Versículo destacado

Romanos 9:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" ¿Diremos por eso que Dios es injusto? ¡Claro que no! "

Romanos 9:14

menu_book El versículo en contexto

12 Dios anunció a Rebeca: «El mayor será siervo del menor».

13 Esto también concuerda con la Escritura, que dice: «Amé a Jacob y aborrecí a Esaú».

14 ¿Diremos por eso que Dios es injusto? ¡Claro que no!

15 Porque Dios dijo a Moisés: «Tendré misericordia de quien yo quiera, y también tendré compasión de quien yo quiera».

16 Así pues, no depende de que el hombre quiera o se esfuerce, sino de que Dios tenga compasión.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

El apóstol ya explicó el verdadero significado de la promesa. Ahora continúa defendiendo y demostrando el pleno derecho de Dios a tratar con las personas como él quiera, especialmente en lo que afecta su destino eterno. Aquí debemos pensar en Dios no principalmente como un gobernante que distribuye premios y castigos conforme a su ley y pacto revelados, sino como el Dueño y Dador que concede gracia y favor según su voluntad y plan eternos, que permanecen ocultos para nosotros. Esto incluye tanto la pertenencia visible a la iglesia, que él concede a algunos y no a otros, como la gracia salvadora, que da a unos y no a otros.

Pablo responde a dos objeciones. La primera es esta: ¿Hay injusticia en Dios? Si Dios escoge a algunos y pasa por alto a otros de esta manera, ¿podría significar que es injusto? A Pablo le horroriza siquiera pensarlo. «¡De ninguna manera!», afirma. Nunca debemos pensar algo así. El Juez de toda la tierra hará lo correcto (Génesis 18:25; Romanos 3:5-6).

Pablo niega la acusación y luego demuestra por qué es falsa. En el caso de aquellos a quienes Dios muestra misericordia, cita las Escrituras para mostrar la libertad de Dios al conceder su favor: «Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia» (Éxodo 33:19). Las razones por las que Dios muestra misericordia proceden de él mismo. Puesto que todas las personas están igualmente hundidas en el pecado y la miseria, son igualmente culpables y están bajo la ira de Dios. Sin embargo, Dios escoge soberanamente a algunos de esta humanidad caída para convertirlos en instrumentos de gracia y gloria. Él da sus dones a quien quiere, sin tener que explicar primero sus razones. Conforme a su buena voluntad, escoge a algunos para que sean testimonios de su misericordia y gracia, incluida la gracia preveniente, es decir, la gracia que llega antes y nos despierta, y la gracia eficaz, es decir, la gracia que verdaderamente salva, mientras pasa por alto a otros.

El lenguaje es muy enfático porque se repite: «Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia». Esto muestra que la voluntad de Dios es completamente libre y absoluta. Él hace lo que quiere, y nadie puede exigirle una explicación. Así como las palabras «Yo soy el que soy» (Éxodo 3:14) muestran la independencia absoluta de Dios en su ser, estas palabras muestran su derecho y autoridad absolutos en su voluntad. Para defender la justicia de Dios al mostrar misericordia a quien él escoge, Pablo apela a lo que Dios mismo ha dicho. Dios es un juez digno de confianza incluso cuando se trata de su propio caso. Todo lo que Dios hace, o se propone hacer, queda demostrado como justo por su propia palabra.

El resultado es claro. Cuando Dios comienza a mostrar misericordia, termina lo que comienza. Por eso su misericordia permanece para siempre, pues su razón se encuentra en él mismo y no en nosotros. Por esa misma razón, sus dones y su llamamiento son irrevocables: él no cambia de parecer acerca de ellos. Pablo entonces extrae esta conclusión: no depende del que quiere ni del que corre. Ningún bien que llega de Dios a la humanidad puede atribuirse al deseo más intenso ni al esfuerzo más grande de una persona, sino únicamente a la gracia y misericordia libres de Dios. En el caso de Jacob, la bendición no llegó porque Rebeca la deseara con todas sus fuerzas ni porque Jacob corriera rápidamente para obtenerla. La misericordia de Dios fue la que marcó la diferencia.

Esta misma regla se aplica al caso que Pablo está tratando. La razón por la que los gentiles que no lo merecían, es decir, las naciones no judías, son llamados e incorporados a la iglesia mientras que la mayoría de los judíos queda en incredulidad y perece, no es que los gentiles lo merecieran más ni que estuvieran mejor preparados. Es que la gracia libre de Dios marcó la diferencia. Los gentiles no lo desearon ni corrieron tras ello, porque estaban sentados en oscuridad (Mateo 4:16). Las personas que están en oscuridad no saben qué deben desear, y quienes están sentados no corren hacia ninguna parte. Sin embargo, Dios salió a su encuentro con estas bendiciones invaluables de su bondad. Así obra la gracia de Dios con todos los que la reciben, pues él se deja encontrar por quienes no lo buscaban (Isaías 65:1). En esta gracia preveniente, eficaz y distintiva, Dios actúa como un benefactor cuya gracia le pertenece solo a él. Por lo tanto, nuestro corazón no debe resentirse porque él es bondadoso. Toda la gracia que nosotros u otros recibimos debe darle gloria a él: «No a nosotros» (Salmo 115:1).

La segunda objeción se refiere a los que perecen. La soberanía de Dios se manifiesta en la ruina de los pecadores, y Pablo usa al faraón como ejemplo, citando Éxodo 9:16. Observemos lo que Dios hizo con el faraón. Lo levantó, lo trajo al mundo, lo hizo poderoso y famoso, y le dio un reino. Lo puso como una señal de juicio, como un ejemplo público de sus plagas, y endureció el corazón del faraón, tal como había dicho que lo haría (Éxodo 4:21). Es decir, Dios retiró la gracia que suaviza el corazón, dejó al faraón entregado a sí mismo, permitió que Satanás obrara en él y puso delante de él circunstancias que endurecieron su corazón. O bien, cuando las Escrituras dicen que Dios lo levantó, puede significar que Dios le concedió repetidas oportunidades antes del juicio, retrasando las plagas y dándole tiempo para arrepentirse. En hebreo, la frase significa: «Te he hecho permanecer», o te he mantenido con vida en la tierra de los vivientes.

Dios también levanta a los pecadores mediante la prosperidad externa y los privilegios externos, que son misericordias aunque no sean misericordias salvadoras. Hizo esto con el faraón para mostrar su poder en él. Por medio de todo esto, Dios defendió el honor de su nombre y manifestó su poder al quebrantar el orgullo y la arrogancia de un gran tirano que desafiaba al cielo mismo y pisoteaba lo justo y lo santo. Si el faraón no hubiera estado tan encumbrado, desafiante y obstinado, el poder de Dios no se habría mostrado con tanta claridad en su caída. Pero derribar a un gobernante tan orgulloso sí proclamó que Dios es glorioso en santidad, temible en sus alabanzas y capaz de hacer maravillas (Éxodo 15:11). «Este es el faraón, con todo su ejército».

La conclusión de Pablo para ambos casos es esta: Dios tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere. Las distintas maneras en que Dios trata con las personas, y por las que hace que unas sean diferentes de otras, deben atribuirse a su soberanía absoluta. Él no le debe nada a nadie. Su gracia le pertenece, y puede darla o retenerla como quiera. Ninguno de nosotros la ha merecido. De hecho, todos la hemos perdido muchas veces por nuestra propia culpa. Así que, en la obra de la salvación, todo está ordenado de manera perfecta: los que son salvos deben darle gracias únicamente a Dios, y los que perecen deben culparse únicamente a sí mismos (Oseas 13:9).

Estamos obligados, tal como Dios nos ha obligado, a hacer todo lo que podamos por la salvación de todas las personas con las que tratamos. Pero Dios no está obligado más allá de lo que él mismo ha decidido comprometerse mediante su propio pacto y promesa, que constituyen su voluntad revelada. Esa promesa es que recibirá y no rechazará a quienes vengan a Cristo. Aun así, atraer a las almas para que vengan es un favor especial e inmerecido que Dios concede a quien quiere.

¿Mostró misericordia a los gentiles? Fue porque quiso mostrarles misericordia. ¿Fueron endurecidos los judíos? Fue porque le agradó retener la gracia que suaviza el corazón y entregarlos a la incredulidad que habían escogido. «Sí, Padre, porque así te agradó». Esto se explica claramente en Lucas 10:21 y, al igual que este pasaje, muestra la voluntad soberana de Dios al dar o retener tanto los medios de la gracia como la bendición salvadora que llega por medio de ellos.

Puede plantearse otra objeción: ¿Por qué Dios todavía culpa a las personas? Pues ¿quién puede resistirse a su voluntad? (Romanos 9:19). Si el apóstol estuviera defendiendo únicamente la soberanía de Dios para establecer los términos de la aceptación y la salvación, esta objeción no tendría fuerza. Dios tendría razón para culpar a las personas si rechazaran los términos de una salvación tan grande, porque esos términos no podrían ser difíciles. Pero la objeción sí tiene cierta fuerza contra la enseñanza de que Dios da una gracia especial y eficaz a algunos y la retiene de otros.

Si Dios da gracia eficaz a unos y se la niega a otros, ¿por qué culpa a aquellos a quienes se la niega? Si rechazó a los judíos y ocultó de sus ojos las cosas que les traerían paz, ¿por qué culparlos por su ceguera? Si le agradó apartarlos como personas que no eran su pueblo y que no recibirían misericordia, entonces su oposición a Dios no sería resistencia a su voluntad. El apóstol responde plenamente a esta objeción.

Primero, reprende a quien la plantea: «Pero tú, hombre» (Romanos 9:20). Esta no es una pregunta que una criatura tenga derecho a hacerle a su Creador, ni que el ser humano tenga derecho a hacerle a Dios. La verdad que se encuentra en Jesús humilla al ser humano hasta reducirlo a nada, incluso menos que nada, y exalta a Dios como Señor soberano sobre todo. Observemos con qué firmeza habla del ser humano cuando se atreve a discutir con Dios, su Creador. ¿Quién eres tú, débil, necio y corto de vista, para juzgar los designios de Dios? ¿Puedes medir un asunto tan profundo o seguir el camino de Dios a través del mar y su senda por las aguas impetuosas? No nos corresponde responderle a Dios. Debemos someternos a él, humillarnos bajo su mano y no acusarlo de actuar neciamente. Dios es nuestro Maestro y nosotros somos sus siervos; por eso los siervos no deben responderles a sus amos (Tito 2:9).

En segundo lugar, explica todo a partir del derecho soberano de Dios. Nosotros somos lo formado, y él es quien nos forma, quien nos da forma. No nos corresponde cuestionar su sabiduría al moldearnos y ordenarnos de una manera u otra. La masa de barro áspera y sin forma no tiene derecho a exigir una figura determinada. Adquiere su forma conforme a la voluntad de quien la moldea. El gobierno de Dios sobre nosotros se ilustra bien con la autoridad del alfarero sobre el barro. Esto se relaciona con (Jeremías 18:6), donde Dios afirma su autoridad sobre la nación judía mientras se disponía a manifestar su justicia en la destrucción de Jerusalén por medio de Nabucodonosor.

Primero presenta esta comparación en (Romanos 9:21). De la misma masa, el alfarero puede hacer una vasija para un uso honorable y otra para un uso común. Actúa libremente: podría haber decidido no hacer ninguna vasija o dejar el barro en el lugar de donde lo extrajo. Luego presenta la aplicación en (Romanos 9:22-24). Dios forma dos clases de vasijas a partir de la gran humanidad caída.

La primera clase son las vasijas de ira, es decir, personas llenas de ira, así como una vasija de vino está llena de vino. Están completamente dominadas por la furia del Señor (Isaías 51:20). En ellas, Dios está dispuesto a manifestar su ira, es decir, su justicia castigadora y su odio al pecado. Esto debe quedar manifiesto ante todo el mundo, para que sea evidente que Dios aborrece el pecado. También da a conocer su poder: su fuerza activa, la autoridad que lleva a cabo la destrucción de quienes perecen. Su castigo eterno mostrará poderosamente el poder de Dios, porque él actuará directamente en ese juicio. Su ira oprimirá las conciencias culpables, y su brazo se extenderá para destruir el bienestar de los malvados, mientras preserva de manera terrible su existencia.

Con este propósito, Dios los soportó con mucha paciencia. Les permitió continuar hasta llenar la medida de su pecado y madurar para la ruina. De ese modo, por su propio pecado y endurecimiento, llegaron a estar preparados para la destrucción. La corrupción y la maldad que gobiernan el alma la preparan para el infierno. El alma se vuelve como un material seco e inflamable, listo para el fuego. Cuando Cristo les dijo a los judíos que completaran la medida de los pecados de sus antepasados, de modo que toda la sangre justa cayera sobre ellos (Mateo 23:32, 35), fue como si los soportara con mucha paciencia y les permitiera que su pecado obstinado los preparara para la destrucción.

La segunda clase son las vasijas de misericordia, es decir, personas llenas de misericordia. La felicidad concedida al remanente salvado no es fruto de sus méritos, sino de la misericordia de Dios. Todo el gozo y la gloria del cielo nacen de esa misericordia que permanece para siempre. Las vasijas de honra tendrán que reconocer eternamente que son vasijas de misericordia.

Observa, en primer lugar, lo que Dios se propone hacer en ellas: dar a conocer las riquezas de su gloria, es decir, las riquezas de su bondad. La bondad de Dios es su gloria suprema, especialmente cuando la concede gratuitamente y con plena soberanía. Moisés le pidió a Dios que le mostrara su gloria (Éxodo 33:18). Dios respondió que haría pasar toda su bondad delante de él (Éxodo 33:19) y que la concedería libremente, según su voluntad. Dios muestra esta gloria y esta bondad al preservar y sustentar a todas sus criaturas. La tierra está llena de su bondad, y él corona el año con ella. Pero cuando quiere mostrar las riquezas insondables de su bondad, lo hace en la salvación de los santos, quienes serán monumentos eternos de la gracia divina.

En segundo lugar, considera lo que hace por ellos: primero los prepara para la gloria. La santificación es la preparación del alma para la gloria; la hace apta para compartir la herencia de los santos en la luz. Esta es obra de Dios. Nosotros podemos arruinarnos con mucha facilidad, pero no podemos salvarnos por nuestra propia cuenta.

Los pecadores se preparan para el infierno, pero Dios prepara a sus santos para el cielo. Y a todos los que Dios destina para el cielo, también los capacita desde ahora para llegar allí. Él obra en ellos para producir precisamente ese resultado (2 Corintios 5:5).

Si queremos saber quiénes son estas vasijas de misericordia, son aquellos a quienes Dios ha llamado (Romanos 9:24). A los que conoció de antemano y escogió previamente, también los llamó con un llamamiento eficaz. Y estos no son solamente judíos, sino también gentiles. La barrera que los separaba fue derribada, de modo que ahora el mundo está abierto a todos. El favor de Dios ya no está reservado para los judíos, como si ellos estuvieran un paso más cerca de su aceptación que los demás.

Ahora judíos y gentiles están en la misma condición delante de Dios. La cuestión principal ya no es si alguien desciende de Abraham. Lo que importa es si esa persona ha sido llamada conforme al propósito de Dios.

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