Versículo destacado

Romanos 9:6 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Pero esto no significa que las promesas de Dios a Israel hayan perdido su validez; más bien, no todos los descendientes de Israel son verdadero pueblo de Israel. "

Romanos 9:6

menu_book El versículo en contexto

4 Son descendientes de Israel, y Dios los adoptó como hijos. Dios estuvo entre ellos con su presencia gloriosa y les dio las alianzas, la ley de Moisés, el culto y las promesas.

5 Son descendientes de nuestros antepasados; y de su raza, en cuanto a lo humano, vino el Mesías, quien es Dios sobre todas las cosas, alabado por siempre. Amén.

6 Pero esto no significa que las promesas de Dios a Israel hayan perdido su validez; más bien, no todos los descendientes de Israel son verdadero pueblo de Israel.

7 No todos los descendientes de Abraham son verdaderamente sus hijos, sino que Dios le había dicho: «Tu descendencia vendrá por medio de Isaac».

8 Esto nos da a entender que nadie es hijo de Dios solamente por pertenecer a cierta raza; al contrario, solo a quienes son hijos en cumplimiento de la promesa de Dios se les considera verdaderos descendientes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ha llegado ahora a su punto principal acerca del rechazo de la mayoría de sus compatriotas judíos. Ya ha mostrado cuánto los ama y ha reconocido claramente los privilegios que recibieron. Ahora sostiene que el establecimiento del evangelio no hizo fracasar la promesa de Dios a los patriarcas. Cuando dice: «No es que la palabra de Dios haya quedado sin efecto» (Romanos 9:6), está descartando cualquier idea de que la promesa de Dios haya perdido su poder.

Nunca debemos culpar a ninguna palabra de Dios por haber fallado. Nada de lo que Dios ha dicho caerá por tierra, y ninguna de sus promesas quedará sin cumplirse. Tanto sus promesas como sus advertencias se cumplirán, y al final él seguirá honrando su ley, como dice la Escritura (Isaías 55:10-11). Esto es especialmente cierto en cuanto a las promesas de Dios, que por un tiempo pueden parecer poco claras cuando acontecimientos posteriores ponen a prueba nuestra fe. Sin embargo, no pueden quedar anuladas. Al final hablarán, y no mentirán.

El problema, entonces, es cómo armonizar el rechazo de los judíos incrédulos con la promesa de Dios y con las señales externas de su favor que ellos habían recibido. Pablo responde de cuatro maneras: primero, explicando en esta sección el verdadero significado de la promesa (Romanos 9:6-13); segundo, mostrando el derecho absoluto, o la soberanía, de Dios para tratar con las personas (Romanos 9:14-24); tercero, mostrando que este rechazo de los judíos y la inclusión de los gentiles habían sido anunciados de antemano en el Antiguo Testamento (Romanos 9:25-29); y cuarto, mostrando la verdadera razón por la que los judíos fueron rechazados (Romanos 9:30 hasta el final del capítulo).

Aquí Pablo está explicando lo que Dios quiso decir con la promesa. Cuando las personas entienden mal la palabra de Dios, no es sorprendente que luego se quejen de la manera en que él la cumple. Por eso, primero hay que aclarar el significado de la promesa. La promesa de Dios a Abraham —que él sería Dios para Abraham y para su descendencia— no significaba que incluiría a todos los descendientes de Abraham según la sangre. Nunca tuvo la intención de incluir a todos los que pertenecieran a la línea familiar de Abraham como tal. Desde el principio, la promesa estuvo limitada a ciertas personas, así como fue dada a Isaac y no a Ismael, y a Jacob y no a Esaú. Aun así, la promesa no quedó inutilizada. Del mismo modo, ahora pertenece a los judíos creyentes que reciben a Cristo y su evangelio, mientras deja fuera a muchos que lo rechazan. Eso no significa que la promesa haya fallado, como tampoco falló cuando Ismael y Esaú fueron dejados fuera.

El primer punto de Pablo es este: «No todos los que proceden de Israel son Israel» (Romanos 9:6), y no todos son hijos por ser descendientes de Abraham (Romanos 9:7). Muchos de los que procedían de Abraham y Jacob, y pertenecían a la nación llamada Israel, no eran verdaderos israelitas en el sentido pleno y salvador. No todos eran el pueblo de Dios en su corazón y en su manera de vivir, aunque llevaran ese nombre y gozaran de una posición externa entre el pueblo. No se deduce que ser descendiente físico de Abraham convierta a una persona en hija de Dios. Sin embargo, los judíos a menudo habían supuesto que así era y se jactaban de su relación con Abraham (Mateo 3:9; Juan 8:38-39). Pero esa suposición era equivocada.

La gracia no se hereda por familia. Las bendiciones de la salvación no están ligadas automáticamente a los privilegios externos de la iglesia, aunque muchas personas suelen extender la promesa de Dios de esa manera para sostener una esperanza falsa. Pablo lo demuestra mediante varios ejemplos. Muestra que Dios escogió a algunos descendientes de Abraham y no a otros, y que lo hizo conforme a su propia voluntad, no conforme a la ley de mandamientos a la que los judíos incrédulos estaban tan estrechamente ligados.

En primer lugar, Pablo señala a Isaac e Ismael. Ambos eran hijos de Abraham, pero solo Isaac fue incluido en el pacto de Dios, mientras que Ismael fue rechazado y enviado lejos. Pablo cita la Escritura: «En Isaac te será llamada descendencia» (Génesis 21:12), lo cual también concuerda con la palabra anterior de Dios: el pacto se establecería con Isaac (Génesis 17:19). Esto no significaba que la promesa de Dios a Abraham hubiera fallado. Dios, como dador de la bendición, tenía el derecho de decidir sobre quién descansarían esas bendiciones. Las puso sobre Isaac y no sobre Ismael.

Luego Pablo explica lo que esto nos enseña. Los hijos de la carne —es decir, quienes son descendientes de Abraham únicamente por nacimiento natural— no son por eso hijos de Dios. Si fuera así, Ismael habría tenido derecho a la promesa. Esto se dirige directamente a los judíos incrédulos, que confiaban en su descendencia física de Abraham y en ceremonias externas que Cristo ya había dejado atrás. Tenían confianza en la carne (Filipenses 3:3). Ismael era un hijo de la carne, nacido de Agar de una manera natural, sin nada milagroso en su nacimiento. Nació según la carne (Gálatas 4:29), y representa a todos los que buscan la justificación —es decir, ser declarados justos delante de Dios— y la salvación por sus propios esfuerzos y bondad.

Los verdaderos hijos son los hijos de la promesa, y ellos son considerados descendencia. No reciben ese lugar por algún mérito propio. Lo reciben únicamente porque Dios lo prometió y lo concede libremente conforme a su buena voluntad. Isaac fue un hijo de la promesa, como Pablo demuestra al citar Génesis 18:10. No solo fue alguien que había sido prometido, como muchos otros, sino alguien que llegó a existir por el poder de esa promesa. De esa manera, es una imagen de todos los que ahora son considerados descendencia: los verdaderos creyentes, que no nacen por voluntad humana ni por poder natural, sino por Dios. Nacen de la semilla incorruptible, la palabra de la promesa, mediante la promesa especial de Dios de dar un corazón nuevo (Gálatas 4:28). Isaac fue concebido por la fe (Hebreos 11:11). En el Antiguo Testamento, Dios ya estaba enseñando estas grandes verdades de la salvación, no con palabras completamente claras, sino por medio de ejemplos significativos y actos de su providencia. Aquellas señales no les resultaban tan claras como ahora a nosotros, porque el velo aún no había sido quitado y los símbolos todavía no habían sido explicados por aquello a lo que señalaban.

En segundo lugar, Pablo señala a Jacob y Esaú (Romanos 9:10-13). Este caso es aún más contundente. Muestra con mayor claridad que los descendientes físicos de Abraham no fueron incluidos en la promesa simplemente por haber nacido de esa familia. Solo fueron incluidos aquellos a quienes Dios designó conforme a su soberanía.

Había una diferencia entre Ismael e Isaac antes de que Ismael fuera expulsado. Ismael era hijo de la esclava y había nacido mucho antes que Isaac. Tenía un carácter áspero y violento, y se burlaba de Isaac o lo maltrataba. Por eso, alguien podría pensar que Dios tuvo esas cosas en cuenta cuando le dijo a Abraham que expulsara a Ismael.

Pero con Jacob y Esaú no fue así. Ambos eran hijos de Isaac y de la misma madre, y fueron concebidos al mismo tiempo. La diferencia entre ellos fue establecida por el plan de Dios antes de que nacieran, antes de que hubieran hecho algo bueno o malo. Los dos luchaban en el vientre de su madre cuando se dijo: «El mayor servirá al menor». Esto se dijo sin tomar en cuenta ninguna obra buena o mala que hubieran hecho, ni siquiera alguna que Dios hubiera previsto, para que permaneciera el propósito de Dios conforme a su elección. El punto es que Dios escoge a algunos y pasa por alto a otros libremente, conforme a su propia voluntad absoluta y soberana, concediendo su favor o reteniéndolo según le place.

Pablo explica además esta diferencia con una cita de Malaquías 1:2-3. Allí las palabras se refieren a las naciones que descendieron de Jacob y Esaú, no únicamente a los dos hombres: «A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí». Israel fue introducido en el pacto especial de Dios, recibió la tierra de Canaán y fue bendecido con manifestaciones extraordinarias del cuidado, la protección, la provisión y el rescate de Dios. Los edomitas quedaron fuera, sin templo, altar, sacerdotes ni profetas, y sin recibir ese cuidado y bondad especiales.

Así que Dios estableció una diferencia entre esas dos naciones, ambas descendientes de Abraham e Isaac, del mismo modo que primero estableció una diferencia entre Jacob y Esaú, los antepasados de esas naciones. De esta manera, la elección de uno y el rechazo del otro apuntaban más allá de sí mismos hacia una elección y un rechazo mayores.

Algunos entienden esto como una elección y un rechazo de condiciones o cualidades. En otras palabras, dicen que Dios escogió la fe como condición para la salvación y rechazó las obras de la ley. Arminio y John Goodwin lo entendieron de esta manera. Pero esto lleva el texto bíblico más allá de lo que dice, porque Pablo habla a lo largo de este pasaje acerca de personas, no de clases de personas ni de condiciones. Dice: «Tiene misericordia de quien quiere tener misericordia», no de la cualidad que él decide favorecer. Además, esta interpretación no encaja con las objeciones de Pablo en Romanos 9:14 y 9:19, ni con su respuesta acerca de la autoridad plena de Dios sobre los seres humanos.

Otros entienden que se trata de la elección y el rechazo de personas específicas: algunas amadas y otras aborrecidas desde la eternidad. Pero Pablo está hablando de Jacob y Esaú como antepasados; Jacob representa a un pueblo y Esaú representa a otro. No está diciendo que Dios condene a alguien, ni que planee hacerlo, simplemente porque así lo decide, sin ninguna relación con la culpa propia de esa persona.

Una mejor manera de entenderlo es que Pablo está hablando de la elección y el rechazo de pueblos enteros considerados como grupos. Su propósito es defender la justicia, la misericordia y la fidelidad de Dios al llamar a los gentiles a formar parte de la iglesia y del pacto, mientras permitía que la parte obstinada de los judíos continuara en la incredulidad y, de ese modo, se excluyera a sí misma. Así perdieron las bendiciones que correspondían a su paz. Aun así, el razonamiento de Pablo también se aplica a la manera en que Dios trata con las personas individualmente, porque conceder bendiciones salvadoras es semejante a conceder los privilegios de pertenecer a la iglesia.

La elección de Dios de Jacob, el menor, por encima de Esaú, el mayor, alterando el orden acostumbrado, mostró que los judíos, aunque eran los descendientes naturales de Abraham y los primogénitos de la iglesia, serían apartados. Los gentiles, como el hermano menor, ocuparían su lugar y recibirían la primogenitura y la bendición. Como nación unida por la ley ceremonial, el templo y el sacerdocio, los judíos habían sido durante mucho tiempo el pueblo favorecido por Dios: un reino de sacerdotes y una nación santa. Dios los había distinguido por sus grandes obras realizadas entre ellos y a favor de ellos.

Pero cuando se predicó el evangelio y se establecieron iglesias cristianas, ese cuerpo nacional fue dejado de lado y su sistema religioso quedó desmantelado. Las iglesias cristianas y, más adelante, las naciones cristianas, se convirtieron en sus sucesoras en el favor de Dios y en esos privilegios y protecciones especiales que provenían de dicho favor. El propósito de Pablo aquí es aclarar la justicia de Dios en medio de este gran cambio.

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