Versículo destacado
Romanos 8:31 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¿Qué más podremos decir? ¡Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros! "
Romanos 8:31
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
29 A los que Dios había conocido de antemano, los destinó desde un principio a ser como su Hijo, para que su Hijo fuera el primero entre muchos hermanos.
30 Y a los que Dios destinó desde un principio también los llamó; a los que llamó, los hizo justos; y a los que hizo justos, les dio parte en su gloria.
31 ¿Qué más podremos decir? ¡Que si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar contra nosotros!
32 Si Dios no nos negó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos también, junto con su Hijo, todas las cosas?
33 ¿Quién podrá acusar a los que Dios ha escogido? Dios es quien los hace justos.
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El apóstol concluye este hermoso mensaje acerca de los privilegios de los creyentes con un triunfo santo, hablando en nombre de todos los santos. Ha mostrado el misterio del amor de Dios hacia nosotros en Cristo y las grandes bendiciones que recibimos por medio de él. Ahora pregunta, como lo haría un orador: «¿Qué diremos acerca de estas cosas?». En otras palabras, ¿qué debemos concluir de todo esto?
Habla como alguien abrumado por el asombro. Cuanto más aprendemos acerca de las cosas ordinarias, menos nos sorprenden; pero cuanto más entendemos el evangelio, más profundamente nos conmueve. Si Pablo no sabía qué decir en este momento, no debería sorprendernos que nosotros también nos sintamos abrumados. Sin embargo, ¿qué dice? Si alguna vez Pablo llegó a cabalgar en un carro triunfal en este lado del cielo, fue aquí. Con gran alegría y un lenguaje lleno de riqueza, se anima a sí mismo y a todo el pueblo de Dios al meditar en estos privilegios.
Presenta un desafío audaz a todo enemigo de los santos: «Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?». La fuerza de ese desafío está en que Dios mismo está a nuestro favor. Eso resume todos nuestros privilegios. Significa que Dios no solo está en paz con nosotros, sino que se ha unido a nosotros en un pacto y, por tanto, se ha comprometido con nuestro bien. Todas sus cualidades están a nuestro favor; todas sus promesas están a nuestro favor. Todo lo que él es, todo lo que tiene y todo lo que hace obra a favor de su pueblo. Él hace todas las cosas para nuestro bien, aun cuando parezca que está actuando contra nosotros.
Si esto es verdad, ¿quién puede enfrentarse a nosotros de una manera que finalmente nos haga daño o nos impida alcanzar la felicidad? No importa cuán grandes, fuertes, numerosos o crueles sean nuestros enemigos: ¿qué pueden hacer mientras Dios está a nuestro favor? Mientras permanezcamos en su amor, podemos desafiar con valentía a todos los poderes de las tinieblas. Satanás puede hacer todo lo que esté a su alcance, pero está encadenado. El mundo puede hacer todo lo que esté a su alcance, pero ha sido vencido. Los gobernantes y los poderes fueron despojados de su autoridad, desarmados y derrotados por medio de la cruz de Cristo. ¿Quién se atreverá entonces a luchar contra nosotros mientras Dios mismo lucha por nosotros? Esa es la conclusión que se desprende de estas verdades.
Más específicamente, tenemos provisión abundante para cada necesidad (Romanos 8:32). ¿Quién puede estar contra nosotros para quitarnos el consuelo? ¿Quién puede cerrar nuestras corrientes de agua si tenemos una fuente a la cual acudir? Primero debemos mirar lo que Dios ya ha hecho por nosotros, porque nuestra esperanza descansa en eso: «No escatimó ni a su propio Hijo». Cuando Dios se dispuso a salvarnos, el Padre estuvo dispuesto a entregar a su Hijo. No consideró que su Hijo fuera un regalo demasiado precioso para pecadores necesitados. Por eso sabemos que nos ama: no retuvo a su Hijo, su propio Hijo, su único Hijo, tal como Dios le dijo a Abraham en (Génesis 22:12).
Si no había otra manera de salvarnos, entonces, en vez de permitir que pereciéramos, el Padre entregó a su Hijo. Lo entregó por todos nosotros, es decir, por todos los elegidos, por todos aquellos a quienes escogió para salvar. No lo dio solamente para nuestro beneficio, sino en nuestro lugar, como sacrificio de expiación, un pago que aparta el juicio debido al pecado. Cuando Dios emprendió esta obra, no escatimó ni a su propio Hijo. Aunque Cristo era su propio Hijo, cuando fue hecho pecado por nosotros, al Señor le agradó quebrantarlo. Dios no redujo en lo más mínimo esa gran deuda, sino que la cargó por completo sobre él. «¡Despierta, espada!». No escatimó a su propio Hijo, quien le servía, para poder tener misericordia de nosotros, aunque nosotros le habíamos hecho tanto daño.
A partir de esto podemos esperar lo que también hará: «Nos dará gratuitamente todas las cosas juntamente con él». Esto significa que nos dará a Cristo mismo, porque todos los demás dones vienen con él. Cristo no solo fue dado por nosotros, sino que también nos fue dado a nosotros. Dios pagó un precio tan grande para realizar esta compra que seguramente no se negará a aplicarla a nuestro favor. Nos dará gratuitamente todas las cosas: todo lo que él ve que realmente necesitamos, todo bien verdadero y nada más. Como dice (Salmo 34:10), la sabiduría infinita decidirá qué es bueno y necesario para nosotros.
«Dar gratuitamente» significa hacerlo sin renuencia, porque Dios está dispuesto a dar y viene a nosotros con sus bendiciones. También significa hacerlo sin pago, sin dinero y sin precio. ¿Cómo podríamos pensar que haría lo más grande y se negara a hacer lo menor? Si dio un regalo tan grande por nosotros cuando éramos enemigos, ¿negará ahora algún bien a quienes, por medio de él, somos sus amigos e hijos? Así es como la fe responde al temor. El que ha preparado para nosotros una corona y un reino ciertamente nos dará lo suficiente para el camino hacia allá. El que ha planeado darnos la herencia de hijos cuando lleguemos a la madurez no nos dejará sin lo que necesitamos ahora.
También tenemos una respuesta preparada para toda acusación y protección contra toda condenación (Romanos 8:33-34). ¿Quién puede presentar una acusación contra los escogidos de Dios? ¿Los acusa la ley? ¿Los acusa su propia conciencia? ¿Nos acusa delante de Dios, día y noche, el diablo, el acusador de nuestros hermanos y hermanas? La respuesta a todas esas acusaciones es esta: «Dios es quien justifica». Las personas pueden justificarse a sí mismas, como lo hacían los fariseos, y aun así seguir siendo culpables. Pero si Dios justifica, eso resuelve todo. Él es el juez, el Rey y aquel contra quien se ha cometido la ofensa. Su juicio es verdadero y, con el tiempo, todo el mundo estará de acuerdo con él. Por eso podemos pedir a todos nuestros acusadores que presenten su caso, y todo se desmoronará. Es el Dios justo y fiel quien justifica.
«¿Quién es el que condena?». Aunque no puedan demostrar la acusación, todavía pueden intentar condenarnos. Pero tenemos una defensa que detiene el juicio y que nadie puede revocar: «Cristo es el que murió». Por el mérito de su muerte, él pagó nuestra deuda. El pago hecho por un fiador es una respuesta válida a una reclamación de deuda. Y Cristo es un Salvador plenamente capaz y suficiente.
«Más aún, quien fue levantado a la vida». Esto es un estímulo todavía mayor, porque su resurrección demuestra que la justicia divina quedó satisfecha por su muerte. Su resurrección fue su liberación de ese juicio, una absolución legal. Por eso Pablo dice: «Más aún». Si Cristo hubiera muerto y no hubiera resucitado, todavía estaríamos en nuestros pecados.
También está a la diestra de Dios, lo cual ofrece otra prueba contundente de que terminó su obra. Es un gran consuelo frente a toda acusación saber que tenemos un amigo en la corte, y qué amigo. Estar a la diestra de Dios significa que siempre está dispuesto a ayudarnos, y también significa que reina allí, porque toda autoridad le ha sido dada. Nuestro amigo es también el juez.
Y no está allí ignorándonos ni olvidándose de nosotros, sino intercediendo por nosotros.
Cristo es nuestro representante allí, nuestro abogado, es decir, nuestro defensor legal delante de Dios. Responde a cada acusación contra nosotros, presenta nuestra defensa, sostiene nuestra causa con poder, comparece en nuestro favor y presenta nuestras peticiones. ¿No es esto más que suficiente razón para tener consuelo? ¿Qué nos queda entonces por decir acerca de estas cosas? ¿Qué lugar queda para la duda o el temor? ¿Por qué habría de desanimarse nuestra alma?
Algunos entienden estas acusaciones y condenas como las que los creyentes sufrientes enfrentaban por parte de otras personas. A los primeros cristianos se les acusaba de toda clase de males, como herejía, rebelión y sedición. Los gobernantes civiles los condenaban por esas acusaciones. Pero el punto de Pablo es que eso no importa. Mientras estemos bien delante de Dios, importa poco cómo nos juzguen los demás. Frente a todo juicio severo, acusación falsa y sentencia injusta de parte de los seres humanos, podemos responder con nuestra justificación delante de Dios por medio de Cristo Jesús; es decir, con el hecho de que Dios nos ha declarado justos delante de él. Eso pesa mucho más que cualquier otra cosa (1 Corintios 4:3-4).
También tenemos la firme confianza de que Dios nos conservará en este estado bendecido hasta el fin (Romanos 8:35). Los creyentes con frecuencia temen perder su unión con Cristo, y ese temor puede angustiarlos profundamente. Pero aquí encontramos lo que puede aquietar esos temores y calmar esas tormentas: nada puede separarnos del amor de Cristo. Pablo presenta un desafío audaz a todos los enemigos de los santos: que intenten separarlos del amor de Cristo, si pueden. ¿Quién podrá hacerlo? Nadie podrá (Romanos 8:35-37). Dios ya mostró su amor al dar a su propio Hijo por nosotros, y si no lo retuvo entonces, ¿podemos imaginar que algo más romperá ese amor?
Miremos las aflicciones que puede enfrentar el pueblo amado por Cristo. Sus miembros pueden encontrarse en una angustia profunda, sin ayuda visible en este mundo. Pueden sufrir persecución por parte de un mundo hostil que siempre ha odiado a quienes Cristo ama. Pueden pasar hambre, estar desnudos, expuestos al peligro e incluso enfrentar la espada de la autoridad, lista para acabar con sus vidas. ¿Podría imaginarse una situación más oscura? Pablo respalda esto con un versículo del Salmo 44:22: «Por causa de ti nos matan todo el día». Esto muestra que no debemos considerar extraño el sufrimiento, aun cuando la prueba sea intensa y sangrienta.
Los santos del Antiguo Testamento tuvieron la misma suerte, al igual que los profetas que nos precedieron. «Nos matan todo el día» significa que estaban constantemente expuestos a la muerte y siempre esperaban que llegara. Todavía hoy, cada día, durante todo el día, algunos del pueblo de Dios sangran y mueren bajo la furia de sus perseguidores. Son considerados como ovejas destinadas al matadero. Sus enemigos consideran que matar a un cristiano es tan insignificante como degollar una oveja. Las ovejas no mueren porque sean dañinas mientras están vivas, sino porque son útiles cuando están muertas. De la misma manera, los perseguidores matan a los cristianos para satisfacer su maldad. «Se comen a mi pueblo como si fuera pan» (Salmo 14:4).
Sin embargo, ninguna de estas cosas puede separarnos del amor de Cristo. ¿Pueden lograrlo? ¿Es posible que lo hagan? No, jamás. Todas estas aflicciones son totalmente compatibles con el amor firme y constante del Señor Jesús. No son la causa ni la señal de que su amor se esté apagando. Cuando azotaron, golpearon, encarcelaron y apedrearon a Pablo, ¿Cristo lo amó menos? ¿Le concedió sus favores con menos frecuencia? ¿Retiró sus sonrisas? ¿Se alejó de él? De ninguna manera; sucedió todo lo contrario.
Estas aflicciones sí nos separan de otros amigos. Cuando Pablo compareció ante Nerón, todos lo abandonaron, pero el Señor estuvo a su lado (2 Timoteo 4:16-17). Los perseguidores pueden quitarnos muchas cosas, pero no pueden quitarnos el amor de Cristo. No pueden impedir sus dones de amor ni bloquear sus visitas. Por lo tanto, que hagan lo peor que puedan: no pueden convertir en miserable a un verdadero creyente.
Tampoco amamos menos a Cristo por causa de nuestros sufrimientos, ni lo haremos. Esto se debe a que no pensamos que él nos ame menos. El amor no sospecha el mal. No saca conclusiones duras ni hace suposiciones maliciosas. Recibe de buena fe lo que proviene del amor. El verdadero cristiano ama a Cristo con la misma intensidad aun cuando sufre por él, y no piensa peor de Cristo cuando lo pierde todo por causa de él.
Por eso los creyentes triunfan en medio de todo esto (Romanos 8:37). «En todo esto somos más que vencedores». Somos vencedores aunque nos estén «matando todo el día». Es una clase extraña de victoria, pero también fue el camino de Cristo. Él triunfó sobre los gobernantes y las autoridades por medio de su cruz. Mediante la fe y la paciencia se obtiene una victoria más segura y noble que por medio del fuego y la espada. Incluso los enemigos han reconocido algunas veces su derrota ante la valiente perseverancia de los mártires, quienes vencieron a los gobernantes más poderosos al no amar tanto su vida como para evitar la muerte (Apocalipsis 12:11).
Somos más que vencedores. Al soportar pacientemente estas pruebas, hacemos algo más que ganar: triunfamos. Son más que vencedores quienes conquistan con poca pérdida. Muchas victorias tienen un costo elevado, pero ¿qué pierden realmente los santos que sufren? Pierden lo mismo que pierde el oro en el horno: solo la escoria y los residuos. No es una gran pérdida deshacerse de lo que no permanece, de un cuerpo terrenal y débil. También conquistan con grandes ganancias. Sus riquezas son verdaderamente abundantes: gloria, honor, paz y una corona de justicia que nunca se marchitará.
De esta manera han triunfado los santos que sufren. No solo han evitado ser separados del amor de Cristo, sino que han sido llevados a experimentar sus consuelos y sus abrazos más profundos. A medida que aumentan las aflicciones, aumentan mucho más los consuelos (2 Corintios 1:5). Una persona es más que vencedora cuando es presionada más allá de toda medida y aun así permanece firme. Fueron más que vencedores quienes abrazaron el madero y dijeron: «Bienvenida sea la cruz de Cristo; bienvenida sea la vida eterna»; quienes fechaban sus cartas desde la prisión; quienes decían: «En medio de estas llamas no siento más dolor que si estuviera acostado en una cama de plumas»; quienes respondían antes de ser martirizados: «Estoy bien y contento, y voy camino al cielo»; y quienes caminaban sonrientes hacia el madero y cantaban en medio de las llamas.
Esta victoria solo es posible por medio de Cristo, quien nos amó. Su muerte quita el aguijón de todas estas aflicciones. Su Espíritu da fuerzas para que los creyentes puedan soportarlas con valor santo y perseverancia constante. También les concede consuelos y apoyo especiales. Así que vencemos, no por nuestra propia fuerza, sino por la gracia que está en Cristo Jesús. Vencemos porque participamos de la propia victoria de Cristo.
Él venció al mundo por nosotros (Juan 16:33), tanto sus cosas buenas como sus cosas malas, de modo que solo tenemos que seguir adelante hasta alcanzar la victoria y compartir el botín. En ese sentido, somos más que vencedores.
Luego Pablo ofrece una conclusión clara y segura acerca de todo el asunto: «Estoy convencido» (Romanos 8:38-39). Estas palabras muestran una confianza plena, firme y afectuosa, nacida de su experiencia del poder de Dios y de la dulzura de su amor. Pablo enumera todo lo que podría parecer capaz de separar a Cristo de los creyentes y declara que nada de ello puede hacerlo.
Ni la muerte ni la vida pueden hacerlo; ni el temor a la muerte ni la comodidad y el placer de la vida. No seremos separados del amor de Cristo ni en la muerte ni en la vida. Tampoco pueden hacerlo los ángeles, los principados ni las potestades. Los ángeles buenos son llamados principados y potestades (Efesios 1:21; Colosenses 1:16), y también se usan esos términos para referirse a los poderes malignos (Efesios 6:12; Colosenses 2:15), pero ninguno de ellos puede separarnos. Los ángeles buenos son servidores amistosos de Dios, y los malignos están restringidos como enemigos.
Tampoco pueden separarnos las cosas presentes ni las futuras: ni las aflicciones actuales ni el temor a las que vendrán. El tiempo no puede separarnos, y la eternidad tampoco. Las cosas presentes y las futuras pueden dividirnos unos de otros, pero no pueden dividirnos del amor de Cristo, porque su favor sostiene ambas realidades.
Tampoco pueden separarnos la altura ni la profundidad: ni las alturas del éxito y del honor ni las profundidades del sufrimiento y la vergüenza. Nada en el cielo de arriba —ninguna tormenta ni tempestad— y nada en la tierra de abajo —ninguna roca, mar o mazmorra— puede hacerlo. Tampoco puede hacerlo ninguna otra criatura, nada que pueda nombrarse o imaginarse. Nada puede cortar ni debilitar el amor de Dios por nosotros, ni nuestro amor por Dios, excepto el pecado.
Observemos que el amor entre Dios y los verdaderos creyentes llega por medio de Cristo. Él es el mediador, el que une a ambas partes, en este amor. En él y por medio de él Dios puede amarnos, y nosotros nos atrevemos a amar a Dios. Por eso ese amor permanece firme. Dios se deleita en su amor (Sofonías 3:17), porque Jesucristo, en quien nos ama, es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
El señor Hugh Kennedy, un cristiano muy conocido de Ayr, Escocia, cuando estaba muriendo pidió una Biblia. Pero al darse cuenta de que ya no podía ver, dijo: «Busquen Romanos 8 y pongan mi dedo sobre estas palabras: “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida”, y todo lo que sigue». Cuando le dijeron que su dedo estaba sobre esas palabras, no dijo nada más, excepto: «Ahora, que Dios esté con ustedes, hijos míos. Hoy desayuné con ustedes, y esta noche cenaré con mi Señor Jesucristo». Entonces murió.
De este capítulo
Romanos 8:1
"Así pues, ahora ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús,"
Romanos 8:2
"porque la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte."
Romanos 8:3
"Porque Dios ha hecho lo que la ley de Moisés no pudo hacer, pues no era capaz de hacerlo debido a la debilidad humana: Dios envió a su propio Hijo en una condición débil como la del hombre pecador y como sacrificio por el pecado, para condenar de esta manera al pecado en esa misma condición débil."
Romanos 8:4
"Lo hizo para que nosotros podamos cumplir las justas exigencias de la ley, pues ya no vivimos según las inclinaciones de la naturaleza débil, sino según el Espíritu."
Romanos 8:5
"Los que viven según las inclinaciones de la naturaleza débil solo se preocupan por seguirlas; pero los que viven conforme al Espíritu se preocupan por las cosas del Espíritu."
Romanos 8:6
"Y preocuparse por seguir las inclinaciones de la naturaleza débil lleva a la muerte; pero preocuparse por las cosas del Espíritu lleva a la vida y a la paz."
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