Versículo destacado

Romanos 3:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Sabemos que todo lo que dice el libro de la ley se lo dice a quienes están sometidos a ella, para que todos callen y el mundo entero caiga bajo el juicio de Dios; "

Romanos 3:19

menu_book El versículo en contexto

17 y no conocen el camino de la paz.

18 Jamás tienen presente que hay que temer a Dios.

19 Sabemos que todo lo que dice el libro de la ley se lo dice a quienes están sometidos a ella, para que todos callen y el mundo entero caiga bajo el juicio de Dios;

20 porque nadie podrá decir que ha cumplido la ley y que Dios debe reconocerlo como justo, ya que la ley solamente sirve para hacernos saber que somos pecadores.

21 Pero ahora, sin la ley, Dios ha mostrado de qué manera nos hace justos, y esto lo confirman la misma ley y los profetas:

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auto_stories Comentario de Bible Guided

A partir de todo esto, Pablo llega a la conclusión de que es inútil buscar la justificación —es decir, ser considerados justos delante de Dios— por obedecer la ley. La justificación solo viene por la fe. Esta es la verdad que Pablo ha estado demostrando desde Romanos 1:17 y que resume su enseñanza en Romanos 3:28: «Concluimos que el ser humano es justificado por la fe, aparte de las obras de la ley». Esto no se refiere solamente a la ley dada al ser humano inocente antes de la caída, ni a la ley natural, por mucho que se la perfeccione, ni a la ley ceremonial, pues la sangre de toros y machos cabríos no podía quitar el pecado. También incluye la ley moral, el mandamiento de vivir correctamente, porque Pablo habla de la ley que produce conocimiento del pecado y de las obras de las que las personas podrían jactarse.

En nuestra condición caída, bajo el poder del pecado, ninguna obra nuestra puede obtener la aprobación de Dios. La salvación debe descansar por completo en la gracia gratuita de Dios, dada por medio de Jesucristo a todos los verdaderos creyentes que la reciben como un regalo. Si nunca hubiéramos pecado, nuestra obediencia a la ley habría sido nuestra justicia, conforme a la idea: «Haz esto y vivirás». Pero como hemos pecado y estamos corrompidos, nada de lo que hagamos puede compensar nuestra culpa pasada. Los fariseos, líderes religiosos judíos, buscaban la justificación mediante la obediencia a la ley moral (Lucas 18:11).

Aquí Pablo argumenta a partir de dos realidades: la culpa humana, para mostrar que la justificación no puede venir por la ley, y la gloria de Dios, para mostrar que debe venir por la fe. Primero, parte de la culpa humana para demostrar lo absurdo que es esperar la justificación por las obras de la ley. El punto es claro: nunca podremos ser justificados y salvos por la misma ley que hemos quebrantado. Un traidor condenado no puede escapar apelando a la ley que ya violó, porque esa ley demuestra su crimen y lo condena. Si nunca la hubiera quebrantado, la ley podría haberlo declarado justo; pero ahora debe pedir misericordia. Tiene que entregarse a un acto de perdón, reconocer su culpa y pedir humildemente recibir sus beneficios.

Pablo aplica esto especialmente a los judíos, porque se jactaban de la ley y confiaban en ella para ser justificados. Ya había citado varios pasajes del Antiguo Testamento para mostrar la corrupción humana. Ahora dice que todo lo que la ley dice, lo dice a quienes están bajo la ley; es decir, tanto a los judíos como a todos los demás, porque está escrito en su propia ley. Ellos se enorgullecían de estar bajo la ley, pero la misma ley los declara culpables y muestra su pecado. Su propósito es que toda boca sea cerrada, de modo que toda jactancia quede silenciada. Dios obra así tanto cuando justifica como cuando condena: cierra toda boca. Quienes son justificados quedan en silencio al reconocer humildemente su culpa. Quienes son condenados también quedarán finalmente sin palabras, pues se demostrará su culpabilidad y serán despedidos sin poder responder (Judas 1:15; Mateo 22:12). Al final, ninguna maldad tendrá defensa alguna (Salmo 107:42).

Pablo extiende esta conclusión a todo el mundo, para que todos queden declarados culpables delante de Dios. Si el mundo entero está bajo el poder del maligno (1 Juan 5:19), ciertamente es culpable. «Quede culpable» significa que sea demostrado culpable y, por tanto, merecedor de castigo. Por naturaleza, todos somos hijos de ira (Efesios 2:3). Todos deben declararse culpables, y quienes más se aferran a su propia justicia ciertamente serán condenados. «Culpable ante Dios» es una expresión seria, porque significa estar delante del Dios que todo lo ve, a quien nadie puede engañar, y delante del Juez justo que jamás declarará inocente al culpable.

Todos somos culpables, así que todos necesitamos una justicia con la cual presentarnos delante de Dios. «Todos pecaron» (Romanos 3:23). Todos somos pecadores por naturaleza y por nuestras acciones, y todos estamos destituidos de la gloria de Dios. No alcanzamos el propósito mismo para el cual fuimos creados. Quedar destituido es como cuando un arquero no da en el blanco o un corredor no alcanza el premio. No se trata simplemente de no ganar; se trata de sufrir una gran pérdida.

No alcanzamos a glorificar a Dios. Como dice Romanos 1:21, no lo glorificaron como a Dios. Los seres humanos fueron puestos sobre el mundo visible para glorificar activamente a su Creador, mientras que las criaturas inferiores lo glorifican simplemente al ser lo que Dios las hizo ser. Pero el pecado impide que las personas cumplan ese deber y, en vez de honrar a Dios, lo deshonran. Es triste pensar en cuántas personas fueron creadas para glorificar a Dios y, sin embargo, no lo hacen.

Tampoco alcanzamos a gloriarnos delante de Dios. Nadie puede jactarse de su inocencia. Si intentamos presumir delante de Dios de lo que somos, de lo que tenemos o de lo que hacemos, este hecho nos silenciará para siempre: todos hemos pecado. Podemos jactarnos delante de otras personas, que tienen una visión limitada, no pueden escudriñar el corazón y también están corrompidas. Pero no hay lugar para la jactancia delante de Dios, quien no puede mirar el mal con aprobación.

Tampoco alcanzamos a ser glorificados por Dios. No alcanzamos la justificación, es decir, ser aceptados por Dios, que es el comienzo de la gloria. No alcanzamos la santidad, o santificación, es decir, ser hechos santos, que es la imagen gloriosa de Dios en una persona. Y destruimos toda esperanza de ser glorificados con Dios en el cielo mediante una justicia propia. Ya no es posible llegar al cielo por el camino de la inocencia perfecta. Ese camino está cerrado. Un querubín y una espada encendida custodian ahora el camino al árbol de la vida.

Pablo da una razón más para dejar de esperar la justificación por medio de la ley: «Por medio de la ley viene el conocimiento del pecado» (Romanos 3:20). La ley que nos declara culpables y nos condena nunca puede justificarnos. La ley es la regla recta, aquello que muestra lo correcto y lo incorrecto. Su función apropiada es abrir nuestra herida, por lo que no es probable que sea también la cura. Lo que nos examina no es lo que nos sana. Quien quiera conocer el pecado debe conocer la ley en toda su severidad, alcance y naturaleza espiritual. Cuando comparamos nuestro corazón y nuestra vida con esa regla, vemos en qué nos hemos desviado. Pablo usa la ley de esta manera en Romanos 7:9.

Por eso, nadie será justificado delante de Dios por las obras de la ley. «Nadie» significa ninguna persona, ningún ser humano caído (Génesis 6:3), porque todos somos carne, pecadores y corrompidos. La corrupción que permanece en nuestra naturaleza siempre impedirá que seamos justificados por nuestras propias obras, ya que las obras que proceden de la carne llevan el carácter de la carne. Y no basta con que una persona parezca justificada ante los demás, porque aquí se trata de la justificación delante de Dios.

Pablo no niega que existiera una clase de justificación por las obras de la ley ante los ojos de la comunidad de fe. En su vida externa como pueblo organizado bajo el gobierno de Dios, eran una nación santa y un reino de sacerdotes. Pero cuando la conciencia se presenta delante de Dios, ante su mirada, nadie puede ser justificado por las obras de la ley. El apóstol se refiere al Salmo 143:2.

Luego Pablo argumenta a partir de la gloria de Dios para mostrar que la justificación debe venir únicamente por la fe en la justicia de Cristo. No hay justificación por las obras de la ley. ¿Significa esto que los seres humanos culpables deben permanecer para siempre bajo la ira de Dios? ¿No hay esperanza? ¿Es incurable la herida del pecado? No; gracias a Dios, no lo es, como muestran Romanos 3:21-22. Dios nos ha abierto otro camino: ahora, en el evangelio, se ha manifestado la justicia de Dios aparte de la ley.

La justificación puede recibirse sin guardar la ley de Moisés. Se llama justicia de Dios porque Dios la planeó, la proveyó, la acepta y nos la concede. De la misma manera, la armadura del cristiano se llama la armadura de Dios (Efesios 6:11). Hay varios aspectos que debemos observar acerca de esta justicia de Dios.

Primero, ha sido manifestada. El camino del evangelio para la justificación es un camino claro y abierto. La serpiente de bronce fue levantada para que todos pudieran verla. No se nos deja buscar el camino a oscuras, porque Dios lo ha dado a conocer.

Segundo, es aparte de la ley. Pablo está corrigiendo el error de los cristianos judíos que querían unir a Cristo con Moisés. Aceptaban a Cristo como el Mesías, pero todavía se aferraban a la ley ceremonial y querían imponerla a los creyentes gentiles. Pablo dice que no: es aparte de la ley. Lo que Cristo ha traído es una justicia completa.

Tercero, la ley y los profetas todavía dan testimonio de ella. El Antiguo Testamento contenía figuras, profecías y promesas que señalaban hacia esta justicia. La ley no puede justificarnos, pero sí nos dirige hacia otro camino. Señala a Cristo como nuestra justicia, y todos los profetas dan testimonio de él (Hechos 10:43). Esto habría sido especialmente útil para los judíos, que valoraban tanto la ley y los profetas.

Cuarto, viene por medio de la fe en Jesucristo. Es decir, Jesucristo es el objeto de la fe. La fe que justifica mira a Cristo como Salvador en todos sus oficios ungidos: profeta, sacerdote y rey. Confía en él, lo recibe y permanece cerca de él en todo lo que él es. Por medio de esta fe participamos de la justicia que Dios ha establecido y que Cristo ha traído.

En quinto lugar, es para todos y está sobre todos los que creen. Pablo sigue insistiendo en que judíos y gentiles están en la misma condición si creen, y que ambos son igualmente bienvenidos ante Dios por medio de Cristo. No hay diferencia. Se ofrece a todos en general; el evangelio no excluye a nadie, excepto a quienes se excluyen a sí mismos. Pero está sobre todos los que creen, lo que significa que no solo se les ofrece, sino que también se coloca sobre ellos como un manto o una corona. Cuando creen, entran en esta realidad y reciben todos sus beneficios.

¿Cómo contribuye esto a la gloria de Dios? Primero, manifiesta la gloria de su gracia (Romanos 3:24). Somos justificados gratuitamente por su gracia. Esto significa el favor bondadoso de Dios hacia nosotros, no una gracia producida dentro de nosotros, como decían los papistas al confundir la justificación con la santificación. Es el favor de Dios hacia los pecadores sin que haya ningún mérito en ellos, ni siquiera un mérito previsto. Pablo añade la palabra «gratuitamente» para dejar claro este punto. Es verdad que José halló favor ante los ojos de su amo (Génesis 39:4), pero había una razón para ese favor: había algo en José que lo motivaba. La gracia de Dios hacia nosotros viene libremente, completamente gratis. Es pura misericordia. No hay nada en nosotros que merezca semejante bondad. Viene por medio de la redención que está en Jesucristo. Cristo pagó un precio muy alto por ella, pero eso no disminuye la gratuidad de la gracia. La gracia proveyó este sacrificio salvador y lo aceptó.

En segundo lugar, manifiesta la gloria de la justicia y la rectitud de Dios (Romanos 3:25-26). Dios presentó a Cristo como propiciación, es decir, como el sacrificio que aparta la ira. Jesucristo es la gran propiciación, aquel que estaba representado bajo la ley por el propiciatorio. Él es nuestro trono de gracia, por medio del cual se hace expiación por el pecado y Dios acepta nuestra persona y nuestro servicio (1 Juan 2:2). Él es todo lo que interviene en nuestra reconciliación: no solo quien hace la paz, sino también nuestra paz. Él es nuestro sacerdote, nuestro sacrificio, nuestro altar; él lo es todo. Dios estaba en Cristo, como en su propiciatorio, reconciliando consigo al mundo.

Dios mismo presentó a Cristo de esta manera. La parte ofendida da los primeros pasos hacia la reconciliación. Él designa al mediador, aquel que se coloca entre dos partes para unirlas. Desde la eternidad, en el propósito de su amor, Dios había destinado a Cristo para esta obra; lo designó, lo ungió, lo capacitó y lo presentó ante un mundo culpable como su propiciación. Véanse Mateo 3:17 y Mateo 17:5.

Por la fe en su sangre participamos de esta propiciación. Cristo es la propiciación; el remedio sanador ha sido provisto. La fe es el acto de aplicar ese remedio al alma herida. En la justificación, esta fe presta especial atención a la sangre de Cristo, porque su sangre hizo la expiación. Dios había establecido que sin derramamiento de sangre no habría perdón, y ninguna sangre aparte de la suya podía lograrlo plenamente. Probablemente aquí hay un eco de la aspersión de la sangre de los sacrificios bajo la ley, como en Éxodo 24:8. La fe es como el manojo de hisopo, y la sangre de Cristo es la sangre rociada.

Todos los que por la fe son introducidos en esta propiciación reciben el perdón de los pecados cometidos anteriormente. Esa fue una de las razones por las que Cristo fue presentado como propiciación: para que los pecados pudieran ser perdonados. La paciencia y la tolerancia de Dios ya habían sido una especie de estímulo, una moderación que detenía el juicio. La paciencia divina nos ha preservado del infierno para darnos tiempo de arrepentirnos y llegar al cielo. Algunos entienden «los pecados cometidos anteriormente» como los pecados de los creyentes del Antiguo Testamento, que fueron perdonados debido a la expiación que Cristo realizaría después en el tiempo, una expiación que miraba tanto hacia atrás como hacia adelante. Es por la tolerancia de Dios que no fuimos destruidos en el mismo momento de pecar.

Algunas copias griegas relacionan las palabras «por la tolerancia de Dios» con Romanos 3:26, y señalan dos resultados preciosos del mérito de Cristo y de la gracia de Dios: el perdón y la tolerancia de Dios.

Es debido a la bondad del dueño y a la mediación del jardinero que los árboles estériles quedan en el viñedo. En ambos casos se muestra la justicia de Dios, porque sin un mediador y una propiciación —una ofrenda que aparta la ira de Dios—, él no solo se negaría a perdonar, sino que tampoco retrasaría el juicio ni por un momento. Es Cristo quien mantiene a todo pecador de este lado del infierno.

Dios también muestra su justicia en todo esto. Pablo lo destaca con fuerza: «para manifestar, digo, su justicia en este tiempo». Lo repite porque es algo extraordinario. Dios muestra su justicia, primero, en la propiciación misma. Nunca hubo una demostración más grande de la justicia y la santidad de Dios que en la muerte de Cristo. Esto muestra que él aborrece el pecado, pues nada menos que la sangre de Cristo podía pagar por él. Cuando el pecado, aunque solo le fuera atribuido, fue hallado en su propio Hijo, Dios no lo perdonó, porque Cristo se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21). Puesto que los pecados de todos nosotros fueron puestos sobre él, aunque era el Hijo amado de Dios, «Jehová quiso quebrantarlo» (Isaías 53:10).

En segundo lugar, Dios muestra su justicia en el perdón que viene por medio de esa propiciación. Pablo lo explica así: Dios hizo esto «para que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. Así que ahora, para Dios, perdonar los pecados de los creyentes arrepentidos no es solamente un acto de gracia y misericordia, sino también un acto de justicia, porque ha aceptado la satisfacción que Cristo ofreció a su justicia al morir por ellos. No sería conforme a su justicia exigir de nuevo el pago al deudor principal cuando el fiador —la persona que asumió la deuda— ya la pagó y Dios aceptó ese pago por completo. Véase 1 Juan 1:9. Él es justo, es decir, fiel a su palabra.

Todo esto también sirve para la gloria de Dios, porque queda excluida la jactancia (Romanos 3:27). Dios quiere que la gran obra de salvar y justificar a los pecadores se realice de una manera que no deje lugar para el orgullo humano, para que nadie se jacte delante de él (1 Corintios 1:29-31). Si la justificación viniera por las obras de la ley, la jactancia no quedaría excluida. ¿Cómo podría quedar excluida? Si fuéramos salvos por nuestras propias obras, podríamos colocarnos la corona sobre nuestra propia cabeza. Pero la ley de la fe, es decir, la manera en que Dios justifica por la fe, siempre elimina la jactancia. La fe es una gracia dependiente, humilde y abnegada, y coloca toda corona delante del trono de Dios. Por eso, esta manera de justificar da a Dios la mayor gloria.

Pablo habla de la ley de la fe. Los creyentes no quedan sin ley, porque la fe es una ley. Es una gracia activa allí donde es verdadera. Sin embargo, como depende estrechamente de Jesucristo, excluye la jactancia. De todo esto, Pablo saca la conclusión de que el ser humano es justificado por la fe sin las obras de la ley (Romanos 3:28).

Al final del capítulo, Pablo muestra hasta dónde llega esta bendición de la justificación por la fe y que no es solo para los judíos, sino también para los gentiles. Ya había dicho que no hay diferencia (Romanos 3:22). Primero, declara y demuestra este punto (Romanos 3:29): «¿Es Dios solamente Dios de los judíos?». Argumenta a partir de lo absurdo de esa idea. ¿Podría alguien imaginar que un Dios de amor y misericordia infinitos limitaría su favor a esa pequeña y obstinada nación judía, mientras dejaría a todos los demás en una ruina sin esperanza? Eso no correspondería a lo que sabemos de la bondad de Dios, pues sus misericordias están sobre todas sus obras. Por tanto, hay un solo Dios de gracia que justifica a los circuncidados por la fe y a los incircuncisos mediante la fe, es decir, de la misma manera a unos y a otros. Los judíos podrían tratar de defenderse estableciendo aquí una diferencia, pero en realidad no hay ninguna diferencia.

En segundo lugar, Pablo responde a una objeción (Romanos 3:31). Algunos podrían pensar que esta enseñanza anula la ley, que ellos sabían que venía de Dios. Pablo responde: «No. Aunque decimos que la ley no nos justifica, no decimos que fue dada sin propósito ni que no sirve para nada. Más bien, establecemos su lugar correcto y afirmamos su validez al ponerla sobre el fundamento adecuado». La ley todavía sirve para mostrarnos nuestros pecados pasados y guiarnos en el futuro. No podemos ser salvos por ella como pacto, es decir, como un acuerdo vinculante para toda la vida; pero sí la reconocemos y nos sometemos a ella como regla en las manos del Mediador, Jesucristo, bajo el pacto de la gracia. Lejos de derribar la ley, la establecemos. Que reflexionen en esto quienes niegan que la ley moral todavía obliga a los creyentes.

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