Versículo destacado

Daniel 2:31 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Edición Protestante

" Tú, oh rey, mirabas, y allí había una gran estatua. Esta gran estatua, cuyo resplandor era extraordinario, estaba de pie delante de ti, y su apariencia era terrible. "

Daniel 2:31

menu_book El versículo en contexto

29 En cuanto a ti, oh rey, mientras estabas en tu cama vinieron a tu mente pensamientos acerca de lo que sucedería después; y el que revela misterios te da a conocer lo que sucederá.

30 En cuanto a mí, este misterio no me ha sido revelado porque yo tenga más sabiduría que cualquier ser viviente, sino por causa de quienes darán a conocer al rey la interpretación, y para que tú conozcas los pensamientos de tu corazón.

31 Tú, oh rey, mirabas, y allí había una gran estatua. Esta gran estatua, cuyo resplandor era extraordinario, estaba de pie delante de ti, y su apariencia era terrible.

32 La cabeza de esta estatua era de oro fino; su pecho y sus brazos, de plata; su vientre y sus muslos, de bronce;

33 sus piernas, de hierro; y sus pies, en parte de hierro y en parte de barro.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Daniel ahora satisface plenamente a Nabucodonosor tanto respecto al sueño como a su significado. El gran rey había sido bondadoso con este pobre profeta: había apoyado su educación y lo había mantenido en la corte a expensas del rey. Por eso, el servicio de Daniel ahora le devuelve abundantemente ese favor, y el rey recibe algo que solo un profeta podía ofrecerle. Aunque Nabucodonosor lo había recibido sin honrarlo como profeta, ahora obtiene la recompensa propia de un profeta.

Este es el sueño mismo, en Daniel 2:31 y Daniel 2:45. Es posible que a Nabucodonosor le gustaran las estatuas y que hubiera llenado de ellas su palacio y sus jardines. Pero también adoraba imágenes, y ahora una gran imagen aparece delante de él en un sueño. Esto quizá le mostró que las imágenes en las que tanto gastaba eran solo sueños y figuras vacías. La mente puede crear sus propias imágenes sin necesidad de tallar piedra o fundir metal.

La imagen tenía forma humana y estaba de pie. Se alzaba delante del rey como una persona viva, brillante y espléndida, porque los reinos que representaba eran impresionantes para sus amigos. También era terrible, porque sus enemigos les tenían miedo. Lo más llamativo de ella eran los diferentes metales usados en sus partes: la cabeza era de oro; el pecho y los brazos, de plata; el vientre y los muslos, de bronce; las piernas, de hierro; y los pies, en parte de hierro y en parte de barro.

Esto muestra cómo es el poder de este mundo. Cuanto más avanzamos en él, menos valioso se vuelve. En la vida humana, la juventud es como una cabeza de oro, pero pronto pierde su valor ante nuestros ojos. La vejez es como barro, casi a punto de deshacerse. Lo mismo sucede con el mundo mismo, porque las épocas posteriores tienden a decaer. La primera época de la iglesia cristiana y de la Reforma fue como el oro, pero nuestra época se parece más al hierro y al barro.

Algunos han aplicado esto a los hipócritas, cuya conducta no corresponde a su conocimiento. Esa persona tiene una cabeza de oro porque sabe lo correcto, pero pies de hierro y barro porque no lo practica. Otros observan que, en las visiones posteriores de Daniel, esos mismos reinos aparecen como bestias (capítulo 7), porque allí se los contempla como terrenales, sensuales y tiránicos. En esa imagen tienen más de bestia que de ser humano. Pero para Nabucodonosor, un rey pagano que admiraba la gloria de este mundo, aparecen como una imagen humana hermosa y majestuosa.

¿Qué sucedió con esta imagen? La siguiente parte del sueño muestra que fue quebrada y destruida. Nabucodonosor vio una piedra desprendida de una montaña, pero no por mano humana. La piedra golpeó la imagen en sus pies de hierro y barro, y los hizo pedazos. Entonces toda la imagen cayó, y el oro, la plata, el bronce y el hierro fueron triturados juntos. Se volvieron como paja en una era durante el verano, sin dejar rastro alguno. Pero la piedra que golpeó la imagen se convirtió en una gran montaña y llenó toda la tierra.

Esto muestra cómo Dios puede producir grandes resultados por medio de cosas débiles e improbables. Cuando él lo decide, algo pequeño puede llegar a ser mil veces mayor. La destrucción de la imagen también puede señalar el futuro fin de la idolatría en el mundo. Los ídolos de las naciones son de plata y oro, como esta imagen, y desaparecerán de la tierra y de debajo del cielo (Jeremías 10:11; Isaías 2:18). Cualquier poder que destruya la idolatría está encaminado a ser honrado y engrandecido, así como la piedra se convirtió en una gran montaña después de quebrar la imagen.

Ahora viene la interpretación del sueño. Puesto que el sueño procedía de Dios, solo Dios podía explicarlo correctamente. Parece que Daniel tenía consigo a sus compañeros, y habla en nombre de ellos cuando dice: «Les diremos al rey lo que significa el sueño» (Daniel 2:36). La imagen representa los reinos de la tierra que gobernarían uno tras otro y afectarían los asuntos del pueblo de Dios y de la comunidad judía.

Estos cuatro reinos aparecen como una sola imagen, y no como cuatro imágenes separadas, porque comparten el mismo espíritu y todos están, de una u otra manera, en contra de la iglesia. Es el mismo poder, colocado sucesivamente en cuatro naciones diferentes. Los dos primeros estaban al este de Judea, y los dos últimos, al oeste de ella. La cabeza de oro representa el imperio caldeo, que en ese momento estaba en el poder (Daniel 2:37-38). A Nabucodonosor se lo llama rey de reyes, es decir, gobernante sobre muchos reyes y reinos, o el rey más poderoso que entonces vivía sobre la tierra.

Pero no debía pensar que esa grandeza procedía de su propia capacidad o fuerza. Fue el Dios del cielo quien le dio el reino, el poder, la fuerza y la gloria. Dios lo hizo gobernante con una autoridad extensa, un poder firme y un gran esplendor. Los príncipes más elevados no tienen autoridad sino la que reciben de lo alto. Su dominio se extendía sobre las tierras habitadas de aquella parte del mundo, sobre sus pobladores y sobre todo lo que poseían, incluso el ganado y los animales salvajes. Gobernaba los bosques, las selvas y los lugares de caza, y nadie podía cazar allí sin su permiso.

Así que él era la cabeza de oro, junto con su hijo y su nieto, durante setenta años. Compárese esto con Jeremías 25:9, Jeremías 25:11 y, especialmente, Jeremías 27:5-7. En ese tiempo también existían otros reinos fuertes, como el de los escitas, pero Babilonia era el reino que gobernaba sobre los judíos. Ella inició la cadena de gobiernos descrita aquí, que continuó hasta la época de Cristo. Se la llama cabeza por su sabiduría, grandeza y poder absoluto, y cabeza de oro por su riqueza (Isaías 14:4). Babilonia era una ciudad de oro.

Algunos sitúan el comienzo de esta monarquía en Nimrod e incluyen a todos los reyes asirios, unos cincuenta gobernantes en total. Según esa interpretación, habría durado más de 1,600 años. Pero no fue durante tanto tiempo un dominio de semejante extensión y poder como el que describe esta visión, ni algo cercano a ello.

Por eso, otros limitan la cabeza de oro a Nabucodonosor, Evil-merodac y Belsasar. Estos reyes babilonios tuvieron una espléndida sede real y quizá gobernaron con mayor fuerza que cualquiera de los reyes anteriores. Nabucodonosor reinó 45 años, Evil-merodac 23 años y Belsasar 3 años. Babilonia era su capital, y Daniel vivió entre ellos durante los 70 años.

El pecho y los brazos de plata representan el reino de los medos y los persas, del cual al rey solo se le dice: «Después de ti surgirá otro reino, inferior al tuyo» (Daniel 2:39). No sería tan rico, poderoso ni victorioso. Este reino fue fundado por Darío el medo y Ciro el persa, quienes eran aliados; por eso aparece representado por dos brazos que se unen en el pecho. Ciro era persa por parte de su padre y medo por parte de su madre. Algunos calculan que este segundo reino duró 130 años; otros, 204 años. El cálculo más corto armoniza mejor con la cronología bíblica.

El vientre y los muslos de bronce representan el reino de los griegos, fundado por Alejandro Magno, quien conquistó a Darío Codomano, el último emperador persa. Este es el tercer reino, hecho de bronce. Era menos rico y abarcaba menos territorio que el reino persa, pero, bajo Alejandro mismo, gobernaría el mundo por el poder de la espada. Alejandro se jactaba de haber conquistado el mundo y luego, según se cuenta, lloró porque ya no quedaba otro mundo por conquistar.

Las piernas y los pies de hierro representan el reino romano. Algunos piensan que esta parte de la imagen señala más bien a los reinos griegos posteriores de Siria y Egipto, gobernados por los seléucidas y los lágidas. Grocio, Junio y Broughton sostenían esa interpretación. Pero la opinión más común es que aquí se refiere a Roma, porque el reino de Cristo fue establecido durante ese imperio y, cuando este se encontraba en su apogeo, mediante la predicación del evangelio eterno.

Roma era fuerte como el hierro (Daniel 2:40). Durante muchos años, su poder venció a todos los que se le oponían. Destruyó el imperio griego y, más tarde, arrasó con la nación judía. Cerca del final del reino romano, este se debilitó mucho y se dividió en diez reinos, representados por los dedos de los pies. Algunos eran débiles como el barro y otros fuertes como el hierro (Daniel 2:42). Se intentó unirlos y fortalecerlos, pero no funcionó: «No se unirán el uno con el otro» (Daniel 2:43). Durante mucho tiempo, este imperio dividió el gobierno entre el senado y el pueblo, entre los nobles y los ciudadanos comunes, pero nunca llegaron a ser verdaderamente uno. Hubo guerras civiles entre Mario y Sila, y entre César y Pompeyo, cuyas facciones eran como el hierro y el barro. Algunos aplican esto al declive posterior del imperio, cuando las familias reales contrajeron matrimonios entre sí para fortalecer a Roma contra las invasiones bárbaras. Pero esos planes fracasaron cuando llegó la caída del imperio.

La piedra desprendida sin intervención humana representa el reino de Jesucristo, que sería establecido en el mundo durante el Imperio romano y sobre las ruinas del reino de Satanás en los reinos del mundo. Es una piedra desprendida de la montaña sin intervención humana porque ningún poder ni plan humano lo levantó o lo sostuvo. Ninguna mano visible trabajó para establecerlo; fue el Espíritu del Señor de los ejércitos quien lo hizo de manera invisible. Esta es la piedra que los constructores desecharon porque no había sido tallada por sus manos; sin embargo, llegó a ser la piedra principal del ángulo.

La iglesia del evangelio es un reino, y Cristo es su único gobernante. Él la gobierna por medio de su palabra y su Espíritu, le da protección y ley, y recibe de ella honor y servicio. No es de este mundo, aunque está establecida en el mundo. Es el reino de Dios entre los seres humanos.

El Dios del cielo establecería este reino, daría a Cristo autoridad para ejercer el juicio, lo pondría como Rey sobre su santo monte de Sion y llevaría a un pueblo dispuesto a obedecerlo. Puesto que lo establece el Dios del cielo, el Nuevo Testamento suele llamarlo el reino de los cielos. Su origen está arriba y su dirección también es hacia lo alto.

Este reino sería establecido en los días de esos reyes, los reyes de la cuarta monarquía. Lucas 2:1 presta especial atención a esto al decir que Cristo nació cuando, por decreto del emperador romano, todo el mundo fue empadronado. Eso mostró claramente que el imperio había llegado a ser tan extenso como cualquier otro imperio terrenal de la historia. Mientras esos reyes luchan entre sí y cada bando espera beneficiarse del conflicto, Dios sigue haciendo su obra y llevando a cabo sus planes. Todos esos reyes son enemigos del reino de Cristo; aun así, el reino será establecido a pesar de ellos.

Este es un reino que nunca se desvanece, nunca enfrenta la destrucción y nunca necesita un gobernante nuevo ni una forma nueva de gobierno. Nunca será destruido por un ataque extranjero, como sucede con muchos otros reinos. El fuego y la espada no pueden arruinarlo. El poder unido de la tierra y del infierno no puede quitarle sus súbditos a su Rey ni quitarle su Rey a sus súbditos. Tampoco será entregado este reino a otro pueblo, como sucede con los reinos terrenales. Cristo es un Rey que no tiene sucesor, porque él mismo reina para siempre y su reino no cambia de gobierno. El reino de Dios fue quitado de los judíos y entregado a los gentiles (Mateo 21:43), pero seguía siendo el reino de Cristo, el reino del Mesías, el que gobernaba. La iglesia cristiana sigue siendo la misma: está fundada sobre una roca y enfrenta una fuerte oposición, pero las puertas del infierno nunca la vencerán.

Este reino también vencerá toda oposición. Hará pedazos y consumirá a todos esos reinos, así como la piedra cortada sin intervención humana hizo pedazos la estatua (Daniel 2:44, Daniel 2:45). El reino de Cristo sobrevivirá a todos los demás. Continuará después de que ellos hayan caído por su propio peso y desaparecido por completo, hasta el punto de que nadie recuerde dónde estuvieron. Todos los reinos que se levanten contra el reino de Cristo serán quebrados con vara de hierro, como una vasija de alfarero (Salmo 2:9). Y en cada reino que se someta a Cristo, la tiranía, la idolatría y todo lo demás que lo avergüence serán quebrantados en la medida en que el evangelio de Cristo avance.

Se acerca el día en que Jesucristo derribará todo dominio, autoridad y poder, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies. Solo entonces esta profecía alcanzará plenamente su significado, y no antes (1 Corintios 15:24, 1 Corintios 15:25). Nuestro Salvador parece señalar esto en (Mateo 21:44), donde habla de sí mismo como la piedra rechazada por los constructores judíos. Él dice que quien caiga sobre esta piedra quedará quebrantado, y que si la piedra cae sobre alguien, lo aplastará por completo.

Este reino durará para siempre. Los reinos de este mundo, después de hacer pedazos a otros, terminan siendo quebrantados a su vez. Pero el reino de Cristo quebrantará a otros reinos y permanecerá para siempre. Su trono durará tanto como los días del cielo, y su pueblo será tan numeroso como las estrellas del cielo: no solo incontable, sino también inmutable. El crecimiento de su gobierno y de su paz no tendrá fin. El Señor reinará para siempre, no solo hasta el fin del tiempo, sino más allá del tiempo mismo, cuando ya no haya días y Dios sea todo en todos por la eternidad.

Después de que Daniel terminó de explicarle el sueño a Nabucodonosor, el rey no lo interrumpió. El significado era tan completo que no tenía preguntas que hacer, y tan claro que no tenía objeciones que presentar. Entonces Daniel concluye con una declaración solemne. Primero, habla del origen divino del sueño. El gran Dios —como Daniel lo llama para mostrar su propia elevada visión de Dios y también para formar la visión que el rey tenía de él— le ha dado a conocer al rey lo que sucederá en el futuro. Los dioses de los magos no podían hacer esto. De este modo se confirmó el antiguo desafío de Isaías a los idólatras, especialmente a los idólatras de Babilonia, cuando pidió a sus dioses que anunciaran lo que sucedería en el futuro, para que supiéramos que eran dioses (Isaías 41:23). Esto también demostró que el Dios de Israel es el Dios verdadero, porque anuncia el fin desde el principio (Isaías 46:10).

Daniel también habla de la certeza absoluta de lo que el sueño anunciaba. El que da a conocer estas cosas es el mismo que las planeó y determinó, y quien las llevará a cabo por medio de su providencia, su gobierno que guía todas las cosas. Podemos estar seguros de que su propósito permanecerá y no podrá cambiarse. Por eso, el sueño es cierto y su interpretación es segura. Todo lo que Dios ha dado a conocer es digno de nuestra confianza.

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