has sido hallado falto de peso». Belsasar y sus acciones son pesados en las balanzas justas y perfectas de la justicia de Dios. Dios conoce su verdadero carácter con la misma claridad con que un orfebre conoce el peso de un metal en las balanzas más precisas. Dios no dicta sentencia hasta haber considerado plenamente las acciones de Belsasar y todo lo relacionado con su caso. Pero Belsasar es hallado falto: no es apto para recibir una responsabilidad tan grande; es un hombre vacío, ligero y sin valor ni firmeza.
Ufarsin, o Peres, significa «dividido» y también apunta a los persas. Daniel une ambas ideas (Daniel 5:28). El reino de Belsasar sería dividido, arrancado de sus manos y entregado a los medos y los persas, como un botín que se repartirían entre ellos. Esto también encaja con el destino de los pecadores. Mene, Tekel y Peres pueden representar fácilmente la muerte, el juicio y el infierno. En la muerte, los días del pecador están contados y llegan a su fin. Después de la muerte viene el juicio, cuando es pesado y hallado falto. Después del juicio, es apartado y entregado como presa al diablo y a sus ángeles.
Daniel no le dio a Belsasar el mismo llamado al arrepentimiento que le había dado a Nabucodonosor, porque vio que el decreto de Dios ya había sido pronunciado y que a Belsasar no se le daría tiempo para volver atrás. Sería comprensible esperar que Belsasar se enojara con Daniel y, al saber que su situación no tenía remedio, arremetiera contra él. Pero su conciencia lo había convencido tan profundamente de la verdad de las palabras de Daniel que no presentó ninguna objeción.
En vez de eso, le dio a Daniel la recompensa que había prometido, le puso el manto púrpura y la cadena de oro, y lo proclamó como el tercer gobernante del reino (Daniel 5:29). Lo hizo porque tenía la intención de cumplir su palabra y porque Daniel no tenía la culpa de que el significado de la escritura no fuera lo que el rey quería escuchar. Muchas personas muestran gran respeto por los profetas de Dios y, aun así, no prestan verdadera atención a la palabra de Dios.
Daniel no daba mucho valor a esos títulos ni a esas muestras de honor; sin embargo, no las rechazó, porque demostraban la buena voluntad de su gobernante. Aun así, podemos imaginar que las recibió con una sonrisa serena, sabiendo lo pronto que desaparecerían junto con el hombre que se las otorgaba. Eran como la planta de Jonás, que creció en una noche y murió en una noche. Por eso, habría sido insensato que Daniel se alegrara demasiado por ellas.
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De este capítulo
Daniel 5:1
"El rey Belsasar hizo un gran banquete para mil de sus señores y bebió vino ante los mil."
Daniel 5:2
"Mientras Belsasar saboreaba el vino, ordenó que trajeran los vasos de oro y de plata que su padre Nabucodonosor había sacado del templo que estaba en Jerusalén, para que bebieran en ellos el rey, sus príncipes, sus esposas y sus concubinas."
Daniel 5:3
"Entonces trajeron los vasos de oro que habían sido sacados del templo de la casa de Dios que estaba en Jerusalén, y bebieron en ellos el rey, sus príncipes, sus esposas y sus concubinas."
Daniel 5:4
"Bebieron vino y alabaron a los dioses de oro, de plata, de bronce, de hierro, de madera y de piedra."
Daniel 5:5
"En aquella misma hora aparecieron los dedos de una mano humana y escribieron frente al candelabro, sobre el yeso de la pared del palacio del rey; y el rey vio la parte de la mano que escribía."
Daniel 5:6
"Entonces cambió el semblante del rey y sus pensamientos lo perturbaron, de modo que se aflojaron las articulaciones de sus caderas y sus rodillas chocaban una contra otra."
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