Versículo destacado
Romanos 7:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy débil y he sido vendido como esclavo al pecado. "
Romanos 7:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 En resumen, la ley en sí misma es santa, y el mandamiento es santo, justo y bueno.
13 Pero entonces, ¿eso que es bueno me llevó a la muerte? ¡Claro que no! Lo que sucedió fue que el pecado, para demostrar que verdaderamente es pecado, me causó la muerte valiéndose de lo bueno. Así, por medio del mandamiento, quedó demostrado lo terriblemente malo que es el pecado.
14 Sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy débil y he sido vendido como esclavo al pecado.
15 No entiendo el resultado de mis acciones, pues no hago lo que quiero; en cambio, hago precisamente aquello que odio.
16 Pero si hago lo que no quiero hacer, con ello reconozco que la ley es buena.
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Aquí Pablo describe el conflicto entre la gracia de Dios y la corrupción humana, entre la ley de Dios y la ley del pecado. Estas palabras pueden entenderse de dos maneras. Algunos piensan que habla de las luchas de un alma convencida de pecado que todavía no se ha convertido. Otros creen que se refiere a un alma renovada y santa que aún es imperfecta. Desde hace mucho tiempo existe debate sobre cuál de estas interpretaciones es correcta.
El argumento a favor de la primera interpretación es el siguiente: Pablo habla de alguien que está «vendido bajo el pecado», que sigue haciendo lo malo y no lleva a cabo lo bueno. Parece difícil aplicar esto a un creyente, ya que se describe a los creyentes como personas que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Sin embargo, el argumento a favor de la segunda interpretación también es fuerte. Pablo dice que esta persona aborrece el pecado, está de acuerdo con la ley, se deleita en ella y sirve a Dios con la mente. Eso es más difícil de aplicar a alguien que todavía está espiritualmente muerto en sus pecados.
Si entendemos este pasaje como la lucha de una persona convencida de pecado, pero aún no renovada, el significado es claro. Esa persona conoce la voluntad del Señor, pero no la cumple. Aprueba lo que es correcto, aprende la ley y, aun así, sigue quebrantándola, como en Romanos 2:17-23. Su conciencia le advierte antes de pecar y después la acusa. Aun así, permanece esclava de deseos dominantes. Esto no se aplica a toda persona inconversa, sino solamente a quienes han sido despertados por la ley, pero no han sido transformados por el evangelio.
Esto encaja con lo que Pablo había dicho antes en Romanos 6:14: el pecado no se enseñoreará de los creyentes, porque ellos no están bajo la ley, sino bajo la gracia. Aquí muestra el lado opuesto: una persona que está bajo la ley y no bajo la gracia puede ser dominada por el pecado. La ley puede poner el pecado al descubierto y convencer a una persona de su culpa, pero no puede conquistar el pecado. Puede mostrar la mancha, pero no puede quitarla. Puede hacer que una persona se sienta cansada y cargada, como enseña Jesús en Mateo 11:28; pero si alguien descansa solamente en la ley, no recibe poder para dejar la carga. Esa ayuda se encuentra únicamente en Cristo.
La ley también puede hacer que una persona clame: «¡Soy un miserable! ¿Quién me librará?». Sin embargo, todavía la deja atada e incapaz de liberarse, porque la ley es demasiado débil para hacerlo, como dice Romanos 8:3. Puede producir un espíritu de esclavitud que lleva al temor, como en Romanos 8:15. Cuando un alma ha sido llevada hasta ese punto por la ley, está encaminada hacia la libertad en Cristo, aunque muchos se detienen allí. Félix tembló, pero nunca vino a Cristo.
Es posible que una persona vaya al infierno con los ojos abiertos, advertida por convicciones claras y llevando una conciencia acusadora aun mientras sirve al diablo. Tal persona puede estar de acuerdo en que la ley de Dios es buena e incluso deleitarse en conocer los caminos de Dios, como en Isaías 58:2. Puede tener pensamientos y sentimientos que hablen en contra del pecado y a favor de la santidad. Sin embargo, todo esto puede ser dominado por un amor más fuerte al pecado. Las personas alcohólicas y sexualmente inmorales a menudo tienen deseos débiles de abandonar sus pecados, pero aun así continúan en ellos. Sus convicciones son reales, pero demasiado débiles para cambiarlas.
Muchos insisten en que este es el significado del pasaje. Pero es difícil entender por qué Pablo hablaría constantemente en primera persona si solamente estuviera describiendo a otra persona. Además, aquí usa el tiempo presente. Antes, cuando habló de su vida bajo la convicción de pecado, usó el tiempo pasado, diciendo cosas como: «Yo morí» y «el mandamiento resultó ser muerte para mí» (Romanos 7:7 y siguientes). Si ahora quisiera referirse a la misma condición anterior, resulta extraño que hablara como si fuera su estado presente.
Por eso parece mejor entender este pasaje como una descripción de la lucha entre la gracia y el pecado que todavía permanece en las almas santificadas. No hay duda de que, aun donde existe una gracia viva, todavía queda corrupción. También es cierto que esa corrupción sigue manifestándose en pecados de debilidad, pecados que aún pueden coexistir con un estado de gracia. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos» (1 Juan 1:8, 1 Juan 1:10). Es igualmente cierto que la gracia verdadera lucha contra esos pecados, no los excusa, los aborrece, se aflige por ellos y los siente como una carga. «La carne desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a la carne» (Gálatas 5:17). Estas son las verdades que, en mi opinión, Pablo enseña aquí.
Su propósito también es explicar la naturaleza de la santificación, es decir, la obra mediante la cual somos hechos santos. La santificación no alcanza la perfección sin pecado en esta vida. Esto debe impulsarnos a luchar contra el pecado que todavía permanece en nosotros, pero también debe animarnos. Nuestra lucha no es algo fuera de lo común. Lo que combatimos sinceramente no se nos contará en contra, y por la gracia la victoria llegará al final. La lucha se parece a la de Jacob y Esaú en el vientre, a la de los cananeos y los israelitas en la tierra, o a la de la casa de Saúl y la casa de David. El conflicto es real, pero la verdad es más grande y vencerá.
Visto de esta manera, podemos notar de qué se queja Pablo: de la corrupción que todavía permanece dentro de él. Habla de esto para mostrar que la ley no puede justificar ni siquiera a un hombre regenerado. Aun la mejor persona del mundo conserva suficiente pecado en su interior como para ser condenada si Dios tratara con ella únicamente conforme a la ley. La culpa no es de la ley, sino de nuestra naturaleza pecaminosa, que no puede guardar la ley. Pablo se repite porque está profundamente conmovido por lo que escribe.
Dice: «Yo soy carnal, vendido bajo el pecado» (Romanos 7:14). Antes había llamado carnales a los corintios; es decir, todavía estaban influidos por deseos mundanos y carnales, aunque había en ellos cierta vida proveniente de Dios (1 Corintios 3:1). Incluso donde existe vida espiritual, todavía quedan sentimientos carnales. En ese sentido, una persona puede estar vendida bajo el pecado. No elige libremente el mal como lo hizo Acab (1 Reyes 21:25). Más bien, Adán la vendió cuando cayó. Es como un esclavo que tiene que hacer la voluntad de su amo, aun en contra de sus propios deseos. Fue concebida en pecado y nació en pecado.
Pablo también dice: «No hago lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco» (Romanos 7:15). Repite la misma idea en Romanos 7:19 y Romanos 7:21: «Cuando quiero hacer lo bueno, el mal está presente en mí». Sus corrupciones eran tan fuertes que no podía alcanzar la santidad completa que anhelaba. Así que, aun mientras avanzaba hacia la perfección, reconocía que todavía no la había alcanzado ni había llegado a la madurez completa (Filipenses 3:12).
Él deseaba ser libre de todo pecado y cumplir perfectamente la voluntad de Dios. Ese era su juicio firme y constante. Sin embargo, su naturaleza corrupta lo atraía en la dirección contraria. Era como un peso que lo retenía cuando quería elevarse, o como una inclinación escondida en un recipiente que lo desviara aun cuando se colocara derecho.
«En mí, es decir, en mi carne, no habita el bien» (Romanos 7:18). Aquí explica la naturaleza corrupta a la que llama carne. En lo que se refiere a esa naturaleza, no se puede esperar ningún bien de ella. No esperaríamos que creciera buen grano sobre una roca o sobre la arena junto al mar. Así como la nueva naturaleza no puede continuar pecando de la misma manera (1 Juan 3:9), tampoco la vieja naturaleza puede, por sí misma, cumplir un deber verdaderamente bueno.
¿Cómo podría hacerlo, si la carne sirve a la ley del pecado (Romanos 7:25)? Está bajo el dominio y la dirección del pecado y, mientras permanezca allí, no producirá el bien. En otros pasajes, la Escritura llama carne a esta naturaleza corrupta (Génesis 6:3; Juan 3:6). Aunque las personas que tienen esta carne todavía puedan mostrar cosas buenas, la carne misma no tiene capacidad para hacer el bien.
«Veo otra ley en mis miembros, que lucha contra la ley de mi mente» (Romanos 7:23). Pablo compara esta tendencia pecaminosa con una ley porque lo controlaba y frenaba sus buenos deseos. Dice que está en sus miembros porque Cristo había establecido su trono en su corazón, y solamente los miembros rebeldes de su cuerpo eran usados como instrumentos del pecado, especialmente los apetitos inferiores. O, en un sentido más amplio, esta expresión representa toda la naturaleza corrupta, el lugar de donde surgen tanto los pecados sensuales como los más refinados.
Esta naturaleza lucha contra la ley de la mente, es decir, contra la nueva naturaleza. Tira en la dirección opuesta y sirve a un interés diferente. Tales inclinaciones corruptas son una carga pesada y un profundo dolor para el alma, tan dolorosas como la esclavitud más dura. La misma idea aparece en Romanos 7:25: «Con la carne sirvo a la ley del pecado», lo que significa que la parte no renovada de él siempre se inclinaba hacia el pecado.
Su clamor general aparece en Romanos 7:24: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». Con la expresión «cuerpo de muerte», quizá se refiere al cuerpo de carne, un cuerpo mortal que todavía lleva consigo la corrupción. Mientras vivamos en este cuerpo, seguiremos luchando contra el pecado. Seremos liberados del pecado cuando muramos, y no antes. O quizá se refiere al cuerpo del pecado, al viejo ser que tiende hacia la ruina del alma.
Otra manera de entenderlo es pensar en un cadáver, que la ley ceremonial consideraba contaminante. Si los pecados reales son “obras muertas” (Hebreos 9:14), entonces la corrupción original es como un cadáver. Era como si Pablo llevara un cuerpo muerto atado a él y tuviera que cargarlo adondequiera que fuera. Por eso exclamó: «¡Miserable de mí!». Había aprendido a contentarse en cualquier situación, pero aun así se lamentaba de esa manera por la corrupción de su naturaleza.
Si me hubieran pedido describir a Pablo, habría dicho: «¡Qué hombre tan bendecido eres: mensajero de Cristo, favorecido por el cielo y padre espiritual de miles!». Pero Pablo hablaba de sí mismo de otra manera. A sus propios ojos era miserable por causa de la corrupción de su naturaleza. No era tan bueno como anhelaba ser, y todavía no había alcanzado la perfección. En medio de esa miseria preguntó: «¿Quién me librará?». Sonaba como un hombre agotado por su carga, que buscaba por todas partes a alguien que se interpusiera entre él y sus corrupciones. El pecado que todavía permanece en los creyentes es una carga muy pesada para un alma que ha recibido la gracia.
Sin embargo, también tenía consuelo. Su situación era triste, pero había algunos alivios. Primero, su conciencia le decía que en él gobernaba un buen principio, aunque de manera imperfecta. Es una buena señal que no todo en el alma esté tirando en la misma dirección. La norma de ese buen principio era la ley de Dios, y Pablo muestra tres maneras en que la respetaba. Estas características se encuentran en todos los que son verdaderamente santificados, y en nadie más.
«Apruebo que la ley es buena» (Romanos 7:16). La palabra griega significa: «Doy mi voto a favor de la ley». Se refiere al juicio que la aprueba. Cuando está presente la gracia, no solo existe temor ante la severidad de la ley, sino también acuerdo con su bondad. La ley es buena en sí misma y es buena para mí. Esto muestra que está escrita en el corazón y que el alma ha sido formada por ella. Aprobar la ley significa aceptarla tan plenamente que uno no desearía que hubiera sido hecha de otra manera. La mente santificada no solo reconoce que la ley es justa, sino que también percibe su belleza, porque sabe que obedecerla es el bien supremo del ser humano y el mayor honor y gozo que podemos conocer.
«Me deleito en la ley de Dios según el hombre interior» (Romanos 7:22). Su conciencia también daba testimonio de que encontraba placer en la ley. No se deleitaba únicamente en las promesas de Dios, sino también en sus mandamientos y advertencias. Este es un deleite apropiado y genuino. En esto, Pablo se unía de corazón a todos los santos. Todos los que verdaderamente han nacido de nuevo se deleitan en la ley de Dios. Les alegra conocerla y obedecerla. Se someten a ella voluntariamente y se alegran cuando su corazón y su vida corresponden a la voluntad de Dios.
«Según el hombre interior» significa, en primer lugar, la mente y la razón, en contraste con los deseos del cuerpo y la voluntad de la carne. El alma es el hombre interior, y es allí donde vive el deleite santo. Estos deleites son verdaderos y serios, aunque con frecuencia permanecen ocultos. Esto es la renovación del hombre interior (2 Corintios 4:16). En segundo lugar, se refiere a la nueva naturaleza. Al nuevo hombre se le llama hombre interior (Efesios 3:16) y la persona interna del corazón (1 Pedro 3:4). Por lo tanto, en la medida en que Pablo había sido santificado, se deleitaba en la ley de Dios.
«Con la mente yo mismo sirvo a la ley de Dios» (Romanos 7:25). No basta con aprobar la ley y deleitarse en ella. También debemos servirla. Nuestras almas deben entregarse por completo a obedecerla. Esto era cierto de la mente de Pablo, y es cierto de toda mente renovada. Esta es la dirección y el hábito normal del alma. La expresión «yo mismo» deja claro que está hablando de sí mismo, no fingiendo hablar en nombre de otra persona.
Segundo, la culpa estaba en la corrupción de su naturaleza, que él verdaderamente odiaba y contra la cual luchaba: «Ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí». Lo dice dos veces, en Romanos 7:17 y Romanos 7:20, no para excusar su pecado. Si estuviéramos bajo la ley, el hecho de que el pecado que hace lo malo viva en nosotros bastaría para condenarnos. Pablo lo dice para sostener su esperanza y no caer en la desesperación. Encuentra consuelo en el pacto de la gracia, que acepta el espíritu dispuesto y concede perdón por la debilidad de la carne. Al mismo tiempo, protesta contra todo lo que produce ese pecado que mora en él.
Después de decir que está de acuerdo con la ley de Dios, Pablo afirma que rechaza la ley del pecado. En efecto, está diciendo: «Eso no representa verdaderamente quién soy. No lo apruebo y me opongo a lo que está sucediendo». Es como un senado en el que la mayoría de los miembros vota en la dirección equivocada. Los miembros honestos todavía se oponen a la decisión, se afligen por ella y presentan formalmente su protesta; por eso la culpa no recae sobre ellos de la misma manera.
El pecado mora en mí, como los cananeos vivían entre los israelitas, aun cuando Israel los había sometido a tributo. Permanece en el creyente, y probablemente seguirá allí mientras vivamos. Sin embargo, el gran consuelo de Pablo se encuentra en Jesucristo (Romanos 7:25). «Doy gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor», dice. En medio de su lamento, irrumpe en alabanza.
Alabar a Dios es una ayuda especial contra el temor y la tristeza, y muchos creyentes desanimados lo han experimentado. En toda nuestra alabanza, esta debe ser la canción principal: «Bendito sea Dios por Jesucristo». Pablo clama: «¿Quién me librará?» (Romanos 7:24), como alguien que no puede encontrar ayuda por sí mismo. Entonces encuentra a un Amigo completamente suficiente: Jesucristo.
Cuando sentimos el poder y la corrupción que todavía permanecen en nosotros, tenemos buenas razones para bendecir a Dios por medio de Cristo. Así como Cristo es el mediador, el que se interpone entre Dios y nosotros, en todas nuestras oraciones, también lo es en toda nuestra alabanza. Bendecimos a Dios por Cristo porque Cristo se interpone entre nosotros y la ira que merecemos por el pecado. Sin Cristo, este pecado que vive en nosotros ciertamente nos destruiría.
Cristo es nuestro abogado ante el Padre, el que defiende nuestro caso. Por medio de él, Dios muestra compasión, detiene el juicio y perdona. No toma en cuenta nuestros pecados en contra de nosotros. Cristo también compró nuestra liberación final, que llegará a su debido tiempo. Por medio de Cristo, la muerte pondrá fin a todos estos lamentos y nos llevará a la eternidad, donde no habrá pecado ni suspiros. Bendito sea Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
De este capítulo
Romanos 7:1
"Hermanos, ustedes conocen la ley y saben que la ley solo tiene poder sobre una persona mientras esa persona vive."
Romanos 7:2
"Por ejemplo, una mujer casada está ligada por la ley a su esposo mientras él vive; pero si el esposo muere, la mujer queda libre de la ley que la ligaba a él."
Romanos 7:3
"Por tanto, si ella se une a otro hombre mientras su esposo vive, comete adulterio; pero si su esposo muere, queda libre de esa ley y puede unirse a otro hombre sin cometer adulterio."
Romanos 7:4
"Así también ustedes, hermanos míos, al incorporarse a Cristo, han muerto con él a la ley para quedar unidos a otro, es decir, a aquel que resucitó después de morir. De este modo, podremos dar una cosecha agradable a Dios."
Romanos 7:5
"Porque cuando vivíamos como pecadores, la ley sirvió para despertar en nuestro cuerpo los malos deseos, y lo único que cosechamos fue la muerte."
Romanos 7:6
"Pero ahora hemos muerto a la ley que nos tenía bajo su poder, y así hemos quedado libres para servir a Dios en la nueva vida del Espíritu y no bajo una ley ya anticuada."
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