Tobit 1:1
Esta es la historia de Tobit. Tobit era hijo de Tobiel y descendiente de Ananiel, de Aduel, de Gabael, de Rafael y de Ragüel, quienes descendían de Jahseel, de la tribu de Neftalí.
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25 versículos | Biblia BibleGuided — Español
Esta es la historia de Tobit. Tobit era hijo de Tobiel y descendiente de Ananiel, de Aduel, de Gabael, de Rafael y de Ragüel, quienes descendían de Jahseel, de la tribu de Neftalí.
En tiempos del rey Salmanasar de Asiria, Tobit fue llevado cautivo desde Tisbé, una aldea situada en la Galilea superior, al sur de Quedes de Neftalí, más arriba de Hasor, hacia el occidente y al norte de Sefat.
Yo, Tobit, me comporté con sinceridad y honradez todos los días de mi vida. Hice muchas obras de caridad entre mis parientes y mis compatriotas que habían sido desterrados conmigo a Asiria, a la ciudad de Nínive.
Cuando yo era joven y vivía en mi tierra, en Israel, toda la tribu de Neftalí, a la cual pertenezco, se había separado de la dinastía de David y de Jerusalén. Sin embargo, Jerusalén era la ciudad escogida entre todas las tribus de Israel como el lugar donde ellas debían ofrecer sus sacrificios. Allí se había construido el templo donde Dios habitaba y que había sido dedicado a él para siempre.
En todos los montes de Galilea, todos mis parientes y, en general, la tribu de Neftalí a la que pertenezco ofrecían sacrificios al becerro que Jeroboam, rey de Israel, había mandado hacer en Dan.
Muchas veces, yo era el único que iba a Jerusalén durante las fiestas, como se ordena que lo haga siempre todo el pueblo de Israel. Me apresuraba a ir a Jerusalén para llevar los primeros frutos de mis cosechas, las primeras crías, la décima parte del ganado y la primera lana que recogía de mis ovejas.
Y se lo entregaba a los sacerdotes, descendientes de Aarón, para el servicio del altar. También entregaba a los levitas encargados del servicio del templo en Jerusalén la décima parte del trigo, del vino, del aceite, de las granadas, de los higos y de las demás cosechas. Cada año vendía otra décima parte y, durante seis años seguidos, iba a gastar ese dinero en Jerusalén.
Cada tres años repartía la tercera décima parte entre los huérfanos, las viudas y los extranjeros que se habían convertido a nuestra religión y se habían unido a los israelitas. Con esa décima parte celebrábamos el banquete, como se ordena en la ley de Moisés y según me lo había recomendado Débora, mi abuela por parte de padre, pues mi padre había muerto y me había dejado huérfano.
Cuando llegué a ser mayor de edad, me casé con una parienta mía llamada Ana. De ella tuve un hijo, a quien puse por nombre Tobías.
Cuando me llevaron desterrado a Asiria, llegué a Nínive. Todos mis parientes y los demás israelitas comían los mismos alimentos que comen los paganos.
Yo, en cambio, procuraba no comerlos.
Y como había sido fiel a Dios con todo el corazón,
el Dios altísimo hizo que el rey Salmanasar me viera con buenos ojos, y llegué a ser el encargado de comprar sus provisiones.
Yo iba al país de Media y hacía compras para él. Continué haciéndolo hasta que el rey murió. Una vez dejé en Ragues de Media la cantidad de trescientos treinta kilos de plata, consignada en depósito al cuidado de un pariente mío llamado Gabael, hijo de Gabrí.
Cuando Salmanasar murió, su hijo Senaquerib reinó en su lugar. Los caminos que llevaban a Media se volvieron inseguros, y ya no pude regresar a aquel país.
En tiempos de Salmanasar ayudé muchas veces a los demás israelitas mediante obras de caridad.
Compartía mi comida con quienes padecían hambre y daba parte de mi ropa a quienes no tenían. Cuando algún israelita moría y su cadáver era arrojado fuera de las murallas de Nínive, si yo lo veía, iba y lo enterraba.
Cuando Senaquerib comenzó a decir palabras ofensivas contra Dios, el Rey del cielo, y fue castigado por ello y tuvo que huir de Judea, se enfureció y mató a muchos israelitas. Pero yo fui y los enterré. Robé los cadáveres y los enterré. Senaquerib los buscó, pero no logró encontrarlos.
Entonces un ciudadano de Nínive fue y le informó al rey que yo era quien los había enterrado, y tuve que esconderme. Cuando supe que el rey ya sabía de mí y que me buscaba para matarme, tuve miedo y escapé.
Me quitaron todo lo que tenía y se lo llevaron al tesoro del rey. Solo me dejaron a Ana, mi esposa, y a Tobías, mi hijo.
Aún no habían transcurrido cuarenta días cuando Senaquerib fue asesinado por sus dos hijos, quienes huyeron a las montañas de Ararat. En lugar de Senaquerib reinó su hijo Esarhadón, quien encargó a Ajicar, hijo de mi hermano Anael, el oficio de llevar las cuentas del reino; Ajicar tenía la dirección general de la administración.
Entonces Ajicar habló en mi favor, y así pude regresar a Nínive. Porque cuando Senaquerib era rey de Asiria, Ajicar fue jefe del servicio de mesa, encargado de guardar el sello real y jefe de administración y cuentas. Asarhadón volvió a darle esos cargos. Ajicar era de mi familia, sobrino mío.
Tobit mantiene sus convicciones religiosas y sus prácticas de caridad aun lejos de su tierra y rodeado de costumbres distintas.
El cuidado de los pobres, los huérfanos, las viudas, los extranjeros y los muertos aparece como parte concreta de la obediencia a Dios.
Tobit recuerda la elección de Jerusalén y se distancia del culto al becerro de Dan, vinculando la fidelidad a Dios con la memoria del templo y de la ley.
La compasión de Tobit hacia las víctimas de la violencia lo expone al peligro, al miedo, al escondite y a la pérdida de sus bienes.
El capítulo se sitúa durante el dominio asirio, en el contexto del exilio de habitantes del reino del norte de Israel. Tobit pertenece a la tribu de Neftalí y es llevado desde Galilea a Nínive. El relato menciona a Salmanasar, Senaquerib y Esarhadón, así como lugares de Asiria y Media. También refleja la tensión entre el culto centralizado en Jerusalén y el culto al becerro establecido en Dan. Las prácticas descritas —diezmos, peregrinación, ayuda a personas vulnerables y entierro de los muertos— expresan la identidad religiosa de Tobit dentro de la tradición de Israel.
El capítulo funciona como una presentación autobiográfica y familiar. Primero identifica el linaje y el origen de Tobit (1:1-2). Luego resume su fidelidad religiosa y sus obras de caridad, con especial atención a su relación con Jerusalén y la ley (1:3-12). Después narra su posición favorable ante Salmanasar, su servicio administrativo y sus acciones en favor de otros israelitas (1:13-18). La persecución de Senaquerib conduce a la confiscación de sus bienes y a su huida (1:19-20). Finalmente, el ascenso de Esarhadón y la intervención de Ajicar permiten el regreso de Tobit a Nínive (1:21-22).
Tobit 1 presenta la fidelidad a Dios como una realidad integral: incluye el culto, la obediencia a la ley, la solidaridad con los vulnerables y el respeto por la dignidad de los muertos. El capítulo también muestra que vivir fielmente puede implicar aislamiento, riesgo y pérdida, sin que esas dificultades invaliden la virtud de la persona. La memoria de Jerusalén expresa la unidad del pueblo y la centralidad del culto a Dios. La ayuda de Ajicar introduce además un motivo importante del libro: Dios puede sostener a sus siervos mediante la familia, la amistad y las responsabilidades humanas.
El capítulo reúne experiencias emocionalmente intensas: desarraigo, presión cultural, miedo, violencia, duelo, pérdida material y separación. Al mismo tiempo, presenta prácticas que dan sentido y estructura a la vida de Tobit: la memoria de su pueblo, la solidaridad, la responsabilidad familiar y la fidelidad a sus convicciones. Su perspectiva no minimiza el peligro ni la injusticia; muestra que la compasión puede coexistir con el temor y la vulnerabilidad.
El capítulo relaciona la fe con acciones observables: compartir alimentos y ropa, apoyar a quienes carecen de protección, honrar a los muertos, cuidar los vínculos familiares y conservar convicciones profundas en contextos difíciles. También invita a reconocer los límites humanos: Tobit actúa con valentía, pero siente miedo y necesita esconderse y recibir ayuda. Una lectura responsable puede valorar la solidaridad y la memoria sin romantizar la persecución ni confundir la fidelidad con la búsqueda del peligro.
Tobit era un israelita de la tribu de Neftalí, descendiente de una familia vinculada con Galilea. Fue llevado cautivo a Nínive y allí se distinguió por su fidelidad religiosa y sus obras de caridad.
Iba a Jerusalén durante las fiestas para ofrecer los primeros frutos, los diezmos y otros dones, porque reconocía a Jerusalén como el lugar escogido para el culto de Israel.
Mientras muchos miembros de Neftalí ofrecían sacrificios al becerro de Dan, Tobit procuraba mantener la relación con Jerusalén y cumplir las prácticas que asociaba con la ley de Moisés.
Compartía su comida con quienes tenían hambre, daba ropa a quienes carecían de ella y enterraba a los israelitas que habían muerto y cuyos cuerpos habían sido abandonados.
Senaquerib había asesinado a muchos israelitas y Tobit enterraba sus cuerpos en secreto. Cuando el rey supo lo que hacía, ordenó buscarlo para matarlo.
Ajicar, pariente de Tobit y funcionario importante del reino, habló en su favor ante Esarhadón y contribuyó a que pudiera regresar.
La historia de Tobit está marcada por pérdidas, peligro y desarraigo, pero también por una compasión que no se endurece. Su miedo no cancela su bondad, y su vulnerabilidad no borra su dignidad. El capítulo retrata con sensibilidad el peso de vivir lejos de la propia tierra y de cargar con el duelo de otros, mientras la familia y la solidaridad ofrecen puntos de apoyo en medio de la incertidumbre.
Tobit 1 combina genealogía, autobiografía y memoria nacional para presentar la identidad de su protagonista. La oposición entre Jerusalén y Dan organiza buena parte de su perspectiva religiosa, mientras que el exilio asirio explica el entorno político y cultural. El narrador interpreta la conducta de Tobit como fidelidad integral: culto, cumplimiento de la ley, solidaridad y sepultura de los muertos. La intervención final de Ajicar conecta la piedad personal con las redes familiares y administrativas del mundo del relato.
La conducta de Tobit muestra una ética cotidiana y concreta: administrar recursos, cumplir responsabilidades, compartir bienes, cuidar a los vulnerables y sostener a la familia. También enseña que la prudencia forma parte de la responsabilidad: ante una amenaza real, Tobit se esconde y acepta la ayuda de un pariente. La vida fiel que describe el capítulo no se limita a convicciones internas; se expresa en decisiones prácticas, relaciones confiables y solidaridad organizada.
Tobit conserva la memoria de Jerusalén y de la alianza aun cuando vive lejos de su tierra. Su historia sugiere que la fidelidad espiritual puede atravesar fronteras, pérdidas y cambios de poder sin quedar reducida a una circunstancia externa. La caridad hacia los vivos y el respeto por los muertos revelan una visión de la vida ante Dios que abraza a toda la comunidad. En la ayuda de Ajicar se percibe una providencia que obra mediante vínculos humanos y permanece activa aun cuando el camino parece quebrado.
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