Versículo destacado

Romanos 11:33 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" ¡Qué profundas son las riquezas de Dios, y su sabiduría y entendimiento! Nadie puede explicar sus decisiones ni llegar a comprender sus caminos. "

Romanos 11:33

menu_book El versículo en contexto

31 De la misma manera, ellos han desobedecido ahora, pero solamente para que Dios tenga compasión de ustedes y para que también ahora tenga compasión de ellos.

32 Porque Dios sujetó a todos por igual a la desobediencia, con el fin de tener compasión de todos por igual.

33 ¡Qué profundas son las riquezas de Dios, y su sabiduría y entendimiento! Nadie puede explicar sus decisiones ni llegar a comprender sus caminos.

34 Pues ¿quién conoce la mente del Señor? ¿Quién podrá aconsejarlo?

35 ¿Quién le ha dado algo primero, para que él tenga que devolvérselo?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Después de pasar gran parte de este capítulo mostrando cómo el rechazo de Israel encaja con la bondad de Dios, el apóstol termina lleno de asombro. Se detiene para alabar la sabiduría de Dios y su gobierno sobre todas las cosas. Contempla con reverencia el misterio de los caminos de Dios, especialmente la manera en que Dios ha tratado con judíos y gentiles.

«¡Oh profundidad!», exclama. Se maravilla ante la profundidad escondida de la sabiduría y el conocimiento de Dios al llevar a cabo la redención por medio de Cristo. Esta es una profundidad que aun los ángeles anhelan contemplar (1 Pedro 1:12). Si los seres angelicales no pueden seguirla por completo, mucho menos deberían esperar hacerlo las mentes humanas. Pablo sabía más acerca del reino de Dios que casi cualquier otro ser humano, pero aun así reconocía que no podía llegar hasta el fondo de él.

Quienes más conocen en esta vida también sienten con mayor profundidad su propia debilidad. Por mucho que estudien, todavía no pueden expresar plenamente con palabras los caminos de Dios. «La alabanza te espera en silencio» (Salmo 65:1). Las riquezas de Dios no son superficiales como las riquezas humanas. Sus juicios llegan hasta lo más profundo (Salmo 36:6). Su sabiduría y su conocimiento son tan ricos y profundos, tan plenos y completos, que superan toda medida humana.

El conocimiento de Dios significa que ve todas las cosas de una manera clara, cierta y perfecta. Nada de lo que existe, existió o existirá está oculto para él. Su sabiduría significa que ordena bien todas las cosas y las dirige para su propia gloria. Su conocimiento y su sabiduría son tan vastos que podemos perdernos al intentar siquiera pensar en ellos. «Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí» (Salmo 139:6).

«¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» Sus juicios son sus propósitos y planes, y sus caminos son la manera en que los lleva a cabo. Muchas veces no sabemos qué está planeando, aun cuando su providencia ya está obrando. Esta verdad pone fin tanto a nuestras suposiciones confiadas como a nuestras preguntas curiosas. «Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios» (Deuteronomio 29:29). Su camino a menudo está oculto, como una senda en el mar (Salmo 77:19). No siempre entendemos ahora lo que él hace (Juan 13:7).

No podemos explicar las acciones de Dios ni descubrir, mediante nuestra propia búsqueda, todas sus razones. Sin embargo, los mandamientos de su boca y el camino del deber son suficientemente claros. Las obras de sus manos y los caminos de su providencia suelen ser oscuros y misteriosos. Por eso no debemos entrometernos en ellos, sino adorarlo en silencio y aceptarlos. Pablo tiene especialmente en mente el extraño giro de los acontecimientos: el apartamiento de los judíos y la bienvenida dada a los gentiles, junto con la promesa de que los judíos volverían a ser recibidos a su debido tiempo. Estas cosas son difíciles de explicar según el criterio humano. Solo podemos decir: «¡Oh profundidad!».

«¿Quién ha conocido la mente del Señor?». Ninguna criatura participa del consejo íntimo de Dios ni descansa en el seno del Padre como lo hace Cristo. Nadie puede conocer plenamente los pensamientos de Dios observando lo que él hace. La distancia entre Dios y el ser humano es tan grande que tal cercanía es imposible por naturaleza. Pablo hace la misma pregunta en 1 Corintios 2:16 y luego añade: «Pero nosotros tenemos la mente de Cristo». Esto significa que los creyentes, por medio de Cristo y de su Espíritu, conocen lo suficiente de la mente de Dios para su salvación y su gozo. Cristo, quien conoce al Padre, nos lo ha dado a conocer (Juan 1:18). Así que, aunque no conocemos toda la mente de Dios, conocemos lo suficiente si tenemos la mente de Cristo. «La comunión íntima del Señor es con los que le temen» (Salmo 25:14). Dios también dijo acerca de Abraham: «¿Acaso le ocultaré a Abraham lo que voy a hacer?» (Juan 15:15).

«¿O quién ha sido su consejero?». Dios no necesita consejero, porque es perfectamente sabio. Ninguna criatura podría aconsejarlo de verdad. Eso sería como encender una vela para alumbrar el sol. Esto concuerda con Isaías 40:13-14, donde Dios pregunta quién ha dirigido a su Espíritu o quién le ha enseñado. También refleja el desafío que Dios le hace a Job acerca de la creación (Job 38). Lo mismo se aplica a toda su providencia. Es insensato que alguien le diga a Dios cómo debe gobernar el mundo.

Luego el apóstol se refiere a la soberanía de Dios, es decir, a su derecho libre de hacer lo que le place, porque él es Dios. Hace lo que quiere porque así lo quiere, y no le debe cuentas a nadie (Job 23:13; Job 33:13). Sin embargo, no hay injusticia en él. Para dejar esto claro, Pablo pregunta: «¿Quién le dio a él primero?». Ninguna criatura puede demostrar que Dios le debe algo. Todo lo que le damos a Dios debe darse con esta confesión: «De lo recibido de tu mano te damos» (1 Crónicas 29:14). Nuestros deberes hacia Dios no son pagos por algo que él nos deba, sino devoluciones de lo que ya le pertenecía.

Si alguien pudiera demostrar que Dios está en deuda con él, Pablo dice que Dios estaría obligado a responder por ese pago. «Le será recompensado» significa que Dios no dejaría de pagar lo que se debiera. Pero nadie puede presentar semejante reclamo. Dios jamás permitirá que alguien pierda por servirle. Aun así, nadie puede exigirle verdaderamente un pago. Pablo dice esto para acallar las quejas de los judíos. Cuando Dios les quitó sus privilegios visibles como iglesia, simplemente estaba tomando lo que ya le pertenecía. Él puede dar o retener su gracia como le plazca. Pablo también lo dice para silenciar la jactancia de los gentiles.

Cuando Dios envió el evangelio entre ellos y les dio a tantos la gracia y la sabiduría para aceptarlo, no fue porque les debiera ese favor ni porque pudieran reclamarlo como una deuda. Todo procedió de su propia voluntad bondadosa.

Luego Pablo vuelve a centrarlo todo en el gobierno soberano de Dios, como en Romanos 11:36: «Porque de él, por medio de él y para él son todas las cosas». En otras palabras, Dios lo es todo en todos. Todo lo que existe en el cielo y en la tierra, especialmente lo relacionado con nuestra salvación y con lo que conduce a nuestra paz, procede de él como Creador, llega a nosotros por medio de él mediante su cuidado soberano y tiene como propósito y resultado final glorificarlo. Dios es la fuente de todas las cosas; Cristo, Dios y hombre, es el medio por el cual llegan a nosotros; y Dios es la meta final.

Estas tres expresiones abarcan todo el trato de Dios con sus criaturas. Él es la causa primera, quien inicia todas las cosas. Es la causa suprema que las guía, quien dirige todas las cosas. También es la causa final, aquel para quien existen todas las cosas. «El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo» (Apocalipsis 4:11). Si todas las cosas proceden de él y existen por medio de él, entonces es completamente lógico que todas sean para él y terminen en él.

Este es un ciclo necesario. Si los ríos reciben sus aguas del mar, vuelven otra vez al mar (Eclesiastés 1:7). Del mismo modo, hacer todo para la gloria de Dios es hacer lo que ciertamente será verdad al final. Todas las cosas le pertenecerán al final, estemos de acuerdo o no. Por eso Pablo termina con un breve cántico de alabanza: «A él sea la gloria por siempre. Amén».

El poder universal de Dios como causa primera, gobernante soberano y fin último debe llevarnos a adorarlo. Todas sus obras lo alaban al mostrar su grandeza, pero sus santos lo alaban activamente. Ellos le devuelven a Dios la alabanza que todas las criaturas solo ayudan a dar a conocer (Salmo 145:10). Pablo había hablado extensamente de los propósitos de Dios para la humanidad y había examinado cuidadosamente el tema, pero termina reconociendo la soberanía de Dios, porque ahí es donde finalmente deben descansar todas estas cosas. Esa es, si no la manera académica de razonar, al menos la manera cristiana.

Sean cuales sean nuestros puntos de partida, dejemos que la gloria de Dios sea la conclusión. Especialmente cuando hablamos de los planes y las acciones de Dios, lo mejor es convertir nuestros argumentos en adoración reverente. Los santos glorificados, que comprenden estos misterios con mayor plenitud, no siguen debatiendo para siempre. Alaban para siempre.

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